La Ciudad Perdida: El falso machi
Mañana se conmemorará un nuevo aniversario del golpe militar ocurrido el 24 de marzo de 1976. Este jueves habrá seguramente homenajes de todo tipo a los caídos en la lucha por la libertad, a esas treinta mil voces que acallaron quienes pergeñaron el Proceso de Reorganización Nacional. El Proceso fue encarado por una junta militar aunque no sin el apoyo de gran parte de la población, ya directamente colaborando con los milicos en todas sus tareas, o bien por la inacción y la paralización que genera el miedo a partir del terrorismo de estado, o quizás por la ignorancia que la complicidad de la gran mayoría de los medios de comunicación contribuyeron a establecer en la ciudadanía. Ese Proceso de Reorganización Nacional con la voz de Jorge Rafael Videla, fue el tristemente célebre inventor de la palabra “desaparecido”, que hasta ese momento de la historia no existía en nuestro léxico.
Y a propósito de este aniversario y de la palabra es que elegí, no un mito ni una leyenda, sino lo que los mapuches llaman una “contada”, o lo que los paisanos llamarían un “sucedido”, y que se trata de una historia que pasa de boca en boca pero basada en un hecho real acontecido hace relativamente poco tiempo, y que se ubica más cerca de una leyenda que de un mito, aún cuando no sea ninguna de las dos cosas. Tomo entonces, de la cultura mapuche, El Falso Machi
Cierta vez, en cierta región de Chile, se perdió un hombre llamado Quisulef. Nadie sabía qué le había pasado. Lo buscaron mucho pero no lo hallaron. Tres meses después un tal Millaquién dio la noticia de que Quisulef estaba en el cielo. Aseguró tener grandes poderes y les avisó a los dolientes por si tenían interés en verlo: él se comprometía a traerlo de vuelta. Los parientes aceptaron y fijaron un plazo para encontrarse con el muerto.
Se organizó una rogativa. Convidaron a toda la gente, de cerca y de lejos. Hicieron una reunión muy grande. Alguna gente marchó días y días, a pie y a caballo, para llegar al lugar donde se iba a producir el suceso. Entonces el falso brujo, machi mentiroso, llegó con el cuento de que el muerto recién iba a venir al otro día. Que había que preparar a seis muchachas, tres de cada lado, y hacerle como una callecita, un pasillo para agarrarlo, porque se había vuelto arisco de tantos días en el cielo. Todo se puso en condiciones como pedía, pero Quisulef no apareció.
Millaquién subió otra vez en un caballo blanco y condujo a todos a una mahuida donde había una laguna. Pero el muerto no bajaba. Entonces pasó un hombre con un carrito y quiso parlamentar con Millaquién, conversar un poco, pero él no lo dejó acercarse. Allí se enojó el recién llegado, que era machi verdadero, y lo retó: le dijo que no era adivino ni era nadie. Todos los que estaban se quedaron admirados, porque en una rogativa no se podía decir ninguna mala palabra ni pelear. El hombre del carrito, esa noche, cerca de la mañana, tuvo un sueño y lo contó. Dijo que se habían reunido inútilmente porque el muerto no estaba en el cielo. Los ancianos empezaron a comentar la novedad en todos los fogones. Se reunieron en junta y llamaron al machi verdadero. Por la virtud que tenía se lo llamó y dijo así:
- Es verdad, los tienen mal reunidos acá. Hay hombres y mujeres amontonados en este lugar y el muerto está cerca pero no aquí mismo. Para que vean, traigan un pañuelo blanco. Déjenlo tendido acá y va a caer el pelo del muerto.
Pusieron el pañuelo blanco y ahí cayó el pelo.
- Este es el pelo del cadáver – dijo el machi -. En la costa del arroyo hay una plazoleta: ahí tiene que estar.
Todos salieron a buscarlo y donde había dicho el machi, ahí estaba, medio tapado con hojas de árboles. La gente se enojó mucho porque había sido engañada. Y entonces quisieron hacer como se hacía antes: los antiguos verdaderos mataban al que decía una mentira.
Pero cuando llegó el juez, ya había disparado el falso machi para la Argentina. Aunque al tiempo volvió. Millaquién fue a un boliche y allí alguien lo reconoció.
La gente se preparó para atraparlo. Al pasar un puente lo agarraron y lo echaron al agua. Cuando trataba de volver a la orilla no lo dejaban. Ese juego duró todo el día. No lo mataron hasta la mañana siguiente. Bramaba como un toro.
