HOMBRE, POR FAVOR,....
Desgraciadamene he de partir de vacaciones urgentemente (Huelva) y no me ha dado tiempo a acabar esta linda historia. El día 2 de octubre la terminaré. Si, ya sé que soy impresentable, ¡Qué me vais a decir!
(XXVIII) IRREMISIBLEMENTE MULA V (Ajá. ¿O sea que...? )
Se cayó la tormenta en ese momento. Las gotas estaban frías de verdad. Pero frías. Es que igual no me explico bien. Hasta Sualteza, que tenía la piel gruesa como la piel de una mula, pegaba algún respingo con aquellos goterones.
Fría.
Pero...no íbamos por ahí, ¿verdad?
- Yo mismo ¡Ea!
Quien así habló fue Elyoni. De hecho era el único que parecía divertirse con el tema. A Cantudo le pareció normal que el culpable de todo palmase en el intento y no intentó persuadirle de nada, ni advertirle de los peligros que conllevaba la misión.
- Te voy a explicar lo que debes hacer
- No hace falta. Entrar y liquidar a los Patterson.
- Mira, abuelo, ni Patterson, ni mis cojones. Lo que hay que hacer es ir donde la puerta y cerrarla. Y antes de que empiecen a salir balas otra vez. ¿vale?
- No se preocupe.
Elyoni pegó un brinco, con desprecio de su vida. Saltó sobre las tinajas de la leche, que ya se mezclaba con el agua eléctrica de la tormenta, y aun le dio tiempo a volverse y decir:
- No se apure, sheriff, de los Patterson no va a quedar ni el nombre.
Cantudo se echó las manos a la cabeza, se las mojó con el agua de la lluvia que empapaba su pelo, y se las pasó por la cara y se temió lo peor. En efecto, Elyoni, en lugar de cerrar la puerta, se metió en la comisaría/cuartelillo a liquidar a los Patterson. Cuando ya estaba dentro, sonó como si un cajón lleno de balas ardiese, y las balas saliesen disparadas. Fue entonces cuando a Cantudo se le ocurrió que debía entrar a recuperar el cadáver agujereado de Elyoni.
- Pobre loco. Ha palmado. Creo que ha sido culpa mía. Iré a recuperar el cadáver.
Ni Genoveva ni Finolis eran dos decididos valientes. No señor. Pero también les daba un poco de vergüenza dejar solo a Cantudo en tal menester, de modo que se levantaron de detrás del carro, pasaron sobre la leche derramada que se había mezclado con el agua de la tormenta y el barro y había formado una pasta repugnante, y acompañaron a Cantudo al interior de la comisaría/cuartelillo, donde, por otro lado el agua de la tormenta había calmado la vivacidad de las llamas. (Por lo menos de las que se veían desde fuera). No se esperaban más disparos.
Entraron en orden alfabético, pero de manera casual (Cantudo, Finolis, Genoveva). Es decir que no se dijeron “¿Entramos por orden alfabético?” ni nada parecido. No sé si me explico. No es que entraran en orden alfabético y fueran vestidos de manera casual (ya sabéis, casual wear)., es que el hecho de entrar en orden alfabético fue debido a la casualidad...
Entraron de cualquier manera. Mucho humo.
Tosieron. Tosieron así:
- ¡Cof! ¡Cof!
Aunque Finolis, como fumaba un poco tosió más así:
- ¡Corg!, ¡Corg!
El que llevaba los ojos más abiertos era Genoveva, y fue el primero que se dio cuenta de que la oficina estaba en un estado lamentable, aunque ya no ardía, y de que:
- ¿Dónde está el viejo? Aquí no hay nadie.
Cantudo se percató de que no estaba aportando nada, se sintió un poco contertulio y eso no le gustó, así que dijo:
- ¡Rápido mirad debajo de las mesas!
En realidad todos se dieron cuenta de que aquello era una tontería, porque ya se veía que debajo de las mesas no había nada. Nada de nada. Pero miraron de todos modos. Cantudo, mientras, se debatió mentalmente ente llamar a los bomberos, y qué sentido tenía hacer eso cuando el fuego ya estaba apagado , y no hacerlo, habiendo existido un incendio. No terminó el debate, ni tomó ninguna decisión, simplemente observó como se le acercaba Genoveva con los ojos rojos por el humo, y (Por cierto, se dijo, nunca me había fijado en los ojos de sapo que tiene este tío, coño, que desagradable) le decía:
- Este tío se ha esfumado. Ni rastro de él.
- Estará en el baño, Geno, no va a haber desaparecido.
Entonces habló Finolis, por fin:
- Pues vamos a mirar al baño, a mi no me importa. Tengo que mear.
Cantudo que tenía el día pensativo encaminó la marcha hacia el baño, mientras pensaba (Como se vé que el Finolis no es un profesional, ahora que el otro ¡Vaya ojos de cabra!, no sé a quien prefiero. ¿Voy a estar toda la vida fijándome en esos ojos de sapo?, vaya espero que no. Y ahora que lo pienso, no sé si se trata exactamente de un sapo, una cabra o una iguana...). El baño se situaba al fondo, claro, y a la derecha, por supuesto. Consistia en un urinario de pared, bien limpio y bonito, una puerta blanca y detrás un retrete. Era evidente que en el urinario no había nadie. Ojos de cabr...esto Genoveva, abrió la puerta del retrete, y tampoco había nadie.
- Nada. O se ha consumido en el fuego, o ha hecho algún truco diabólico. Los chalados tienen poderes ¿no?
- No sé.
- ¿Y tú?
- Yo tampoco sé.
- ¿Dónde estará el viejo?
- ¿Tu siempre tienes los ojos así?
- ¿Así de rojos?
- Así de huevo...
(El desenlace lo hago pero ya. No se me desconecten)
Fría.
Pero...no íbamos por ahí, ¿verdad?
- Yo mismo ¡Ea!
Quien así habló fue Elyoni. De hecho era el único que parecía divertirse con el tema. A Cantudo le pareció normal que el culpable de todo palmase en el intento y no intentó persuadirle de nada, ni advertirle de los peligros que conllevaba la misión.
- Te voy a explicar lo que debes hacer
- No hace falta. Entrar y liquidar a los Patterson.
- Mira, abuelo, ni Patterson, ni mis cojones. Lo que hay que hacer es ir donde la puerta y cerrarla. Y antes de que empiecen a salir balas otra vez. ¿vale?
- No se preocupe.
Elyoni pegó un brinco, con desprecio de su vida. Saltó sobre las tinajas de la leche, que ya se mezclaba con el agua eléctrica de la tormenta, y aun le dio tiempo a volverse y decir:
- No se apure, sheriff, de los Patterson no va a quedar ni el nombre.
Cantudo se echó las manos a la cabeza, se las mojó con el agua de la lluvia que empapaba su pelo, y se las pasó por la cara y se temió lo peor. En efecto, Elyoni, en lugar de cerrar la puerta, se metió en la comisaría/cuartelillo a liquidar a los Patterson. Cuando ya estaba dentro, sonó como si un cajón lleno de balas ardiese, y las balas saliesen disparadas. Fue entonces cuando a Cantudo se le ocurrió que debía entrar a recuperar el cadáver agujereado de Elyoni.
- Pobre loco. Ha palmado. Creo que ha sido culpa mía. Iré a recuperar el cadáver.
