La persistencia de la memoria (título temporal... se admiten sugerencias)
Mientras sentía como la vida se le iba escapando poco a poco, pasó por su mente en un instante, no toda su vida como suelen contar las historias, sino los últimos acontecimientos que le habían llevado a aquello.
Todo comenzó una noche de otoño. El viento entre las hojas de los árboles era el único sonido de la noche, el frío hacía que los habitantes del páramo, campesinos en su mayoría, se refugiaran en sus casas o en la taberna del pueblo.
Acababa de cenar y se había retirado a la biblioteca. Leía distraídamente el periódico del día cuando lo oyó. No cabía ninguna duda, no podía haber sido el viento, reconoció claramente aquel lamento, aquel grito sobrehumano del que tanto le habló su abuelo en la infancia. Le gustaba recordar los orígenes celtas de la familia: eran MacMahon, descendientes del clan de los O’Brien, uno de los cinco nobles. Según la leyenda, las banshees, mujeres ni vivas ni muertas, ataviadas con oscuros y largos vestidos o encarnadas en forma de cuervo, se anticipaban a la muerte de cualquier miembro de las familias privilegiadas, llorando triste y conmovedoramente la noche anterior.
Aquella noche oyó su muerte.
Por un momento se quedo paralizado, no podía creer lo que había oído. Era joven, tenía apenas 21 años, gozaba de salud y una considerable fortuna para gastar. Sin embargo, él era el único MacMahon del condado y no tenía constancia de ningún familiar; sus padres murieron cuando él era pequeño y su abuelo, gravemente enfermo, le abandonó hacía ya unos años. Nunca tuvo tíos ni primos ni conoció a nadie con su mismo apellido.
De repente, se reveló contra su destino, tenía demasiadas ganas de vivir. No se resignaría. Salió corriendo de casa, dirigido hacia el centro del pueblo, con la esperanza de encontrar a alguien, pero sin saber qué necesitaba.
Llegó a al taberna y empujó violentamente la puerta. Al entrar sintió el olor a humo, el ambiente cargado por cientos de pipas, y sus ojos se enrojecieron aumentando su expresión de desesperación.
Se quedó en la puerta, mirando como todos bebían tranquilamente sus vasos de whiskey. Nadie parecía reparar en él, todos absortos en sus propios pensamientos. Fue a la barra y pidió un trago, lo más fuerte que tuvieran. Mientras se emborrachaba intentaba encontrar el modo de burlar a la muerte: huir no serviría de nada, por lo que debería recurrir a una solución más arriesgada. Ese día perdería la vida, pero debía encontrar el modo de permanecer en este mundo. Se tragó su inculcada fé cristiana y pensó en alternativas paganas, leyendas tradicionales. ¿Tenía algún asunto pendiente que le convirtiera en un alma en pena? ¿Un pacto satánico, quizá? ¿Podría emular a Dorian Gray? Entonces recordó aquellas historias con que solían aterrorizar a niños y jóvenes sobre seres inmortales que se alimentaban de sangre humana. No sabía mucho acerca de vampiros pero esa podría ser la solución.
Cuando fue a pagar al camarero, su mirada se encontró con la de otro hombre, alguien que le observaba atentamente desde el fondo de la sala. Estaba apoyado en la pared, en la penumbra; su cabello largo, negro y ondulado, le ocultaba casi completamente el rostro. Vestía ricamente al estilo de la capital, camisa almidonada y levita de terciopelo, y su pulcritud desentonaba en aquel lugar, dándole un toque de elegancia. Parecía estar concentrado en una única tarea, vigilar todos sus movimientos, y en su persistente mirada había algo lóbrego, algo tenebroso.
Se incorporó, y caminó lenta y cadenciosamente hacia él; sus miradas fijas, como sumido en hipnosis. Se acercó y le dijo con voz grave, con aplomo y tranquilidad, que conocía la respuesta a su problema.
Casi sin ser consciente de sus propios actos, se encontró siguiendo a ese misterioso hombre a lo largo de la calle principal, hacia las afueras del pueblo, hasta un callejón apartado, solitario y oscuro.
