Desde la periferia
Por Rubén Eduardo Gómez
Alguien dice desde algún lugar de la Patagonia, “la “periferia” es nuestro centro” y cabe entonces preguntarse y tratar de entender qué es la periferia pero también, y desde esta periferia, justificar su existencia si y solo si convenimos en que el centro existe. No hay centro posible sin periferia. La existencia de la periferia determina que ese centro lo es. Dice el diccionario de la Real Academia Española, que Periferia es el espacio que rodea un núcleo cualquiera.
Hablar de que la “periferia” es nuestro centro es volver a establecer un centro y crear una periferia de la periferia. Además, hay periferias y periferias, convengamos.
En esta república unívocamente unitaria, bien dice el poeta Raúl Artola, que la Patagonia es un “país de numerosísimas regiones de muy diferentes rasgos, en todos los planos que se consideren”, entonces el concepto de región toma un peso distintivo para la nuestra, quizás bien denominada “patagonia central”. Se dice que el fenómeno de la Patagonia no es posible pensarlo con cabezas ajenas, pero tampoco es dable pensarlo sin aquellas cabezas.
Si pudiéramos graficar el lugar del intelectual en la construcción de la identidad cultural patagónica es la de la “paleta” del sándwich, entre un pan – el de arriba – con toda la carga y el peso de la occidental y europea forma de pensar y decir y que está en la mayoría de nuestros genes, - Gómez, Pérez, Fetuchini, Bonelli, Pirelli, Jones, Williams, y más - ; y por el otro lado el pan de abajo, el de los mapuche, de los tehuelche, de los selk´nam, de los yamanas, la apretada miga de pan de los que llegaron primero, los dueños de la tierra y los mitos, los Ghempin a los que cortaron la lengua y entonces su forma de pensar.
¿Cuales son las cabezas “ajenas” que hay que exiliar de esta periferia para pensar nuestro “fenómeno”?.
Alguien preguntará para quién es el sándwich, con toda razón. Para el centro, obviamente, el núcleo que demanda – en concordancia con las propias “olas” que el propio centro genera – y entonces hay fenómenos que estudiar, mitos que crear, mentiras que alimentar.
Esta región, la del Golfo San Jorge, es una excelente plaza para los espectáculos que llegan aquí – a lugares que no están preparados para ellos sino que se adaptan a los espectáculos que vienen – pululan las productoras y el apoyo llega porque quieren estar ahí, al lado de la foto de la figurita de turno. Muy contadas veces la figu es la “difícil”, generalmente es la que “tienen todos”, pero que pagamos como si fuera la difícil.
En la otra cara de la moneda las ofertas artísticas locales se debaten entre la autogestión, la desidia y el desinterés del público y el gobierno. No es cuestión de estado ni la gestión, ni el financiamiento, ni el establecimiento de políticas culturales, pero se puede prestar el equipo de sonido y algunas luces. Pocas luces hay.
La imposibilidad de contar con políticas públicas reales y concretas, atenta contra el crecimiento, el perfeccionamiento y el profesionalismo de las actividades, y en el ámbito privado tampoco existen fondos destinados específicamente al arte. Las grandes empresas no tienen asesores en este sentido, gente especializada en evaluar las ofertas, en “leer” en forma clara cuales son las actividades a financiar ni cuales subvencionar, y mucho menos en qué invertir, ni cuales pueden servir al crecimiento intelectual de la sociedad. No es casual que esto pase tanto con quienes deben diseñar las políticas culturales del estado como en el ámbito privado. La política que se esgrime es la ausencia de ella.
Si los eventos culturales insignes en Comodoro Rivadavia son La Feria de las Colectividades – una suerte de enorme comedor popular con productos extranjeros para ingerir y beber mientras se ve a niños, jóvenes y adultos bailar folklore extranjero, disfrazados con atuendos propios de los países de sus abuelos, bisabuelos o tatarabuelos -, la Feria de las Provincias – ídem la Feria de las Colectividades pero con productos de diferentes regiones de la argentina y que no refieren a la identidad patagónica, sino como en la Feria de las Colectividades, se pretende mixturar para la creación de una nueva -, y la Feria del Libro local – un desfile cívico militar donde las aulas son pobladas por gente de las fuerzas armadas, con sus libros de un lujo inusitado para la realidad editorial y que pagamos todos, y los libros de autores locales que se pierden entre la andanada de los best sellers que pretenden vender las librerías y distribuidoras – , entonces quiere decir “que hay otra historia”. Quien quiera oír...
¿Como imaginar, en este estado de cosas, la identidad cultural de nuestros choznos?
¿Qué mitos sobrevivirán a su refutación en el 2040? ¿Cuál Jota o Tarantella bailarán los liceístas de mediados del siglo XXI en esta parte del mundo? ¿Se quedará alguna de estas empresas que hoy esquilman la tierra con desfachatez y toda la connivencia social posible? ¿Mantendrán ese permiso social? ¿Alguien recordará quienes fueron los funcionarios que prestaban luces y sonido a los artistas creyendo que lo hacían en nombre de la cultura? ¿Cuáles de todas sus justificaciones dialécticas serán preservadas para la posteridad? ¿Cuál será el centro y cuál la periferia de la periferia de la periferia en un mundo que es inimaginable? ¿Será un mundo mas chico de identidades culturales efímeras? ¿En qué cabeza “propia” cabrán las ideas claras para entender lo que nos pasó, lo que pasa y lo que sucederá?
Aceptar la periferia y crecer desde ella es uno de los posibles desafíos. El otro será encontrar un libro patagónico y tratar de entender o disfrutar de sus páginas mientras deglute una porción de strudel y escucha en los altavoces la Marcha de San Lorenzo.
