Meditación
He tenido una mañana de locura en el trabajo, estresante, que ha puesto a prueba mi paciencia varias veces y en la que he tenido que salir un par de veces del edificio para buscar buscar la soledad del cigarrillo, mientras miraba al mar.
Cuando por fin terminó mi jornada laboral, no me apetecía hacerme la comida, así que decidí ir a un restaurante musulmán que está cerca de mi casa a comer, pero resulta que está cerrado por vacaciones durante el Ramadán.
Subo los tres pisos que me separan de mi madriguera, porque todavía no funciona el ascensor y me acuerdo de que esta tarde no puedo dormir la siesta porque a las cuatro y media vienen a traerme una mesa y cuatro sillas, ya que uno estaba ya cansado de vivir como los hippies, con sillas de plástico compradas en una gran superficie.
Mientras me hago la comida, compruebo que tampoco hoy me funciona el messenger. Lo desinstalo, lo descargo y lo vuelvo a instalar. Nada: sigue el mismo error (8100030d)
Después de comer intento no dormirme, aunque sé que una siesta de pijama, orinal y gorro de dormir sería lo que reinstalaría en el mundo. Últimamente duermo muy poco por las noches y desde luego no es por culpa del insomnio (siempre he dormido muy bien), pero no pienso desvelar mis secretos nocturnos. Van pasando los minutos, llegan las cuatro y media y no vienen a traerme la mesa ni las sillas y yo sin dormir. Ojeo blogs, pero me pesan los párpados y apenas puedo concentrarme en lo que leo. Además tampoco me siento con inspiración para ponerme a escribir en el mío.
De pronto recuerdo que te sorprendiste de que yo nunca intentará la meditación, y eso que te parecía una persona con una capacidad innata para ella.
- Vaya maestro zen de las narices, supongo que pensarías un poco defraudada. Pero qué se a hacer si a uno le molan más el rollo cultureta de los koan y los haikus .
Decido encender mi incienso (Nagchampa), poner música new age, bajar las persianas buscando penunbra y un ambiente propicio para el za-zen y sentarme en el sofa lo más parecido a la posición de loto que un occidental con tendencia a la vida bohemia puede, y por fin, cierro los ojos, casi seguro de que a la más mínima me quedo dormido, y me convierto en un ultracuerpo.
Con no demasiada fe, intento no pensar en nada y olvidarme de los sentidos que nos distraen con la maya de la realidad y centrarme en mi respiración, que se parece a un niño que llora porque quiere teta.
- De ésta me quedo dormido, pienso, pero estoy tan a gusto que decido seguir un poquito más, ya me desperarán los de la mesa cuando llamen al timbre.
Abandono todos mis pensamientos y cuando se acercan les doy un manotazo mental, hasta que hartos de mi tozudez se van a llorar al cuarto de baño. Mi respiración se hace cada vez más pesada, como si en lugar de mover el diafragma levantara el planeta entero con el meñique. El ritmo de mi corazón se ralentiza y me siento más relajado, inundado por la paz de bar de copas por la mañana.
Cuando siento que debo abrir los ojos, convencido de que han pasado apenas unos cinco minutos, miro el reloj por curiosidad y compruebo que en realidad han pasado más de veinte.
No sé si ésto de la meditación funciona, pero a estas horas, uno sigue en pie, como un auténtico hombre pero de los de antes, sin dormir la siesta y sin parecerle que deba hacerlo ya, y aunque la mesa y las sillas sigan sin aparecer, el messenger siga sin funcionar, uno está tranquilo, feliz, con la suficiente inspiración para escribir un post y pensando en repetirlo mañana.
Cuando por fin terminó mi jornada laboral, no me apetecía hacerme la comida, así que decidí ir a un restaurante musulmán que está cerca de mi casa a comer, pero resulta que está cerrado por vacaciones durante el Ramadán.
Subo los tres pisos que me separan de mi madriguera, porque todavía no funciona el ascensor y me acuerdo de que esta tarde no puedo dormir la siesta porque a las cuatro y media vienen a traerme una mesa y cuatro sillas, ya que uno estaba ya cansado de vivir como los hippies, con sillas de plástico compradas en una gran superficie.
