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Dime Oliverio, ¿encontraste ya a la que vuela?
Acerca de
“(…) lo que me hizo avanzar es que no podían calmarme. Ya sabéis que a ciertos niños tranquilos les dan bombones y están contentos. Sin embargo, algunos de nosotros, incluso durante la infancia, siempre quisimos otra cosa: lo que la vida ofrece realmente.” Louise Nevelson
Sindicación
 
Mudanza


Por razones de espacio hago mudanza a 'En nuestro país no hay más que un día a la vez'. Vente, que te escribo. Besos de cierre
 
Traga mucha saliva


Candela es, perfectamente y para cualquier hombre, 'la mujer de su vida'. Tiene un molde acoplable por lo que son sus venitas que la convierte en el sueño de toda percepción masculina, viril o más pausada. Aparte de su cuerpo flexible y articulado, y sobretodo (esto es de mucha importancia para algunos) estipulado como bello, tiene por genética una cabeza de muñeca estándar que podría enroscarse en toda fantasía nocturna. Que cose y que barre Candela, que usa más Cristasol que nadie y pasa la mopa saltándose un día: lunes, miércoles, viernes, domingo, martes. Que huele a crema hidratante y sabe peinarse sola. Candela encaja porque a gusto del que acompaña es la más sumisa o la más ardiente, a gusto del que la escucha es partidista o novelera, porque a gusto siempre de otro resulta totalmente convincente que ella siempre fue así.

Es educada y todo terreno, conversa con más o menos nervio sobre cualquiera viniese a ser el tema preferido del hombre que la mira. Se deja tocar y mira con dulzura como en las películas de encuentros aeropuertarios. Animada, locuaz, semi-inocente y joven, protagoniza un personaje perfecto para hacer la serie televisiva con más temporadas: Candela consigue sin esfuerzo la máxima audiencia.

Cuando otro hombre dice ‘yo sé que la mujer de mi vida es Candela’, ella traga mucha saliva.

 
Chocolatinas rotas


«Sus fiestas eran espantosas. Siempre había, en un platillo, chocolatinas rotas, como las que ofrecería a sus invitados una pobre familia de provincias. A veces me preguntaba a mí mismo ¿por qué la amo? Tal vez por el cálido iris avellana de sus plumosos ojos, o por el ondulado natural de su cabello castaño, o tal vez debido a cierto ademán especial de sus redondeados hombros. Pero probablemente la verdad fuese que la amaba porque ella me amaba a mí. Para ella yo era el hombre ideal: inteligente, con agallas. Y no había ninguno que vistiese mejor que yo. Recuerdo que, cuando estrené mi smoking, ella entrlazó las manos, se hundió en la butaca, y murmuró: 'Oh, Hermann...' Aquel embeleso rozaba casi la adoración.»

Valdimir Nabokov, Desesperación.


 
El octavo cuadro


'Cuando un peón atraviesa el tablero de ajedrez y consigue llegar hasta la última fila tiene la oportunidad de convertirse en otra pieza. Usualmente, elige transformarse en una reina, y así pasa de ser una figura torpe y débil a ser la pieza más potente del tablero.'

Introducción de una columna de la revista lápiz nº226 en la que se presentaba la exposición The Eight Square. Gender, Life and Desire in Art Since 1960, una muestra en la que aparecieron cambios de género e intercambio sexual de roles: homosexualidad, intersexualidad, transgénero, travestismo, transexualidad, etc.

Fotografía: obra de Michaël Borremans, 'Portrait 2', 2006
 
Animalito herido


Ajándome por entre las manitas
partiéndome los pechos
en dos para empezar.
Ninguna de mis hijas
se da por aludida
les canto, las aniso,
no dejan de llorar.
Berrean como nortes venteados,
se enfadan y me gritan,
que acabé ya, mamá.
Andando con los puños,
vereda de nudillos,
jureles en la tripa,
quisquilla de alta mar.
Habito lo más culto de mi boca
palabras tan calientes
como el pan.
Animalito herido, pata de cabra
abracada-inútil dispuesto a conversar.

(Fotografía: obra de Daniele Buetti, 'White Tears', 2005)
 
Discordias


La más firme dirección de mi resuello,
la discordia de querernos los contrarios:
de yo querer lo tuyo, de buscarte,
de consumirme tú, de arrodillarte.

