No es fácil esperar
“¿Qué harías si te diera tres opciones? ¿Cuánto tiempo crees que soportarías la duda antes de que te dijera cuál de ellas es la acertada? ¿Podrías olvidar los gritos de tus Fantasmas y las lágrimas de Ella, por pensar en la opción acertada?
Pues lo haré, quiero ver tus limitaciones, quiero sopesar tus nervios de acero; te dejo aquí tres opciones:
Puedes abrir la Ventana ( y gritar tu dolor tanto como puedas, pues será tu única salida). Puedes encerrarte en La Caverna del Olvido (y soportar los lamentos de Ella junto a los tuyos; idea maliciosa que me atrae sobremanera); o, por último, puedes atravesar el ajado camino que queda tras lo que antaño fue la Puerta número 1 y salir; sí, SALIR!!!, de tu Inframundo.
La opción correcta te la daré en el tiempo que yo crea oportuno.”
Y se marchó.
Él había vuelto, no sé si con sorna, malicia o bondad. Al principio no creía lo que mis cansados ojos veían. A lo lejos, como acariciando el aire que flotaba a su alrededor y le alborotaba el cabello, vi su (falsa) imagen desdibujada, como es normal en almas errantes. Me acerqué tanto como mis pies y mi sentido (poco) común me dejaron y, efectivamente, era Él.
Sólo acerté a esbozar una mueca, un gesto de sorpresa que dibujaron mis labios pero que no expresaron mis cuerdas vocales. Él sonrió; sabía perfectamente el efecto que tendría en mi y siguió adelante. Pasó por mi lado y giró la cabeza para que viera sus ojos (eran maliciosos o sonreían? Nunca supe discernir sus miradas).
Fue hacia la Caverna del Olvido y se asomó. Sólo escuchó los lamentos que Ella había dejado allí y volvió a soltar esas carcajadas diabólicas suyas. Yo, tras Él, miraba sin poder comprender a donde quería ir a parar. Y lo seguía...
Su siguiente visita fue La Ventana. Miró por sus cristales, trató de limpiar la suciedad, que nunca saldrá, de ellos y volvió a empujarlos. A la presión de sus manos sí se abrieron, como era normal (por allí escapó la primera vez).
Volvió a mirar alrededor y reír; esa risa que no sé si me gusta o me terminará de llevar a la locura. Y yo tras Él...
Iba tras Él, como un alma más en lugar de un Carcelero.
Y, como no, su última visita fue a la Puerta número 1. Allí observó lo que quedaba de esa Puerta, y a Ella. Trató de acariciar su cabello y sintió pena por Ella. Y, aunque parezca extraño, esta vez no rió ni sonrió. Nada, ningún gesto, denotaba que sentía. Aunque los ojos de Él, ahora, sí tenían un destello de pena.
De pronto paró, sus pasos se detuvieron y se sentó, sin más, en la fría Roca. Entonces fue cuando decidió abrir la boca. Sus palabras fluyeron como música y, torpe o inútil de mí, me sentí flotar con ellas. Me gustaba oírlas, eran música para mí. Y sólo dijo eso: “¿Qué harías si te diera tres opciones?”
No podía salir de mi asombro. Él me ofrecía, a mí, unas opciones???? No podría creerlo, un Fantasma me daba a mí opciones...
Pero cuando desapareció vi que era cierto... Me había dejado pensando, como si el peso de toda la arena del reloj fuese a caer sobre mí mientras pensaba en cual de ellas sería la opción que, curiosamente, Él había decidido para mí.
¿Qué hago ahora que tengo tres opciones? Sé que la más coherente es la tercera; salir de aquí por la Puerta número 1, la que siempre estuvo, pero que ahora no quiere ser; ir hacia el Desconcierto; pero, ¿y si era una broma? ¿y si me hacía ilusiones y esa no era la opción que Él había elegido?
¿Cómo podía yo depender de tres opciones dadas por alguien que desapareció hace tiempo del Inframundo?
¿Cuánto tiempo he de esperar?
¿Qué hago?...
Sólo esperar, no pienses; Él tiene la solución.
Saludos desde el Inframundo.