Ni Genoveva ni Finolis eran dos decididos valientes. No señor. Pero también les daba un poco de vergüenza dejar solo a Cantudo en tal menester, de modo que se levantaron de detrás del carro, pasaron sobre la leche derramada que se había mezclado con el agua de la tormenta y el barro y había formado una pasta repugnante, y acompañaron a Cantudo al interior de la comisaría/cuartelillo, donde, por otro lado el agua de la tormenta había calmado la vivacidad de las llamas. (Por lo menos de las que se veían desde fuera). No se esperaban más disparos.
Entraron en orden alfabético, pero de manera casual (Cantudo, Finolis, Genoveva). Es decir que no se dijeron “¿Entramos por orden alfabético?” ni nada parecido. No sé si me explico. No es que entraran en orden alfabético y fueran vestidos de manera casual (ya sabéis, casual wear)., es que el hecho de entrar en orden alfabético fue debido a la casualidad...
Entraron de cualquier manera. Mucho humo.
Tosieron. Tosieron así:
- ¡Cof! ¡Cof!
Aunque Finolis, como fumaba un poco tosió más así:
- ¡Corg!, ¡Corg!
El que llevaba los ojos más abiertos era Genoveva, y fue el primero que se dio cuenta de que la oficina estaba en un estado lamentable, aunque ya no ardía, y de que:
- ¿Dónde está el viejo? Aquí no hay nadie.
Cantudo se percató de que no estaba aportando nada, se sintió un poco contertulio y eso no le gustó, así que dijo:
- ¡Rápido mirad debajo de las mesas!
En realidad todos se dieron cuenta de que aquello era una tontería, porque ya se veía que debajo de las mesas no había nada. Nada de nada. Pero miraron de todos modos. Cantudo, mientras, se debatió mentalmente ente llamar a los bomberos, y qué sentido tenía hacer eso cuando el fuego ya estaba apagado , y no hacerlo, habiendo existido un incendio. No terminó el debate, ni tomó ninguna decisión, simplemente observó como se le acercaba Genoveva con los ojos rojos por el humo, y (Por cierto, se dijo, nunca me había fijado en los ojos de sapo que tiene este tío, coño, que desagradable) le decía:
- Este tío se ha esfumado. Ni rastro de él.
- Estará en el baño, Geno, no va a haber desaparecido.
Entonces habló Finolis, por fin:
- Pues vamos a mirar al baño, a mi no me importa. Tengo que mear.
Cantudo que tenía el día pensativo encaminó la marcha hacia el baño, mientras pensaba (Como se vé que el Finolis no es un profesional, ahora que el otro ¡Vaya ojos de cabra!, no sé a quien prefiero. ¿Voy a estar toda la vida fijándome en esos ojos de sapo?, vaya espero que no. Y ahora que lo pienso, no sé si se trata exactamente de un sapo, una cabra o una iguana...). El baño se situaba al fondo, claro, y a la derecha, por supuesto. Consistia en un urinario de pared, bien limpio y bonito, una puerta blanca y detrás un retrete. Era evidente que en el urinario no había nadie. Ojos de cabr...esto Genoveva, abrió la puerta del retrete, y tampoco había nadie.
- Nada. O se ha consumido en el fuego, o ha hecho algún truco diabólico. Los chalados tienen poderes ¿no?
- No sé.
- ¿Y tú?
- Yo tampoco sé.
- ¿Dónde estará el viejo?
- ¿Tu siempre tienes los ojos así?
- ¿Así de rojos?
- Así de huevo...
(El desenlace lo hago pero ya. No se me desconecten)
(XXVIII) IRREMISIBLEMENTE MULA IV (Listos para el remate)
Al igual que ocurre en los teatrillos callejeros, de repente nadie sabía que hacer. Por un lado la autoridad, Cantudo y Genoveva , sabían que tenían que hacer algo, aunque Genoveva esperaba que fuera su mando natural quie tomase la iniciativa, para él luego secundar la acción de su jefe sin fisuras, demostrando fehacientemente que eran un equipo. Cantudo, dudaba. Parecía que había habido un disparo, en efecto. Y ante un disparo, un sargento de la Guardia Civil no se puede quedar así como así. Hay que hacer algo. La cuestión era ¿Qué?. De momento levantarse, claro. Pero...
- Sheriff levántese, hombre. No quiero ver a mi jefe tirado por el suelo. ¡Que vergüenza! Dijo Elyoni.
- Ah, pero ¿Yo soy tu jefe? ¿me puedo levantar?
- Claro, hombre. Usted, el chico y yo. El único que ha de quedarse en el suelo es Finolis.
Genoveva y Cantudo se levantaron muy despacio. Y Cantudo agarró la lógica que le brindaban y dijo:
- Si yo soy tu jefe me tienes que obedecer. ¿no?
- Claro, jefe, dijo Elyoni, eso siempre.
- Dame tus revólveres. Tengo que mirar una cosa.
Pero fue pronunciar estas palabras, y, como si hubieran formado parte de un conjuro, un trueno bestial sonó en el cuartelillo. (¡PARRRRRAPOTROOUM!). Solo que una cosa: No fue un trueno. Fue como un chisporroteo eléctrico, justo donde Elyoni había disparado. De hecho un mar de chispas saltó desde el techo, hasta la mesa de Genoveva, que era muy desordenada, perdón desordenado, y que estaba lleno de papeles, y ¡coño que mala suerte! Un frasco de colonia con alto contenido en alcohol. Era uno de esos envases de plástico, de esos que si el frasco está encima de una mesa llena de papeles y salta un mar de chispas y prende lo papeles, pues explota.
- ¡POUM!
Y, joder esto si que fue un auténtico infortunio, el bote saltó en llamas y fue a aterrizar justo ( fue como un triple de último segundo) en un inocente cajón que guardaba las municiones de las armas del cuartelillo, y fue ahí cuando Genoveva y Cantudo asumieron el mando de la situación, y de dos brincos llegaron a la calle al grito de:
- ¡Fuera todos de aquí!¡Esto va a saltar por los aires!
No sé si sabéis el efecto que tiene una buena ración de calor en unas municiones de armamento metidas en un cajón. El efecto inmediato es que aquello se empieza a disparar como si un puñado de forajidos quisieran matar a todos los que estuvieran alrededor. Cantudo, que ya estaba fuera con todos, vio el carro del lechero, y a Sualteza. Y antes de que comenzase la lluvia de proyectiles dio una orden directa.
- Volcad el carro del lechero. Nos protegeremos de los disparos tras él.
Finolis incluso hizo una sugerencia
- Podríamos desenganchar a Sualteza antes, si os parece.
Así fue como tras un rato de desenganches, tropezones, y derrames de leche, consiguieron volcar el carro de Finolis, y lo que se veía era a Cantudo, Genoveva, Finolis y Elyoni, agazapados detrás del carro. Finolis vió que Sualteza corría peligro:
- ¡Nieves! Ven y agáchate aquí detrás , a mi lado.
Y eso fue lo que hizo Sualteza, agazaparse (si, las mulas se pueden agazapar, saben hacerlo, también saben hacer otras cosas) tras el carro. De modo que cuando empezó la lluvia de disparos desde el interior del cuartelillo, y las balas salían a chorros por la puerta de la calle, y por la ventana atravesando los cristales, había cinco elementos apostados tras el carro volcado, que a su vez estaba ante la leche derramada. A saber: Cantudo, Genoveva, Elyoni, Finolis, y Sualteza.
Una de las tonterías que sucedió primero fue que Elyoni respondió al fuego “enemigo”. Cantudo había frotado tanto su paciencia contra la lija de los acontecimientos que ya se le había desgastado del todo. Le dio una colleja a Elyoni en todo lo alto. Y además le dijo al tiempo:
- ¿Qué haces, so gilipollas?
