(XIX) ALIMAÑAS, ALIMAÑAS, ALIMAÑAS (Final)
Mi cabeza había funcionado a pleno rendimiento, quemando adenosín trifosfato, y había llegado a una decisión inapelable: Mapache a Bosque del Noroeste, y después, yo a Madrid. En mi cabeza empezó a sonar una mezcla de “Madrid, Madrid, Madrid, pedazo de la España en que nací...”, “Llevo Nardos caballero...” y el estribillo de “¿Dónde vas con mantón de Manila?, y , no sé por qué, fuera de argumento también sonaron un par de acordes de “¿Cuándo va a acabar esta maldita guerra?”. Seguramente el hecho de vislumbrar el final del problema me había causado un ataque de euforia musical, un poco heterodoxo, eso sí.
Pero paré enseguida ese abandono alegre que trae la euforia, porque, claro, el trabajo aun no se había acabado, no bastaba con pensar, como haría un estratega nato, también había que actuar, como haría un ..¿pringao?
Sin querer dulcificar mi condición dándome más pena, me fui directo a los servicios, donde abrí la jaula, y me metí al Mapache en el abrigo, con peligro de que me mordiera el cuello y produjera una hemorragia masiva o un moratoncillo. Después abandondé la jaula dentro de una de las cabinas, ejem, de cagar, y me di cuenta de que dentro de la jaula había una carpeta azul que no tenía relación con esta historia yo creo. De todas formas, ahí se quedó todo. Porque como decía el general Della Rovere: “Abandónalo ahí todo”.
Ya con el plan bien pergeñado, y en plena ejecución, me dirigí con el mapache bajo el abrigo hacia la zona Bosque Noroeste, donde pretendía soltarlo, o sea que en realidad, más que un abandono, se trataba de facilitarle a la bestezuela su encuentro con la libertad. ¿qué sabía el si aquello era la Zona Bosque Noroeste del Biodôme, o era el Bosque Noroeste al natural?
Del mismo modo que la foto que quieres ver es la última del montón, o que el cuaderno de geografía es el que está al fondo del pupitre, la zona Bosque Noroeste era la más lejana a mi situación. ¡Que incómoda situación cuando el mapache me estaba arañando mi jersey, agitando sus patas de forma frenética, y tratando de asomar su cabeza entre las solapas de mi abrigo.
- ¡Quieto, amigo!
La Zona Ártica era básicamente un grupo de pingüinos en formación sobre un cacho de hielo, que se iban lanzando al agua uno tras otro, y que después salían por el lado contrario, volviendo a su lugar en la cola para lanzarse otra vez.
Como una rueda de calentamiento de baloncesto, vamos.
Costa Noroeste. Muy curiosa. Una especie de laguna poco profunda, con algas, rocas, algún cangrejo, y unos peces gordos y con muchos dientes, a los que casi no les cubría el agua.
Jungla tropical. Todavía más original. Enormes guacamayos, loros, cacatúas, sobre los árboles. Pero abajo había algo. Como un río que murmuraba solo que si no te asomabas no lo podías ver. Y un nuevo gol para la curiosidad , que ganaba quince a cero.
Mi vida empeoró algo como consecuencia de aquella inclinación, puesto que al asomarme para ver a los gordos capibaras bañándose en el río, el mapache se liberó de su prisión y pudo asomarse y ver también a los capibaras, tan amarillos y tan orondos. Tanto le gustaron, que me mordió la mano con la que trataba de volver a meter su cabeza dentro de mi abrigo. La funesta consecuencia fue inmediata: El brazo me dio un espasmo. Y el mapache salió volando agarrado por su boca a mi brazo. Se soltó cuando la inercia fue suficiente para hacerlo volar sobre la barandilla de protección y caer tras unas piruetas Louganis, en el río de la Jungla Tropical.
Silencio dramático y expectativas. Los capibaras ni se dieron por aludidos. Probablemente jamás habían visto un mapache, y menos un mapache bañista. Yo miré alrededor y nada había cambiado notablemente. Nadie parecía haberme visto, a no ser que en Canadá estuviesen aburridos de ver campeones de Castilla arrojando mapaches sin querer a la Zona Jungla Tropical del Biôdome de Montreal.. (¡Otro turista español tirando mapaches a los capibaras!)
