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Creer es poder?
Comentarios desde el inframundo
Acerca de
No hay nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos
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Sindicación
 
Nunca nos damos cuenta…
Cuando tenemos todo lo que queremos alrededor, nunca nos damos cuenta de que algún día se perderá. Q nada, y digo nada, dura eternamente (ni siquiera la muerte, Thanatos o el Inframundo).
Todo es pasajero. Incluso cuando haces algo para que dure siempre, no sabemos que queremos decir con ese siempre. Acaso, ¿sabían los romanos que su Acueducto duraría hasta el siglo XXI? No sabían ni ellos hasta que año iban a durar, pero querían que su construcción fuese fuerte, que aguantase los caudales del tiempo y del agua, para ello lo hicieron.
Y yo??? Hasta cuando creo que durará lo que estoy haciendo? No te das cuenta que todo pasa factura tarde o temprano? No sabes cuanto estás perdiendo con este juego?
Hace ya mucho tiempo que te encerraste aquí, en la Caverna del Olvido; ésa que no te ayudará a hacer lo que has de hacer tú, y sólo tú.
Todos los Fantasmas campan a sus anchas por el Inframundo. No hay ley, no hay orden, no hay silencio pero no hay sonidos. Entonces, ¿qué suena? De nuevo es tu duro corazón golpeando la coraza.
¿No te das cuenta?¿o es que no quieres enterarte?¿No ves que esto no se puede mantener eternamente?
A veces, sin saber como, sientes que hasta la liviana túnica pesa sobremanera en tus roídos huesos. Pero luego, cuando caminas, piensas que puedes con todo. El camino es sencillo, sólo camina, sólo sube. Deja de dar vueltas a las cosas.
No ves que cuando te echas para atrás es cuando más sufres? Al día siguiente, todo vuelve a ser lo mismo y no puedes entender porqué el día anterior no hiciste lo debido.
Y la Luz; esa maligna y dulce luz, no se da cuenta del daño que hace. No sé da cuenta de que al ser tan impersonal, tan lejana pero a la vez tan cercana, no sabe que duele. No lo entiendes? No ves que me estás matando?
Me duele cuando se ilumina, sin saber de donde proceden sus fuerzas, para que en cuanto yo me sienta con ganas de verla, de danzar para crear sombras, se calme, sea sólo un brillo, bajo, que no ilumina apenas nada. Sólo ilumina el terreno que tiene a su alrededor, sin necesidad de esforzarse, pues esas tierras siempre están allí. Estaban allí antes de que ella llegara y seguirán allí cuando ella se vaya. Así que ellas, las malditas tierras que no me atrevo a pisar (por miedo a llegar o a subir) se ven beneficiadas, siempre, a cualquier hora, de su Luz. Y yo, aguantando la batalla eterna, me muero por dentro.
No quieres verlo, es eso Maldita Luz.
Ni siquiera las mariposas que se colaron un día por la ventana han conseguido darle un poco de color a esta lucha sin fin. Creo que quiero hacerlo; no, sé que debo hacerlo, pero me duele tanto volver a la oscuridad… No sé como veré entonces, si vuelve a ocurrir, el color de las alegres mariposas, con sus alas multicolores, que por unos minutos alegraron el aire de este roído Inframundo.
Ni siquiera mi Flor sabe de todo esto. Me he auto recluido yo. Sin carcelero y sin cadenas, me he metido dentro de mi ser y no sé como sacarme y dar por terminada toda esta estupidez, que ya viene durando mucho, y que me va a matar.

Necesito escaparme de mí para poder echarte de aquí. Necesito que no haya ocurrido lo que, por desgracia, ocurrió. Necesito borrarte…

Procuremos olvidar lo que traído a la memoria nos entristece.

Saludos desde el Inframundo.
 
