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Dime Oliverio, ¿encontraste ya a la que vuela?
Acerca de
“(…) lo que me hizo avanzar es que no podían calmarme. Ya sabéis que a ciertos niños tranquilos les dan bombones y están contentos. Sin embargo, algunos de nosotros, incluso durante la infancia, siempre quisimos otra cosa: lo que la vida ofrece realmente.” Louise Nevelson
Sindicación
 
21 lunares

El autobús lloró al girar la esquina. Su chillido era igual a las lágrimas de un perro grande:
- Ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. ¡Ha vuelto el hijo pródigo!- dije mientras me levantaba del sillón.
Me miró con esa cara de intratable del lunes por la mañana, me dio un beso judaico en la mejilla y Carlitos la hizo rotar para tirarse a mis brazos.
- Ya se ha terminado todos los libros que le compraste. Quiere que le expliques qué es una fresquera. Se va a quedar tres días.
Dejó las llaves en la mesita haciendo un clin en la bandeja. Llevaba puesta esa pulsera que le compré por nuestro día. A mí me regaló una de esas camisas con botones cosidos a la etiqueta por si se pierden los originales. Seguía emanando sensualidad en botellas grandes y aquellos tacones tan altos me hacían temer que se hubiese vuelto una Magdalena no tan penitente.
Una vez leí que un adulto tiene un promedio de entre 15 y 20 lunares en el cuerpo. A ella le recordaba veintiuno. Mi plan era llegar a ocasionar un nuevo recuento (por si los años). Era mi maniobra más inútil: esperar el invierno para luego… esperar el verano. Y que nunca pasase nada. En el reparto me quedé con las noches que albeaban con sus pies a mi vera. Ella se quedó con Carlitos.

No