La parálisis causada por el salto del mapache a la Zona Jungla Tropical, hizo que fuese testigo de lo que ocurrió a continuación; yo esperaba que el mapache estuviese muerto, o que lo matasen a pisotones los gordinflones capibaras, pero que vá. El mapache salió del río corriendo por el fondo, porque yo ya no lo vi hasta que apareció en una de las orillas, se encaramó a un árbol, y capturó por el cuello a un enorme pajarraco (loro, guacamayo o cacatúa) de colores azul y amarillo. El cuello del ave sonó rotundamente al ceder bajo la presión de la mandíbula de mi bestia. Y era imposible no ver al mapache gris y pequeño, llevando en su boca un inmenso pájaro todo coloreado en plan chillón y hortera. Después, quizá sin darse cuenta de que me ponía en evidencia, se puso a devorarlo allí, delante del que lo quisiera mirar. Azul, amarillo, y rojo sangre. Imposible no distinguirlo.
- ¡Mamá, un bicho se está comiendo un guacamayo!
- Ja, ja, já..qué niño este..señora, si es un pollo....
- ¿Un pollo azul y amarillo?
- ¡Huy, y rosas los he visto yo en España!
Salir corriendo.
No vi clara mi posible aportación al asunto, así que me fui, antes de que aquello se convirtiera en un grave problema.
No leí periódicos en los seis meses posteriores al suceso. Y, después, tampoco.
No he vuelto al Canadá.
No he vuelto a jugar al...¿Cómo se llamaba?
No he vuelto a ser el mismo.
No he vuelto.
No.
Pero paré enseguida ese abandono alegre que trae la euforia, porque, claro, el trabajo aun no se había acabado, no bastaba con pensar, como haría un estratega nato, también había que actuar, como haría un ..¿pringao?
Sin querer dulcificar mi condición dándome más pena, me fui directo a los servicios, donde abrí la jaula, y me metí al Mapache en el abrigo, con peligro de que me mordiera el cuello y produjera una hemorragia masiva o un moratoncillo. Después abandondé la jaula dentro de una de las cabinas, ejem, de cagar, y me di cuenta de que dentro de la jaula había una carpeta azul que no tenía relación con esta historia yo creo. De todas formas, ahí se quedó todo. Porque como decía el general Della Rovere: “Abandónalo ahí todo”.
Ya con el plan bien pergeñado, y en plena ejecución, me dirigí con el mapache bajo el abrigo hacia la zona Bosque Noroeste, donde pretendía soltarlo, o sea que en realidad, más que un abandono, se trataba de facilitarle a la bestezuela su encuentro con la libertad. ¿qué sabía el si aquello era la Zona Bosque Noroeste del Biodôme, o era el Bosque Noroeste al natural?
Del mismo modo que la foto que quieres ver es la última del montón, o que el cuaderno de geografía es el que está al fondo del pupitre, la zona Bosque Noroeste era la más lejana a mi situación. ¡Que incómoda situación cuando el mapache me estaba arañando mi jersey, agitando sus patas de forma frenética, y tratando de asomar su cabeza entre las solapas de mi abrigo.
- ¡Quieto, amigo!
La Zona Ártica era básicamente un grupo de pingüinos en formación sobre un cacho de hielo, que se iban lanzando al agua uno tras otro, y que después salían por el lado contrario, volviendo a su lugar en la cola para lanzarse otra vez.
Como una rueda de calentamiento de baloncesto, vamos.
Costa Noroeste. Muy curiosa. Una especie de laguna poco profunda, con algas, rocas, algún cangrejo, y unos peces gordos y con muchos dientes, a los que casi no les cubría el agua.
Jungla tropical. Todavía más original. Enormes guacamayos, loros, cacatúas, sobre los árboles. Pero abajo había algo. Como un río que murmuraba solo que si no te asomabas no lo podías ver. Y un nuevo gol para la curiosidad , que ganaba quince a cero.
Mi vida empeoró algo como consecuencia de aquella inclinación, puesto que al asomarme para ver a los gordos capibaras bañándose en el río, el mapache se liberó de su prisión y pudo asomarse y ver también a los capibaras, tan amarillos y tan orondos. Tanto le gustaron, que me mordió la mano con la que trataba de volver a meter su cabeza dentro de mi abrigo. La funesta consecuencia fue inmediata: El brazo me dio un espasmo. Y el mapache salió volando agarrado por su boca a mi brazo. Se soltó cuando la inercia fue suficiente para hacerlo volar sobre la barandilla de protección y caer tras unas piruetas Louganis, en el río de la Jungla Tropical.
Silencio dramático y expectativas. Los capibaras ni se dieron por aludidos. Probablemente jamás habían visto un mapache, y menos un mapache bañista. Yo miré alrededor y nada había cambiado notablemente. Nadie parecía haberme visto, a no ser que en Canadá estuviesen aburridos de ver campeones de Castilla arrojando mapaches sin querer a la Zona Jungla Tropical del Biôdome de Montreal.. (¡Otro turista español tirando mapaches a los capibaras!)
