Pax vobiscum y entró arrojando presencia sobre todo el convite. Con las palabras idas todas a mi mano le saludé 12 segundos antes de su llegada. Mi estómago era una tortilla volteada, mi boca, cremallerita encajada.
Madrugó más en mí que en cualquier otro vecindario y hoy se presentaba así, cuchillo dentado, despojándome de toda mi piel como una fruta.
Pax vobiscum y me dio de comer en la distancia, me cerraba la boca dos asientos tras de mí, en suma tan sumamente aproximada. Como un melocotón, pelada.
Fui horno de mil quinientos grados, fui poco, fui nada, y él, comensal de barro, cocido, seco, reventado, madrugando más en mí que en cualquier otro vecindario.