Café con leche
El viernes estuve en Barcelona y de camino al lavabo de la discoteca vi al chico que conocí en Bilbao. Dudé un momento sobre si saludarle o no, pero me pareció una coincidencia tan gorda (yo debo de salir por Barcelona tres o cuatro veces al año, no más) que fui a decirle hola.
“Hola J.”. “Hola?”. Me recibe con cara de “no sé por qué sabes mi nombre”. “No te acuerdas de mí”. Me hace gracia que no me reconozca y pienso “Mira, con lo guay que me dijo que le parecía”. “Perdona, ahora no caigo”. “Soy Maia. Nos conocimos en un festival”. Se le ilumina la cara. “¡Maia!”. Me da dos besos, me abraza, me coge de la mano y se la aprieta contra el pecho, me cuenta la ilusión que le hace volver a verme. Realmente parece encantado. Me explica que me había estado buscando por los myspace porque recordaba que le había hablado de un grupo con el que había ido al festival de Bilbao. Le dije que no, que eran una pareja de djs y que yo sólo había ido de supporter, y le repito varias veces “¡pero si hace un momento no te acordabas de mí!”. Da igual, esta encantado. Charlamos un rato, pero tenía que marcharse pronto. Al día siguiente cogía un avión para Madrid. “Vente conmigo”. Le digo que no. "Venga, vente conmigo". Repito que no. “Pues acompáñame fuera”. Le acompaño hasta la puerta, pero me coge de la mano y me lleva fuera. De pronto me veo en la calle, sin sello en la mano y mis amigos dentro. Mierda. “J., yo tengo que volver dentro”, “Que sí, que sí. No te preocupes. Te daré mi pase. Acompáñame hasta la esquina”. Le acompaño hasta la esquina, charlamos. Me besa. Besa sin lengua. Me insiste para que vaya a su casa, me vuelvo a negar, “¿por qué no?”. No le hablo de mi regla de oro de no acostarme con quien no besa con lengua. “Porque mis amigos están allí dentro”, “pero no te van a echar de menos”, “¿cómo que no?”, “va, ven, por favor”, “no”, “¡por favor!”. Me daba la risa. La situación me hace mucha gracia. “No tiene que pasar nada. Por favor, ven”. La gran mentira; y algunas todavía nos la creemos. “Va, quiero estar contigo. Hablar contigo. Pensaba que no te iba a volver a ver”. “¡Pero no me has reconocido!”. “Por favor, por favor, por favor. Si no vienes conmigo no te volveré a ver y tendré que llamarte cada semana, o dos veces a la semana, o cada día. Las veces que tú me dejes hasta que te vuelva a ver”. “No tienes mi número de teléfono”. “Es cierto. Ven por favor. Un par de horas. Una hora. Media hora”. “No”. “Va, me estás haciendo hacer el ridículo. Estoy suplicando. Hablamos un rato. Te hago un café con leche”. Son las palabras mágicas: café con leche. “Hmmmm… bueno. Café con leche. Vale, vamos”. Cogemos un taxi para cubrir un trayecto que hubiésemos hecho andando en menos de cinco minutos y llegamos a su casa. Se sienta en el sofá a mi lado y me besa. Yo que me tomo las cosas al pie de la letra le pregunto por el café. “¿De verdad quieres un café con leche?”, “Sí, claro.”. “No haberlo dicho” pienso. Se va a la cocina, hace café. Yo aprovecho para informar vía sms de dónde me encuentro y de mi intención de no tardar en volver. “¿Azúcar?”, “un poco, por favor”. Vuelve con los cafés. El gintonic de garrafón de Apolo me ha dejado con una sed terrible y la boca seca. A pesar de estar excesivamente dulce, el café me sabe bueno. Me abraza, me besa, me cuenta las ganas que tenía de estar conmigo. Le replico que soy escéptica y me cuesta creerme ese tipo de cosas. La verdad es que no comprendo tanta entrega ni tanto interés. Me hace gracia. En un momento en el que se chocan nuestras gafas pienso que tan “petite”, con las manos tan finas y tan pálido, no sólo me recuerda a un joven John Lennon con flequillo emo, sino que con esos labios tan finos y las gafas de pasta, así de cerca tiene un aire a Jarvis Cocker y es delicado como una chica. Intenta adivinar algunas cosas sobre mí: qué música me gusta, mi fecha de nacimiento (errando en el cálculo hasta 10 años…), a qué me dedico. Cree que es mayor que yo y que no me quiero quedar con él porque soy demasiado joven. La verdad es que no me quiero quedar porque tengo demasiado sueño y empieza a incomodarme con tanto abrazo y quieroestarcontigos. Me produce una mezcla de escepticismo y ternura. Sobre todo ternura, pero no creo que sea ese el efecto que busca. Empiezo a impacientarme. Me cuenta alguna cosa sobre él, pero sólo por compromiso. Me abraza continuamente. Quiere que le visite un fin de semana. Apoya la cabeza en mi pecho. Me siento fuera de lugar. Por fin mi paciencia se acaba cuando me habla de hacerme el amor. Con eso no puedo. Le aparto con mucha amabilidad y le digo que me tengo que ir ya. Justo entonces me contestan al sms "Pásalo guay!". Brrrr. "¿Dónde está la parada de metro más cercana?". "Te acompaño". Por el camino se queja de que no nos volveremos a ver, que esto siempre acaba igual. No sé qué decirle. Le pregunto si va a festivales. Me dice que sí, que si está por aquí irá al Primavera Sound, que el Summercase seguro que cae y que después probablemente vaya a Benicàssim. "Pues esos son los tres festivales para los que ya tengo entrada". En la boca de metro nos despedimos y se marcha.