 
Salvapantallas

'Brindo por las veces
que perdimos
las mismas batallas'.
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Telegrama

¡El timbre! Me igualo los hombros de la blusa y abro en un golpe seco que deja entrar el aire del rellano. Huele a sello lamido, es el cartero y esa tez marrón de huevo de alondra que me habla en una sola clave:
- Telegrama para la señorita.
Las primaveras se habían ido llamando unas a otras en el tiempo: por fin había respuesta. El latido de mi corazón era tan intenso que pensé que sacudiría todo el edificio. Me pulsaba las mejillas, golpeaba rítmico mis extremidades cilíndricas, presionaba mi cabeza como un compás violento, como alguien que estuviera siendo perseguido y llamase a la puerta insistentemente: pom pom pom. Toda la espera se desparramaba en mi mano derecha, temblando vibrato, cada dedo por un lado para agarrar el papelito.

Olvídalo todo STOP no quiero verte más STOP.

El cartero se fue y el mundo le siguió escaleras abajo. Yo ya no poblaba nada. Minutos después cayó mi cuerpo, quebrado como una caña.

 
Aborígenes en guerra

Cuando llegué del trabajo, él estaba encerrado en uno de los baños. No se oía más que la fábula del silencio levantado como un estornino afónico por toda la casa. Las ventanas, cerradas, frenando la corta caricia de un otoño tímido que se arrimaba con pereza. Allí estaban todas las señales, la ceremonia debía comenzar. Dejé los tacones en el pasillo y recorrí descalza el suelo de gres hasta el otro baño. Pinzas fuera y la melena me vestía los hombros como un monzón blasfemo. Cada uno en su clausura, se coloreó el cuerpo con marcas y tiznes, nos maquillamos el rostro como dos aborígenes en guerra, como dos nativos tatuados de pies a cabeza en todos los colores y formas. Aceitado el cuerpo, engalané mis mejillas con pan de oro, pan de oro en los muslos, pan de oro en el pezón izquierdo, pan de oro en el sexo. La liturgia me estaba inflando de hambre, salivaba como nunca me lo permitió la boca, humedecida y febril como un ciclón ansioso, un círculo de fuerzas consagrando con lo más humano. Me sabía preciosa, la piel me brillaba entre esferas azules y espirales amarillas, una línea roja me cruzaba todo el abdomen y paralelas verdes me cerraban las piernas. Tranquilas, quietas, que ya vais a comer. Salí del baño y nos encontramos de frente, los ojos como carbones, notablemente encendidos por la lúbrica de la emoción. La desnudez del otro nos dio el inicio de la guerra, que inauguramos feroces, como dos bárbaros enérgicos que se devoraban las carnes. El contacto nos hizo pedazos hasta irnos poco a poco desmembrando, gimiendo todo el cuerpo por alcanzar un acuerdo.
No mucho más tarde, hicimos el amor como en una gran batalla.
 
Tu nombre

Tu nombre,
veneno que me alucina
me cura porque me hiere
tu ausencia como una espina.

Tu nombre
resuena en los bulevares
y cuelga de los balcones
atravesado en la calle.

Tu nombre
en cines y escaparates
tu nombre que me persigue
tu nombre es mi disparate.

Tu nombre
mantiene viva la lumbre
que me acelera la sangre
para que no me derrumbe.

Tu nombre
palabra contra el olvido
testigo que me defiende
de mi peor enemigo.

Tu nombre
me salva de lo innombrable
y me abre el dulce camino
de tu boca incomparable.

Tu nombre
contra el edén de mentira
contra los ángeles grises
contra la tierra prohibida.

Tu nombre
para llenar esta casa
y contemplar su misterio
mientras la vida nos pasa.

Tu nombre
que ponga llena la luna
y si amanece se lleve
tus dudas una por una

me salva de lo innombrable
y me abre el dulce camino
de tu boca incomparable.

Tu nombre
en cines y escaparates...

(Tu nombre, Javier Ruibal)
 
La sirena
''- Un día hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: «Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelvan al sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos, y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida».''