Elyoni acusó el golpe con un leve movimiento de cabeza. Y lo asumió. Pero respondió a su “jefe”:
- Si esos Patterson se creen que van a salir de la cárcel, están listos. Tenemos que tener cuidado a la espalda, no sea que venga su hermano “El reverendo”. ¡Chico, vigila nuestra espalda! Finolis, ponte a disparar, y tú el de las orejas grandes...
- El de las orejas grandes es mi mula, la que me quieres robar.
- ¿El mustang?
- Es una mula.
- Es un mustang
- Vale. Es un mustang.
Otra rociada de balas les hizo callar y pegarse aun mas al volquete del carro, confiando en que las balas no atravesaran la chapa.
- Estas balas no atravesarán la chapa del volquete ¿No?
- Ni puta idea. Mejor que no.
Cantudo, tras la última rociada de balas tomó el mando. El mando que era suyo, por cierto:
- Hay que arriesgarse a entrar, a ver si podemos apagar el fuego. Yo creo que ya no quedarán balas. Necesito un voluntario.
- Yo mismo. ¡Ea!
Y, perdón, pero si queréis saber quien era el voluntario, tendréis que leer la continuación. En la que hay un inesperado final, y además una catarsis del carajo.
Continuará...
- Sheriff levántese, hombre. No quiero ver a mi jefe tirado por el suelo. ¡Que vergüenza! Dijo Elyoni.
- Ah, pero ¿Yo soy tu jefe? ¿me puedo levantar?
- Claro, hombre. Usted, el chico y yo. El único que ha de quedarse en el suelo es Finolis.
Genoveva y Cantudo se levantaron muy despacio. Y Cantudo agarró la lógica que le brindaban y dijo:
- Si yo soy tu jefe me tienes que obedecer. ¿no?
- Claro, jefe, dijo Elyoni, eso siempre.
- Dame tus revólveres. Tengo que mirar una cosa.
Pero fue pronunciar estas palabras, y, como si hubieran formado parte de un conjuro, un trueno bestial sonó en el cuartelillo. (¡PARRRRRAPOTROOUM!). Solo que una cosa: No fue un trueno. Fue como un chisporroteo eléctrico, justo donde Elyoni había disparado. De hecho un mar de chispas saltó desde el techo, hasta la mesa de Genoveva, que era muy desordenada, perdón desordenado, y que estaba lleno de papeles, y ¡coño que mala suerte! Un frasco de colonia con alto contenido en alcohol. Era uno de esos envases de plástico, de esos que si el frasco está encima de una mesa llena de papeles y salta un mar de chispas y prende lo papeles, pues explota.
- ¡POUM!
Y, joder esto si que fue un auténtico infortunio, el bote saltó en llamas y fue a aterrizar justo ( fue como un triple de último segundo) en un inocente cajón que guardaba las municiones de las armas del cuartelillo, y fue ahí cuando Genoveva y Cantudo asumieron el mando de la situación, y de dos brincos llegaron a la calle al grito de:
- ¡Fuera todos de aquí!¡Esto va a saltar por los aires!
No sé si sabéis el efecto que tiene una buena ración de calor en unas municiones de armamento metidas en un cajón. El efecto inmediato es que aquello se empieza a disparar como si un puñado de forajidos quisieran matar a todos los que estuvieran alrededor. Cantudo, que ya estaba fuera con todos, vio el carro del lechero, y a Sualteza. Y antes de que comenzase la lluvia de proyectiles dio una orden directa.
- Volcad el carro del lechero. Nos protegeremos de los disparos tras él.
Finolis incluso hizo una sugerencia
- Podríamos desenganchar a Sualteza antes, si os parece.
Así fue como tras un rato de desenganches, tropezones, y derrames de leche, consiguieron volcar el carro de Finolis, y lo que se veía era a Cantudo, Genoveva, Finolis y Elyoni, agazapados detrás del carro. Finolis vió que Sualteza corría peligro:
- ¡Nieves! Ven y agáchate aquí detrás , a mi lado.
Y eso fue lo que hizo Sualteza, agazaparse (si, las mulas se pueden agazapar, saben hacerlo, también saben hacer otras cosas) tras el carro. De modo que cuando empezó la lluvia de disparos desde el interior del cuartelillo, y las balas salían a chorros por la puerta de la calle, y por la ventana atravesando los cristales, había cinco elementos apostados tras el carro volcado, que a su vez estaba ante la leche derramada. A saber: Cantudo, Genoveva, Elyoni, Finolis, y Sualteza.
Una de las tonterías que sucedió primero fue que Elyoni respondió al fuego “enemigo”. Cantudo había frotado tanto su paciencia contra la lija de los acontecimientos que ya se le había desgastado del todo. Le dio una colleja a Elyoni en todo lo alto. Y además le dijo al tiempo:
- ¿Qué haces, so gilipollas?
Elyoni acusó el golpe con un leve movimiento de cabeza. Y lo asumió. Pero respondió a su “jefe”:
- Si esos Patterson se creen que van a salir de la cárcel, están listos. Tenemos que tener cuidado a la espalda, no sea que venga su hermano “El reverendo”. ¡Chico, vigila nuestra espalda! Finolis, ponte a disparar, y tú el de las orejas grandes...
- El de las orejas grandes es mi mula, la que me quieres robar.
- ¿El mustang?
- Es una mula.
- Es un mustang
- Vale. Es un mustang.
Otra rociada de balas les hizo callar y pegarse aun mas al volquete del carro, confiando en que las balas no atravesaran la chapa.
- Estas balas no atravesarán la chapa del volquete ¿No?
- Ni puta idea. Mejor que no.
Cantudo, tras la última rociada de balas tomó el mando. El mando que era suyo, por cierto:
- Hay que arriesgarse a entrar, a ver si podemos apagar el fuego. Yo creo que ya no quedarán balas. Necesito un voluntario.
- Yo mismo. ¡Ea!
Y, perdón, pero si queréis saber quien era el voluntario, tendréis que leer la continuación. En la que hay un inesperado final, y además una catarsis del carajo.
Continuará...
(XXVIII) IRREMISIBLEMENTE MULA III (No os queda mili...)
(La cosa empieza con un debate: ¿El cuartelillo es una comisaría? ¿No? ¿Si? Sacad vuestras conclusiones, pero no juzguéis.)
La puerta de la comisaría-cuartelillo estaba toda callada, descansandito y tranquila. Era muy temprano. Pero las cosas suceden así. Si eres lo suficientemente frío después de una gran catástrofe, y te pones a pensar en cómo ha ocurrido, resulta que te das cuenta de que no ha tenido un principio propiamente dicho, sino que se ha ido deslizando.
Así que este pobre narrador, este desgraciado, este calamar, en suma, no sabría decir que es lo que fue el principio.
Cantudo estaba tomando café, la puerta se abrió decididamente. Romero, el soldado raso, también llamado “Genoveva” (Una vez el tio todo borracho pegando tiros al aire, en las fiestas, y el dueño del bar todo indignado. Y al año siguiente volvieron al bar y el dueño decía:¡Ese que no beba! ¡Que no beba! ¡Que no beba!, y Genoveva se quedó) se inclinaba sobre su máquina de escribir, re-es-c-r-i-b-i-e-n-d-o---u-n—i-n-f-o-r-m-e.
Entró Elyoni. Y dijo:
- ¿Sheriff?
Y arrojó su sombrero sobre la mesa. Se quitó el cinturón, con los revólveres plateados, y lo dejó también encima de la mesa. Y dijo unas palabras más:
- Me tomaría una taza de café.