Alguien dice desde algún lugar de la Patagonia, “la “periferia” es nuestro centro” y cabe entonces preguntarse y tratar de entender qué es la periferia pero también, y desde esta periferia, justificar su existencia si y solo si convenimos en que el centro existe. No hay centro posible sin periferia. La existencia de la periferia determina que ese centro lo es. Dice el diccionario de la Real Academia Española, que Periferia es el espacio que rodea un núcleo cualquiera.
Hablar de que la “periferia” es nuestro centro es volver a establecer un centro y crear una periferia de la periferia. Además, hay periferias y periferias, convengamos.
En esta república unívocamente unitaria, bien dice el poeta Raúl Artola, que la Patagonia es un “país de numerosísimas regiones de muy diferentes rasgos, en todos los planos que se consideren”, entonces el concepto de región toma un peso distintivo para la nuestra, quizás bien denominada “patagonia central”. Se dice que el fenómeno de la Patagonia no es posible pensarlo con cabezas ajenas, pero tampoco es dable pensarlo sin aquellas cabezas.
Si pudiéramos graficar el lugar del intelectual en la construcción de la identidad cultural patagónica es la de la “paleta” del sándwich, entre un pan – el de arriba – con toda la carga y el peso de la occidental y europea forma de pensar y decir y que está en la mayoría de nuestros genes, - Gómez, Pérez, Fetuchini, Bonelli, Pirelli, Jones, Williams, y más - ; y por el otro lado el pan de abajo, el de los mapuche, de los tehuelche, de los selk´nam, de los yamanas, la apretada miga de pan de los que llegaron primero, los dueños de la tierra y los mitos, los Ghempin a los que cortaron la lengua y entonces su forma de pensar.
¿Cuales son las cabezas “ajenas” que hay que exiliar de esta periferia para pensar nuestro “fenómeno”?.
Alguien preguntará para quién es el sándwich, con toda razón. Para el centro, obviamente, el núcleo que demanda – en concordancia con las propias “olas” que el propio centro genera – y entonces hay fenómenos que estudiar, mitos que crear, mentiras que alimentar.
Esta región, la del Golfo San Jorge, es una excelente plaza para los espectáculos que llegan aquí – a lugares que no están preparados para ellos sino que se adaptan a los espectáculos que vienen – pululan las productoras y el apoyo llega porque quieren estar ahí, al lado de la foto de la figurita de turno. Muy contadas veces la figu es la “difícil”, generalmente es la que “tienen todos”, pero que pagamos como si fuera la difícil.
En la otra cara de la moneda las ofertas artísticas locales se debaten entre la autogestión, la desidia y el desinterés del público y el gobierno. No es cuestión de estado ni la gestión, ni el financiamiento, ni el establecimiento de políticas culturales, pero se puede prestar el equipo de sonido y algunas luces. Pocas luces hay.
La imposibilidad de contar con políticas públicas reales y concretas, atenta contra el crecimiento, el perfeccionamiento y el profesionalismo de las actividades, y en el ámbito privado tampoco existen fondos destinados específicamente al arte. Las grandes empresas no tienen asesores en este sentido, gente especializada en evaluar las ofertas, en “leer” en forma clara cuales son las actividades a financiar ni cuales subvencionar, y mucho menos en qué invertir, ni cuales pueden servir al crecimiento intelectual de la sociedad. No es casual que esto pase tanto con quienes deben diseñar las políticas culturales del estado como en el ámbito privado. La política que se esgrime es la ausencia de ella.
Si los eventos culturales insignes en Comodoro Rivadavia son La Feria de las Colectividades – una suerte de enorme comedor popular con productos extranjeros para ingerir y beber mientras se ve a niños, jóvenes y adultos bailar folklore extranjero, disfrazados con atuendos propios de los países de sus abuelos, bisabuelos o tatarabuelos -, la Feria de las Provincias – ídem la Feria de las Colectividades pero con productos de diferentes regiones de la argentina y que no refieren a la identidad patagónica, sino como en la Feria de las Colectividades, se pretende mixturar para la creación de una nueva -, y la Feria del Libro local – un desfile cívico militar donde las aulas son pobladas por gente de las fuerzas armadas, con sus libros de un lujo inusitado para la realidad editorial y que pagamos todos, y los libros de autores locales que se pierden entre la andanada de los best sellers que pretenden vender las librerías y distribuidoras – , entonces quiere decir “que hay otra historia”. Quien quiera oír...
¿Como imaginar, en este estado de cosas, la identidad cultural de nuestros choznos?
¿Qué mitos sobrevivirán a su refutación en el 2040? ¿Cuál Jota o Tarantella bailarán los liceístas de mediados del siglo XXI en esta parte del mundo? ¿Se quedará alguna de estas empresas que hoy esquilman la tierra con desfachatez y toda la connivencia social posible? ¿Mantendrán ese permiso social? ¿Alguien recordará quienes fueron los funcionarios que prestaban luces y sonido a los artistas creyendo que lo hacían en nombre de la cultura? ¿Cuáles de todas sus justificaciones dialécticas serán preservadas para la posteridad? ¿Cuál será el centro y cuál la periferia de la periferia de la periferia en un mundo que es inimaginable? ¿Será un mundo mas chico de identidades culturales efímeras? ¿En qué cabeza “propia” cabrán las ideas claras para entender lo que nos pasó, lo que pasa y lo que sucederá?
Aceptar la periferia y crecer desde ella es uno de los posibles desafíos. El otro será encontrar un libro patagónico y tratar de entender o disfrutar de sus páginas mientras deglute una porción de strudel y escucha en los altavoces la Marcha de San Lorenzo.