Y así se hizo la justicia mapuche.
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La mentira, el engaño y la falsedad son condenados por todos los pueblos. Esta “contada” es una prueba más de que en todos los pueblos existen. La mentira es condición del habla, tan humana como la risa y el llanto, el amor y la conciencia de la muerte.
Cabe preguntarse entonces, por qué es castigada en forma tan terrible la mentira del protagonista en esta historia, considerando que a nadie ha hecho mas daño que una decepción. Es que lo más grave no es el haber mentido con respecto al hombre que volvería del cielo, sino el hecho de hacerse pasar por machi sin serlo en realidad. Hombres y mujeres, y en ocasiones hombres vestidos de mujeres, pueden ser machis. Los machis son brujos y sacerdotes, sacralizados, respetados y temidos por el pueblo mapuche.
Y vuelvo a la introducción en la que recordábamos al Proceso y a esos ocho años de terror y muertes, de bocas cerradas y tablitas financieras, de centros de detención y de apropiación de bebés, de mentiras y más mentiras como aquella que designaba como desaparecidos a los secuestrados, torturados y asesinados por las lustradas botas de las fuerzas de seguridad metidas a gobernar al país.
En este caso las mentiras fueron muchísimo mas graves que una simple decepción. Mentiras que se han aquerenciado, al parecer, en quienes vinieron después y ocuparon el mismo sillón de Rivadavia, o la casa de gobierno de Fontana 50 en Rawson y hasta el despacho de la intendencia en Moreno 850. Grandilocuentes y soberbias voces transcriptas en kilómetros de tinta en los medios gráficos, que el Viaducto, que la Crisis Energética, que el petróleo se agota, que la revolución y/o reconversión productiva, que no vamos a pagar la deuda, que pínguli la ordenanza, que la multitrocha, que el shopping y los hipermercados, que el horno pirolítico, que el crematorio, que Juan Maldonado tiene problemas caligráficos, que las energías alternativas limpias y renovables, y miles de mentiras que se tapan unas a otras mientras el tiempo pasa entre urna y urna.
La mentira como condición del habla, como parte del lenguaje y la palabra, no sufre mayores castigos en nuestros días que el simple olvido y la indiferencia, fruto de la multiplicidad de noticias e información que son imposibles de procesar y que evitan el ejercicio de la memoria.
La mentira como condición del habla, hace que hoy podamos considerar a los integrantes de la Junta Militar como humanos, solo por el solo hecho de mentir, aunque si juzgáramos sus hechos, sus actos de gobierno y los atropellos cometidos durante ese lapso de la historia, deberíamos haberlos arrojado al río una y treinta mil veces, como el pueblo mapuche, con el único ánimo de hacer justicia.
Y a propósito de este aniversario y de la palabra es que elegí, no un mito ni una leyenda, sino lo que los mapuches llaman una “contada”, o lo que los paisanos llamarían un “sucedido”, y que se trata de una historia que pasa de boca en boca pero basada en un hecho real acontecido hace relativamente poco tiempo, y que se ubica más cerca de una leyenda que de un mito, aún cuando no sea ninguna de las dos cosas. Tomo entonces, de la cultura mapuche, El Falso Machi
Cierta vez, en cierta región de Chile, se perdió un hombre llamado Quisulef. Nadie sabía qué le había pasado. Lo buscaron mucho pero no lo hallaron. Tres meses después un tal Millaquién dio la noticia de que Quisulef estaba en el cielo. Aseguró tener grandes poderes y les avisó a los dolientes por si tenían interés en verlo: él se comprometía a traerlo de vuelta. Los parientes aceptaron y fijaron un plazo para encontrarse con el muerto.
Se organizó una rogativa. Convidaron a toda la gente, de cerca y de lejos. Hicieron una reunión muy grande. Alguna gente marchó días y días, a pie y a caballo, para llegar al lugar donde se iba a producir el suceso. Entonces el falso brujo, machi mentiroso, llegó con el cuento de que el muerto recién iba a venir al otro día. Que había que preparar a seis muchachas, tres de cada lado, y hacerle como una callecita, un pasillo para agarrarlo, porque se había vuelto arisco de tantos días en el cielo. Todo se puso en condiciones como pedía, pero Quisulef no apareció.
