La Ciudad Perdida: El Galápago y el Caimán
Ustedes saben que los espacios en los medios gráficos se miden en centímetros y columnas para determinar los espacios publicitarios por un lado, pero también para encargar el trabajo a los periodistas que deben escribir por un tema u otro.
Sobre el Caso Santana se han escrito no ya centímetros sino kilómetros. No solamente se ha procurado informar sobre la estafa que el empleado municipal cometiera como presidente de la Cooperativa de Viviendas El Porvenir, sino también especulando sobre las acciones que debieran caberle por las mismas. Pero el otro día nos acordábamos de que una estafa de esta magnitud (se habla de que alrededor de 1 millón de pesos aportados por los socios de la Cooperativa, no tiene destino cierto y no se sabe donde están) no puede hacerse en soledad. Todo parece recaer sobre Jorge Santana que, sin dudas tiene responsabilidad, pero se olvida o pretende ocultarse quienes han sido sus secuaces y quienes lo impulsaron como edil, representante del pueblo.
La llegada de Santana al Concejo fue de la mano del Partido Justicialista que, cuando las papas quemaban, decidió expulsar al controvertido edil del mismo. Queda la pregunta que el justicialismo no supo o no quiso responder y esta es: ¿Quién puso a Jorge Santana en la sábana para ser concejal por el justicialismo? Se sabe que los lugares en las listas sábanas responden a favores, a la capacidad movilizadora del candidato o bien a intereses económicos. No hay otras razones que se tengan en cuenta a la hora de conformar una lista. ¿O acaso alguien por ventura piensa que en aquellas listas sábanas están los más capaces, los mejor preparados o los que llevan la intención de decenas de proyectos para contribuir al crecimiento de la ciudad? Un proverbio alemán dice: “El que sostiene la escalera es tan malo como el ladrón”.
El yeite, el cliché que se suele escuchar en estos casos es que el pueblo castigará con su voto a los que mal hacen, pero no hay vías que hagan tronar el escarmiento. El común de la gente se queda con el sabor amargo en la boca de urna, cuando aquellos que echó con su voto vuelven a cobrar por ventanilla con el disfraz de funcionario. Los casos son muchísimos y pueden verse inclusive en el gabinete municipal.
Esta falta de decisión palpable que siente el pueblo ante las injusticias, no solamente en el caso de Santana, sino en el de Chabán, el de María Julia o el cercano del juez Herrera, termina desvirtuando el concepto de la democracia y su valor.
Al respecto, quiero compartir con ustedes un Cuento popular brasileño, que se llama:
EL GALÁPAGO Y EL CAIMÁN
El galápago tenía una gaita, un instrumento especial, desconocido por los otros animales de la selva. Tocaba muy bien y todos lo admiraban. Pero nadie le tenía tanta envidia como el caimán.
Un día, el caimán fue a esperar al galápago donde sabía que nuestro duro amigo iba siempre a tomar agua y a bañarse. Se saludaron amablemente, el galápago bebió y se puso a tocar su famosa gaita. Sin muchas sutilezas, el caimán pidió la gaita prestada y cuando la tuvo se zambulló en el agua con ella y se escapó sin la menor intención de devolverla.
Unos días después el galápago tuvo una excelente idea para obligar al caimán a traerle su querida gaita. Buscó una colmena, se tragó unas cuantas abejas enteritas sin masticar y sin hacerles daño y después fue al lugar donde el caimán solía tomar sol. Se untó el trasero bien untado con miel y se escondió entre las hojas con el rabo en alto. De vez en cuando largaba por atrás una abeja viva, que escapaba con grandes zumbidos.
Así, visto de atrás, tapado por las hojas, el caimán no se dio cuenta de que se trataba del galápago. No lo reconoció. Se imaginó que tenía ante sus ojos una colmena, completamente al alcance de la mano y bien llena de panales de miel. Muy contento metió el dedo en el trasero del galápago, pensando que comenzaría el banquete.
Allí no había precisamente miel y además eso era lo que esperaba el galápago. Se lo apretó bien fuerte y le dijo:
- No te soltaré hasta que me devuelvas mi gaita.
El caimán es un animal muy peligroso, pero nada podían hacer sus dientes contra la dura caparazón del galápago que apretaba cada vez más y más con su trasero el dedo del caimán. Desesperado, el gran animal empezó a rogar a su hijo que le trajera la gaita. El caimancito chico, desde lejos, oía mal y el pobre caimán gritaba cada vez mas y más fuerte.
Hasta que no volvió a tener su gaita, el galápago no soltó el dedo.
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Es prácticamente imposible siquiera imaginar a los estafados de la Cooperativa El Porvenir disfrazados de colmenas, pero si es indudable que ante la deshonestidad del concejal Jorge Santana pareciera que la única forma de hacer justicia es por mano propia, aun cuando defenestremos ese tipo de prácticas.
Este es el peligro al que se enfrentan quienes detentan el poder: su incapacidad de ser justos, la amnesia que padecen y que los ensoberbece al punto de que soslayan aquello de ser simples empleados de quienes los han elegido.
En muchas ocasiones como en este caso sentimos ese dedo en el trasero. El tema será entonces que en lugar de movernos cuando nos metan el dedito, lo apretemos mas y mas fuerte hasta que devuelvan lo que nos pertenece y que no es otra cosa que nuestra dignidad.
