El bañador del burgués

Dicen que Sevilla está hecha para la primavera. Cádiz, sin embargo se hizo para el verano, pero sin ritmos machacones que lo pregonen en los bares desde el desayuno hasta la cena, lo cual es de agradecer.
Esta ciudad decadente toma vida con el calor, como un huevo en una incubadora y sus esquinas se llenan de espejismos de un aire burgués decimonónico; aquél que se fuera con el espíritu de 1898 para nunca volver.
Blanco y azul, a golpe de cal y Atlántico, te saturan la retina. Sillares de piedra ostionera se meten en tu estómago como el fondo de un precipicio. Señoras obesas que chancletean volviendo de la compra, vestidas con pareos de colores combinados de manera imposible, ríen a voces sus chistes de personajes televisivos. Cuarentones sin otra cosa que hacer que soltar sus cañas en el mar de una tarde colorada, son felices porque unos señores amarillos van a subir a Primera División. Adolescentes con motos scooter y colgantes dorados, afirman conocer desde la infancia a Andy o a Lucas.
¡Qué bien te sienta, Cádiz, el cambio de estación! Aunque algunos digan, entre ellos yo, que este clima benigno es en parte culpable de que no termines de entrar en ese progreso europeo del que hablan sesudos politólogos.
Ya lo decía aquel sabio loco que pintaba tus calles con un rotulador: “No somos nada… y menos en bañador”.





