Historia de un amor
Al final del primer calido año decidieron vivir juntos. No fue una decisión quizá, sino una consecuencia lógica; ni lo tuvieron como una prueba más atractiva que conveniente. Para ellos era -se lo decían riendo- unir el máximo de tentaciones con el máximo de comodidad para poder caer en ellas. Nunca hasta entonces habían creído que la felicidad pudiera ser tan grande, ni un entendimiento tan perfecto, ni la vida tan luminosa. Cuando el amante apagaba la luz, ya la cabeza amada había aumentado de peso sobre su brazo. << ¿Qué es el tiempo?>>, se preguntaba: "Aquello que mide el pulso de este cuello; lo que yo tardo en sentir que esta cabeza se aísla y se aleja quedándose a mi lado" (…) el amante abría los ojos, y veía a la amada cabeza todavía dormida, con los labios hinchados por el sueño. Y la recuperaba con un beso. El desayuno era como una fe de vida, y un acta levantada a la esperanza.
Por entonces el amante trabajaba a rachas. Estaba sobre todo, ocupado por el amor. Fue una larga ¿larga? Luna de miel, en la que la miel lo invadía todo, endulzaba los cuerpos, los pegaba uno a otro. De miel y acíbar, pues el amante nunca amó la forma sosegada. Hacía llorar a veces a los ojos amados para probar así su amor. Porque era demasiada exigencia reducir el mundo a ellos, a unas manos, a una boca y demasiada responsabilidad la que vertía sobre esas manos, esa boca y esos ojos. Oían música en ocasiones solo para trasladarse de uno en otro, juntos, bamboleantes igual que barcos ebrios. Bebían alcohol en ocasiones para multiplicarse y ver doble, entre risas, su gozo. Como niños perdidos en un bosque se buscaban y se encontraban y se extraviaban para recuperarse (…) La principal faena era el amor; lo demás, flores que se caían de las manos: ya poemas, ya comidas extrañas, ya proyectos; peleas y reconciliaciones apasionadas, casi insoportables entregas y tensiones.
A los dos años el amante se había implicado en su trabajo como en una liga que lo inmovilizaba poco a poco, y los trabajos del amor perdidos lo arrebataban menos en su carro de fuego. Hubo separaciones temporales, imprevisibles viajes, desdenes repentinos, celos, celos. ("Los celos", repetían, 'tienen que ser inmotivados siempre. Si fuesen con motivos se llamarían ya cuernos'.) Un distanciamiento creciente y sutil y apenas percibido los separaba; no los dejaba verse algunos días, como una difusa niebla que va espesando el aire y emborrona perfiles. Introdujo el amante nuevos vínculos artificiales para agarrar lo que se le iba de las manos; un perrillo gracioso, que necesitaba la presencia simultanea de sus dos amos; una casa más grande donde no era preciso, para caber, que uno estuviese en brazos del otro… Pero ¿Qué puede defender de si mismo un amante? El amor jadeaba. Hacían lo imposible por no mudar el escenario, siendo así que los que mudaban eran ellos. Confiaban a ciegas en la inercia del amor; como si el tiempo fuera una garantía; como si la duración lo protegiese; como si el amor y la aventura se distinguieran por la estabilidad y la permanencia, y no por lo que esta debajo de ellas. "De cuanto iba a durar, no duro nada: / sólo una sed de nuevas aguas dura…"
El amante, sin darse cuenta, volvió la cara hacia otro sentimiento. No suyo, sino ajeno. Se dejó envolver por una relación en que el era el amado. Se distrajo de aquel cuerpo glorioso. Se entusiasmo con su trabajo por recurso. Se quedó a solas con el perro. Viajaba y olvidaba. Se hizo más fuerte y más extraño. Perdió, en definitiva: se perdió. En la casa de antes tan minúscula, siguió quien en el fondo no la había abandonado. (No por amor no por tristeza, / no por la nueva soledad: / porque he olvidado ya tus ojos / hoy siento ganas de llorar.) Pasaron unos años de los que el amante apenas recordaba los sucesos. Era otra inercia, era otra aspiración, era otra búsqueda. El corazón se hacia el desentendido, y bogaba a deshora a la deriva. Atracó allí donde veía un desembarcadero… Pasaron los años.