Rostand dijo una vez: “No son las bajezas de los hombres lo que los hace innobles, sino la forma en que saben hacérselas perdonar”.
Sobre el Caso Santana se han escrito no ya centímetros sino kilómetros. No solamente se ha procurado informar sobre la estafa que el empleado municipal cometiera como presidente de la Cooperativa de Viviendas El Porvenir, sino también especulando sobre las acciones que debieran caberle por las mismas. Pero el otro día nos acordábamos de que una estafa de esta magnitud (se habla de que alrededor de 1 millón de pesos aportados por los socios de la Cooperativa, no tiene destino cierto y no se sabe donde están) no puede hacerse en soledad. Todo parece recaer sobre Jorge Santana que, sin dudas tiene responsabilidad, pero se olvida o pretende ocultarse quienes han sido sus secuaces y quienes lo impulsaron como edil, representante del pueblo.
La llegada de Santana al Concejo fue de la mano del Partido Justicialista que, cuando las papas quemaban, decidió expulsar al controvertido edil del mismo. Queda la pregunta que el justicialismo no supo o no quiso responder y esta es: ¿Quién puso a Jorge Santana en la sábana para ser concejal por el justicialismo? Se sabe que los lugares en las listas sábanas responden a favores, a la capacidad movilizadora del candidato o bien a intereses económicos. No hay otras razones que se tengan en cuenta a la hora de conformar una lista. ¿O acaso alguien por ventura piensa que en aquellas listas sábanas están los más capaces, los mejor preparados o los que llevan la intención de decenas de proyectos para contribuir al crecimiento de la ciudad? Un proverbio alemán dice: “El que sostiene la escalera es tan malo como el ladrón”.
El yeite, el cliché que se suele escuchar en estos casos es que el pueblo castigará con su voto a los que mal hacen, pero no hay vías que hagan tronar el escarmiento. El común de la gente se queda con el sabor amargo en la boca de urna, cuando aquellos que echó con su voto vuelven a cobrar por ventanilla con el disfraz de funcionario. Los casos son muchísimos y pueden verse inclusive en el gabinete municipal.
Esta falta de decisión palpable que siente el pueblo ante las injusticias, no solamente en el caso de Santana, sino en el de Chabán, el de María Julia o el cercano del juez Herrera, termina desvirtuando el concepto de la democracia y su valor.
Al respecto, quiero compartir con ustedes un Cuento popular brasileño, que se llama:
EL GALÁPAGO Y EL CAIMÁN
El galápago tenía una gaita, un instrumento especial, desconocido por los otros animales de la selva. Tocaba muy bien y todos lo admiraban. Pero nadie le tenía tanta envidia como el caimán.
Un día, el caimán fue a esperar al galápago donde sabía que nuestro duro amigo iba siempre a tomar agua y a bañarse. Se saludaron amablemente, el galápago bebió y se puso a tocar su famosa gaita. Sin muchas sutilezas, el caimán pidió la gaita prestada y cuando la tuvo se zambulló en el agua con ella y se escapó sin la menor intención de devolverla.
Unos días después el galápago tuvo una excelente idea para obligar al caimán a traerle su querida gaita. Buscó una colmena, se tragó unas cuantas abejas enteritas sin masticar y sin hacerles daño y después fue al lugar donde el caimán solía tomar sol. Se untó el trasero bien untado con miel y se escondió entre las hojas con el rabo en alto. De vez en cuando largaba por atrás una abeja viva, que escapaba con grandes zumbidos.
Así, visto de atrás, tapado por las hojas, el caimán no se dio cuenta de que se trataba del galápago. No lo reconoció. Se imaginó que tenía ante sus ojos una colmena, completamente al alcance de la mano y bien llena de panales de miel. Muy contento metió el dedo en el trasero del galápago, pensando que comenzaría el banquete.
Allí no había precisamente miel y además eso era lo que esperaba el galápago. Se lo apretó bien fuerte y le dijo:
- No te soltaré hasta que me devuelvas mi gaita.
El caimán es un animal muy peligroso, pero nada podían hacer sus dientes contra la dura caparazón del galápago que apretaba cada vez más y más con su trasero el dedo del caimán. Desesperado, el gran animal empezó a rogar a su hijo que le trajera la gaita. El caimancito chico, desde lejos, oía mal y el pobre caimán gritaba cada vez mas y más fuerte.
Hasta que no volvió a tener su gaita, el galápago no soltó el dedo.
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Es prácticamente imposible siquiera imaginar a los estafados de la Cooperativa El Porvenir disfrazados de colmenas, pero si es indudable que ante la deshonestidad del concejal Jorge Santana pareciera que la única forma de hacer justicia es por mano propia, aun cuando defenestremos ese tipo de prácticas.
Este es el peligro al que se enfrentan quienes detentan el poder: su incapacidad de ser justos, la amnesia que padecen y que los ensoberbece al punto de que soslayan aquello de ser simples empleados de quienes los han elegido.
En muchas ocasiones como en este caso sentimos ese dedo en el trasero. El tema será entonces que en lugar de movernos cuando nos metan el dedito, lo apretemos mas y mas fuerte hasta que devuelvan lo que nos pertenece y que no es otra cosa que nuestra dignidad.
Rostand dijo una vez: “No son las bajezas de los hombres lo que los hace innobles, sino la forma en que saben hacérselas perdonar”.