Llamo a mi amigo para avisar de que estoy de camino, ya está durmiendo. Tendré que volver a despertarle para que me abra la puerta de casa. Me dará las llaves de su coche y tendré que andar tres manzanas para sacar mi bolsa del maletero. Por el camino tengo muchas ganas de hablar, pero a las siete y media de la mañana, mientras ando sola por Barcelona, no me contesta nadie el teléfono. Normal. Tampoco contesta a mi invitación para tomar café/cerveza al día siguiente el colega que hace dos años que no me contesta el teléfono (y aún no sé por qué). Eso tampoco me extraña. De hecho no tengo ni idea de por qué le he mandado un sms sabiendo que no me va a contestar. Cosas de las siete de la mañana.
“Hola J.”. “Hola?”. Me recibe con cara de “no sé por qué sabes mi nombre”. “No te acuerdas de mí”. Me hace gracia que no me reconozca y pienso “Mira, con lo guay que me dijo que le parecía”. “Perdona, ahora no caigo”. “Soy Maia. Nos conocimos en un festival”. Se le ilumina la cara. “¡Maia!”. Me da dos besos, me abraza, me coge de la mano y se la aprieta contra el pecho, me cuenta la ilusión que le hace volver a verme. Realmente parece encantado. Me explica que me había estado buscando por los myspace porque recordaba que le había hablado de un grupo con el que había ido al festival de Bilbao. Le dije que no, que eran una pareja de djs y que yo sólo había ido de supporter, y le repito varias veces “¡pero si hace un momento no te acordabas de mí!”. Da igual, esta encantado. Charlamos un rato, pero tenía que marcharse pronto. Al día siguiente cogía un avión para Madrid. “Vente conmigo”. Le digo que no. "Venga, vente conmigo". Repito que no. “Pues acompáñame fuera”. Le acompaño hasta la puerta, pero me coge de la mano y me lleva fuera. De pronto me veo en la calle, sin sello en la mano y mis amigos dentro. Mierda. “J., yo tengo que volver dentro”, “Que sí, que sí. No te preocupes. Te daré mi pase. Acompáñame hasta la esquina”. Le acompaño hasta la esquina, charlamos. Me besa. Besa sin lengua. Me insiste para que vaya a su casa, me vuelvo a negar, “¿por qué no?”. No le hablo de mi regla de oro de no acostarme con quien no besa con lengua. “Porque mis amigos están allí dentro”, “pero no te van a echar de menos”, “¿cómo que no?”, “va, ven, por favor”, “no”, “¡por favor!”. Me daba la risa. La situación me hace mucha gracia. “No tiene que pasar nada. Por favor, ven”. La gran mentira; y algunas todavía nos la creemos. “Va, quiero estar contigo. Hablar contigo. Pensaba que no te iba a volver a ver”. “¡Pero no me has reconocido!”. “Por favor, por favor, por favor. Si no vienes conmigo no te volveré a ver y tendré que llamarte cada semana, o dos veces a la semana, o cada día. Las veces que tú me dejes hasta que te vuelva a ver”. “No tienes mi número de teléfono”. “Es cierto. Ven por favor. Un par de horas. Una hora. Media hora”. “No”. “Va, me estás haciendo hacer el ridículo. Estoy suplicando. Hablamos un rato. Te hago un café con leche”. Son las palabras mágicas: café con leche. “Hmmmm… bueno. Café con leche. Vale, vamos”. Cogemos un taxi para cubrir un trayecto que hubiésemos hecho andando en menos de cinco minutos y llegamos a su casa. Se sienta en el sofá a mi lado y me besa. Yo que me tomo las cosas al pie de la letra le pregunto por el café. “¿De verdad quieres un café con leche?”, “Sí, claro.”. “No haberlo dicho” pienso. Se va a la cocina, hace café. Yo aprovecho para informar vía sms de dónde me encuentro y de mi intención de no tardar en volver. “¿Azúcar?”, “un poco, por favor”. Vuelve con los cafés. El gintonic de garrafón de Apolo me ha dejado con una sed terrible y la boca seca. A pesar de estar excesivamente dulce, el café me sabe bueno. Me abraza, me besa, me cuenta las ganas que tenía de estar conmigo. Le replico que soy escéptica y me cuesta creerme ese tipo de cosas. La verdad es que no comprendo tanta entrega ni tanto interés. Me hace gracia. En un momento en el que se chocan nuestras gafas pienso que tan “petite”, con las manos tan finas y tan pálido, no sólo me recuerda a un joven John Lennon