(La sirena, de la serie de relatos ‘Las Doradas Manzanas del Sol’ de Ray Bradbury. Fotografía de Bill Henson)
 
Sobre todas las cosas

En el colegio, y también en mi barrio, según jugábamos calleja arriba a capitanes coroneles, fieras y ladrones, mi nombre daba lugar a las típicas bromas de Feliciano me la agarra con la mano, a Feli se la meten por el ano o directamente ponerme el mote de Felación... El señor cura, o ‘padre’ que quería que le llamáramos, decía que no había de hacerles caso pero claro, también decía que lo más importante era Dios, el único ovnipotente (o algo parecido)... y para mí lo único todopoderoso era Malenita y cualquier bocado de su sonrisa, y digo cualquiera porque de izquierda a derecha tenía la boca más bonita que yo había visto nunca, ni las señoritas de la tele la igualaban. Ella sí que era una bendita y cuando el señor cura decía los domingos: no adoréis a nadie más que a Él, amadlo sobre todas las cosas, yo la verdad, me sentía algo culpable, porque creo que admiraba a Malenita mucho más. De ella sí que había visto hacer milagros, como aquella vez que a Luis se le calló el gato a la tina y todos creíamos que se moría de lo que estaba temblando y ella lo tuvo toda la tarde metido entre las faldas dándole calor, que quién hubiera sido gato dijo el Guzmán, y cuando la estaba llamando su madre, se levantó y sacó al gato como nuevo con todo el pelo seco e hinchado de gusto, que todos pensamos aquella tarde que el gato no había perdido una vida, sino que había ganado unas cuantas más.
La tuve día tras día en mi cabeza correteándomela toda, llamándome de oreja a oreja y haciendo sonar sus zapatos en mis sienes. Creo que alguien me la instaló mientras dormía, bueno a ella no, porque ella era grande y de carne, que menuda carne, pero a una copia sí que me la metieron porque hasta por las noches la tenía dando botes en mi cabeza y pasándome los escalofríos por todo el cuerpo. Y que me aspen si aquello que tenían no eran poderes que ya hasta colonia me echaba para ir al colegio.

(Fotografía de Sally Mann)
 
Besos de sábado
 
Como a un tarro de porcelana

Intenté convencerlo de que si compartíamos espacios, abarataríamos costes.
Yo, la verdad, le hubiera dicho que le quería en varias ocasiones, pero me acobardaba el saber que contestaría con algo como 'te mereces algo mejor' en cuyo caso, y digo de haberse producido esta conversación que no es el caso, yo hubiera bajado la cabeza resignada a saber que lo que decía era una gilipollez y que buscar una cosa inexistente era de lo más inútil. Ni en la noche más prístina hubiese dado con alguien que le alcanzase un poco. También hubiera por qué no, llorado como una perra, hubiera armado todo un pandemónium con grititos a diferentes tonos que le quebraran la cabeza como a un tarro de porcelana. Y es que no hay derecho, hombre, no hay derecho ni ley que les permita a ese tipo de personas declararse un hito menor. No hay derecho, no.
Estoy segura de que era culpa suya el que la casa hubiese salido ardiendo ¡había echado a arder tantas cosas! Lo primero que hizo cenizas fueron nuestras presentaciones, que quedaron remotas, olvidadas y que recordábamos con poco detalle: Yo creo que te acercaste tú, no qué va, nos presentó aquél amigo, no yo ya te conocía… Era una llama lenta. Salieron luego ardiendo los apodos ora tan vírgenes ora tan inoportunos y fueron seguidos de cerca por grandes dosis de respeto que se levantaron en una pira enorme con olor a muerto. Ardió también el enjambre de abrazos y besos que nos profesamos tiempo atrás, las caricias con voz de baluarte en un amor tan buscado… Se quemaron en resumen, todos nuestros ahorros, se quemó un capital inmenso de cariño que pronto asumiríamos era irrecuperable.
Allí estaba la casa carbonizada y nosotros como dos víctimas con los ojos en tilde, dos insensatos haciendo sopa con cenizas.

(Fotografía, obra de Jenny Saville)
 
Vibrate

My phone's on vibrate for you
Electroclash is karioke too
I try to dance Britney Spears
I guess I'm getting on in years

My phone's on vibrate for you
God knows what all these new drugs do
I guess to have no more fears
But still I always end up in tears

My phone's on vibrate for you
But still I never ever feel from you
Pinocchio's now a boy
Who wants to turn back into a toy

So call me
Call me in the morning
Call me in the night
So call me
Call me anytime you like

My phone's on vibrate for you
For you


-Queda inaugurado el día de las canciones que parecen estúpidas... y que no lo son en nada. Creo que esta noche ninguno de los dos está tranquilo. La canción es de Rufus Wainwright.-