¡Ohhhhhhhh!
Mis gatos...

Se llaman César (el naranja) y Júlia (la gris).
Al principio yo sólo tenía un gato: César. César es como un melón con patas. O, mejor, como un buddha de esos de jade, de los restaurantes chinos, de esos que tienes que comerte veinte decenas de menú especial para ocho para que te alcancen los puntos, pero en gato y naranja. Y peludo. Pues César, a pesar de tener siempre cara de confundido, dejó preñada a la gata del vecino. Aquello fue un escándalo, se hablaba en la escalera y todo “el del 4º2ª con la del 4º1ª”, las vecinas susurraban cuando yo bajaba la escalera, unos cotilleos horribles… Estábamos sumidos en la ignominia. Le eché una bronca… Claro ¿dónde se ha visto que un gato pille más que la dueña? Eso no es respeto. Pero, como era yo la que no había educado bien a mi gato (claro, sin un hombre en la casa…) me tragué el orgullo, apechugué y adopté a Julia, que es el fruto de esa unión carnal ilícita. Unos meses después, con el trauma, César intentó deshacerse de la evidencia de su desliz empujando a la gata desde la ventana de la cocina -un pastón en facturas de veterinario, por cierto, yo currando trece horas al día para pagarlas- pero que vamos, que somos una familia más o menos feliz. Rencillas familiares a parte, Júlia es una gata mucho más sofisticada. Es que nació en la urbe (César es de Riudoms, como Gaudí) y quieras que no, se nota la diferencia. A Júlia le van cosas como el Feng Shui, que todo me lo cambia de sitio. Así un día me pasé un cuarto de hora chorreando por toda la casa en toalla recién salida de la ducha buscando la cuchilla de afeitar porque había quedado con un amigo (que con eso de ser soltera hay que estar siempre preparada, que nunca sabes cuándo te puede llegar la suerte). La pobre hace poco tuvo su primer celo y recuerdo que estaba la pobrecita revolcándose por el suelo y mi amiga y yo nos la mirábamos, y en eso que nos mira con cara de mira como sufro y le decímos al unísono “no, si te entendemos…”, contando los meses desde la última vez. Al final acabamos las tres abrazadas, llorando.

Se llaman César (el naranja) y Júlia (la gris).
Al principio yo sólo tenía un gato: César. César es como un melón con patas. O, mejor, como un buddha de esos de jade, de los restaurantes chinos, de esos que tienes que comerte veinte decenas de menú especial para ocho para que te alcancen los puntos, pero en gato y naranja. Y peludo. Pues César, a pesar de tener siempre cara de confundido, dejó preñada a la gata del vecino. Aquello fue un escándalo, se hablaba en la escalera y todo “el del 4º2ª con la del 4º1ª”, las vecinas susurraban cuando yo bajaba la escalera, unos cotilleos horribles… Estábamos sumidos en la ignominia. Le eché una bronca… Claro ¿dónde se ha visto que un gato pille más que la dueña? Eso no es respeto. Pero, como era yo la que no había educado bien a mi gato (claro, sin un hombre en la casa…) me tragué el orgullo, apechugué y adopté a Julia, que es el fruto de esa unión carnal ilícita. Unos meses después, con el trauma, César intentó deshacerse de la evidencia de su desliz empujando a la gata desde la ventana de la cocina -un pastón en facturas de veterinario, por cierto, yo currando trece horas al día para pagarlas- pero que vamos, que somos una familia más o menos feliz. Rencillas familiares a parte, Júlia es una gata mucho más sofisticada. Es que nació en la urbe (César es de Riudoms, como Gaudí) y quieras que no, se nota la diferencia. A Júlia le van cosas como el Feng Shui, que todo me lo cambia de sitio. Así un día me pasé un cuarto de hora chorreando por toda la casa en toalla recién salida de la ducha buscando la cuchilla de afeitar porque había quedado con un amigo (que con eso de ser soltera hay que estar siempre preparada, que nunca sabes cuándo te puede llegar la suerte). La pobre hace poco tuvo su primer celo y recuerdo que estaba la pobrecita revolcándose por el suelo y mi amiga y yo nos la mirábamos, y en eso que nos mira con cara de mira como sufro y le decímos al unísono “no, si te entendemos…”, contando los meses desde la última vez. Al final acabamos las tres abrazadas, llorando.