Cantudo y Genoveva no acertaron a decir nada. Sólo se miraron. Pero una mirada bastaba para entenderse. Eso sí, para entenderse con una mirada, había que querer comunicar algo, y como no se comunicaban nada, pues ni mirada ni candelas prendidas.
Elyoni se acercó a la cafetera tipo melitta y se sirvió un café en una taza vacía pero que había sido de un ayudante que no había aguantado la presión y se había ido, hacía dos años, y nadie se había molestado en lavar la taza. Cantudo esta vez si que comunicó con la mirada:
- Le va a saber el cafelito a pota de perro.
Por fin Elyoni habló:
- He estado toda la noche en el camino. Ni rastro del maldito Logan. Sólo me he topado con el lechero, se ha llevado un buen susto el pobre. Por cierto, tiene un bonito mustang, el tio. Me gustaría comprárselo. Le haré una buena oferta, no la podrá rechazar.
Ni Cantudo ni Genoveva osaban intervenir, de momento. Elyoni se acercó a la ventana, apartó unos visillos y dijo:
- Se acerca tormenta. Quizá Logan aproveche para acercarse esta noche. Pero nos pillará preparados. ¿Eh Sheriff?. Seguro que vendrá por el camino de la Nuez del Diablo. ¿Qué no? Si tuviera el caballo del tonto del lechero saldría al camino y le interceptaría. ¿Sabe, sheriff? Le ha puesto a tirar de un carro. A ese caballo de sangre azul, le pondría en su sitio. Donde merece, galopando. Tal vez se lo robe, y haga usted la vista gorda ¿Eh, Sheriff? Después de todo, cualquier cowboy, hasta el más zarrapastroso tiene derecho a una montura, y yo no soy ningun zarrapastroso, soy un ayudante de sheriff digno, y fui un ganadero digno, y fui un cocinero digno y fui un pianista digno, y voy a robarle el caballo a ese lechero estúpido...
- ¿A quien llamas tu estúpido, chiflado de mierda sic? ¡Tu no eres un vaquero, pedazo de carcamal! ¡Estamos de en siglo XXI! Aquí no hay vaqueros, tus pistolas son de plástico plateado, y no das miedo a nadie, la gente se descojona de ti, y ni siquera te llamas Elyoni, tienes una mierda de nombre que no me acuerdo...
Por supuesto que quien así hablaba no era otro que Finolis, que había perdido las llaves del SIMCA que había sido de su padre, y el SIMCA ya estaba en el cielo, desguazadito, pero él se había quedado las llaves de recuerdo, y resulta que las había perdido y estaba rehaciendo la ruta de aquella madrugada....
-...¡Oscar! o ¡Rubén! o ¡Gastón! Y de apellido Ruiz o Valdecantos.
- ...
Estos sencillos y odiosos puntos suspensivos indican que nadie sabía que decir, porque las palabras de Finolis habían quedado regocijándose en una especie de eco parroquial, de misa de 11. (No de una). Es un eco como seco ¿sabéis? NO es que se lleguen a repetir las palabras, es que quedan en el aire sus colas.
Claro que para eco el que surgió de la detonación de uno de los revólveres de Elyoni. Al amparo de la estruendosa explosión Elyoni por fin habló. Mientras todos lo9s demás estaban tumbados en el suelo, boca abajo.
- ¿Cuál es tu nombre, joven?
- Finolis.
- En una sola frase has dicho descojonar, mierda, y mierda otra vez.
- Si.
- Me preguntaba por qué te llamaban Finolis, con lo bruto que eres hablando...
(No puedo describir fácilmente las emociones que esperan a los que lean la siguiente parte, de verdad)
La puerta de la comisaría-cuartelillo estaba toda callada, descansandito y tranquila. Era muy temprano. Pero las cosas suceden así. Si eres lo suficientemente frío después de una gran catástrofe, y te pones a pensar en cómo ha ocurrido, resulta que te das cuenta de que no ha tenido un principio propiamente dicho, sino que se ha ido deslizando.
Así que este pobre narrador, este desgraciado, este calamar, en suma, no sabría decir que es lo que fue el principio.
Cantudo estaba tomando café, la puerta se abrió decididamente. Romero, el soldado raso, también llamado “Genoveva” (Una vez el tio todo borracho pegando tiros al aire, en las fiestas, y el dueño del bar todo indignado. Y al año siguiente volvieron al bar y el dueño decía:¡Ese que no beba! ¡Que no beba! ¡Que no beba!, y Genoveva se quedó) se inclinaba sobre su máquina de escribir, re-es-c-r-i-b-i-e-n-d-o---u-n—i-n-f-o-r-m-e.
Entró Elyoni. Y dijo:
- ¿Sheriff?
Y arrojó su sombrero sobre la mesa. Se quitó el cinturón, con los revólveres plateados, y lo dejó también encima de la mesa. Y dijo unas palabras más:
- Me tomaría una taza de café.
Cantudo y Genoveva no acertaron a decir nada. Sólo se miraron. Pero una mirada bastaba para entenderse. Eso sí, para entenderse con una mirada, había que querer comunicar algo, y como no se comunicaban nada, pues ni mirada ni candelas prendidas.
Elyoni se acercó a la cafetera tipo melitta y se sirvió un café en una taza vacía pero que había sido de un ayudante que no había aguantado la presión y se había ido, hacía dos años, y nadie se había molestado en lavar la taza. Cantudo esta vez si que comunicó con la mirada:
- Le va a saber el cafelito a pota de perro.
Por fin Elyoni habló:
- He estado toda la noche en el camino. Ni rastro del maldito Logan. Sólo me he topado con el lechero, se ha llevado un buen susto el pobre. Por cierto, tiene un bonito mustang, el tio. Me gustaría comprárselo. Le haré una buena oferta, no la podrá rechazar.
Ni Cantudo ni Genoveva osaban intervenir, de momento. Elyoni se acercó a la ventana, apartó unos visillos y dijo:
- Se acerca tormenta. Quizá Logan aproveche para acercarse esta noche. Pero nos pillará preparados. ¿Eh Sheriff?. Seguro que vendrá por el camino de la Nuez del Diablo. ¿Qué no? Si tuviera el caballo del tonto del lechero saldría al camino y le interceptaría. ¿Sabe, sheriff? Le ha puesto a tirar de un carro. A ese caballo de sangre azul, le pondría en su sitio. Donde merece, galopando. Tal vez se lo robe, y haga usted la vista gorda ¿Eh, Sheriff? Después de todo, cualquier cowboy, hasta el más zarrapastroso tiene derecho a una montura, y yo no soy ningun zarrapastroso, soy un ayudante de sheriff digno, y fui un ganadero digno, y fui un cocinero digno y fui un pianista digno, y voy a robarle el caballo a ese lechero estúpido...
- ¿A quien llamas tu estúpido, chiflado de mierda sic? ¡Tu no eres un vaquero, pedazo de carcamal! ¡Estamos de en siglo XXI! Aquí no hay vaqueros, tus pistolas son de plástico plateado, y no das miedo a nadie, la gente se descojona de ti, y ni siquera te llamas Elyoni, tienes una mierda de nombre que no me acuerdo...
Por supuesto que quien así hablaba no era otro que Finolis, que había perdido las llaves del SIMCA que había sido de su padre, y el SIMCA ya estaba en el cielo, desguazadito, pero él se había quedado las llaves de recuerdo, y resulta que las había perdido y estaba rehaciendo la ruta de aquella madrugada....
-...¡Oscar! o ¡Rubén! o ¡Gastón! Y de apellido Ruiz o Valdecantos.
- ...