La parálisis causada por el salto del mapache a la Zona Jungla Tropical, hizo que fuese testigo de lo que ocurrió a continuación; yo esperaba que el mapache estuviese muerto, o que lo matasen a pisotones los gordinflones capibaras, pero que vá. El mapache salió del río corriendo por el fondo, porque yo ya no lo vi hasta que apareció en una de las orillas, se encaramó a un árbol, y capturó por el cuello a un enorme pajarraco (loro, guacamayo o cacatúa) de colores azul y amarillo. El cuello del ave sonó rotundamente al ceder bajo la presión de la mandíbula de mi bestia. Y era imposible no ver al mapache gris y pequeño, llevando en su boca un inmenso pájaro todo coloreado en plan chillón y hortera. Después, quizá sin darse cuenta de que me ponía en evidencia, se puso a devorarlo allí, delante del que lo quisiera mirar. Azul, amarillo, y rojo sangre. Imposible no distinguirlo.
- ¡Mamá, un bicho se está comiendo un guacamayo!
- Ja, ja, já..qué niño este..señora, si es un pollo....
- ¿Un pollo azul y amarillo?
- ¡Huy, y rosas los he visto yo en España!
Salir corriendo.
No vi clara mi posible aportación al asunto, así que me fui, antes de que aquello se convirtiera en un grave problema.
No leí periódicos en los seis meses posteriores al suceso. Y, después, tampoco.
No he vuelto al Canadá.
No he vuelto a jugar al...¿Cómo se llamaba?
No he vuelto a ser el mismo.
No he vuelto.
No.
(XIX) ALIMAÑAS, ALIMAÑAS, ALIMAÑAS (Final)
Mi cabeza había funcionado a pleno rendimiento, quemando adenosín trifosfato, y había llegado a una decisión inapelable: Mapache a Bosque del Noroeste, y después, yo a Madrid. En mi cabeza empezó a sonar una mezcla de “Madrid, Madrid, Madrid, pedazo de la España en que nací...”, “Llevo Nardos caballero...” y el estribillo de “¿Dónde vas con mantón de Manila?, y , no sé por qué, fuera de argumento también sonaron un par de acordes de “¿Cuándo va a acabar esta maldita guerra?”. Seguramente el hecho de vislumbrar el final del problema me había causado un ataque de euforia musical, un poco heterodoxo, eso sí.
Pero paré enseguida ese abandono alegre que trae la euforia, porque, claro, el trabajo aun no se había acabado, no bastaba con pensar, como haría un estratega nato, también había que actuar, como haría un ..¿pringao?
Sin querer dulcificar mi condición dándome más pena, me fui directo a los servicios, donde abrí la jaula, y me metí al Mapache en el abrigo, con peligro de que me mordiera el cuello y produjera una hemorragia masiva o un moratoncillo. Después abandondé la jaula dentro de una de las cabinas, ejem, de cagar, y me di cuenta de que dentro de la jaula había una carpeta azul que no tenía relación con esta historia yo creo. De todas formas, ahí se quedó todo. Porque como decía el general Della Rovere: “Abandónalo ahí todo”.
Ya con el plan bien pergeñado, y en plena ejecución, me dirigí con el mapache bajo el abrigo hacia la zona Bosque Noroeste, donde pretendía soltarlo, o sea que en realidad, más que un abandono, se trataba de facilitarle a la bestezuela su encuentro con la libertad. ¿qué sabía el si aquello era la Zona Bosque Noroeste del Biodôme, o era el Bosque Noroeste al natural?
Del mismo modo que la foto que quieres ver es la última del montón, o que el cuaderno de geografía es el que está al fondo del pupitre, la zona Bosque Noroeste era la más lejana a mi situación. ¡Que incómoda situación cuando el mapache me estaba arañando mi jersey, agitando sus patas de forma frenética, y tratando de asomar su cabeza entre las solapas de mi abrigo.
- ¡Quieto, amigo!
La Zona Ártica era básicamente un grupo de pingüinos en formación sobre un cacho de hielo, que se iban lanzando al agua uno tras otro, y que después salían por el lado contrario, volviendo a su lugar en la cola para lanzarse otra vez.
Como una rueda de calentamiento de baloncesto, vamos.
Costa Noroeste. Muy curiosa. Una especie de laguna poco profunda, con algas, rocas, algún cangrejo, y unos peces gordos y con muchos dientes, a los que casi no les cubría el agua.
Jungla tropical. Todavía más original. Enormes guacamayos, loros, cacatúas, sobre los árboles. Pero abajo había algo. Como un río que murmuraba solo que si no te asomabas no lo podías ver. Y un nuevo gol para la curiosidad , que ganaba quince a cero.
