Mis cuarenta años están dando de comer a una muñeca. En una cuchara de plástico rosa practico el avión con comida transparente, imaginada. Ella tiene la mirada larga y yo un largo débito con Morfeo. Me dice que la muñeca quiere más y yo la sigo cebando de nada. El pelo de la muñeca, que tiene nombre, es como el de ‘Pelo-quemado’, una rubia mechada de mi departamento, india a la sazón. Me pregunto dónde están pastando los caballos que monté a los cinco o en qué loft se habrá instalado la princesa que salvaba por las tardes. Respecto a los monstruos, sé dónde han ido a parar, uno parió a mi mujer y el otro me entrega en un sobre la mensualidad. En un sobre cerrado.