Del victimismo y otras artes

De las mejores cosas que tiene el zapping es que saca de contexto ciertas frases y les otorga un sentido magnífico. Ayer, viendo uno de esos noticieros de Canal Sur que nada tienen que envidiar a los de Urdaci y fruto de la pluma de algún reportero que seguramente tendrá otorgado ya ese envidiable estatus de funcionario, escuché la frase “Asociación de Víctimas de Andalucía” , para a continuación, tras zapear ver en Canal 2 Andalucía la imagen de un cortijo. Puede que a la mayoría le parezca una gilipollez, pero a mí eso de la Asociación de Víctimas de Andalucía me resulta el mejor nombre para montar una plataforma ciudadana para combatir el cortijerismo, ese movimiento filosófico de gran difusión en mi región, que consiste en acumular para tu tumba faraónica el mayor número de medallas del Rocío y automóviles marca BMW. Y es que estoy harto de tener que tratar con energúmenos que se aprovechan de becarios
y acojonan a los contratados eventuales con el fantasma del desempleo para poder seguir maltratando su hígado con manzanilla y tocino de jamón ibérico, y encima creen que están haciendo un favor a la humanidad. No soy tan iluso como para andar demonizando a los empresarios por el simple hecho de que sean quienes acumulan los medios de producción, comprendo cuales son las reglas del juego, pero precisamente son estos seres de mentalidad acomodaticia los que no hacen más que frenar el crecimiento de la Autonomía en férreo contubernio con los sátrapas del SOE andaluz. Bueno, paro aquí la bilis por hoy.
A Roxa, mi niña fruto del imposible matrimonio de Alaska con Seisdedos (una de cal y una de arena).
Antiglobies

Comprendo que no es muy políticamente correcto, para alguien que se encuadre dentro de ese nuevo progresismo de la era postaznar, decir que está hasta el sombrero de la antiglobalización. Comparto muchos de los puntos filosóficos y éticos de los evangelistas del No Logo, pero estoy un poco cansado de aguantar ciertas cosas de mis amigos megarrenovadores de izquierda.
Lo primero es esa estética tan desastrosa tipo cantante de Ojos de Brujo o esa otra de niño guay de ikastola 10 años después... Y esos pañuelos palestinos sempiternos. Si la Guerra de las Galaxias tuviera lugar en la España de hoy en día, los soldados del imperio llevarían camisetas de Bisbal y los rebeldes pañuelos palestinos. Digo yo, que si los portavoces de IU llevan trajes de marca, mis amigos antiglobies, se podían pasar un ratito por el Lefties de Zara ahora que Inditex ha revisado sus subcontratas en el Magreb.
Luego esos bares suyos llenos de perros en los que la vida se paraliza cuando suena una canción de Manu Chao y todos se ponen a cantarla con entusiasmo como si fuera la Internacional.
...Y las conversaciones, con ellos sólo cabe hablar de una cosa, del mundo, algo que parece muy extenso, pero con ellos todo se reduce a: "El mundo está fatal y hay que arreglarlo". Qué está muy bien, pero de vez en cuando hay que frivolizar un poco ¿Qué ha pasado con ese gran clásico, el sexo?
En fin, un beso a los que se sientan aludidos y otro a Virginia que dice que me estoy volviendo blandito en el blog (éste va por ti).
ADÁN Y LAS CIUDADES
Un día, entrevistando a un catedrático de Ciencias de la Educación de una Universidad de Madrid del que no consigo recordar el nombre, en mitad de una larga conversación plagada de citas suficientes como para rellenar dos cintas de Betacam, el tipo me dijo: “La gente se confunde, la educación no está en las escuelas, en esta vida contemporánea de ritmos frenéticos, la educación está en las ciudades, somos más producto de nuestras ciudades que de nuestros profesores”. Este pensamiento me lleva rondando desde hace mucho tiempo y creo que, aunque tal vez sea algo más poético que ensayístico, tiene mucho de verdad.
En San Fernando aprendí que el mundo es un corral y que somos animales acorralados, que la insatisfacción es algo que te sacude y zarandea en espiral para dejarte desubicado como un niño que se la queda en la gallinita ciega.
De Cádiz aprendí que la mejor manera de combatir la angustia es la ironía y que no hay ansiedad que no cure una puesta de sol.
Sevilla me enseñó que por más que lo intente nunca estaré solo y que en el fondo todos albergamos los mismos miedos y añoranzas.
Londres me hizo ver que somos mucho más vulnerables de lo que nos creemos, que es muy fácil dejarse caer y que hay que aferrarse a algo.
Madrid me enseñó lo mismo que Londres pero en castellano.
En Málaga vi claramente que en los hormigueros un extraño caos sustituye a la reina.
Ceuta y Almería me dijeron que siempre se puede estar peor y que la incomunicación es el peor de los infiernos.
Y Ámsterdam, mi querida Ámsterdam me susurró al oído que Adán estuvo una vez por allí y volvió a creer en la existencia del paraíso.
En San Fernando aprendí que el mundo es un corral y que somos animales acorralados, que la insatisfacción es algo que te sacude y zarandea en espiral para dejarte desubicado como un niño que se la queda en la gallinita ciega.
De Cádiz aprendí que la mejor manera de combatir la angustia es la ironía y que no hay ansiedad que no cure una puesta de sol.
Sevilla me enseñó que por más que lo intente nunca estaré solo y que en el fondo todos albergamos los mismos miedos y añoranzas.
Londres me hizo ver que somos mucho más vulnerables de lo que nos creemos, que es muy fácil dejarse caer y que hay que aferrarse a algo.
Madrid me enseñó lo mismo que Londres pero en castellano.
En Málaga vi claramente que en los hormigueros un extraño caos sustituye a la reina.
Ceuta y Almería me dijeron que siempre se puede estar peor y que la incomunicación es el peor de los infiernos.
Y Ámsterdam, mi querida Ámsterdam me susurró al oído que Adán estuvo una vez por allí y volvió a creer en la existencia del paraíso.