Estos sencillos y odiosos puntos suspensivos indican que nadie sabía que decir, porque las palabras de Finolis habían quedado regocijándose en una especie de eco parroquial, de misa de 11. (No de una). Es un eco como seco ¿sabéis? NO es que se lleguen a repetir las palabras, es que quedan en el aire sus colas.
Claro que para eco el que surgió de la detonación de uno de los revólveres de Elyoni. Al amparo de la estruendosa explosión Elyoni por fin habló. Mientras todos lo9s demás estaban tumbados en el suelo, boca abajo.
- ¿Cuál es tu nombre, joven?
- Finolis.
- En una sola frase has dicho descojonar, mierda, y mierda otra vez.
- Si.
- Me preguntaba por qué te llamaban Finolis, con lo bruto que eres hablando...
(No puedo describir fácilmente las emociones que esperan a los que lean la siguiente parte, de verdad)
(XXVIII) IRREMISIBLEMENTE MULA II (Quédate ahí, que ahora vuelvo)
El sargento del cuartelillo de la Guardia Civil, era la máxima autoridad armada del pueblo. Este conocimiento de su propia importancia le obligaba a mantener en todo momento una actitud grave. O si queréis circunspecta. ¡Ea! Circunspecta.
Pero con el relato que le estaba haciendo el Finolis, apenas podía mantener la cara seria, y se obligaba a no sonreír continuamente dándose fuertes pellizcos en el antebrazo.
- ¿A que esperais?, ¡Id a detener a ese...forajido!
El sargento Cantudo, ya no pudo más y prorrumpió tras un último intento agónico de contención en una carcajada explosiva.
- Disculpa, disculpa. Perdóname Finolis, por favor...
- No entiendo nada...
Cantudo se dio una vuelta por el despacho mientras terminaba de reír.
- ¿Es que no me crees?- Inquirió Finolis.
Cantudo se volvió y se encaró con Finolis, haciéndose el “ligeramente ofendido”:
- Amigo mío. Te creo desde mis grandes cachas de sargento hasta las borlas de mis calcetines. Te creo tanto que te voy a explicar lo que ha sucedido. Es más, lo vas a entender con una sola palabra: Elyoni. Tú te has cruzado con Elyoni.
- ¿Elyoni? ¿El famoso chiflado? Pero si debe tener...
- Ochenta y cuatro años, sí.
- ¡Caramba! Recuerdo que me contaban mis padres que andaba por ahí disfrazado de vaquero, asustando a los turistas con sus pistolas. Ni siquiera yo llegué a conocerle. ¿Es que ha vuelto del extranjero, tras una larguísima temporada?
- En realidad, puede decirse que si, amigo Finolis, puesto que ha vuelto del Hospital Psiquiátrico. Tras cuarenta años encerrado..
Finolis se dio un respiro. Efectivamente había oído hablar de Elyoni. Un pobre chiflado que se dedicaba a asustar a los turistas, y a cualquiera que no le conociera, disfrazado de forajido del oeste o algo así. Se ocultaba en la cuenta de la carretera nacional, e interceptaba autobuses, camiones, lo que fuera menester. Aquello duró hasta que el Ayuntamiento actuó de ofició y lo envío a examinar a la capital, donde se decidió que lo encerrarían porque se le consideraba peligroso.
- Eso que piensas es correcto, Finolis. De hecho ya no se le considera peligroso, debido a su avanzaba edad.
- ¿Ah no? Tenías que verlo brincar dentro del carro. ¿Seguro que tiene ochenta y cuatro alos?
- Bueno, er..nació en el, entonces me llevo una y ¡ah, pues no! Tiene ochenta y dos. Perdona.
- De todas formas. ¿Vais a hacer algo?
- Si tu te empeñas...
- No, a mi me da igual. Ya conociéndole...
Finolis salió a la calle, y se despidió de Cantudo muy calurosamente.
- Dínoslo si molesta, Finolis.
- Si me molesta volveré- respondió Finolis mientras se subía al pescante.
- Vuelve cuando quieras...
Y al oír “cuando quieras”, Sualteza comenzó a andar, y Finolis, que ya tenía un pie preparado para subir al carro, pegó un traspiés y se dio un trastazo tremendo, chocando con la nariz en el suelo, y ya no fue nariz durante un tiempo, sino un pimiento.
- Nos vamos parando.
Y ella se paró. No hay que darle más importancia a este hecho estúpido.
Lo que si tuvo su importancia fue lo que sucedió un cuarto de hora después en la comisaría. Cuando apareció Elyoni.
¿Queréis saberlo? (En caso afirmativo no os perdáis la parte III, que ya no es de transición, como esta, que por el contrario, si)
Pero con el relato que le estaba haciendo el Finolis, apenas podía mantener la cara seria, y se obligaba a no sonreír continuamente dándose fuertes pellizcos en el antebrazo.
- ¿A que esperais?, ¡Id a detener a ese...forajido!
El sargento Cantudo, ya no pudo más y prorrumpió tras un último intento agónico de contención en una carcajada explosiva.
- Disculpa, disculpa. Perdóname Finolis, por favor...
- No entiendo nada...
Cantudo se dio una vuelta por el despacho mientras terminaba de reír.
- ¿Es que no me crees?- Inquirió Finolis.
Cantudo se volvió y se encaró con Finolis, haciéndose el “ligeramente ofendido”:
- Amigo mío. Te creo desde mis grandes cachas de sargento hasta las borlas de mis calcetines. Te creo tanto que te voy a explicar lo que ha sucedido. Es más, lo vas a entender con una sola palabra: Elyoni. Tú te has cruzado con Elyoni.
- ¿Elyoni? ¿El famoso chiflado? Pero si debe tener...
- Ochenta y cuatro años, sí.
- ¡Caramba! Recuerdo que me contaban mis padres que andaba por ahí disfrazado de vaquero, asustando a los turistas con sus pistolas. Ni siquiera yo llegué a conocerle. ¿Es que ha vuelto del extranjero, tras una larguísima temporada?
- En realidad, puede decirse que si, amigo Finolis, puesto que ha vuelto del Hospital Psiquiátrico. Tras cuarenta años encerrado..
Finolis se dio un respiro. Efectivamente había oído hablar de Elyoni. Un pobre chiflado que se dedicaba a asustar a los turistas, y a cualquiera que no le conociera, disfrazado de forajido del oeste o algo así. Se ocultaba en la cuenta de la carretera nacional, e interceptaba autobuses, camiones, lo que fuera menester. Aquello duró hasta que el Ayuntamiento actuó de ofició y lo envío a examinar a la capital, donde se decidió que lo encerrarían porque se le consideraba peligroso.
- Eso que piensas es correcto, Finolis. De hecho ya no se le considera peligroso, debido a su avanzaba edad.
- ¿Ah no? Tenías que verlo brincar dentro del carro. ¿Seguro que tiene ochenta y cuatro alos?
- Bueno, er..nació en el, entonces me llevo una y ¡ah, pues no! Tiene ochenta y dos. Perdona.
- De todas formas. ¿Vais a hacer algo?
- Si tu te empeñas...
- No, a mi me da igual. Ya conociéndole...
Finolis salió a la calle, y se despidió de Cantudo muy calurosamente.
- Dínoslo si molesta, Finolis.
- Si me molesta volveré- respondió Finolis mientras se subía al pescante.
- Vuelve cuando quieras...
Y al oír “cuando quieras”, Sualteza comenzó a andar, y Finolis, que ya tenía un pie preparado para subir al carro, pegó un traspiés y se dio un trastazo tremendo, chocando con la nariz en el suelo, y ya no fue nariz durante un tiempo, sino un pimiento.
- Nos vamos parando.
