El tiempo de las mujeres

Recuerdo cuando salió la novela. Estaba trabajando en Ceuta y vi las reseñas por Internet. En aquel entonces andaba algo obsesionado con Martínez de Pisón. La estuve buscando por las dos librerías que hay en “Guantánamo”, pero allí las novedades editoriales tardan en llegar hasta tres meses más que en cualquier otro lugar del Reino, una de las múltiples desventajas de vivir en una colonia en pleno siglo XXI. Luego se me pasó la fiebre de leer a D. Ignacio y aunque la tuve en mis manos un montón de veces, al final el precio hacía que me decantara por alguna otra con precio más asequible. En Marzo, cuando fui a Valencia a visitar a Adhair , entré en la Casa del Libro y allí estaba, en las novedades de bolsillo, llamándome desde el estand de Anagrama y por fin la compré. Aún así, ha estado viajando conmigo a Málaga, a Sevilla, a Cádiz y a Asturias, siempre en la bolsa de mano, sin que le echara un simple vistazo. Las expectativas que tenía eran tan grandes que no encontraba ese estado de ánimo propicio para ponerme a leerlo, y quería estar con capacidad de concentración para poder disfrutarlo más; aunque también he de reconocer que últimamente ando tan freak que me paso las horas con comics y me cuesta Dios y ayuda abrir un libro sin dibujitos. El caso es que la comencé hace una semana y desde luego no me ha decepcionado en absoluto. Si hay alguien que ha sabido recoger el espíritu de la clase media española que ahora tiene la edad de mis hermanos mayores, es él ¡Qué destreza para jugar con la nostalgia!
La canon perfecta

Esta es Iraida, que fue mi compi de piso durante mucho tiempo en Málaga y hoy por hoy se puede decir que es mi hermana telefónica.
Hablamos casi todos los días aunque sólo nos vemos tres o cuatro veces al año. Cuando estamos juntos, tenemos miradas cómplices que con poca gente seríamos capaces de mantener. Con mirarnos tres veces podríamos contarnos el argumento entero de Anna Karenina, sin pronunciar una palabra.
Ella es reservada y en estos momentos, si ha entrado en el blog, estará roja como un tomate y maldiciéndome. Hace unos meses se dio de alta en una página de flickr y en poco tiempo ha desarrollado un instinto de fotógrafa que bien me gustaría poder compartir con vosotros. Por eso le pido desde aquí que me deje hacer pública la dirección de su página.
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Permiso concedido
El rosa no fluye más

Se nos fue de cañas con Nick Drake. Cada vez me quedan menos ídolos a los que dedicar mis fracasos.
BABY LEMONADE
In the sad town
cold iron hands
clap the party of clowns outside
rain falls in gray far away
please, please, Baby Lemonade
In the evening sun going down
when the earth streams in, in the morning
send a cage through the post
make your name like a ghost
please, please, Baby Lemonade
I'm screaming, I met you this way
you're nice to me like ice
in the clock they sent through a washing machine
come around, make it soon, so alone...
please, please, Baby Lemonade
Negro que te quiero negro

Uno pensaba que esto de la Semana Negra sería otra cosa. Me imaginaba a un montón de gente sesuda deambulando con gabardina por los stands y soltando incunables frases de Raymod Chandler o de Horace McCoy… pero claro, los paraísos intelectuales sólo existen en las pelis con sabor a plomo de Eric Rohmer, y la campiña francesa queda algo lejos de Gijón.
También me imaginaba una serie de actividades en el centro de la ciudad, con actores animando el cotarro, conciertos de cooljazz en la playa y bandas de glamurosos mafiosos ocupando los bares de Cimadevilla.
La realidad se parece más a la de un Mike Hammer de provincias. : Entras por el cartel de Semana Negra y te enfrentas a una larguísima calle de un recinto con casetas de chunda-chunda a los lados y puestos de hippies que te venden anillos, pulseras y camisetas de Iron Maiden… y sobretodo te enfrentas a una multitud de niñatos noctámbulos, la misma multitud que llenan las ferias del sur; con sus colgantes de oro, cantando a los cuatro vientos el fracaso de la LOGSE a ritmo de Merche.
Eso sí, en una caseta había un fantástico concierto de Swing como un Oasis en mitad del desierto.
Al día siguiente fui a conocer la Semana de día, para ver si cambiaba la perspectiva, pero no: Stands de ediciones libertarias con panfletos que no compraba ni Blas, casetas de librerías con precios normales, un par de stands de editoriales de Comics que no estaban mal ... ah, y una camiseta chulísima de “V, los visitantes” de la que no les quedaba de mi talla. La carpa en la que se celebraban los actos era una caseta municipal con un montón de culturetas sentados en sillas de plástico de Pepsi que se doraban la píldora como si estuvieran en el programa de Cayetana Guillén Cuervo. Otro empeño más en hacer de la cultura un coñazo con peste a corrección política
En resumen, coja usted una feria del libro, adjúntele una feria del ganado, con casetas, cacharritos y obtendrá la Semana Negra... La culpa la tengo yo por idealizar las cosas. Mañana viene Txe y lo volveré a intentar… Ya os contaré
Morriña

Los ingleses la llaman homesick... y es que así es como me siento: enfermo de lejanía.
Esta foto de la Caleta es mi fondo de escritorio (la cogí hace unos días del blog de un tipo de mi pueblo, pero no recuerdo la ruta por la que llegué y por eso no le hago link). El fin de semana me lo he pasado leyendo “Un Siglo llama a la puerta” de Ramón Solís, un melodrama de 512 páginas (¡en Garamond 10!) ambientado en el Cádiz de las cortes... y lo terminé... (por cierto, aunque tiene un final de moralina que echa para atrás, tiene material para una serie de tv potente). No estoy mal aquí, pero daría media vida por acercarme una sola tarde a ver chocar las olas contra los arrecifes en el castillo de San Sebastián. Me han robado el verano.
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PD: Para colmo la noche de ayer me la pasé viendo los Morancos sin perderme una coma... y mira que el programa último es de poca vergüenza, realmente malo. Yo siempre les he defendido, pero me lo están poniendo difícil.