Mi vida empeoró algo como consecuencia de aquella inclinación, puesto que al asomarme para ver a los gordos capibaras bañándose en el río, el mapache se liberó de su prisión y pudo asomarse y ver también a los capibaras, tan amarillos y tan orondos. Tanto le gustaron, que me mordió la mano con la que trataba de volver a meter su cabeza dentro de mi abrigo. La funesta consecuencia fue inmediata: El brazo me dio un espasmo. Y el mapache salió volando agarrado por su boca a mi brazo. Se soltó cuando la inercia fue suficiente para hacerlo volar sobre la barandilla de protección y caer tras unas piruetas Louganis, en el río de la Jungla Tropical.
Silencio dramático y expectativas. Los capibaras ni se dieron por aludidos. Probablemente jamás habían visto un mapache, y menos un mapache bañista. Yo miré alrededor y nada había cambiado notablemente. Nadie parecía haberme visto, a no ser que en Canadá estuviesen aburridos de ver campeones de Castilla arrojando mapaches sin querer a la Zona Jungla Tropical del Biôdome de Montreal.. (¡Otro turista español tirando mapaches a los capibaras!)
La parálisis causada por el salto del mapache a la Zona Jungla Tropical, hizo que fuese testigo de lo que ocurrió a continuación; yo esperaba que el mapache estuviese muerto, o que lo matasen a pisotones los gordinflones capibaras, pero que vá. El mapache salió del río corriendo por el fondo, porque yo ya no lo vi hasta que apareció en una de las orillas, se encaramó a un árbol, y capturó por el cuello a un enorme pajarraco (loro, guacamayo o cacatúa) de colores azul y amarillo. El cuello del ave sonó rotundamente al ceder bajo la presión de la mandíbula de mi bestia. Y era imposible no ver al mapache gris y pequeño, llevando en su boca un inmenso pájaro todo coloreado en plan chillón y hortera. Después, quizá sin darse cuenta de que me ponía en evidencia, se puso a devorarlo allí, delante del que lo quisiera mirar. Azul, amarillo, y rojo sangre. Imposible no distinguirlo.
- ¡Mamá, un bicho se está comiendo un guacamayo!
- Ja, ja, já..qué niño este..señora, si es un pollo....
- ¿Un pollo azul y amarillo?
- ¡Huy, y rosas los he visto yo en España!
Salir corriendo.
No vi clara mi posible aportación al asunto, así que me fui, antes de que aquello se convirtiera en un grave problema.
No leí periódicos en los seis meses posteriores al suceso. Y, después, tampoco.
No he vuelto al Canadá.
No he vuelto a jugar al...¿Cómo se llamaba?
No he vuelto a ser el mismo.
No he vuelto.
No.
Pero paré enseguida ese abandono alegre que trae la euforia, porque, claro, el trabajo aun no se había acabado, no bastaba con pensar, como haría un estratega nato, también había que actuar, como haría un ..¿pringao?
Sin querer dulcificar mi condición dándome más pena, me fui directo a los servicios, donde abrí la jaula, y me metí al Mapache en el abrigo, con peligro de que me mordiera el cuello y produjera una hemorragia masiva o un moratoncillo. Después abandondé la jaula dentro de una de las cabinas, ejem, de cagar, y me di cuenta de que dentro de la jaula había una carpeta azul que no tenía relación con esta historia yo creo. De todas formas, ahí se quedó todo. Porque como decía el general Della Rovere: “Abandónalo ahí todo”.
Ya con el plan bien pergeñado, y en plena ejecución, me dirigí con el mapache bajo el abrigo hacia la zona Bosque Noroeste, donde pretendía soltarlo, o sea que en realidad, más que un abandono, se trataba de facilitarle a la bestezuela su encuentro con la libertad. ¿qué sabía el si aquello era la Zona Bosque Noroeste del Biodôme, o era el Bosque Noroeste al natural?
Del mismo modo que la foto que quieres ver es la última del montón, o que el cuaderno de geografía es el que está al fondo del pupitre, la zona Bosque Noroeste era la más lejana a mi situación. ¡Que incómoda situación cuando el mapache me estaba arañando mi jersey, agitando sus patas de forma frenética, y tratando de asomar su cabeza entre las solapas de mi abrigo.
- ¡Quieto, amigo!
La Zona Ártica era básicamente un grupo de pingüinos en formación sobre un cacho de hielo, que se iban lanzando al agua uno tras otro, y que después salían por el lado contrario, volviendo a su lugar en la cola para lanzarse otra vez.
Como una rueda de calentamiento de baloncesto, vamos.
Costa Noroeste. Muy curiosa. Una especie de laguna poco profunda, con algas, rocas, algún cangrejo, y unos peces gordos y con muchos dientes, a los que casi no les cubría el agua.