La guerra de los mundos.
Es curioso, el otro día me vino a la cabeza el nombre de esta película, pero no era la lucha entre un planeta extraterrestre contra nuestro planeta Tierra; no, era la lucha entre mi corazón y mi cabeza.
La lucha es encarnizada, pues los batallones están bien provistos de munición. El cerebro es una máquina incombustible que dispara dardos envenenados de recuerdos constantemente y además, mal que nos pese, gobierna el resto de movimientos. No amenaza, él dispara directamente, él rige y el dirige. Es el gran soberano que está luchando por mantener su supremacía, para que un simple órgano que bombea, como es el corazón, no le usurpe su dominio.
Y las armas son muy agresivas; recuerdos envueltos en dolor, imágenes guardadas cargadas de pólvora y cientos de sonidos que envía en una frecuencia superior a la deseada para que hagan más daño del que pueda hacer cualquier sonido. También, de vez en cuando, manda olores; olores intensos que se implantan tan fuerte que parece que vayan a atravesar también la nariz, y eso que ella no lucha. Pero en esta guerra, no se puede ser neutral. O corazón o cabeza; cada órgano debe estar de una parte, pues no es factible ser imparcial.
Y algunos ya han tomado partido, todos o casi todos los órganos sensoriales están de parte del cerebro. De hecho, hacen de viles mensajeros; como un mensajero de la Edad Media, toman el caballo de las crines de los axones y corren a través de los nervios para transmitir cuanto más dolor mejor.
Pero el corazón no está quieto, no. Él sabe que tiene las de perder, que el cerebro es muy racional y estratega y puede ganar. Pero el corazón, aunque siempre fue tratado como el motor de la sangre, también se acuerda de cuando los antiguos filósofos lo daban como el órgano vital. Y quiere volver a recuperar ese puesto. No quiere quedar relegado a un puesto secundario. Y entonces, para darse a conocer, manda esos pulsos de dolor. Esa sangre emponzoñada, que llega a todos y cada uno de los órganos para recordar que él también puede doler.
Y su guerra, la de ambos, me está matando a mí. En completa armonía, parece que ambos estén luchando contra mí.
El armamento del cerebro va haciendo perder mis deseos, hace que mi cuerpo sea más racional y sólo haga lo correcto, que los impulsos que no son los adecuados, se queden en algún lugar olvidado del recorrido.
Mientras que el corazón me envía litros de sangre a los músculos para que corra más a prisa y me atreva a hacer las locuras que nunca hice cuando era el momento. Parece llevar, en la sangre, el mensaje de que nunca es tarde. Las locuras, si no se hacen, se pierden. Pero si se hacen, aunque sean tarde, quedan hechas…
Y eso me está causando un lastre. Doy dos pasos hacia delante para apagar la Luz y otros dos hacia atrás para no apagarla.
Es una lucha encarnizada que me tiene en la Caverna del Olvido. Llevo varias semanas con la apatía por bandera, aunque no sirve ser neutral. Pero las fuerzas opuestas, cuando son tan igualadas, hacen que la cuerda se tense tanto que el campo de batalla, que es mi cuerpo, quedé tan dolorido y agujereado, que no pueda volver a moverme en mucho tiempo.
Uno de los dos tiene que ganar la partida ya. Uno de los dos ha de quedar como vencedor, para que yo pueda seguir las decisiones tomadas cuando el uno haga prisionero para siempre al otro.
La dura batalla está por ser larga, porque sé que la coraza de acero y hielo de mi corazón es tan resistente (la construí yo) que aún ha de mandar muchas armas el cerebro para romperla.
Lo que no llego a entender es porque el corazón, aún siendo duro e insensible, quiere ahora ese puesto. No era yo quién creía que era mejor dejarlo dormir el sueño de la impasibilidad eternamente? Qué lo ha despertado de su letargo para querer volver a apoderarse del poder? Sé que es la Luz y por eso sé que he de apagarla. Pero, también lucha para que no la apague…
Me volveré loc@ pues?
A veces pienso que es mejor dejarlo así; lo que fue ya nunca será; lo que hoy es, mañana ya no estará y sólo será un recuerdo.

Muchas veces el amor da paso al dolor y cuando hay dolor no se encuentra belleza por ningún lado.

Saludos desde el Inframundo.