con flequillo emo, sino que con esos labios tan finos y las gafas de pasta, así de cerca tiene un aire a Jarvis Cocker y es delicado como una chica. Intenta adivinar algunas cosas sobre mí: qué música me gusta, mi fecha de nacimiento (errando en el cálculo hasta 10 años…), a qué me dedico. Cree que es mayor que yo y que no me quiero quedar con él porque soy demasiado joven. La verdad es que no me quiero quedar porque tengo demasiado sueño y empieza a incomodarme con tanto abrazo y quieroestarcontigos. Me produce una mezcla de escepticismo y ternura. Sobre todo ternura, pero no creo que sea ese el efecto que busca. Empiezo a impacientarme. Me cuenta alguna cosa sobre él, pero sólo por compromiso. Me abraza continuamente. Quiere que le visite un fin de semana. Apoya la cabeza en mi pecho. Me siento fuera de lugar. Por fin mi paciencia se acaba cuando me habla de hacerme el amor. Con eso no puedo. Le aparto con mucha amabilidad y le digo que me tengo que ir ya. Justo entonces me contestan al sms "Pásalo guay!". Brrrr. "¿Dónde está la parada de metro más cercana?". "Te acompaño". Por el camino se queja de que no nos volveremos a ver, que esto siempre acaba igual. No sé qué decirle. Le pregunto si va a festivales. Me dice que sí, que si está por aquí irá al Primavera Sound, que el Summercase seguro que cae y que después probablemente vaya a Benicàssim. "Pues esos son los tres festivales para los que ya tengo entrada". En la boca de metro nos despedimos y se marcha.
Llamo a mi amigo para avisar de que estoy de camino, ya está durmiendo. Tendré que volver a despertarle para que me abra la puerta de casa. Me dará las llaves de su coche y tendré que andar tres manzanas para sacar mi bolsa del maletero. Por el camino tengo muchas ganas de hablar, pero a las siete y media de la mañana, mientras ando sola por Barcelona, no me contesta nadie el teléfono. Normal. Tampoco contesta a mi invitación para tomar café/cerveza al día siguiente el colega que hace dos años que no me contesta el teléfono (y aún no sé por qué). Eso tampoco me extraña. De hecho no tengo ni idea de por qué le he mandado un sms sabiendo que no me va a contestar. Cosas de las siete de la mañana.
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Que historia más sosa. ¿Por qué no te acostate con él? Si ya te habías tomao un café, total qué más te daba...
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Que historia más sosa. ¿Por qué no te acostate con él? Si ya te habías tomao un café, total qué más te daba...
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Si necesitas lugar donde quedarte para alguno de esos festivales, avisa.
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Si no quieres que te hagan el amor, tienes que buscarte un hombre de los de verdad, de esos con pelo en el pecho, un cordón de oro al cuello y un palillo en la boca.
Alguien como yo por ejemplo, que soy el perfecto estereotipo. Hasta canto Los Chunguitos mientras pongo la lavadora... Y estoy de oferta 2x1.
Alguien como yo por ejemplo, que soy el perfecto estereotipo. Hasta canto Los Chunguitos mientras pongo la lavadora... Y estoy de oferta 2x1.
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M. yo también haría algo así por un buen café con leche. Los cafeinómanos somos asín.
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k mala mala malisima era.... eejejje haciendo suplicar al chica.. madre mia .... jeejej la verdad lo k hacemos los tios por no estar solos una noche... confieso k yo alguna vez lo intente hacer pero asi no se consigue nada... creo k si te hubiera dejado ir hubiera tenido mas posibilidades... lo del cafe con leche ... me lo apunto pa otro dia jeejje k bueno.. a seguir bien mujer...vente al contempopranea k tiene un cartelazo y esta lejos ,es bonito y barato...y no hay tantos gafapastas
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Me alegra que no pasara nada entre tu y él...esos trucos del que ganas tenía de verte y de estar contigo cuando no te conocen en absoluto huelen un poco...chica lista...besitos...