Mientras me hago la comida, compruebo que tampoco hoy me funciona el messenger. Lo desinstalo, lo descargo y lo vuelvo a instalar. Nada: sigue el mismo error (8100030d)
Después de comer intento no dormirme, aunque sé que una siesta de pijama, orinal y gorro de dormir sería lo que reinstalaría en el mundo. Últimamente duermo muy poco por las noches y desde luego no es por culpa del insomnio (siempre he dormido muy bien), pero no pienso desvelar mis secretos nocturnos. Van pasando los minutos, llegan las cuatro y media y no vienen a traerme la mesa ni las sillas y yo sin dormir. Ojeo blogs, pero me pesan los párpados y apenas puedo concentrarme en lo que leo. Además tampoco me siento con inspiración para ponerme a escribir en el mío.
De pronto recuerdo que te sorprendiste de que yo nunca intentará la meditación, y eso que te parecía una persona con una capacidad innata para ella.
- Vaya maestro zen de las narices, supongo que pensarías un poco defraudada. Pero qué se a hacer si a uno le molan más el rollo cultureta de los koan y los haikus .
Decido encender mi incienso (Nagchampa), poner música new age, bajar las persianas buscando penunbra y un ambiente propicio para el za-zen y sentarme en el sofa lo más parecido a la posición de loto que un occidental con tendencia a la vida bohemia puede, y por fin, cierro los ojos, casi seguro de que a la más mínima me quedo dormido, y me convierto en un ultracuerpo.
Con no demasiada fe, intento no pensar en nada y olvidarme de los sentidos que nos distraen con la maya de la realidad y centrarme en mi respiración, que se parece a un niño que llora porque quiere teta.
- De ésta me quedo dormido, pienso, pero estoy tan a gusto que decido seguir un poquito más, ya me desperarán los de la mesa cuando llamen al timbre.
Abandono todos mis pensamientos y cuando se acercan les doy un manotazo mental, hasta que hartos de mi tozudez se van a llorar al cuarto de baño. Mi respiración se hace cada vez más pesada, como si en lugar de mover el diafragma levantara el planeta entero con el meñique. El ritmo de mi corazón se ralentiza y me siento más relajado, inundado por la paz de bar de copas por la mañana.
Cuando siento que debo abrir los ojos, convencido de que han pasado apenas unos cinco minutos, miro el reloj por curiosidad y compruebo que en realidad han pasado más de veinte.
No sé si ésto de la meditación funciona, pero a estas horas, uno sigue en pie, como un auténtico hombre pero de los de antes, sin dormir la siesta y sin parecerle que deba hacerlo ya, y aunque la mesa y las sillas sigan sin aparecer, el messenger siga sin funcionar, uno está tranquilo, feliz, con la suficiente inspiración para escribir un post y pensando en repetirlo mañana.
Dos años
El próximo lunes hará dos años que vivo en la Fortaleza.
Todavía recuerdo la cara que pusieron las personas de mi entorno cuando decidí venirme para acá. Pensaban que me había vuelto loco. No comprendían que necesitaba una patada en el culo que me sacara del tedio en el que se estaba convirtiendo mi vida.
El primer viaje me lo plantée como un viaje iniciático: recorrería prácticamente todo la península en tren para coger un barco que me trajera hasta la Fortaleza. Deseaba ver desde la borda como me acercaba a las costas de un continente (vida) nuevo (nueva). Fue una auténtica paliza de casi veinte horas pero conseguí revivir lo que sintieron quienes fueron arrancados de los sus pueblos para morir mutilados y con los genitales en la boca en las guerras de Marruecos que por aquel entonces sólo importaban a militares ansiosos de ascensos y a los dueños de las minas de mineral del Rif. Ahora siempre que viajo a mi ciudad de origen, lo hago en avión porque es mucho más cómodo y rápido, aunque después del primer viaje volviera en más de una ocasión en barco a la península, buscando un anochecer en alta mar.