Jungla tropical. Todavía más original. Enormes guacamayos, loros, cacatúas, sobre los árboles. Pero abajo había algo. Como un río que murmuraba solo que si no te asomabas no lo podías ver. Y un nuevo gol para la curiosidad , que ganaba quince a cero.
Mi vida empeoró algo como consecuencia de aquella inclinación, puesto que al asomarme para ver a los gordos capibaras bañándose en el río, el mapache se liberó de su prisión y pudo asomarse y ver también a los capibaras, tan amarillos y tan orondos. Tanto le gustaron, que me mordió la mano con la que trataba de volver a meter su cabeza dentro de mi abrigo. La funesta consecuencia fue inmediata: El brazo me dio un espasmo. Y el mapache salió volando agarrado por su boca a mi brazo. Se soltó cuando la inercia fue suficiente para hacerlo volar sobre la barandilla de protección y caer tras unas piruetas Louganis, en el río de la Jungla Tropical.
Silencio dramático y expectativas. Los capibaras ni se dieron por aludidos. Probablemente jamás habían visto un mapache, y menos un mapache bañista. Yo miré alrededor y nada había cambiado notablemente. Nadie parecía haberme visto, a no ser que en Canadá estuviesen aburridos de ver campeones de Castilla arrojando mapaches sin querer a la Zona Jungla Tropical del Biôdome de Montreal.. (¡Otro turista español tirando mapaches a los capibaras!)
La parálisis causada por el salto del mapache a la Zona Jungla Tropical, hizo que fuese testigo de lo que ocurrió a continuación; yo esperaba que el mapache estuviese muerto, o que lo matasen a pisotones los gordinflones capibaras, pero que vá. El mapache salió del río corriendo por el fondo, porque yo ya no lo vi hasta que apareció en una de las orillas, se encaramó a un árbol, y capturó por el cuello a un enorme pajarraco (loro, guacamayo o cacatúa) de colores azul y amarillo. El cuello del ave sonó rotundamente al ceder bajo la presión de la mandíbula de mi bestia. Y era imposible no ver al mapache gris y pequeño, llevando en su boca un inmenso pájaro todo coloreado en plan chillón y hortera. Después, quizá sin darse cuenta de que me ponía en evidencia, se puso a devorarlo allí, delante del que lo quisiera mirar. Azul, amarillo, y rojo sangre. Imposible no distinguirlo.
- ¡Mamá, un bicho se está comiendo un guacamayo!
- Ja, ja, já..qué niño este..señora, si es un pollo....
- ¿Un pollo azul y amarillo?
- ¡Huy, y rosas los he visto yo en España!
Salir corriendo.
No vi clara mi posible aportación al asunto, así que me fui, antes de que aquello se convirtiera en un grave problema.
No leí periódicos en los seis meses posteriores al suceso. Y, después, tampoco.
No he vuelto al Canadá.
No he vuelto a jugar al...¿Cómo se llamaba?
No he vuelto a ser el mismo.
No he vuelto.
No.
(XIX) ALIMAÑAS, ALIMAÑAS, ALIMAÑAS (Va a faltar un pelín aun)
Canadá se entregaba a la lluvia. Yo lo sabía antes de abrir los ojos. Lo sabía porque podía oler la humedad de ahí fuera. La sensación única de que la atmósfera se está liberando de presión. Esa sensación, no sensorial, pero inequívoca que tienes en tu interior. Incluso oyes la voz interior, que te dice una y otra vez; “Está lloviendo, será mejor que te prepares, caraculo”
Abrí los ojos y miré a la ventana.
Hacía un día espléndido. Según Radio Montreal, era el día más soleado del último siglo. El mapache estaba de pie, subido al sillón inútil de las habitaciones de hotel, apoyado con las patitas delanteras en el cristal. No se movió cuando me oyó levantarme. Parecía domesticado, tal vez incluso amaestrado, a lo mejor era capaz de pasar por un aro si yo decía las palabras mágicas. Lo encerré para poder bajar al vestíbulo y ver a mi manager.
El impecable recepcionista me entregó un sobre. “Para el chico moreno sin gafas, ojo, no el de gafas, el otro” se podía leer en la cuidada caligrafía del firmante:”Yo”. Dentro una nota escueta y sincera:
“Querido Elemento: Me ha surgido una movida y me piro a España, ya te veo si eso. Bueno, te digo la verdad, me voy porque me tienes hasta los huevos.¿Pasa algo?”
Si alguna vez habéis sentido el desasosiego de verse solo de repente, sabréis que no es exactamente tristeza. Lleva una punta de tristeza, sí. Pero también un poco de inquietud, y va desleído en ira.