Entonces el desconocido se detuvo dándole la espalda, con la cabeza ligeramente agachada. Tras unos segundos de expectante silencio, comenzó a girarse, la grava rechinando bajo sus pies, a la vez que levantaba su rostro hacia él, la cabeza ladeada, el cabello caído dejó ver sus ojos: profundos, intrigantes, sugestivos.
“Te ofrezco la inmortalidad. Te ofrezco la perfección: sin enfermedad, sin vejez, sin muerte. Te doy la eternidad.”
No podía apartar la mirada, sabía que sucediera lo que sucediera, no podría hacer nada para evitarlo; en el fondo, tampoco quería evitarlo...
Sintió una punzada en el cuello, un instante de agudo dolor, y después calma, un completo sosiego.
Y en ese momento se encontraba, notando como la vida le abandonaba pero sin sentirse muerto, sumergiéndose en la niebla.
Cuando su mente se aclaró, se encontraba en su propio dormitorio. Había perdido la noción del tiempo, pero los sonidos que llegaban del exterior, el trinar de algunos pájaros y esporádicos carruajes, le indicaron que debía rondar el mediodía. Tenía sed, muchísima sed, tanta que le impedía pensar en ninguna otra cosa, la sed le obsesionaba y le dominaba. Bajó a las cocinas, prescindiendo de mayordomo y cocineras, y se sirvió un vaso de vino que apuró rápidamente. Se sirvió otro, y otro. Dejó la frasca en la encimera y miró a su alrededor. Cruzó la habitación hasta el barril de cerveza, del que bebió largamente sin que su obsesión le abandonase.
Con aire sombrío regresó a su pieza: “Tengo sed, pero ni el vino ni la cerveza me sacian ya. Cada vez tengo más sed.”
Fue entonces cuando advirtió que las gruesas cortinas cubrían toda la ventana, censurando cualquier rayo de luz. Al comenzar a abrirlas sintió una gran quemazón en la mano, la única parte de su piel que se vio expuesta al sol. De un salto se separó de la ventana y de la escasa luz fugitiva que alcanzaba su dormitorio. Comenzó a alzar una mano, lentamente, con inseguridad, y se palpó el cuello: allí estaban, dos pequeñas marcas circulares, dos pequeñas heridas de colmillos.
ERS
Mrz 2004
Todo comenzó una noche de otoño. El viento entre las hojas de los árboles era el único sonido de la noche, el frío hacía que los habitantes del páramo, campesinos en su mayoría, se refugiaran en sus casas o en la taberna del pueblo.
Acababa de cenar y se había retirado a la biblioteca. Leía distraídamente el periódico del día cuando lo oyó. No cabía ninguna duda, no podía haber sido el viento, reconoció claramente aquel lamento, aquel grito sobrehumano del que tanto le habló su abuelo en la infancia. Le gustaba recordar los orígenes celtas de la familia: eran MacMahon, descendientes del clan de los O’Brien, uno de los cinco nobles. Según la leyenda, las banshees, mujeres ni vivas ni muertas, ataviadas con oscuros y largos vestidos o encarnadas en forma de cuervo, se anticipaban a la muerte de cualquier miembro de las familias privilegiadas, llorando triste y conmovedoramente la noche anterior.
Aquella noche oyó su muerte.
Por un momento se quedo paralizado, no podía creer lo que había oído. Era joven, tenía apenas 21 años, gozaba de salud y una considerable fortuna para gastar. Sin embargo, él era el único MacMahon del condado y no tenía constancia de ningún familiar; sus padres murieron cuando él era pequeño y su abuelo, gravemente enfermo, le abandonó hacía ya unos años. Nunca tuvo tíos ni primos ni conoció a nadie con su mismo apellido.
De repente, se reveló contra su destino, tenía demasiadas ganas de vivir. No se resignaría. Salió corriendo de casa, dirigido hacia el centro del pueblo, con la esperanza de encontrar a alguien, pero sin saber qué necesitaba.
Llegó a al taberna y empujó violentamente la puerta. Al entrar sintió el olor a humo, el ambiente cargado por cientos de pipas, y sus ojos se enrojecieron aumentando su expresión de desesperación.