La imagen que tenía de la Fortaleza antes de llegar aquí, no tiene nada que ver con la que tengo en la actualidad. Buscaba el exotismo del mundo árabe y me encontré con la realidad de las diferencias sociales que supone vivir en la Frontera entre el Primer y el Tercer mundo.

La Fortaleza es una ciudad bonita que se apelotona a los pies de un monte manchado por la sangre de cinco siglos de guerras, en la que ahora conviven pacíficamente cuatro culturas oficiales (cristianos, musulmánes, hebreos e hindúes), aunque también existe un porcentaje que no entra en las estadísticas, porque son inmigrantes subsaharianos que esperan en el Centro de Internamiento Temporal de Inmigrantes su orden de expulsión, que les lleve de nuevo a la desesperación del hambre o al futuro incierto del desierto.
A veces me agobia vivir en sus catorce kilómetros cuadrados, rodeado de un perímetro fronterizo con una doble valla de seis metros de altura con una serpentina en el medio, cámaras térmicas, y torres de vigilancia, y su caracter excesivamente conservador, aparte de la pésima situación cultural, que te impide no estar al tanto de la música, la literatura, el teatro, ni el cine. Soy un animal de ciudad a quien le encanta el anonimato, perderse por las calles sin que le reconozcan los sesenta mil habitantes de la Fortaleza, si bien siempre vuelvo a sonreir cuando tengo una tarjeta de embarque en mis manos.
Pero, a pesar de todo, su alma ya me ha seducido y me siento parte de ella. Ha inundado todas las páginas de mi blog y ha conseguido que encuentre un lugar del que, de momento, no me apetezca huir.

Todavía recuerdo la cara que pusieron las personas de mi entorno cuando decidí venirme para acá. Pensaban que me había vuelto loco. No comprendían que necesitaba una patada en el culo que me sacara del tedio en el que se estaba convirtiendo mi vida.
El primer viaje me lo plantée como un viaje iniciático: recorrería prácticamente todo la península en tren para coger un barco que me trajera hasta la Fortaleza. Deseaba ver desde la borda como me acercaba a las costas de un continente (vida) nuevo (nueva). Fue una auténtica paliza de casi veinte horas pero conseguí revivir lo que sintieron quienes fueron arrancados de los sus pueblos para morir mutilados y con los genitales en la boca en las guerras de Marruecos que por aquel entonces sólo importaban a militares ansiosos de ascensos y a los dueños de las minas de mineral del Rif. Ahora siempre que viajo a mi ciudad de origen, lo hago en avión porque es mucho más cómodo y rápido, aunque después del primer viaje volviera en más de una ocasión en barco a la península, buscando un anochecer en alta mar.
La imagen que tenía de la Fortaleza antes de llegar aquí, no tiene nada que ver con la que tengo en la actualidad. Buscaba el exotismo del mundo árabe y me encontré con la realidad de las diferencias sociales que supone vivir en la Frontera entre el Primer y el Tercer mundo.

La Fortaleza es una ciudad bonita que se apelotona a los pies de un monte manchado por la sangre de cinco siglos de guerras, en la que ahora conviven pacíficamente cuatro culturas oficiales (cristianos, musulmánes, hebreos e hindúes), aunque también existe un porcentaje que no entra en las estadísticas, porque son inmigrantes subsaharianos que esperan en el Centro de Internamiento Temporal de Inmigrantes su orden de expulsión, que les lleve de nuevo a la desesperación del hambre o al futuro incierto del desierto.
A veces me agobia vivir en sus catorce kilómetros cuadrados, rodeado de un perímetro fronterizo con una doble valla de seis metros de altura con una serpentina en el medio, cámaras térmicas, y torres de vigilancia, y su caracter excesivamente conservador, aparte de la pésima situación cultural, que te impide no estar al tanto de la música, la literatura, el teatro, ni el cine. Soy un animal de ciudad a quien le encanta el anonimato, perderse por las calles sin que le reconozcan los sesenta mil habitantes de la Fortaleza, si bien siempre vuelvo a sonreir cuando tengo una tarjeta de embarque en mis manos.