Pues lo haré, quiero ver tus limitaciones, quiero sopesar tus nervios de acero; te dejo aquí tres opciones:
Puedes abrir la Ventana ( y gritar tu dolor tanto como puedas, pues será tu única salida). Puedes encerrarte en La Caverna del Olvido (y soportar los lamentos de Ella junto a los tuyos; idea maliciosa que me atrae sobremanera); o, por último, puedes atravesar el ajado camino que queda tras lo que antaño fue la Puerta número 1 y salir; sí, SALIR!!!, de tu Inframundo.
La opción correcta te la daré en el tiempo que yo crea oportuno.”
Y se marchó.
Él había vuelto, no sé si con sorna, malicia o bondad. Al principio no creía lo que mis cansados ojos veían. A lo lejos, como acariciando el aire que flotaba a su alrededor y le alborotaba el cabello, vi su (falsa) imagen desdibujada, como es normal en almas errantes. Me acerqué tanto como mis pies y mi sentido (poco) común me dejaron y, efectivamente, era Él.
Sólo acerté a esbozar una mueca, un gesto de sorpresa que dibujaron mis labios pero que no expresaron mis cuerdas vocales. Él sonrió; sabía perfectamente el efecto que tendría en mi y siguió adelante. Pasó por mi lado y giró la cabeza para que viera sus ojos (eran maliciosos o sonreían? Nunca supe discernir sus miradas).
Fue hacia la Caverna del Olvido y se asomó. Sólo escuchó los lamentos que Ella había dejado allí y volvió a soltar esas carcajadas diabólicas suyas. Yo, tras Él, miraba sin poder comprender a donde quería ir a parar. Y lo seguía...
Su siguiente visita fue La Ventana. Miró por sus cristales, trató de limpiar la suciedad, que nunca saldrá, de ellos y volvió a empujarlos. A la presión de sus manos sí se abrieron, como era normal (por allí escapó la primera vez).
Volvió a mirar alrededor y reír; esa risa que no sé si me gusta o me terminará de llevar a la locura. Y yo tras Él...
Iba tras Él, como un alma más en lugar de un Carcelero.
Y, como no, su última visita fue a la Puerta número 1. Allí observó lo que quedaba de esa Puerta, y a Ella. Trató de acariciar su cabello y sintió pena por Ella. Y, aunque parezca extraño, esta vez no rió ni sonrió. Nada, ningún gesto, denotaba que sentía. Aunque los ojos de Él, ahora, sí tenían un destello de pena.
De pronto paró, sus pasos se detuvieron y se sentó, sin más, en la fría Roca. Entonces fue cuando decidió abrir la boca. Sus palabras fluyeron como música y, torpe o inútil de mí, me sentí flotar con ellas. Me gustaba oírlas, eran música para mí. Y sólo dijo eso: “¿Qué harías si te diera tres opciones?”
No podía salir de mi asombro. Él me ofrecía, a mí, unas opciones???? No podría creerlo, un Fantasma me daba a mí opciones...
Pero cuando desapareció vi que era cierto... Me había dejado pensando, como si el peso de toda la arena del reloj fuese a caer sobre mí mientras pensaba en cual de ellas sería la opción que, curiosamente, Él había decidido para mí.
¿Qué hago ahora que tengo tres opciones? Sé que la más coherente es la tercera; salir de aquí por la Puerta número 1, la que siempre estuvo, pero que ahora no quiere ser; ir hacia el Desconcierto; pero, ¿y si era una broma? ¿y si me hacía ilusiones y esa no era la opción que Él había elegido?
¿Cómo podía yo depender de tres opciones dadas por alguien que desapareció hace tiempo del Inframundo?
¿Cuánto tiempo he de esperar?
¿Qué hago?...
Sólo esperar, no pienses; Él tiene la solución.
Saludos desde el Inframundo.
La Mirilla
También aquí me han dejado escapar. Por unos días dejé de ser Thanatos, para subir a vuestra superficie y disfrutar del sol.
El período estuvo bien, no puedo ofrecer ninguna queja de cuanto vi y de cuanta gente me rodeó; pero la vuelta aquí abajo fue dura. Me costó recordar que el sol que había contemplado era prestado por unos días, que en realidad sólo tendría derecho a verlo, a partir de ese momento, por la Ventana que me deja ver el exterior.