Se quedó en la puerta, mirando como todos bebían tranquilamente sus vasos de whiskey. Nadie parecía reparar en él, todos absortos en sus propios pensamientos. Fue a la barra y pidió un trago, lo más fuerte que tuvieran. Mientras se emborrachaba intentaba encontrar el modo de burlar a la muerte: huir no serviría de nada, por lo que debería recurrir a una solución más arriesgada. Ese día perdería la vida, pero debía encontrar el modo de permanecer en este mundo. Se tragó su inculcada fé cristiana y pensó en alternativas paganas, leyendas tradicionales. ¿Tenía algún asunto pendiente que le convirtiera en un alma en pena? ¿Un pacto satánico, quizá? ¿Podría emular a Dorian Gray? Entonces recordó aquellas historias con que solían aterrorizar a niños y jóvenes sobre seres inmortales que se alimentaban de sangre humana. No sabía mucho acerca de vampiros pero esa podría ser la solución.
Cuando fue a pagar al camarero, su mirada se encontró con la de otro hombre, alguien que le observaba atentamente desde el fondo de la sala. Estaba apoyado en la pared, en la penumbra; su cabello largo, negro y ondulado, le ocultaba casi completamente el rostro. Vestía ricamente al estilo de la capital, camisa almidonada y levita de terciopelo, y su pulcritud desentonaba en aquel lugar, dándole un toque de elegancia. Parecía estar concentrado en una única tarea, vigilar todos sus movimientos, y en su persistente mirada había algo lóbrego, algo tenebroso.
Se incorporó, y caminó lenta y cadenciosamente hacia él; sus miradas fijas, como sumido en hipnosis. Se acercó y le dijo con voz grave, con aplomo y tranquilidad, que conocía la respuesta a su problema.
Casi sin ser consciente de sus propios actos, se encontró siguiendo a ese misterioso hombre a lo largo de la calle principal, hacia las afueras del pueblo, hasta un callejón apartado, solitario y oscuro.
Entonces el desconocido se detuvo dándole la espalda, con la cabeza ligeramente agachada. Tras unos segundos de expectante silencio, comenzó a girarse, la grava rechinando bajo sus pies, a la vez que levantaba su rostro hacia él, la cabeza ladeada, el cabello caído dejó ver sus ojos: profundos, intrigantes, sugestivos.
“Te ofrezco la inmortalidad. Te ofrezco la perfección: sin enfermedad, sin vejez, sin muerte. Te doy la eternidad.”
No podía apartar la mirada, sabía que sucediera lo que sucediera, no podría hacer nada para evitarlo; en el fondo, tampoco quería evitarlo...
Sintió una punzada en el cuello, un instante de agudo dolor, y después calma, un completo sosiego.
Y en ese momento se encontraba, notando como la vida le abandonaba pero sin sentirse muerto, sumergiéndose en la niebla.
Cuando su mente se aclaró, se encontraba en su propio dormitorio. Había perdido la noción del tiempo, pero los sonidos que llegaban del exterior, el trinar de algunos pájaros y esporádicos carruajes, le indicaron que debía rondar el mediodía. Tenía sed, muchísima sed, tanta que le impedía pensar en ninguna otra cosa, la sed le obsesionaba y le dominaba. Bajó a las cocinas, prescindiendo de mayordomo y cocineras, y se sirvió un vaso de vino que apuró rápidamente. Se sirvió otro, y otro. Dejó la frasca en la encimera y miró a su alrededor. Cruzó la habitación hasta el barril de cerveza, del que bebió largamente sin que su obsesión le abandonase.
Con aire sombrío regresó a su pieza: “Tengo sed, pero ni el vino ni la cerveza me sacian ya. Cada vez tengo más sed.”
Fue entonces cuando advirtió que las gruesas cortinas cubrían toda la ventana, censurando cualquier rayo de luz. Al comenzar a abrirlas sintió una gran quemazón en la mano, la única parte de su piel que se vio expuesta al sol. De un salto se separó de la ventana y de la escasa luz fugitiva que alcanzaba su dormitorio. Comenzó a alzar una mano, lentamente, con inseguridad, y se palpó el cuello: allí estaban, dos pequeñas marcas circulares, dos pequeñas heridas de colmillos.
ERS
Mrz 2004