La noticia fue tan cegadora y súbita como un rayo. El páncreas, o el hígado, o no sabia que vísceras mortales traicionaban a aquel cuerpo glorioso. Una noche el amante inauguraba una galería leyendo los poemas de amor que sólo un amor le había inspirado. De amor y de dolor, de cántico y de ultraje. Al concluir se lo comunicaron; el requerido cuerpo agonizaba en una UVI en aquellos momentos. A la mañana siguiente mandó todas las flores del mercado para ocultar la muerte; pero a la muerte no la ocultan flores. Recordó, en el entierro, que la persona por la que el mundo estuvo un tiempo en flor tenía miedo de la lluvia cuando arreciaba y de la luna llena. Era diciembre, y cada noche la lluvia mojaba las tumbas, y la luna, con su luz fría, las losas. El amante no le podía perdonar que no hubiese resistido hasta el fin. "Es una broma que me está gastando. Volverá de repente, como antes, diciéndome:”Yo soy tu único paisaje”. Pero nunca volvió.
Murió también el perro. Murió acaso el amante, que es probablemente el primero que muere. Y, si algo de él no ha muerto, es porque lo sostiene la memoria. Y porque no es posible que muera, ya que es el único testigo de cuanto sucedió, y, lo que una vez sucede, sucede para siempre. Para eso es para lo que sirve el corazón de los amantes: para ser el testimonio verdadero de este mundo, que no es verdad sino cuando el amor lo toca. Porque en esta historia, como en todas, lo único que cuenta es lo que no se cuenta y no es dable contar: los altibajos del sentimiento, muestra desvalida inseguridad, la soledad terrible de los acompañados, las multiplicaciones de la vida y las duras cosechas del amor. De eso es de lo que malvive aún hoy día el amante. Y de lo que vivirá quizá después de muerto. Nunca entendió el amor de otra manera, si es que entendió el amor.
Del libro "La soledad Sonora" de Antonio Gala
Por entonces el amante trabajaba a rachas. Estaba sobre todo, ocupado por el amor. Fue una larga ¿larga? Luna de miel, en la que la miel lo invadía todo, endulzaba los cuerpos, los pegaba uno a otro. De miel y acíbar, pues el amante nunca amó la forma sosegada. Hacía llorar a veces a los ojos amados para probar así su amor. Porque era demasiada exigencia reducir el mundo a ellos, a unas manos, a una boca y demasiada responsabilidad la que vertía sobre esas manos, esa boca y esos ojos. Oían música en ocasiones solo para trasladarse de uno en otro, juntos, bamboleantes igual que barcos ebrios. Bebían alcohol en ocasiones para multiplicarse y ver doble, entre risas, su gozo. Como niños perdidos en un bosque se buscaban y se encontraban y se extraviaban para recuperarse (…) La principal faena era el amor; lo demás, flores que se caían de las manos: ya poemas, ya comidas extrañas, ya proyectos; peleas y reconciliaciones apasionadas, casi insoportables entregas y tensiones.
