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Dime Oliverio, ¿encontraste ya a la que vuela?
Acerca de
“(…) lo que me hizo avanzar es que no podían calmarme. Ya sabéis que a ciertos niños tranquilos les dan bombones y están contentos. Sin embargo, algunos de nosotros, incluso durante la infancia, siempre quisimos otra cosa: lo que la vida ofrece realmente.” Louise Nevelson
Sindicación
 
Aborígenes en guerra

Cuando llegué del trabajo, él estaba encerrado en uno de los baños. No se oía más que la fábula del silencio levantado como un estornino afónico por toda la casa. Las ventanas, cerradas, frenando la corta caricia de un otoño tímido que se arrimaba con pereza. Allí estaban todas las señales, la ceremonia debía comenzar. Dejé los tacones en el pasillo y recorrí descalza el suelo de gres hasta el otro baño. Pinzas fuera y la melena me vestía los hombros como un monzón blasfemo. Cada uno en su clausura, se coloreó el cuerpo con marcas y tiznes, nos maquillamos el rostro como dos aborígenes en guerra, como dos nativos tatuados de pies a cabeza en todos los colores y formas. Aceitado el cuerpo, engalané mis mejillas con pan de oro, pan de oro en los muslos, pan de oro en el pezón izquierdo, pan de oro en el sexo. La liturgia me estaba inflando de hambre, salivaba como nunca me lo permitió la boca, humedecida y febril como un ciclón ansioso, un círculo de fuerzas consagrando con lo más humano. Me sabía preciosa, la piel me brillaba entre esferas azules y espirales amarillas, una línea roja me cruzaba todo el abdomen y paralelas verdes me cerraban las piernas. Tranquilas, quietas, que ya vais a comer. Salí del baño y nos encontramos de frente, los ojos como carbones, notablemente encendidos por la lúbrica de la emoción. La desnudez del otro nos dio el inicio de la guerra, que inauguramos feroces, como dos bárbaros enérgicos que se devoraban las carnes. El contacto nos hizo pedazos hasta irnos poco a poco desmembrando, gimiendo todo el cuerpo por alcanzar un acuerdo.
No mucho más tarde, hicimos el amor como en una gran batalla.
No