Pero, a pesar de todo, su alma ya me ha seducido y me siento parte de ella. Ha inundado todas las páginas de mi blog y ha conseguido que encuentre un lugar del que, de momento, no me apetezca huir.

Deseo
Algunas noches, después de hablar contigo por teléfono, cierro los ojos e imagino que toda la casa está llena de velas, que te tengo cerca y que mirándote a los ojos se me ocurren haikus :
En la penumbra
las sombras del deseo
se posan en tí.
Beso tus labios
buscando respuestas,
y te desgajo,
poco a poco,
para beber tu copa
de luna dulce.
Cierro los ojos y los efluvios de un quemador de incienso, se confunden con el olor de tu cuerpo, en el que escribo con mis dedos de tinta todas las palabras del diccionario de un lenguaje que juntos inventamos (kalanda, kalanda, mimo kalanda, susta gusita araibo la busa, tíndala, mosiba, sumaramente), mientras mis manos te arrrancan otro haiku del alma.
Eres todo mar
y tu boca son peces
que me suspiran.
Cierro los ojos y sé que no puedo dormir si no me levanto, busco el móvil para resumir un beso en ciento sesenta caracteres, selecciono tu nombre en la agenda y te lo envío, mientras siento como me adormezco a tu lado, hasta que con cuatro zumbidos tus labios convertidos en sms se posan en los míos.
Y me acerco,
y mi piel siente tu piel
interrogante.
Cierro los ojos y eres un continente nuevo que recorrer sin visado, una cordillera de ocho mil metros que escalar sin oxígeno, una fosa marina en la que sumergirme sin bastiscafo, y mientras te acaricio, busco con más haikus
esa explosión,
ese nacimiento
del universo,
entre tus piernas,
que mate el deseo
antes de dormir.

En la penumbra
las sombras del deseo
se posan en tí.
Beso tus labios
buscando respuestas,
y te desgajo,
poco a poco,
para beber tu copa
de luna dulce.
Cierro los ojos y los efluvios de un quemador de incienso, se confunden con el olor de tu cuerpo, en el que escribo con mis dedos de tinta todas las palabras del diccionario de un lenguaje que juntos inventamos (kalanda, kalanda, mimo kalanda, susta gusita araibo la busa, tíndala, mosiba, sumaramente), mientras mis manos te arrrancan otro haiku del alma.
Eres todo mar
y tu boca son peces
que me suspiran.
Cierro los ojos y sé que no puedo dormir si no me levanto, busco el móvil para resumir un beso en ciento sesenta caracteres, selecciono tu nombre en la agenda y te lo envío, mientras siento como me adormezco a tu lado, hasta que con cuatro zumbidos tus labios convertidos en sms se posan en los míos.
Y me acerco,
y mi piel siente tu piel
interrogante.
Cierro los ojos y eres un continente nuevo que recorrer sin visado, una cordillera de ocho mil metros que escalar sin oxígeno, una fosa marina en la que sumergirme sin bastiscafo, y mientras te acaricio, busco con más haikus
esa explosión,
ese nacimiento
del universo,
entre tus piernas,
que mate el deseo
antes de dormir.

Wahed Ramadan
Hoy comienza el Ramadán, el noveno mes del calendario musulmán. Desde que amanece hasta que se pone el sol no se puede comer, mantener relaciones sexuales, ni pecar con la palabra, el pensamiento ni la mirada. No todos los musulmanes están obligados a seguirlo. Los enfermos, los niños y los que están de viaje, si lo desean pueden no hacerlo.
No sólo es uno de los cinco preceptos básicos del Islam, sino también es, para mí, una forma de comprender y solidarizarse con los desposeídos que no tienen nada que llevarse a la boca, de saborear los pequeños placeres que nos da la vida y a los que casi nunca les damos importancia.
En mi calle de la Fortaleza han puesto luces que encenderán esta noche, cuando se rompa por primera vez el ayuno con una harira (una sopa fuerte y especiada) y se celebre el impresionante autocontrol que se necesita para cumplir el ramadán, con los familiares y amigos.