A los dos años el amante se había implicado en su trabajo como en una liga que lo inmovilizaba poco a poco, y los trabajos del amor perdidos lo arrebataban menos en su carro de fuego. Hubo separaciones temporales, imprevisibles viajes, desdenes repentinos, celos, celos. ("Los celos", repetían, 'tienen que ser inmotivados siempre. Si fuesen con motivos se llamarían ya cuernos'.) Un distanciamiento creciente y sutil y apenas percibido los separaba; no los dejaba verse algunos días, como una difusa niebla que va espesando el aire y emborrona perfiles. Introdujo el amante nuevos vínculos artificiales para agarrar lo que se le iba de las manos; un perrillo gracioso, que necesitaba la presencia simultanea de sus dos amos; una casa más grande donde no era preciso, para caber, que uno estuviese en brazos del otro… Pero ¿Qué puede defender de si mismo un amante? El amor jadeaba. Hacían lo imposible por no mudar el escenario, siendo así que los que mudaban eran ellos. Confiaban a ciegas en la inercia del amor; como si el tiempo fuera una garantía; como si la duración lo protegiese; como si el amor y la aventura se distinguieran por la estabilidad y la permanencia, y no por lo que esta debajo de ellas. "De cuanto iba a durar, no duro nada: / sólo una sed de nuevas aguas dura…"
El amante, sin darse cuenta, volvió la cara hacia otro sentimiento. No suyo, sino ajeno. Se dejó envolver por una relación en que el era el amado. Se distrajo de aquel cuerpo glorioso. Se entusiasmo con su trabajo por recurso. Se quedó a solas con el perro. Viajaba y olvidaba. Se hizo más fuerte y más extraño. Perdió, en definitiva: se perdió. En la casa de antes tan minúscula, siguió quien en el fondo no la había abandonado. (No por amor no por tristeza, / no por la nueva soledad: / porque he olvidado ya tus ojos / hoy siento ganas de llorar.) Pasaron unos años de los que el amante apenas recordaba los sucesos. Era otra inercia, era otra aspiración, era otra búsqueda. El corazón se hacia el desentendido, y bogaba a deshora a la deriva. Atracó allí donde veía un desembarcadero… Pasaron los años.
La noticia fue tan cegadora y súbita como un rayo. El páncreas, o el hígado, o no sabia que vísceras mortales traicionaban a aquel cuerpo glorioso. Una noche el amante inauguraba una galería leyendo los poemas de amor que sólo un amor le había inspirado. De amor y de dolor, de cántico y de ultraje. Al concluir se lo comunicaron; el requerido cuerpo agonizaba en una UVI en aquellos momentos. A la mañana siguiente mandó todas las flores del mercado para ocultar la muerte; pero a la muerte no la ocultan flores. Recordó, en el entierro, que la persona por la que el mundo estuvo un tiempo en flor tenía miedo de la lluvia cuando arreciaba y de la luna llena. Era diciembre, y cada noche la lluvia mojaba las tumbas, y la luna, con su luz fría, las losas. El amante no le podía perdonar que no hubiese resistido hasta el fin. "Es una broma que me está gastando. Volverá de repente, como antes, diciéndome:”Yo soy tu único paisaje”. Pero nunca volvió.
Murió también el perro. Murió acaso el amante, que es probablemente el primero que muere. Y, si algo de él no ha muerto, es porque lo sostiene la memoria. Y porque no es posible que muera, ya que es el único testigo de cuanto sucedió, y, lo que una vez sucede, sucede para siempre. Para eso es para lo que sirve el corazón de los amantes: para ser el testimonio verdadero de este mundo, que no es verdad sino cuando el amor lo toca. Porque en esta historia, como en todas, lo único que cuenta es lo que no se cuenta y no es dable contar: los altibajos del sentimiento, muestra desvalida inseguridad, la soledad terrible de los acompañados, las multiplicaciones de la vida y las duras cosechas del amor. De eso es de lo que malvive aún hoy día el amante. Y de lo que vivirá quizá después de muerto. Nunca entendió el amor de otra manera, si es que entendió el amor.
Del libro "La soledad Sonora" de Antonio Gala
Tiza, notas magicales...
Cuestión de quImica... Tendríais que verla desaparecer de entre la gente, subirse al escenario y escuchar su voz romper silencio que habita en alguna parte de las entrañas. Quiebra el gesto en alguna frase en particular, la expresión más perfecta, es entonces cuando rodeada de notas "magicales" (mágicas, musicales y magistrales) remueve sentidos y mi corazón descordina en sus latidos. Hay veces que tengo que agarrarme el pecho para que no se escape. Por algún lado tienen que expresarse ese cúmulo de sentimientos que me brotan cuando canta. Se me llena y se me vacia la vida en sus conciertos. Cómo no voy a estarle agradecida.
Gracias Amiga por lo que nos queda por vivir.
A los que por aquí pasan, les brindo el camino para que den un paseo por sus letras y su voz, ¿que mejor regalo podría haceros? -Os Quiero-
"Cantar es un desahogo. A veces son canciones autobiograficas, en otras cuento lo que me cuentan o lo que veo. Sensaciones que se convierten en un a forma de expresión. Cuestión de piel" -Tiza-