No puedo...
El aire se escapa de mis pulmones, a veces casi no llega. La enfermedad ha recubierto mi casa; ahora no puedo escribir. Prometo (o al menos eso espero) mejorar y poder seguir contando mis historias desde aquí abajo.
Aunque el aire fuese negro, me gustaba respirarlo. No puedo con esta angustia.
Saludos desde el Inframundo.
Aunque el aire fuese negro, me gustaba respirarlo. No puedo con esta angustia.
Saludos desde el Inframundo.
Me asusta...
Siempre me asusta pensar que nunca te podré olvidar...
Saludos desde el Inframundo.
Saludos desde el Inframundo.
El verde es un buen color.
“No tiene nada que decir, sobran palabras cuando se es feliz…”
El calor, el sol y las nubes juntos, pueden dar un conjunto bonito. El verde, reflejado en los campos, en los prados y en los ojos de quien te apoya, puede ser también un buen color.
Decidí hacer realidad esas frases; decidí ver el verdadero color del verde. Aquí abajo se refleja poco de ese color y no podía dejar de pensar en él.
Así que volví a hacer las maletas (últimamente no me da tiempo a deshacer una para hacer otra) y conseguí cargar sólo las buenas intenciones y los buenos deseos de dejar todo allá abajo.
Abajo, por otro lado, reina la calma chicha. Parece q todos estén abatidos por el calor y no puedan moverse mucho y eso, ahora, me da más posibilidades de viajar. Pero, ya he dicho, es calma chicha. En cualquier momento puede saltar una chispa que haga prender todo el calor q se está acumulando.
Pero aprovechando esa calma, volví al exterior. Es reconfortante salir de vez en cuando y tomar bocanadas de aire fresco. Esta vez, para no dejar en el abandono a mi Flor, la transplanté a una maceta enorme. Le puse todos los nutrientes necesarios que pude encontrar y amoldé sus raíces de tal forma que no extrañase esa nueva casa, temporal, que le había fabricado.
No pareció estar mal, todo lo contrario. El sol (el de verdad) hizo que sus colores fueran de un brillante sorprendente. Parecía que estuviese mirando (ella, q no tiene ojos, q cosas tontas digo) todo lo nuevo que le rodeaba y le gustase. Parecía (o eso quería creer yo) que deseaba quedarse arriba y que yo le acompañase por mucho tiempo (más del que en realidad tenía planeado estar).
Pero la dejé cerca de un árbol, en el lugar que había elegido para pasar mis días frente al verde. En la quietud del campo, nada alrededor que pudiese lastimar. Tan bien rodeada, pude sentir de nuevo la luz de mi Ángel de Luz. Estaba escondido, no lo sentía tan cerca como otras veces, pero no tenía necesidad de acercarse más, pues me veía bien. Y, realmente, lo estaba.
Era una sensación estupenda. Abrir los pulmones y sentir que entraba un aire fresco. Q todo lo que me rodeaba era grato, alegre.
Y reí, vaya que si reí. No conocía la sensación de repetir una carcajada tras otra. Hacía tanto tiempo que no lo practicaba que lo había olvidado. Pero era genial.
El verde, q gran color, q paz, q tranquilidad.
Incluso me trajo voces conocidas, voces que deseaba oír, voces que hacía tiempo no oía y que ahora, de nuevo, volvían a recordarme mis años de felicidad.
No sabía porque, había dejado de pensar en Ellos. Sólo sentía el frescor de la hierba bajo mi espalda, el crujir de las ramos bajo mis pies y me sentí muy bien.
Muchas gracias por ese gran fin de semana.
Saludos desde el Inframundo.
El calor, el sol y las nubes juntos, pueden dar un conjunto bonito. El verde, reflejado en los campos, en los prados y en los ojos de quien te apoya, puede ser también un buen color.
Decidí hacer realidad esas frases; decidí ver el verdadero color del verde. Aquí abajo se refleja poco de ese color y no podía dejar de pensar en él.
Así que volví a hacer las maletas (últimamente no me da tiempo a deshacer una para hacer otra) y conseguí cargar sólo las buenas intenciones y los buenos deseos de dejar todo allá abajo.
Abajo, por otro lado, reina la calma chicha. Parece q todos estén abatidos por el calor y no puedan moverse mucho y eso, ahora, me da más posibilidades de viajar. Pero, ya he dicho, es calma chicha. En cualquier momento puede saltar una chispa que haga prender todo el calor q se está acumulando.
Pero aprovechando esa calma, volví al exterior. Es reconfortante salir de vez en cuando y tomar bocanadas de aire fresco. Esta vez, para no dejar en el abandono a mi Flor, la transplanté a una maceta enorme. Le puse todos los nutrientes necesarios que pude encontrar y amoldé sus raíces de tal forma que no extrañase esa nueva casa, temporal, que le había fabricado.
No pareció estar mal, todo lo contrario. El sol (el de verdad) hizo que sus colores fueran de un brillante sorprendente. Parecía que estuviese mirando (ella, q no tiene ojos, q cosas tontas digo) todo lo nuevo que le rodeaba y le gustase. Parecía (o eso quería creer yo) que deseaba quedarse arriba y que yo le acompañase por mucho tiempo (más del que en realidad tenía planeado estar).
Pero la dejé cerca de un árbol, en el lugar que había elegido para pasar mis días frente al verde. En la quietud del campo, nada alrededor que pudiese lastimar. Tan bien rodeada, pude sentir de nuevo la luz de mi Ángel de Luz. Estaba escondido, no lo sentía tan cerca como otras veces, pero no tenía necesidad de acercarse más, pues me veía bien. Y, realmente, lo estaba.
Era una sensación estupenda. Abrir los pulmones y sentir que entraba un aire fresco. Q todo lo que me rodeaba era grato, alegre.
Y reí, vaya que si reí. No conocía la sensación de repetir una carcajada tras otra. Hacía tanto tiempo que no lo practicaba que lo había olvidado. Pero era genial.
El verde, q gran color, q paz, q tranquilidad.
Incluso me trajo voces conocidas, voces que deseaba oír, voces que hacía tiempo no oía y que ahora, de nuevo, volvían a recordarme mis años de felicidad.
No sabía porque, había dejado de pensar en Ellos. Sólo sentía el frescor de la hierba bajo mi espalda, el crujir de las ramos bajo mis pies y me sentí muy bien.
Muchas gracias por ese gran fin de semana.
Saludos desde el Inframundo.