Tiene que llenarte de orgullo ver que se pone el sol y que has sido capaz de soportarlo. Se refleja esa alegría cuando me paseo por los barrios musulmanes por la noche, y me siento en una terraza a cenar con ellos, un poco avergonzado porque sé en mi foro interno que yo sería incapaz, o quizá no y el próximo año (este ya he comido) lo intente.
Said ramadan
No sólo es uno de los cinco preceptos básicos del Islam, sino también es, para mí, una forma de comprender y solidarizarse con los desposeídos que no tienen nada que llevarse a la boca, de saborear los pequeños placeres que nos da la vida y a los que casi nunca les damos importancia.
En mi calle de la Fortaleza han puesto luces que encenderán esta noche, cuando se rompa por primera vez el ayuno con una harira (una sopa fuerte y especiada) y se celebre el impresionante autocontrol que se necesita para cumplir el ramadán, con los familiares y amigos.
Tiene que llenarte de orgullo ver que se pone el sol y que has sido capaz de soportarlo. Se refleja esa alegría cuando me paseo por los barrios musulmanes por la noche, y me siento en una terraza a cenar con ellos, un poco avergonzado porque sé en mi foro interno que yo sería incapaz, o quizá no y el próximo año (este ya he comido) lo intente.
Said ramadan
Verdes, verdes, verdes
He vuelto de mis vacaciones de la ciudad de origen, donde todo parece recobrar sentido de nuevo.
Pocos días antes de salir pillé una gripe que me dejó en la cama con treinta y muchos de fiebre. Creo que todavía no estoy aconstumbrado a los virus africanos y por su culpa no pude disfrutar de las fiestas de la Fortaleza. Todavía me duraba la fiebre cuando fui a coger el avión. Pasé sin problemas el control de seguridad y cuando estaba esperando a embarcar, apagando ya el móvil, se me acerca un miembro de los Cuerpos de Seguridad del Estado y me pide la documentación. Después de examinarla, me invita a acompañarlo a un cuarto reservado donde me interroga acerca de los motivos de mi viaje y me pide que saque el chocolate. Si tengo menos de dos gramos y se lo doy, no pasa nada, me dice. Se queda con él y yo puedo seguir con el viaje sin problemas. Le digo que no llevo nada. Entonces me dice que si me encuentra algo va a ser peor por mentirle. Me pide que me descalce y me registra. Me pregunta si tengo antecedentes penales, si me han detenido alguna vez y si soy consumidor habitual de hachís. Le respondo que no tres veces y como no encuentra nada, me deja marchar y puedo tomar el avión.
En la ciudad de origen me limité a curarme de mi gripe, con los mimos de mis padres, a los que hacía más de seis meses que no veía. Apenas salí de casa, aunque fui a visitar a una chica de ojos verdes, verdes, verdes, que se está convirtiendo en mi amiga, en mi compañera, en mi cómplice y, espero que dentro de poco, también en mi amante.
Estoy buscando otro centro desde el que observar el mundo y sé que lo dentro de poco lo encontraré. Necesito ese punto de referencia, y la chica de los ojos verdes, verdes, verdes se está convirtiendo en él.
Mientras escucho I wanna be adored de The Stone Roses
Pocos días antes de salir pillé una gripe que me dejó en la cama con treinta y muchos de fiebre. Creo que todavía no estoy aconstumbrado a los virus africanos y por su culpa no pude disfrutar de las fiestas de la Fortaleza. Todavía me duraba la fiebre cuando fui a coger el avión. Pasé sin problemas el control de seguridad y cuando estaba esperando a embarcar, apagando ya el móvil, se me acerca un miembro de los Cuerpos de Seguridad del Estado y me pide la documentación. Después de examinarla, me invita a acompañarlo a un cuarto reservado donde me interroga acerca de los motivos de mi viaje y me pide que saque el chocolate. Si tengo menos de dos gramos y se lo doy, no pasa nada, me dice. Se queda con él y yo puedo seguir con el viaje sin problemas. Le digo que no llevo nada. Entonces me dice que si me encuentra algo va a ser peor por mentirle. Me pide que me descalce y me registra. Me pregunta si tengo antecedentes penales, si me han detenido alguna vez y si soy consumidor habitual de hachís. Le respondo que no tres veces y como no encuentra nada, me deja marchar y puedo tomar el avión.