Mi avión , que no era mío en sentido estricto, salía a las 9 de la noche, así que tenía bastante tiempo para abandonar a mi mapache en un sitio estupendo, el Zoo de Montreal.
- ¿Disculpe señor?- me dijo el recepcionista.
- El Zoo de Montreal..¿Dónde está?
- ¿Qué Zoo de Montreal?
- ¿No hay Zoo en Montreal?
- No señor.
- ¡Dios!
Ante mi abatimiento, el recepcionista me brindó algo parecido a una solución:
- Sin embargo está el magnífico Biodôme. Un recinto cerrado donde existen diferentes hábitats y se puede ver a los animales en su ambiente...
- ¿Dónde está el magnífico Biodôme?
- En el barrio de Saint Maurice.
- ¿Metro?
- Hasta el final, señor.
- Pero ¿Qué línea?
- La única que hay en Montreal señor. La línea.
- Ha sido usted muy eficaz, Jacques.
- Y usted muy amable, Desmond.
- Yo no me llamo Desmond.
- No importa, señor, yo tampoco me llamo Jacques.
- Ah, pues hubiera jurado....
El Biodôme de Montreal, efectivamente, consta de cuatro hábitats y un ladrón en la puerta que te sopla 10 € por entrar. Por suerte no me cobró la entrada de la jaula tapada del mapache.
Según rezaba el cartel de información de la entrada, los cuatro hábitats eran a saber: Bosque del noroeste, Costa del noroeste, Jungla tropical y Zona ártica. En principio nada adecuado para un mapache. ¿no? Bueno, a lo mejor el bosque del noroeste.
No soy imbécil del todo. Y me di cuenta de que no era necesario que me recorriese todos los hábitats. Se podía descartar perfectamente la Zona Ártica y la Jungla Tropical. La duda pues se reducía a la Costa Noroeste y al Bosque del Noroeste, e incluso me permití ir más allá, pues tenía la sensación de que la Costa Noroeste era más apropiada para mustélidos que para un mapache. (Esto me lo había inventado, la verdad, como consecuencia de mi incurable positivismo)
(Próximamente el remate)
Abrí los ojos y miré a la ventana.
Hacía un día espléndido. Según Radio Montreal, era el día más soleado del último siglo. El mapache estaba de pie, subido al sillón inútil de las habitaciones de hotel, apoyado con las patitas delanteras en el cristal. No se movió cuando me oyó levantarme. Parecía domesticado, tal vez incluso amaestrado, a lo mejor era capaz de pasar por un aro si yo decía las palabras mágicas. Lo encerré para poder bajar al vestíbulo y ver a mi manager.
El impecable recepcionista me entregó un sobre. “Para el chico moreno sin gafas, ojo, no el de gafas, el otro” se podía leer en la cuidada caligrafía del firmante:”Yo”. Dentro una nota escueta y sincera:
“Querido Elemento: Me ha surgido una movida y me piro a España, ya te veo si eso. Bueno, te digo la verdad, me voy porque me tienes hasta los huevos.¿Pasa algo?”
Si alguna vez habéis sentido el desasosiego de verse solo de repente, sabréis que no es exactamente tristeza. Lleva una punta de tristeza, sí. Pero también un poco de inquietud, y va desleído en ira.
Mi avión , que no era mío en sentido estricto, salía a las 9 de la noche, así que tenía bastante tiempo para abandonar a mi mapache en un sitio estupendo, el Zoo de Montreal.
- ¿Disculpe señor?- me dijo el recepcionista.
- El Zoo de Montreal..¿Dónde está?
- ¿Qué Zoo de Montreal?
- ¿No hay Zoo en Montreal?
- No señor.
- ¡Dios!
Ante mi abatimiento, el recepcionista me brindó algo parecido a una solución:
- Sin embargo está el magnífico Biodôme. Un recinto cerrado donde existen diferentes hábitats y se puede ver a los animales en su ambiente...
- ¿Dónde está el magnífico Biodôme?
- En el barrio de Saint Maurice.
- ¿Metro?
- Hasta el final, señor.
- Pero ¿Qué línea?
- La única que hay en Montreal señor. La línea.
- Ha sido usted muy eficaz, Jacques.
- Y usted muy amable, Desmond.
- Yo no me llamo Desmond.
- No importa, señor, yo tampoco me llamo Jacques.
- Ah, pues hubiera jurado....
El Biodôme de Montreal, efectivamente, consta de cuatro hábitats y un ladrón en la puerta que te sopla 10 € por entrar. Por suerte no me cobró la entrada de la jaula tapada del mapache.
Según rezaba el cartel de información de la entrada, los cuatro hábitats eran a saber: Bosque del noroeste, Costa del noroeste, Jungla tropical y Zona ártica. En principio nada adecuado para un mapache. ¿no? Bueno, a lo mejor el bosque del noroeste.
