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Dime Oliverio, ¿encontraste ya a la que vuela?
Acerca de
“(…) lo que me hizo avanzar es que no podían calmarme. Ya sabéis que a ciertos niños tranquilos les dan bombones y están contentos. Sin embargo, algunos de nosotros, incluso durante la infancia, siempre quisimos otra cosa: lo que la vida ofrece realmente.” Louise Nevelson
Sindicación
 
Salvapantallas

'Brindo por las veces
que perdimos
las mismas batallas'.
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Telegrama

¡El timbre! Me igualo los hombros de la blusa y abro en un golpe seco que deja entrar el aire del rellano. Huele a sello lamido, es el cartero y esa tez marrón de huevo de alondra que me habla en una sola clave:
- Telegrama para la señorita.
Las primaveras se habían ido llamando unas a otras en el tiempo: por fin había respuesta. El latido de mi corazón era tan intenso que pensé que sacudiría todo el edificio. Me pulsaba las mejillas, golpeaba rítmico mis extremidades cilíndricas, presionaba mi cabeza como un compás violento, como alguien que estuviera siendo perseguido y llamase a la puerta insistentemente: pom pom pom. Toda la espera se desparramaba en mi mano derecha, temblando vibrato, cada dedo por un lado para agarrar el papelito.

Olvídalo todo STOP no quiero verte más STOP.

El cartero se fue y el mundo le siguió escaleras abajo. Yo ya no poblaba nada. Minutos después cayó mi cuerpo, quebrado como una caña.

 
Aborígenes en guerra

Cuando llegué del trabajo, él estaba encerrado en uno de los baños. No se oía más que la fábula del silencio levantado como un estornino afónico por toda la casa. Las ventanas, cerradas, frenando la corta caricia de un otoño tímido que se arrimaba con pereza. Allí estaban todas las señales, la ceremonia debía comenzar. Dejé los tacones en el pasillo y recorrí descalza el suelo de gres hasta el otro baño. Pinzas fuera y la melena me vestía los hombros como un monzón blasfemo. Cada uno en su clausura, se coloreó el cuerpo con marcas y tiznes, nos maquillamos el rostro como dos aborígenes en guerra, como dos nativos tatuados de pies a cabeza en todos los colores y formas. Aceitado el cuerpo, engalané mis mejillas con pan de oro, pan de oro en los muslos, pan de oro en el pezón izquierdo, pan de oro en el sexo. La liturgia me estaba inflando de hambre, salivaba como nunca me lo permitió la boca, humedecida y febril como un ciclón ansioso, un círculo de fuerzas consagrando con lo más humano. Me sabía preciosa, la piel me brillaba entre esferas azules y espirales amarillas, una línea roja me cruzaba todo el abdomen y paralelas verdes me cerraban las piernas. Tranquilas, quietas, que ya vais a comer. Salí del baño y nos encontramos de frente, los ojos como carbones, notablemente encendidos por la lúbrica de la emoción. La desnudez del otro nos dio el inicio de la guerra, que inauguramos feroces, como dos bárbaros enérgicos que se devoraban las carnes. El contacto nos hizo pedazos hasta irnos poco a poco desmembrando, gimiendo todo el cuerpo por alcanzar un acuerdo.
No mucho más tarde, hicimos el amor como en una gran batalla.
 
Tu nombre

Tu nombre,
veneno que me alucina
me cura porque me hiere
tu ausencia como una espina.

Tu nombre
resuena en los bulevares
y cuelga de los balcones
atravesado en la calle.

Tu nombre
en cines y escaparates
tu nombre que me persigue
tu nombre es mi disparate.

Tu nombre
mantiene viva la lumbre
que me acelera la sangre
para que no me derrumbe.

Tu nombre
palabra contra el olvido
testigo que me defiende
de mi peor enemigo.

Tu nombre
me salva de lo innombrable
y me abre el dulce camino
de tu boca incomparable.

Tu nombre
contra el edén de mentira
contra los ángeles grises
contra la tierra prohibida.

Tu nombre
para llenar esta casa
y contemplar su misterio
mientras la vida nos pasa.

Tu nombre
que ponga llena la luna
y si amanece se lleve
tus dudas una por una

me salva de lo innombrable
y me abre el dulce camino
de tu boca incomparable.

Tu nombre
en cines y escaparates...

(Tu nombre, Javier Ruibal)
 
La sirena
''- Un día hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: «Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelvan al sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos, y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida».''