En la ciudad de origen me limité a curarme de mi gripe, con los mimos de mis padres, a los que hacía más de seis meses que no veía. Apenas salí de casa, aunque fui a visitar a una chica de ojos verdes, verdes, verdes, que se está convirtiendo en mi amiga, en mi compañera, en mi cómplice y, espero que dentro de poco, también en mi amante.
Estoy buscando otro centro desde el que observar el mundo y sé que lo dentro de poco lo encontraré. Necesito ese punto de referencia, y la chica de los ojos verdes, verdes, verdes se está convirtiendo en él.
Mientras escucho I wanna be adored de The Stone Roses
Restando días
Acabo de llegar de la Isla, pero el jueves me marcho de nuevo de la Fortaleza, esta vez a la ciudad de origen, donde no vuelvo desde hace seis meses.
Se puede decir que éstas si van a ser unas verdaderas vacaciones, porque vuelvo a casa, al entorno en el que he crecido y que ha hecho de mí todo lo que soy. Me gusta volver a casa porque me reencuentro conmigo mismo, y porque, una vez que éste en mi viejo cuarto, tumbado en mi cama de noventa, mientras ojeo los libros que alimentaron mis sueños y miro las cuatro paredes donde los dibuje como búfalos de pinturas rupestres de color ocre, echaré cuentas para ver los que he cumplido hasta ahora.
Volver a casa es mirarse al espejo del alma. Todos los espejos reflejan mi imagen, pero sólo los espejos de mi casa no me engañan.
Esta vez tengo un motivo añadido que me llena de alegría y es que te voy a ver, añadiendo unas pizcas de realidad, a lo que hasta ahora parecía la receta de otro de mis sueños. Tú eres el ingrediente secreto que me ha reinstalado en el presente.
Me gustaría dedicarte esas palabras que, en ocasiones, he dedicado a otras.
No quiero que mi blog se vuelva a convertir de nuevo en un medio de seducción, aunque creo que ya no puede volver a serlo porque has sido tú quien me has seducido cada vez que rompías un código, y has quitado de esta manera los signos de interrogación al café de todas las mañanas. Son tan sólo un pequeño colgante del todo a cien de mi abecedario con el que quiero adornar tu cuello por todo lo que me has hecho sentir estos días.
Me gustaría dedicarte esas palabras que, en ocasiones, he dedicado a otras.
Empecé hablándote de todos mis miedos y aunque no sé como terminará lo nuestro (los dioses, mientras se emborrachan reclinados en sus triclinios, están jugándose a los dados nuestro destino) ya no tengo miedo al futuro, porque sé que ya ha comenzado, porque sé que aunque los dados decidan que terminemos siendo tan sólo amigos, sé que pagaré la deuda que mi karma tiene con tu ciudad, sé que seremos compañeros de ese viaje que los dos tenemos pendientes, sé que pueda continuar mirando a los ojos de los habitantes de la Fortaleza y gritarles con mi mirada que, cuando ya estaba a punto de abandonar la esperanza en el contenedor de vidrio de las botellas de naufrago, he descubierto que existes.
Me gustaría dedicarte esas palabras que, en ocasiones, he dedicado a otras.
Me dices que cuando hablo parezco serio y, a veces, hasta borde, que no parezco el mismo que te escribe. Lo sé. En apariencia soy distante, una carretera sin tráfico que une dos puntos de la meseta castellana. Pero mi yo más profundo no es de este mundo. Los oráculos anunciaron en mi nacimiento, después de hacer sonar sus trompetas, que sería capaz de decir todo lo que siento, pero que sólo lo podría decir por escrito. Soy un guerrero samurai con la armadura manchada de sangre y barro que escribe haikus que nadie lee, mirando como caen las gotas de lluvia en el estanque de su jardín de flores de cerezo. Desde que nací me inculcaron que tenía que ser fuerte. Los hombres no lloran. Los hombres no sienten. Como mucho pueden ahogar los desengaños de mujeres fatales de cine negro en una copa de whisky on the rocks mientras farfullan incoherencias en inglés a ritmo de jazz.