También hubo cambios en el Inframundo mientras me alejé de él. Es curioso que necesario se hace alguien cuando falta de su rutina habitual.
Pensaba que mis Fantasmas serían felices sin que su carcelero los vigilara, pensaba que la Laguna estaría tranquila sin que vertiera mis penas en ellas; incluso creí que hasta Voland descansaría de mis sandeces.
Pero hete aquí que también ellos, a su manera, me echaron de menos.
En principio no noté diferencia al volver. La fría roca seguía en su sitio, la Flor había aumentado de color, pero sus raíces seguían fijas en el lugar que las dejé.
Pero los Fantasmas estaban callados cuando yo entré. No dijeron sus frases de horror ni me hicieron sentir mal. Simplemente estaban en el lugar que les correspondía, pues era allí donde habían de pasar su eternidad. No trataron de atormentarme y ni siquiera llegué a oír una voz desagradable suya. No pude pensar en ellos. Por un momento creí que al fin me merecía un poco de paz.
Visité la Laguna, que estaba en calma cuando me acerqué a ella. Parecía estar esperando algo y cuando sus aguas reflejaron mi imagen, se agitaron, surgieron olas de un lugar estancado, de un charco de agua que no está bajo la influencia de la luna, vuestra luna. Esas olas parecían querer tocar la túnica que me envolvía, parecían querer volver a sentir mis recuerdos descargándose en ellas. Y así lo hice, entré en esas tibias aguas y dejé que acogieran mis buenos momentos allá arriba, para que quedaran en la superficie y pudiera recordarlos en el mismo momento que todo volviera a la normalidad.
Incluso me atreví a ir a la Caverna del Olvido. Esta vez no quería entrar, pues no quería olvidar esos días en los que no recordé quien era aquí abajo, sino que sólo pensaba quien era allá arriba. En la puerta de la Caverna se seguían escuchando los lamentos de Ella, pues para Ella no hay descanso en su pérdida, pero no parecían tan lastimeros como siempre. Era como si los contuviera para no estropear mi llegada. Traté de gritarle y decirle que era hora de salir, que todos, incluso yo, tenemos un momento de descanso y que Ella nunca lo encontraría si permanecía allí encerrada durante toda la eternidad que le quedaba por vagar. Todo fue en vano, pero al menos, durante mi soliloquio, pareció parar de lamentarse y escuchar, parecía como si de verdad meditara el hecho de que algún día podría superar esa pérdida.
Tan agradecida estaba siendo mi llegada que opté por acercarme al lugar de las antiguas Tres Puertas. Allí hallé mi mayor sorpresa.
Esperaba encontrar la roca dura de lo que fue la número 2 y el espacio vacío de lo que fue la número 3, pero no esperaba encontrar completamente derruida, vacía y sin luz a la Puerta número 1. Ahora se hallaba sin ningún brillo y no era ya un lugar de tránsito, sino sólo un trozo de madera que colgaba de unas bisagras oxidadas y raídas. Era como si esa Puerta también hubiera decidido irse de vacaciones, pero ella eternamente. Había perdido mi camino, y ahora era cuando empezaba lo raro.
Al lado de ella, donde antaño estuvo la número 2, se había abierto un agujero. Un sencillo roto en la roca dura que hacía las veces de mirilla y me dejaba ver a través de él lo que estaba ocurriendo en el otro lado de esa antigua puerta. Podía ver como el Desconcierto había cambiado y podía ver como si quisiera que volviera a él. Pero no, ésta vez no iba a ceder. Esa Puerta la cerré del todo, la clausuré y ella solita desapareció así que esta nueva mirilla que me ofrecía no hacía más que hacerme desconfiar de ella. Dejé de mirar por ella y seguí mi camino. Al instante, en cuanto notó mi indiferencia y que mis pasos se alejaban de ella, adivinó que no había logrado su cometido (hacerme volver a pasear por allí) y desapareció de nuevo, se soldó la roca como si de bronce fundido se tratase.
Ahora había vuelto (casi) todo a la normalidad.
Ahora había regresado.
Ya estoy aquí.
Saludos desde el Inframundo.
El período estuvo bien, no puedo ofrecer ninguna queja de cuanto vi y de cuanta gente me rodeó; pero la vuelta aquí abajo fue dura. Me costó recordar que el sol que había contemplado era prestado por unos días, que en realidad sólo tendría derecho a verlo, a partir de ese momento, por la Ventana que me deja ver el exterior.
