logotipo

img_google
Creer es poder?
Comentarios desde el inframundo
Acerca de
No hay nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos
Free counter and web stats
Sindicación
 
He perdido…
A lo largo de la vida vamos perdiendo tantas cosas…
A veces hago un cómputo de las cosas que he perdido y creo que no superan a las que he ganado; pero a veces, esas cosas que he perdido, ha sido bueno perderlas.
Perdí mi primer diente de leche, pero al día siguiente un ratón me había dejado unas monedas bajo la almohada. Al principio fue emocionante, pero como siempre, me entró el miedo al saber que un ratón había entrado libremente en mi habitación.
Perdí el primer anillo que me regalaron. Todo fue sin darme cuenta, calló en algún lugar del que nunca fue recuperado (o al menos por mí) y ahora vagará por ahí sin un dedo que lo porte o en un dedo ajeno, llevando en él la insignia de quien era yo.
Perdí amigos en el camino de la vida. Unos se quedaron en una edad que yo ya superé y no llegarán nunca a la que yo tengo ahora. Otros se quedaron en otros lugares y no he vuelto a saber llegar a ellos.
Perdí la inocencia el mismo día que sentí un dolor extraño en el fondo de mi cuerpo. No sabría decir si en ese momento el corazón ya estaba duro o se endureció tras el golpe.
Perdí lo que todo el mundo pierde tarde o temprano en la vida…
Y después perdí tu sonrisa entre la gente. La busqué tantas veces que creí confundirla con la de cientos de personas, pero nunca era la tuya. Estaba oculta en otros labios, en otros ojos, pero al quitar la máscara, nunca resultaba ser tu sonrisa.
Perdí tus abrazos en una calle fría. Tras un último abrazo, un viento frío se llevó la sensación de calor que habías dejado y nunca más pude quitarme ese frío de encima. Entonces perdí la alegría y la ilusión y me encerré en el Inframundo.

Ahora, tras rememorar algunas de mis mayores pérdidas, sé que he perdido una partida que aún no he empezado. Aún estoy en la casilla de salida y sé que al final pondrá “Fin de juego”. Pero tengo que jugar, pues son las reglas.
Por eso, porque sé que voy a perder, me he perdido en el Inframundo. No sé por donde pasear, pues ahora todo me parece mucho más oscuro.
He perdido más cosas aquí en el Inframundo, pero las pérdidas aquí abajo duelen menos. Pero quizá la última pérdida, la que me queda por perder, será la más dolorosa, pues tendré que salir de aquí para perderla y sé que arriba duele más.
No quiero perder, pero he perdido; no quiero saber, pero he sabido… No quiero, no quiero, no quiero.
El miedo, quizá, sea lo que me impide lanzar los dados. Sé que tengo que hacerlo y sacar un número muy alto, para correr, huir y no ver cuanto se acerca mi fin. Pero sé que aunque mi tirada sea elevada, mi contrincante la sacará más alta aún. Y, así, poco a poco, me dará alcance y terminaré con todas mis fichas en la casilla de salida de nuevo. Siempre volviendo al principio, como un eterno bucle.

He perdido hasta los hábitos del Inframundo. No sé divagar, no sé hacer nada. Sólo me siento y miro a la nada. He perdido las ganas de escribir, por eso las telarañas se adueñan de este lugar…

Y ahora sé que te perderé a ti…

Saludos desde el Inframundo.
 
Todo tiene un límite…
La roca dura también se resquebraja, los fantasmas también callan en algún momento. Las voluntades más fuertes también se hunden.

Quizá hayan sido las gotas de dolor que se filtran de la lluvia, que caen aquí abajo y dejan sólo eso, llanto.
Quizá haya sido el gris que entra por la Ventana. O quizá sólo haya sido que era el mes apropiado para callar.
El hecho es que de repente, sin motivo aparente, una extraña sensación de silencio gobernó el Inframundo. Lleva días lloviendo, sin nadie que se queje de ello. Lleva días oscureciendo antes de lo acordado, sin que ninguno de Ellos haya decidido que yo tenga la culpa. Lleva días flotando la tristeza, la nostalgia, el dolor, por el ambiente, sin que yo tenga la culpa.
Algo había ocurrido, algo tenía que haber pasado y yo tenía que descubrirlo.
No era una de mis mejores funciones, el indagar. Mejor dejarse ver, sin más; mejor, sólo esperar que la noticia llegara sin más…
Pero cuando llegó, dolió tanto o más que a Ellos.
Al haber marchado yo unos meses del maldito Inframundo, entre ellos habían decidido que toda la ira y rencor tenían que descargarla en alguien. Y escogieron, como siempre, desde su cobardía ruin que los llevó aquí, al más débil. Al más bueno, pues de entre Ellos, alguno hay que no se queja, que es bueno. Esos son los que escasean, los que menos se dejan ver, pero su presencia ayuda a llevar los días.
Pero todo tiene un límite. Soportó cuanto pudo, soportó lo que un alma puede soportar en eso que llaman ente.
Y al final explotó. Bueno, realmente no fue una explosión. Simplemente decidió que era suficiente para él. Había soportado tantas quejas que no podía con más en tan volátil cuerpo. Gritó sus dolores, sus pesares y sus quejas. Pero ellos no creían que tuviera derecho a hacerlo.
Todos, sin faltar uno, supieron como hacer que cada día fuese peor para él. Incluso habiendo vuelto yo, sentía que sus gritos eran distintos. Todos tenían un tono de reproche que no era hacia mí, pero yo no supe escucharlo. Simplemente, dejé que gritaran como siempre, como habían venido haciendo siempre.
Y vencieron. Su pobre valía se resquebrajo como las hojas marrones que ahora estarán cayendo de vuestros árboles. Se rompió en mil pedazos su pequeña fuerza de voluntad y decidió que tenía que suplicar su libertad.
No estaba en mis manos, como es obvio. Por ello, no fue a mí a quien se la pidió. La pidió más alto; abrió la Ventana y gritó a Zeus o aquel dios que allá arriba lo escuchase. Gritó y suplicó su libertad por haber aguantado lo que no era para él.
Y, gracias a quien fuese, lo consiguió. Se marchó. Un día, sin saber porqué, la Ventana apareció abierta hasta sus topes. El aire húmedo entraba por ella y yo pensaba que era debido a las lluvias que arriba se escuchaban. Pero no, esa humedad era de las lágrimas que después yo tendría que verter por él.
Se había marchado porque lo merecía, porque era el momento de compensar tanto dolor como había aguantado.
Antes de marcharse me dejó una sonrisa escrita con sus mejores alegrías en un pequeño trozo de papel que encontró. Dejó las alegrías que pudo haber conseguido y dejó buenos deseos. Entonces la humedad llegó a mis ojos. De nuevo, volví a llorar.
Había partido quien lo merecía, pero quien era mi único consuelo.
Y ellos no sienten paz por su marcha. Sienten dolor porque, muy a su pesar, gracias a ellos, él consiguió salir y ellos han de quedarse. Qué gran dolor los queda ahora a ellos, que saben que no conseguirán nunca irse por su maldad, sus voces, su dolor lacerante…

Espero que allá, arriba, encuentres la paz que te mereces.

“Los malos a veces descansan, los imbéciles nunca.”

Saludos desde el Inframundo.