Me gustaría dedicarte esas palabras que, en ocasiones, he dedicado a otras, pero creo que esta vez, te he dedicado otras completamente distintas, porque tú has sido quien me ha desnudado y me ha curado todas las heridas que tengo bajo la armadura.
Se puede decir que éstas si van a ser unas verdaderas vacaciones, porque vuelvo a casa, al entorno en el que he crecido y que ha hecho de mí todo lo que soy. Me gusta volver a casa porque me reencuentro conmigo mismo, y porque, una vez que éste en mi viejo cuarto, tumbado en mi cama de noventa, mientras ojeo los libros que alimentaron mis sueños y miro las cuatro paredes donde los dibuje como búfalos de pinturas rupestres de color ocre, echaré cuentas para ver los que he cumplido hasta ahora.
Volver a casa es mirarse al espejo del alma. Todos los espejos reflejan mi imagen, pero sólo los espejos de mi casa no me engañan.
Esta vez tengo un motivo añadido que me llena de alegría y es que te voy a ver, añadiendo unas pizcas de realidad, a lo que hasta ahora parecía la receta de otro de mis sueños. Tú eres el ingrediente secreto que me ha reinstalado en el presente.
Me gustaría dedicarte esas palabras que, en ocasiones, he dedicado a otras.
No quiero que mi blog se vuelva a convertir de nuevo en un medio de seducción, aunque creo que ya no puede volver a serlo porque has sido tú quien me has seducido cada vez que rompías un código, y has quitado de esta manera los signos de interrogación al café de todas las mañanas. Son tan sólo un pequeño colgante del todo a cien de mi abecedario con el que quiero adornar tu cuello por todo lo que me has hecho sentir estos días.
Me gustaría dedicarte esas palabras que, en ocasiones, he dedicado a otras.
Empecé hablándote de todos mis miedos y aunque no sé como terminará lo nuestro (los dioses, mientras se emborrachan reclinados en sus triclinios, están jugándose a los dados nuestro destino) ya no tengo miedo al futuro, porque sé que ya ha comenzado, porque sé que aunque los dados decidan que terminemos siendo tan sólo amigos, sé que pagaré la deuda que mi karma tiene con tu ciudad, sé que seremos compañeros de ese viaje que los dos tenemos pendientes, sé que pueda continuar mirando a los ojos de los habitantes de la Fortaleza y gritarles con mi mirada que, cuando ya estaba a punto de abandonar la esperanza en el contenedor de vidrio de las botellas de naufrago, he descubierto que existes.
Me gustaría dedicarte esas palabras que, en ocasiones, he dedicado a otras.
Me dices que cuando hablo parezco serio y, a veces, hasta borde, que no parezco el mismo que te escribe. Lo sé. En apariencia soy distante, una carretera sin tráfico que une dos puntos de la meseta castellana. Pero mi yo más profundo no es de este mundo. Los oráculos anunciaron en mi nacimiento, después de hacer sonar sus trompetas, que sería capaz de decir todo lo que siento, pero que sólo lo podría decir por escrito. Soy un guerrero samurai con la armadura manchada de sangre y barro que escribe haikus que nadie lee, mirando como caen las gotas de lluvia en el estanque de su jardín de flores de cerezo. Desde que nací me inculcaron que tenía que ser fuerte. Los hombres no lloran. Los hombres no sienten. Como mucho pueden ahogar los desengaños de mujeres fatales de cine negro en una copa de whisky on the rocks mientras farfullan incoherencias en inglés a ritmo de jazz.
Me gustaría dedicarte esas palabras que, en ocasiones, he dedicado a otras, pero creo que esta vez, te he dedicado otras completamente distintas, porque tú has sido quien me ha desnudado y me ha curado todas las heridas que tengo bajo la armadura.