No soy imbécil del todo. Y me di cuenta de que no era necesario que me recorriese todos los hábitats. Se podía descartar perfectamente la Zona Ártica y la Jungla Tropical. La duda pues se reducía a la Costa Noroeste y al Bosque del Noroeste, e incluso me permití ir más allá, pues tenía la sensación de que la Costa Noroeste era más apropiada para mustélidos que para un mapache. (Esto me lo había inventado, la verdad, como consecuencia de mi incurable positivismo)
(Próximamente el remate)
(XIX) ALIMAÑAS, ALIMAÑAS, ALIMAÑAS (Ahí seguimos)
El sentimiento de desolación y la sensación de ardor de estómago, tienen en común que no necesitan explicación. Se sabe lo que son nada más nombrarlos. De hecho la desolación es muy concreta, y se siente nada más que por tres causas en la vida, a saber:
- Perder una buena suma en el juego, sin haber jugado nunca hasta ese día.
- Equivocarte de autobús y no ir a la entrevista de trabajo que habías preparado durante un mes.
- Llegar a una fiesta cuando ya se ha acabado.
De las dos anteriores no tenía experiencia, pero de la tercera causa supe en cuanto llegamos a la calle donde se suponía que estaba la Federación Canadiense. El portero estaba delante de la puerta:
- ¿Puedo preguntarles donde van?
- Puede usted. Adelante pregúntenos.
- En ese caso ¿Dónde van?
- ¿Aquí no hay un acto...?
- No señor.
- No me diga más esto no es la Federación Canadiense, sino el consulado de Jamaica.
- Esto es la Federación Canadiense de lo que ya saben, pero el acto ya ha tenido lugar, y ha terminado hace un rato.
- ¡ Caramba! Pues este es el campeón de Castilla de eso. Y estamos invitados...
- ¿Este chico es el campeón de Castilla?
- Sí señor.-dije, interviniendo en la conversación entre mi manager y el portero
- Enhorabuena chaval. Esto es para ti.
El portero me acercó un bulto cuadrado tapado con una mantita de cuadros de algún clan. (¿Mc Gregor?)
- Ajajá...¿Qué es?
- Es un obsequio, chaval. De la Federación Canadiense.
Levanté la manta para ver lo que había dentro, del mismo modo que un estudiante de 8º levanta la tapa del bocata para ver si su madre de verdad se lo ha puesto de foiegrass, como le ha dicho, o le ha dado por probar de nuevo el fracasado experimento de queso con membrillo de los cojones....
Y lo que había bajo la manta era una jaula, y, dentro de la jaula un,.... no sé. Gris, y peludo y con la pancita un poco blanca, al contrario que el ratoncillo del piso de Lambert, el imbécil, que tenía la tripita gris. Pero tampoco es seguro para mi que gris sea lo contrario de blanco.
- Esta vivo esto..¿no?
- En efecto, campeón.
- ¿Es...un mustélido o algo?
- En realidad es un mapache, si quiere usted saberlo.
- Un mapache- comentó mi manager, y después susurró-los golfos apandadores.
- ¿Por qué los golfos apandadores?
- No sé, me lo ha recordado.
La mayoría de la gente que hace regalos no tiene en cuenta que luego hay que cargar con ellos.
- ¿Si lo tiro al río...vivirá, manager?
- Y yo que sé..... si fuera un castor, pues sí...pero una nutria, no sé...
- Esto es un mapache, no una nutria.
- Pues menos aun.
- ¿Tu lo quieres manager?
- Por los cojones. Chaval.
Aquella noche entré en el hotel poniendo cara de que no llevaba en absoluto un mapache metido en una jaula tapada con una mantita a cuadros escoceses, y dentro de la jaula un mapache con la tripita blanca, no como el ratoncito que vivió en casa de Lambert, el imbécil, que la tenía gris.
Me despedí de mi manager hasta la mañana siguiente, y volé a mi habitación.
Solté al animal porque me daba agobio tenerlo enjaulado, y pensé que en el fondo yo era un amante de la libertad. Me sentí un poco orgulloso de eso, y también un poco orgullosos de que se me ocurriera llenar el bidé para que el pobre bicho pudiera beber. El orgullo crecía dentro de mi, y llegó a su máximo esplendor cuando se me ocurrió encerrar al mapache en el baño, y pedir dos sandwiches mixtos con huevo, uno para mi y otro para el bicho. Lo del huevo fue un detalle culto, porque yo sabía de haber leído libros y cosas así, que los mapaches comían huevos crudos de aves guarrindongas, así que con cuanta mas ansia se comería un huevo frito de gallina...