Y ella se paró. No hay que darle más importancia a este hecho estúpido.
Lo que si tuvo su importancia fue lo que sucedió un cuarto de hora después en la comisaría. Cuando apareció Elyoni.
¿Queréis saberlo? (En caso afirmativo no os perdáis la parte III, que ya no es de transición, como esta, que por el contrario, si)
(XXVIII) IRREMISIBLEMENTE MULA. (Nos vamos parando)
Y la mula, obediente, se paraba.
- Quédate ahí que ahora vuelvo.
Entonces Marco, el lechero, se bajaba del carro, cogía una tinaja metálica de leche, y se metía en un portal. Al rato salía y se volvía a subir al carro, esta vez con una tinaja de leche vacía. Y decía:
- Cuando quieras.
Y la mula, Nieves, sin hacerse de rogar, pero sin apurarse tampoco, reanudaba la marcha.
Así pues, nada de “arre” ni “so”, un simple “nos vamos parando”, un “quédate ahí que ahora vuelvo” y un “cuando quieras” eran suficientes, para que el lechero y su mula cumplieran su misión.
A él le apodaban Finolis. Y a ella Sualteza.
Ya habían adelantado los tiempos lo suficiente como para que Finolis tuviese una furgoneta de reparto, como Dios manda, pero el siempre decía que mientras Sualteza pudiera hacer el trabajo, el no iba a comprar ninguna furgoneta de mierda sic. Bueno, el decía:”...ninguna furgoneta de mierda sic”, pero era porque había leído lo de sic en un periódico, a continuación de una frase de un político: No vamos a permitir que nos construyan una estación de autobuses de mierda (sic). Y el creía que el sic formaba parte de la frase. Que era como para realzar, que la mierda sic era más mierda.
La gente del pueblo quería a Sualteza, y sentía cierto aprecio por Finolis, de modo que el reparto de leche, no era sólo un negocio, sino también una especie de recolección de amor, un amor que todos los clientes de Finolis le daban en pequeñas dosis cada día:
- ¿Qué, Sualteza esperando al Finolis? Dígale que le trate bien ¿eh?
Y le daban a lo mejor una reineta o una granny smith.
En realidad la estrella del lugar era Sualteza. Así que resultó muy raro lo que pasó a la entrada del pueblo aquella madrugada de otoño, cuando el Finolis y su alteza bajaban al reparto diario.
Había mucha niebla, y era una madrugada muy oscura. No se veía un carajo, vamos. Al doblar la última curva antes de entrar en el pueblo pueblo, ante Finolis y Sualteza, en mitad del camino, se alzaba la figura de un...(es que yo sé que no os lo vais a creer) de un...
De un cow-boy.
Instintivamente, Finolis, le dijo a Sualteza
- Nos vamos parando.
Hizo bien porque aquel cowboy tenía un aspecto terrible. Plantado en mitad del camino, no se distinguía bien ningún color de su indumentaria, excepto para el narrador, un enorme sombrero beige le tapaba la mayor parte de su expresión, llevaba un chaleco color plata de fuerte brillo plata también, unos sobrepantalones (¿Cómo se llamará esa cosa?), clásicos de vaquero, sobre unos vaqueros, y dos enormes fundas de revólver vacías colgaban de su cinturón. ¿Por qué vacías? Porque llevaba dos grandes revólveres plateados en sus manos, apuntando a Finolis.
- Hazte a un lado.
- ¿Es un atraco?
- ¡Que te apartes, coño!
- Si, si.
Finolis se hizo a un lado, y dejó sitio a Elyoni, que enseguida se ocupó de mirar arriba y abajo, mientras Finolis no daba crédito.
- Perdón ¿Qué busca?
- ¡Que te calles, coño!
Elyoni saltó al cajetín (No se llama así. ¿no?) del carro, se guardó uno de los revólveres y se puso a buscar entre las tinajas de leche. Durante un buen rato desarrolló una gran actividad, hasta que se cansado, se bajó del carro de un ágil salto. Luego se acercó a la mula, y dándole un buen palmeo dijo:
- Excelente animal. Puedes irte hijo. ¡¡Arre!!.
- Cuando quieras.
Y con paso cansino Sualteza siguió su camino, con su leche, y su Finolis.
( Pero lo que quiero decir, es que en la segunda parte empiezan a suceder unas cosas tan inverosímiles)
(XXVII) ASCENSO AL MONTE NITAKKA (Parte V-Monte Nitakka FIN)
Sato Grün anduvo vagabundeando una semana o así. Y empezó a tener aspecto de toxicómano. No se le daba bien comer a lo libre, y la confianza en sus posibilidades se había resentido un poco. De hecho, y, mucho ojo, siempre hablando, de cómo le suceden estas cosas a los perros, de hecho, como digo empezó a tener apariciones de su madre, en las que ella le reconvenía duramente por su comportamiento errático. Y, en una ocasión llegó a aparecérsele su padre:
- Tu comportamiento es lamentable, hijo mío.
- Pues anda que el tuyo...
- Pues es verdad. Adiós.
Son embargo, ya sabéis como funcionan estas cosas, aunque no quieras, a base de insistencia, las apariciones regañonas acaban por afectar al ánimo.
La ladera del Monte Nitakka no es más que un prado inclinado, la mayor parte del tiempo. Sin embargo, los Domingos por la tarde se convierte en un bullicioso hormiguero de niños y mayores dedicados al inútil arte de volar cometas. Sato Grün se vio en la ladera del Monte Nitakka aquel Domingo por la tarde, y durante un rato persiguió ladrando a las cometas que gobernaban los niños, para hacerse el simpático. Y, de hecho un espabilado jovenzuelo, de apenas los años suficientes para mantenerse en pie, se fijó en él, lo señaló con tres dedos como hacen los niños pequeños y le dijo:
- ¡Guau!
Sato Grün sabía seducir, así que se acercó muy despacio al niño y le dio un par de lametones en la cara. El niño hizo lo que se esperaba de él; se cayó de culo y se rió. Y Sato Grün , se puso a darle más lametones, a pesar de que la cara del chaval sabía a yogur agriado por el paso del tiempo, y un poco a vomitona de potito de arroz blanco y ternera. La cometa surcaba el cielo, ya libre, igual que las alondras.
Tal y como estaba previsto por ese gran seductor que era Sato Grün, pronto se acercó el hermano del chaval, todo rabiosón y envidioso, a recibir su ración de lametones, y Sato se la dio sin ahorrárse babas. Y con exactitud matemática los padres de los pequeños, sonreían y miraban el espectáculo, muy satisfechos de que sus hijos no mostrasen ningún temor ante el animal. ( Sato, vamos).
Era el tipo de escenas que se desea tanto que no terminen, que de repente uno se pregunta:
- ¿Y por qué ha de terminar?
Y entonces comienzan las tonterías.
De hecho fue enseguida cuando el niño de cuatro años, dijo con su lenguaje de cuatro años (Solo que yo lo traduzco a adulto porque no me sale natural).
- Disculpe padre, ¿Podríamos quedarnos con el perrito?
En ese momento Sato Grün se hizo un sit, y puso su hocico contra el ocaso, para que se pareciara mejor la perfección y pureza de sus formas.
- Mira chaval, ni perro ni mis cojones...y a la furgoneta que ya es tarde.
Entonces intervino Yoko, la madre;
- ¿Tienes prisa? ¿Qué pasa que hay béisbol?
- No es eso, es que esta refrescando.
- El niño te está preguntando. Dale una respuesta razonada, por una vez en tu vida.
- Pero Yoko, tu sabes perfectamente que no puede ser...
