La cicatriz más oral de todas se la hizo él mismo diciéndole que la quería. Que la quería mucho. Se había familiarizado con la sonrisa fácil y los ojitos brillantes, con el canjeo de piropos por un abrazo de bulbo satisfecho: ella caja de dientes desenfocada en blanco titanio, él contrachapado, quieto, ni un extremo de ceja poniendo sentimiento. Que si la boca era ampolla toda, fue por las frases de adobo que tan bien le quedaban. Qué bonita estás esta mañana, qué bien te queda la falda de listas, qué tanto me crees lo que digo, qué hacéis pidiendo trigo a un par de oficinistas…