Cuando se fue el humilde empleado que trajo la cena, el mapache y yop, cenamos juntos, (aunque el se comió mi huevo y el suyo, y yo rechupeteé su pan con mayonesa y el mío) y nos dormimos juntos, como dos compañeros inseparables, que entregan sus vidas el uno al otro, con fe total.
Sin que fuera óbvice para que yo estuviera pensando en abandonarle en Canadá a la mañana siguiente.
(Pronto más, está todo pensado)
- Perder una buena suma en el juego, sin haber jugado nunca hasta ese día.
- Equivocarte de autobús y no ir a la entrevista de trabajo que habías preparado durante un mes.
- Llegar a una fiesta cuando ya se ha acabado.
De las dos anteriores no tenía experiencia, pero de la tercera causa supe en cuanto llegamos a la calle donde se suponía que estaba la Federación Canadiense. El portero estaba delante de la puerta:
- ¿Puedo preguntarles donde van?
- Puede usted. Adelante pregúntenos.
- En ese caso ¿Dónde van?
- ¿Aquí no hay un acto...?
- No señor.
- No me diga más esto no es la Federación Canadiense, sino el consulado de Jamaica.
- Esto es la Federación Canadiense de lo que ya saben, pero el acto ya ha tenido lugar, y ha terminado hace un rato.
- ¡ Caramba! Pues este es el campeón de Castilla de eso. Y estamos invitados...
- ¿Este chico es el campeón de Castilla?
- Sí señor.-dije, interviniendo en la conversación entre mi manager y el portero
- Enhorabuena chaval. Esto es para ti.
El portero me acercó un bulto cuadrado tapado con una mantita de cuadros de algún clan. (¿Mc Gregor?)
- Ajajá...¿Qué es?
- Es un obsequio, chaval. De la Federación Canadiense.
Levanté la manta para ver lo que había dentro, del mismo modo que un estudiante de 8º levanta la tapa del bocata para ver si su madre de verdad se lo ha puesto de foiegrass, como le ha dicho, o le ha dado por probar de nuevo el fracasado experimento de queso con membrillo de los cojones....
Y lo que había bajo la manta era una jaula, y, dentro de la jaula un,.... no sé. Gris, y peludo y con la pancita un poco blanca, al contrario que el ratoncillo del piso de Lambert, el imbécil, que tenía la tripita gris. Pero tampoco es seguro para mi que gris sea lo contrario de blanco.
- Esta vivo esto..¿no?
- En efecto, campeón.
- ¿Es...un mustélido o algo?
- En realidad es un mapache, si quiere usted saberlo.
- Un mapache- comentó mi manager, y después susurró-los golfos apandadores.
- ¿Por qué los golfos apandadores?
- No sé, me lo ha recordado.
La mayoría de la gente que hace regalos no tiene en cuenta que luego hay que cargar con ellos.
- ¿Si lo tiro al río...vivirá, manager?
- Y yo que sé..... si fuera un castor, pues sí...pero una nutria, no sé...
- Esto es un mapache, no una nutria.
- Pues menos aun.
- ¿Tu lo quieres manager?
- Por los cojones. Chaval.
Aquella noche entré en el hotel poniendo cara de que no llevaba en absoluto un mapache metido en una jaula tapada con una mantita a cuadros escoceses, y dentro de la jaula un mapache con la tripita blanca, no como el ratoncito que vivió en casa de Lambert, el imbécil, que la tenía gris.
Me despedí de mi manager hasta la mañana siguiente, y volé a mi habitación.
Solté al animal porque me daba agobio tenerlo enjaulado, y pensé que en el fondo yo era un amante de la libertad. Me sentí un poco orgulloso de eso, y también un poco orgullosos de que se me ocurriera llenar el bidé para que el pobre bicho pudiera beber. El orgullo crecía dentro de mi, y llegó a su máximo esplendor cuando se me ocurrió encerrar al mapache en el baño, y pedir dos sandwiches mixtos con huevo, uno para mi y otro para el bicho. Lo del huevo fue un detalle culto, porque yo sabía de haber leído libros y cosas así, que los mapaches comían huevos crudos de aves guarrindongas, así que con cuanta mas ansia se comería un huevo frito de gallina...
Cuando se fue el humilde empleado que trajo la cena, el mapache y yop, cenamos juntos, (aunque el se comió mi huevo y el suyo, y yo rechupeteé su pan con mayonesa y el mío) y nos dormimos juntos, como dos compañeros inseparables, que entregan sus vidas el uno al otro, con fe total.
Sin que fuera óbvice para que yo estuviera pensando en abandonarle en Canadá a la mañana siguiente.
(Pronto más, está todo pensado)