- A mi no, a Óscar, la respuesta se la tienes que dar a Óscar.
- Niño...
- Óscar.
- Eso, Óscar, no podemos quedarnos al perrito, porque tendrá dueño.
- Perdona, pues no lo parece, porque aquí no hay nadie, salvo nosotros.-intervino Yoko.
- Pero Yoko, ¿Es que tu quieres que nos quedemos al perro?
- No, yo lo que quiero es que razones con el niño.
Óscar estaba a punto del llanto, verdaderamente frustrado, de es manera que te sientes cuando te das cuenta de que sólo un milagro es puede hacer que te salgas con la tuya.
Claro que la seducción tiene un inmenso poder, y entonces, Óscar se supo más fuerte que un cacho de hormigón, y se abrazó al perro, que le correspondió con un cálido lametón.
Yoko, por su parte ya había metido al otro niño en la furgoneta, y se había sentado ya en su puesto de copiloto, poniendo esa cara de “A ver, soluciona este tema, como lo haría yo”. Y entonces ocurrió. La inspiración acudió en auxilio del padre de Óscar, y le brindó una solución de riesgo, aunque brillante.
- A ver Óscar. Hoy has sido bueno. ¿Y que pasa cuando eres bueno?
- Que se me concede un deseo, padre.
- Eso es. ¿Cuál es tu deseo?
- El perro. Quiero quedarme con el perro.
- ¿Lo has pensado bien?
- Sí.
- Te lo digo, Óscar, chaval, porque igual te interesa más que te compre el Rey León.
Ante aquella oferta, Óscar se acercó lentamente a Sato Grün, que seguía en sit y con el cuello estirado al máximo, y le dijo.
- Adiós perro.
Óscar y su feliz padre, se subieron a la furgoneta, y el motor se puso en marcha y en menos del tiempo del que parecía necesario, se marcharon.
Sato Grün, seguía sentado en posición de máxima belleza, sin poderse creer que había sido esta vez él el abandonado. Recibió parte de su castigo, y eso que no se enteró de lo poco que tardó Óscar en olvidarle, ni tampoco del susurro del padre de Óscar cuando conducía camino a casa...
- Puto saco de pulgas...
FIN
- Tu comportamiento es lamentable, hijo mío.
- Pues anda que el tuyo...
- Pues es verdad. Adiós.
Son embargo, ya sabéis como funcionan estas cosas, aunque no quieras, a base de insistencia, las apariciones regañonas acaban por afectar al ánimo.
La ladera del Monte Nitakka no es más que un prado inclinado, la mayor parte del tiempo. Sin embargo, los Domingos por la tarde se convierte en un bullicioso hormiguero de niños y mayores dedicados al inútil arte de volar cometas. Sato Grün se vio en la ladera del Monte Nitakka aquel Domingo por la tarde, y durante un rato persiguió ladrando a las cometas que gobernaban los niños, para hacerse el simpático. Y, de hecho un espabilado jovenzuelo, de apenas los años suficientes para mantenerse en pie, se fijó en él, lo señaló con tres dedos como hacen los niños pequeños y le dijo:
- ¡Guau!
Sato Grün sabía seducir, así que se acercó muy despacio al niño y le dio un par de lametones en la cara. El niño hizo lo que se esperaba de él; se cayó de culo y se rió. Y Sato Grün , se puso a darle más lametones, a pesar de que la cara del chaval sabía a yogur agriado por el paso del tiempo, y un poco a vomitona de potito de arroz blanco y ternera. La cometa surcaba el cielo, ya libre, igual que las alondras.
Tal y como estaba previsto por ese gran seductor que era Sato Grün, pronto se acercó el hermano del chaval, todo rabiosón y envidioso, a recibir su ración de lametones, y Sato se la dio sin ahorrárse babas. Y con exactitud matemática los padres de los pequeños, sonreían y miraban el espectáculo, muy satisfechos de que sus hijos no mostrasen ningún temor ante el animal. ( Sato, vamos).
Era el tipo de escenas que se desea tanto que no terminen, que de repente uno se pregunta:
- ¿Y por qué ha de terminar?
Y entonces comienzan las tonterías.
De hecho fue enseguida cuando el niño de cuatro años, dijo con su lenguaje de cuatro años (Solo que yo lo traduzco a adulto porque no me sale natural).
- Disculpe padre, ¿Podríamos quedarnos con el perrito?
En ese momento Sato Grün se hizo un sit, y puso su hocico contra el ocaso, para que se pareciara mejor la perfección y pureza de sus formas.
- Mira chaval, ni perro ni mis cojones...y a la furgoneta que ya es tarde.
Entonces intervino Yoko, la madre;
- ¿Tienes prisa? ¿Qué pasa que hay béisbol?
- No es eso, es que esta refrescando.
- El niño te está preguntando. Dale una respuesta razonada, por una vez en tu vida.
- Pero Yoko, tu sabes perfectamente que no puede ser...
- A mi no, a Óscar, la respuesta se la tienes que dar a Óscar.
- Niño...
- Óscar.
- Eso, Óscar, no podemos quedarnos al perrito, porque tendrá dueño.
- Perdona, pues no lo parece, porque aquí no hay nadie, salvo nosotros.-intervino Yoko.
- Pero Yoko, ¿Es que tu quieres que nos quedemos al perro?
- No, yo lo que quiero es que razones con el niño.
Óscar estaba a punto del llanto, verdaderamente frustrado, de es manera que te sientes cuando te das cuenta de que sólo un milagro es puede hacer que te salgas con la tuya.
Claro que la seducción tiene un inmenso poder, y entonces, Óscar se supo más fuerte que un cacho de hormigón, y se abrazó al perro, que le correspondió con un cálido lametón.
Yoko, por su parte ya había metido al otro niño en la furgoneta, y se había sentado ya en su puesto de copiloto, poniendo esa cara de “A ver, soluciona este tema, como lo haría yo”. Y entonces ocurrió. La inspiración acudió en auxilio del padre de Óscar, y le brindó una solución de riesgo, aunque brillante.
- A ver Óscar. Hoy has sido bueno. ¿Y que pasa cuando eres bueno?
- Que se me concede un deseo, padre.
- Eso es. ¿Cuál es tu deseo?
- El perro. Quiero quedarme con el perro.
- ¿Lo has pensado bien?
- Sí.
- Te lo digo, Óscar, chaval, porque igual te interesa más que te compre el Rey León.
Ante aquella oferta, Óscar se acercó lentamente a Sato Grün, que seguía en sit y con el cuello estirado al máximo, y le dijo.
- Adiós perro.
Óscar y su feliz padre, se subieron a la furgoneta, y el motor se puso en marcha y en menos del tiempo del que parecía necesario, se marcharon.
Sato Grün, seguía sentado en posición de máxima belleza, sin poderse creer que había sido esta vez él el abandonado. Recibió parte de su castigo, y eso que no se enteró de lo poco que tardó Óscar en olvidarle, ni tampoco del susurro del padre de Óscar cuando conducía camino a casa...
- Puto saco de pulgas...
FIN
(XXVII) ASCENSO AL MONTE NITAKKA (Parte IV-Akee saito nikkata ¿saito?)
Durante un tiempo Akee y Sato Grün caminaron juntos. Comían basura, pero no cosas asquerosas, sino manjares abandonados. Y dormían por aquí y por allá. Cambiando de lugar de residencia, y con la vida organizada por estaciones.
- ¿En serio te llamas De Acuerdo? Es un nombre estúpido e indigno, es mejor llamarte perro, por las buenas.