También hubo cambios en el Inframundo mientras me alejé de él. Es curioso que necesario se hace alguien cuando falta de su rutina habitual.
Pensaba que mis Fantasmas serían felices sin que su carcelero los vigilara, pensaba que la Laguna estaría tranquila sin que vertiera mis penas en ellas; incluso creí que hasta Voland descansaría de mis sandeces.
Pero hete aquí que también ellos, a su manera, me echaron de menos.
En principio no noté diferencia al volver. La fría roca seguía en su sitio, la Flor había aumentado de color, pero sus raíces seguían fijas en el lugar que las dejé.
Pero los Fantasmas estaban callados cuando yo entré. No dijeron sus frases de horror ni me hicieron sentir mal. Simplemente estaban en el lugar que les correspondía, pues era allí donde habían de pasar su eternidad. No trataron de atormentarme y ni siquiera llegué a oír una voz desagradable suya. No pude pensar en ellos. Por un momento creí que al fin me merecía un poco de paz.
Visité la Laguna, que estaba en calma cuando me acerqué a ella. Parecía estar esperando algo y cuando sus aguas reflejaron mi imagen, se agitaron, surgieron olas de un lugar estancado, de un charco de agua que no está bajo la influencia de la luna, vuestra luna. Esas olas parecían querer tocar la túnica que me envolvía, parecían querer volver a sentir mis recuerdos descargándose en ellas. Y así lo hice, entré en esas tibias aguas y dejé que acogieran mis buenos momentos allá arriba, para que quedaran en la superficie y pudiera recordarlos en el mismo momento que todo volviera a la normalidad.
Incluso me atreví a ir a la Caverna del Olvido. Esta vez no quería entrar, pues no quería olvidar esos días en los que no recordé quien era aquí abajo, sino que sólo pensaba quien era allá arriba. En la puerta de la Caverna se seguían escuchando los lamentos de Ella, pues para Ella no hay descanso en su pérdida, pero no parecían tan lastimeros como siempre. Era como si los contuviera para no estropear mi llegada. Traté de gritarle y decirle que era hora de salir, que todos, incluso yo, tenemos un momento de descanso y que Ella nunca lo encontraría si permanecía allí encerrada durante toda la eternidad que le quedaba por vagar. Todo fue en vano, pero al menos, durante mi soliloquio, pareció parar de lamentarse y escuchar, parecía como si de verdad meditara el hecho de que algún día podría superar esa pérdida.
Tan agradecida estaba siendo mi llegada que opté por acercarme al lugar de las antiguas Tres Puertas. Allí hallé mi mayor sorpresa.
Esperaba encontrar la roca dura de lo que fue la número 2 y el espacio vacío de lo que fue la número 3, pero no esperaba encontrar completamente derruida, vacía y sin luz a la Puerta número 1. Ahora se hallaba sin ningún brillo y no era ya un lugar de tránsito, sino sólo un trozo de madera que colgaba de unas bisagras oxidadas y raídas. Era como si esa Puerta también hubiera decidido irse de vacaciones, pero ella eternamente. Había perdido mi camino, y ahora era cuando empezaba lo raro.
Al lado de ella, donde antaño estuvo la número 2, se había abierto un agujero. Un sencillo roto en la roca dura que hacía las veces de mirilla y me dejaba ver a través de él lo que estaba ocurriendo en el otro lado de esa antigua puerta. Podía ver como el Desconcierto había cambiado y podía ver como si quisiera que volviera a él. Pero no, ésta vez no iba a ceder. Esa Puerta la cerré del todo, la clausuré y ella solita desapareció así que esta nueva mirilla que me ofrecía no hacía más que hacerme desconfiar de ella. Dejé de mirar por ella y seguí mi camino. Al instante, en cuanto notó mi indiferencia y que mis pasos se alejaban de ella, adivinó que no había logrado su cometido (hacerme volver a pasear por allí) y desapareció de nuevo, se soldó la roca como si de bronce fundido se tratase.
Ahora había vuelto (casi) todo a la normalidad.
Ahora había regresado.
Ya estoy aquí.
Saludos desde el Inframundo.