(La sirena, de la serie de relatos ‘Las Doradas Manzanas del Sol’ de Ray Bradbury. Fotografía de Bill Henson)
 
Sobre todas las cosas

En el colegio, y también en mi barrio, según jugábamos calleja arriba a capitanes coroneles, fieras y ladrones, mi nombre daba lugar a las típicas bromas de Feliciano me la agarra con la mano, a Feli se la meten por el ano o directamente ponerme el mote de Felación... El señor cura, o ‘padre’ que quería que le llamáramos, decía que no había de hacerles caso pero claro, también decía que lo más importante era Dios, el único ovnipotente (o algo parecido)... y para mí lo único todopoderoso era Malenita y cualquier bocado de su sonrisa, y digo cualquiera porque de izquierda a derecha tenía la boca más bonita que yo había visto nunca, ni las señoritas de la tele la igualaban. Ella sí que era una bendita y cuando el señor cura decía los domingos: no adoréis a nadie más que a Él, amadlo sobre todas las cosas, yo la verdad, me sentía algo culpable, porque creo que admiraba a Malenita mucho más. De ella sí que había visto hacer milagros, como aquella vez que a Luis se le calló el gato a la tina y todos creíamos que se moría de lo que estaba temblando y ella lo tuvo toda la tarde metido entre las faldas dándole calor, que quién hubiera sido gato dijo el Guzmán, y cuando la estaba llamando su madre, se levantó y sacó al gato como nuevo con todo el pelo seco e hinchado de gusto, que todos pensamos aquella tarde que el gato no había perdido una vida, sino que había ganado unas cuantas más.
La tuve día tras día en mi cabeza correteándomela toda, llamándome de oreja a oreja y haciendo sonar sus zapatos en mis sienes. Creo que alguien me la instaló mientras dormía, bueno a ella no, porque ella era grande y de carne, que menuda carne, pero a una copia sí que me la metieron porque hasta por las noches la tenía dando botes en mi cabeza y pasándome los escalofríos por todo el cuerpo. Y que me aspen si aquello que tenían no eran poderes que ya hasta colonia me echaba para ir al colegio.

(Fotografía de Sally Mann)
 
Besos de sábado
 
Como a un tarro de porcelana

Intenté convencerlo de que si compartíamos espacios, abarataríamos costes.
Yo, la verdad, le hubiera dicho que le quería en varias ocasiones, pero me acobardaba el saber que contestaría con algo como 'te mereces algo mejor' en cuyo caso, y digo de haberse producido esta conversación que no es el caso, yo hubiera bajado la cabeza resignada a saber que lo que decía era una gilipollez y que buscar una cosa inexistente era de lo más inútil. Ni en la noche más prístina hubiese dado con alguien que le alcanzase un poco. También hubiera por qué no, llorado como una perra, hubiera armado todo un pandemónium con grititos a diferentes tonos que le quebraran la cabeza como a un tarro de porcelana. Y es que no hay derecho, hombre, no hay derecho ni ley que les permita a ese tipo de personas declararse un hito menor. No hay derecho, no.
Estoy segura de que era culpa suya el que la casa hubiese salido ardiendo ¡había echado a arder tantas cosas! Lo primero que hizo cenizas fueron nuestras presentaciones, que quedaron remotas, olvidadas y que recordábamos con poco detalle: Yo creo que te acercaste tú, no qué va, nos presentó aquél amigo, no yo ya te conocía… Era una llama lenta. Salieron luego ardiendo los apodos ora tan vírgenes ora tan inoportunos y fueron seguidos de cerca por grandes dosis de respeto que se levantaron en una pira enorme con olor a muerto. Ardió también el enjambre de abrazos y besos que nos profesamos tiempo atrás, las caricias con voz de baluarte en un amor tan buscado… Se quemaron en resumen, todos nuestros ahorros, se quemó un capital inmenso de cariño que pronto asumiríamos era irrecuperable.
Allí estaba la casa carbonizada y nosotros como dos víctimas con los ojos en tilde, dos insensatos haciendo sopa con cenizas.

(Fotografía, obra de Jenny Saville)
 
Vibrate

My phone's on vibrate for you
Electroclash is karioke too
I try to dance Britney Spears
I guess I'm getting on in years

My phone's on vibrate for you
God knows what all these new drugs do
I guess to have no more fears
But still I always end up in tears

My phone's on vibrate for you
But still I never ever feel from you
Pinocchio's now a boy
Who wants to turn back into a toy

So call me
Call me in the morning
Call me in the night
So call me
Call me anytime you like

My phone's on vibrate for you
For you


-Queda inaugurado el día de las canciones que parecen estúpidas... y que no lo son en nada. Creo que esta noche ninguno de los dos está tranquilo. La canción es de Rufus Wainwright.-
 