Millaquién subió otra vez en un caballo blanco y condujo a todos a una mahuida donde había una laguna. Pero el muerto no bajaba. Entonces pasó un hombre con un carrito y quiso parlamentar con Millaquién, conversar un poco, pero él no lo dejó acercarse. Allí se enojó el recién llegado, que era machi verdadero, y lo retó: le dijo que no era adivino ni era nadie. Todos los que estaban se quedaron admirados, porque en una rogativa no se podía decir ninguna mala palabra ni pelear. El hombre del carrito, esa noche, cerca de la mañana, tuvo un sueño y lo contó. Dijo que se habían reunido inútilmente porque el muerto no estaba en el cielo. Los ancianos empezaron a comentar la novedad en todos los fogones. Se reunieron en junta y llamaron al machi verdadero. Por la virtud que tenía se lo llamó y dijo así:
- Es verdad, los tienen mal reunidos acá. Hay hombres y mujeres amontonados en este lugar y el muerto está cerca pero no aquí mismo. Para que vean, traigan un pañuelo blanco. Déjenlo tendido acá y va a caer el pelo del muerto.
Pusieron el pañuelo blanco y ahí cayó el pelo.
- Este es el pelo del cadáver – dijo el machi -. En la costa del arroyo hay una plazoleta: ahí tiene que estar.
Todos salieron a buscarlo y donde había dicho el machi, ahí estaba, medio tapado con hojas de árboles. La gente se enojó mucho porque había sido engañada. Y entonces quisieron hacer como se hacía antes: los antiguos verdaderos mataban al que decía una mentira.
Pero cuando llegó el juez, ya había disparado el falso machi para la Argentina. Aunque al tiempo volvió. Millaquién fue a un boliche y allí alguien lo reconoció.
La gente se preparó para atraparlo. Al pasar un puente lo agarraron y lo echaron al agua. Cuando trataba de volver a la orilla no lo dejaban. Ese juego duró todo el día. No lo mataron hasta la mañana siguiente. Bramaba como un toro.
Y así se hizo la justicia mapuche.
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La mentira, el engaño y la falsedad son condenados por todos los pueblos. Esta “contada” es una prueba más de que en todos los pueblos existen. La mentira es condición del habla, tan humana como la risa y el llanto, el amor y la conciencia de la muerte.
Cabe preguntarse entonces, por qué es castigada en forma tan terrible la mentira del protagonista en esta historia, considerando que a nadie ha hecho mas daño que una decepción. Es que lo más grave no es el haber mentido con respecto al hombre que volvería del cielo, sino el hecho de hacerse pasar por machi sin serlo en realidad. Hombres y mujeres, y en ocasiones hombres vestidos de mujeres, pueden ser machis. Los machis son brujos y sacerdotes, sacralizados, respetados y temidos por el pueblo mapuche.
Y vuelvo a la introducción en la que recordábamos al Proceso y a esos ocho años de terror y muertes, de bocas cerradas y tablitas financieras, de centros de detención y de apropiación de bebés, de mentiras y más mentiras como aquella que designaba como desaparecidos a los secuestrados, torturados y asesinados por las lustradas botas de las fuerzas de seguridad metidas a gobernar al país.
En este caso las mentiras fueron muchísimo mas graves que una simple decepción. Mentiras que se han aquerenciado, al parecer, en quienes vinieron después y ocuparon el mismo sillón de Rivadavia, o la casa de gobierno de Fontana 50 en Rawson y hasta el despacho de la intendencia en Moreno 850. Grandilocuentes y soberbias voces transcriptas en kilómetros de tinta en los medios gráficos, que el Viaducto, que la Crisis Energética, que el petróleo se agota, que la revolución y/o reconversión productiva, que no vamos a pagar la deuda, que pínguli la ordenanza, que la multitrocha, que el shopping y los hipermercados, que el horno pirolítico, que el crematorio, que Juan Maldonado tiene problemas caligráficos, que las energías alternativas limpias y renovables, y miles de mentiras que se tapan unas a otras mientras el tiempo pasa entre urna y urna.
La mentira como condición del habla, como parte del lenguaje y la palabra, no sufre mayores castigos en nuestros días que el simple olvido y la indiferencia, fruto de la multiplicidad de noticias e información que son imposibles de procesar y que evitan el ejercicio de la memoria.
La mentira como condición del habla, hace que hoy podamos considerar a los integrantes de la Junta Militar como humanos, solo por el solo hecho de mentir, aunque si juzgáramos sus hechos, sus actos de gobierno y los atropellos cometidos durante ese lapso de la historia, deberíamos haberlos arrojado al río una y treinta mil veces, como el pueblo mapuche, con el único ánimo de hacer justicia.