Si venía el Monzón, iban a la parte sur de la ciudad, que tenía un montón de recovecos cubiertos, donde ponerse a pasar la noche, si quien se aparecía era la primavera, entonces en el este tenían unos jardines medio silvestres que les ofrecían fresco y fragancias, aunque las ruedecitas del carrito rodaban como el culo por la hierba fresca. No tenían nada previsto para los Alisios, pero hacían bien, los Alisios eran propios del Sáhara, que estaba a tomar por culo de Japón.
No se esperaba a los Alisios.
Aquella húmeda primavera, avanzaban los dos por un jardincillo silvestre del este de la ciudad. Sato Grün caminaba cómodamente, y Akee, arrastraba el carro lanzando constantes maldiciones y cagamentos. Akee se paró jadeante, y Sato Grün, para no parecer el clásico rebelde inadaptado, se paró también y se hizo un ¡sit!.
Akee sacó unas galletas María de lo más simples y se las untó de foie grass. Daba a Sato Grün una de cada dos. Y los dos, como camaradas estuvieron merendando, en silencio. Por supuesto, como era de suponer, no se trataba de silencio absoluto. Tanto el masticar de Sato Grün, como el rechupetear de la veterana mendiga eran incompatibles con lo que en los barrios residenciales de Oslo conocen como silencio, pero, desde luego, hubiera sido considerado como tal en un concierto del grupo japonés de Manga Metal de moda: Iskkrit.
Sato Grün se tumbó. Akee roncaba. El Sol, les hubiera acariciado un poco, pero en Japón es el Sol Naciente, que es un poco escrupuloso, y ni siquiera les tocó. Pero los desheredados es lo que tienen, que no le echan cuentas. También quiero que se sepa que Sato Grün se estaba durmiendo dejando caer poco a poco los párpados, y cuando estos llegaban al punto de cierre, dejaba caer también la cabeza sobre sus patas delanteras, y del golpe se despertaba y vuelta a empezar.
O sea que no se dormía.
Y se levantó. Y al compás de los espeluznantes ronquidos de Akee, se dio cuenta de que el jardín era precioso, y que había una hondonada a lo lejos, que terminaba en un lago azulito. Y, bueno, también se dio cuenta de que había un montón de flores amarillas, naranjas y verdes. Aquello era un paraíso. Seguro que había hasta gatos para perseguir.
- ¡Guof! (Adiós vieja cutre del demonio, a ti y a tu mierda de foie grass)
Y salió corriendo hacia la hondonada. Empequeñeciendo su figura mientras se alejaba, y, a la vez, engordando su historial de traiciones e infidelidades.
Aquella misma noche se ocultó de Akee, la vieja borracha, que le anduvo buscando, mientras le llamaba a voces. También a la noche siguiente Akee le anduvo buscando a gritos, arrastrando su incómodo carrito con una sola mano, mientras en la otra exhibía un hermoso solomillo de carne de buey de Kobe, que le habría costado poco menos que la vida. Ahí no se pudo resistir Sato Grün, y salió al encuentro de la anciana. La anciana se agachó, dejó el filete en el suelo y abrió los brazos.
- ¡Perro! ¿Dónde te habías metido?
Sato Grün esquivó los brazos abiertos de Akee, cogió el filete delicadamente, y sin parar un momento en su carrera, siguió a ritmo alocado hasta un seto próximo donde desapareció.
Sato Grün aun aguantó un par de noches más por si Akee se estiraba y aun le traía un entrecotte, o asado o algo. Pero, por lo visto la vieja era rencorosa o tenía problemas de afecto o estaba loca o era tacaña. Así que una semana después de deambular por el jardín sin ton ni son, El perro se hartó y salió corriendo en dirección norte o algo así.
Buscando, una vez más la libertad. Pero ya os contaré, vais a flipar..
- ¿En serio te llamas De Acuerdo? Es un nombre estúpido e indigno, es mejor llamarte perro, por las buenas.
Si venía el Monzón, iban a la parte sur de la ciudad, que tenía un montón de recovecos cubiertos, donde ponerse a pasar la noche, si quien se aparecía era la primavera, entonces en el este tenían unos jardines medio silvestres que les ofrecían fresco y fragancias, aunque las ruedecitas del carrito rodaban como el culo por la hierba fresca. No tenían nada previsto para los Alisios, pero hacían bien, los Alisios eran propios del Sáhara, que estaba a tomar por culo de Japón.
No se esperaba a los Alisios.
Aquella húmeda primavera, avanzaban los dos por un jardincillo silvestre del este de la ciudad. Sato Grün caminaba cómodamente, y Akee, arrastraba el carro lanzando constantes maldiciones y cagamentos. Akee se paró jadeante, y Sato Grün, para no parecer el clásico rebelde inadaptado, se paró también y se hizo un ¡sit!.
Akee sacó unas galletas María de lo más simples y se las untó de foie grass. Daba a Sato Grün una de cada dos. Y los dos, como camaradas estuvieron merendando, en silencio. Por supuesto, como era de suponer, no se trataba de silencio absoluto. Tanto el masticar de Sato Grün, como el rechupetear de la veterana mendiga eran incompatibles con lo que en los barrios residenciales de Oslo conocen como silencio, pero, desde luego, hubiera sido considerado como tal en un concierto del grupo japonés de Manga Metal de moda: Iskkrit.
Sato Grün se tumbó. Akee roncaba. El Sol, les hubiera acariciado un poco, pero en Japón es el Sol Naciente, que es un poco escrupuloso, y ni siquiera les tocó. Pero los desheredados es lo que tienen, que no le echan cuentas. También quiero que se sepa que Sato Grün se estaba durmiendo dejando caer poco a poco los párpados, y cuando estos llegaban al punto de cierre, dejaba caer también la cabeza sobre sus patas delanteras, y del golpe se despertaba y vuelta a empezar.
O sea que no se dormía.
Y se levantó. Y al compás de los espeluznantes ronquidos de Akee, se dio cuenta de que el jardín era precioso, y que había una hondonada a lo lejos, que terminaba en un lago azulito. Y, bueno, también se dio cuenta de que había un montón de flores amarillas, naranjas y verdes. Aquello era un paraíso. Seguro que había hasta gatos para perseguir.
- ¡Guof! (Adiós vieja cutre del demonio, a ti y a tu mierda de foie grass)
Y salió corriendo hacia la hondonada. Empequeñeciendo su figura mientras se alejaba, y, a la vez, engordando su historial de traiciones e infidelidades.
Aquella misma noche se ocultó de Akee, la vieja borracha, que le anduvo buscando, mientras le llamaba a voces. También a la noche siguiente Akee le anduvo buscando a gritos, arrastrando su incómodo carrito con una sola mano, mientras en la otra exhibía un hermoso solomillo de carne de buey de Kobe, que le habría costado poco menos que la vida. Ahí no se pudo resistir Sato Grün, y salió al encuentro de la anciana. La anciana se agachó, dejó el filete en el suelo y abrió los brazos.
- ¡Perro! ¿Dónde te habías metido?
Sato Grün esquivó los brazos abiertos de Akee, cogió el filete delicadamente, y sin parar un momento en su carrera, siguió a ritmo alocado hasta un seto próximo donde desapareció.
Sato Grün aun aguantó un par de noches más por si Akee se estiraba y aun le traía un entrecotte, o asado o algo. Pero, por lo visto la vieja era rencorosa o tenía problemas de afecto o estaba loca o era tacaña. Así que una semana después de deambular por el jardín sin ton ni son, El perro se hartó y salió corriendo en dirección norte o algo así.
Buscando, una vez más la libertad. Pero ya os contaré, vais a flipar..