Portelo

Nuestra mayor ocupación en Portelo era no morir. Cada uno de nuestros movimientos se dirigía no a vivir, sino a retardar la arribada de la muerte. Dos siglos atrás, estar en las filas de los pueblos con poca esperanza de vida nos había mantenido muy felices porque para entonces nadie cronometraba el tiempo de exposición al sol ni temían que el calor de la chimenea acabara por ahogarlos. Ahora ya no se le daba ron y leche a los bebés con insomnio ni se fiaba uno de la comida de fuera de casa. Se consideraban prioridades la instalación de barandillas en las escaleras que salvasen de una segura muerte por resbalo, extractores de humo o ropa atada con velcro. Los carpinteros de Portelo no fabricaban ya ni un solo mueble con las esquinas rectas y todos los sastres habían acolchado la ropa de invierno con varias capas de franela que nos evitarían las fiebres. Uno estaba tranquilamente en su casa y si ponía la radio le dejaba un volumen muy bajo por si oía el ruido de alguien intentando entrar y los niños tenían pocas amistades desde que les estaba prohibido relacionarse con extraños. Lo que todos daban por sentado es que no se construirían edificios altos en Portelo: los de cuatro y cinco plantas eran los más atrevidos. Cuando decidí marcharme de aquellos miedos, de aquellas fuentes sin uso a pesar de que un letrero rezara ‘potable’, cuando decidí abandonar toda esa suerte de calles vacías por la obsesión de verse víctima de violaciones o delincuencia, cuando pensé en decir adiós a todas esas caras mezcla de sospecha y recelo, apenas me lo tuvieron en cuenta. Días atrás había dejado claro que yo no estaba escapando. Sólo me iba a otro lugar.

(Fotografía: obra de Gottfried Helnwein)
 
La Terribilitá

La terribilitá era la marca de sus tacones. La editorial se mantenía gracias a su financiación púbica y quisiera dar esta frase por entendida. Una talla más la hubiera convertido en carnosa (o en carnaza) y una menos la hubiera vuelto de una estrechez nada útil para sus labores.
En la oficina manejaba sobradamente una serie de conceptos por bandera, el primero era comprender que ser escritor no equivalía a ser 'hombre de palabra'...
 
A 120 en la Utopista

A 120 en la ‘utopista’ llevo un remolque de afanes dispersos movido de manera ágil por un estertóreo motor de fantasías. Me mueve una maquinaria de apariencia infante con un zarandeo rumboso y semi-añejo rematando las flores vaginales del Ying-Yang, llevando aparte una barata modestia que troqué por enemigos, tan necesarios como una rebeca en la batiente.
Un día, seguramente un día septembrino, nos acoge el pútrido techo de una afición cualquiera, un aliento de sangre se dirige a los pulmones como un sol azorado por un soplo y un olor a carne perfumada nos fabrica unas lobatas ganas de salir a ganar, de salir a escalar la superficie de animados huesos, de ocupar una torre de tibias que solazan el alma inquieta y expectante.
A partir de ese día amo a mucha gente de apellido difunto (y el amor no es una exageración) que escribieron las cosas que leo. Y llueve pan rallado en mi cerebro montés, como una candelilla volteando una acacia, como una amante saciada y deshecha en las sábanas azules de algún cuarto. El conocimiento abate por las hojas de los cuentos y la gente a la que admiro. Y así me tienen, a 120 en la utopista, conduciendo hacia el anhelo y la sapiencia que desespera al menos idiota, que narcotiza al curioso, que me enfurece como nunca.

(Fotografía: obra de Terry Rodgers ‘Timepiece’, 1995.)

 
Luna de Avellaneda


- ¿Y qué tiene que ver ese cuento conmigo?
- Pues no sé. No sé, pero vos también me emocionás. Mucho.
 
Ojitos de mapa

Cuando se sentía mal, fingía cómodamente que los dolores afligían a otro, que acometían al joven de media barba que le hacía frente en el espejo, casi nunca a él. Sin embargo, si llegada la noche me acercaba cascabelina a sus piernas, ya no había ningún otro al que cargar los temblores y se quedaba egoístamente él con todo el calor reinante. Era un primer plano del espectáculo genital que sucedía. Era el original excitado. Y seguramente el del espejo lo miraba como a un pendón convenido, rabiando cristalitos por hacerse presente.
Siempre había sabido que aquél hombre me gustaba especialmente por su parecido con mi padre, pero llegar a decírselo sería sin duda una grosería. Tenía las mismas bromas soeces que tanta risa me hacían, esos brazos hacinados de pelo castaño hasta el comienzo del codo, esos bostezos ruidosos y esa paz en los ojitos tan de mapa climático que tan secretamente llevarían (y esto lo descubrí mucho más tarde) la tormenta eléctrica de su voluntad.