La creación de la Letra
El escritor Javier Bello en un excelente trabajo sobre el poeta trasandino Rolando Cárdenas dice: “Es cierto que conocer es el intento opuesto, en un principio, de mitificar. El mito aleja al sujeto del conocimiento, pero permite construir una ilusión de dominio sobre la realidad, sobre aquello que verdaderamente excede nuestras posibilidades perceptivas. La voluntad de conocimiento, al hacerse resolutiva, al detener la naturaleza de su proceso, que es el mismo movimiento, se transforma en un mito en sentido contemporáneo, es decir, en un paradigma, al cual, a su vez, otra búsqueda de conocimiento debe desmentir para la perpetuación dialéctica del entendimiento de la realidad y sus evidencias. Creo que toda gran poesía es una búsqueda de conocimiento.” (1)
Quizás esté en esta última afirmación de Bello, la explicación a la buena poesía patagónica que, con identidad propia, marcada y única en el país, se escribe en la región y se diferencia de la otra que también se escribe aquí. La búsqueda de conocimiento como una intención opuesta a los múltiples mitos de la historia que se reafirman constantemente y casi cotidianamente. Nuestra ciudad es proclive a sostener que “buscando agua se encontró petróleo” por ejemplo, cuando hay una infinidad de documentos que prueban lo contrario, que la gente que llegó aquí lo hizo con la firme intención de encontrar petróleo y la prueba está inclusive en los equipos que desembarcaron en Comodoro Rivadavia.
Las ficciones astutas
El escritor y editor rionegrino Raúl Artola, leyó el siguiente texto en la presentación de la revista-libro El Camarote, en la II Feria de la Palabra, en Comodoro Rivadavia: “El mito sobre la Patagonia se nutre de las crónicas de los viajeros de los siglos XVIII y XIX, actualizado por astutas obras de ficción y mercantilizado por las imágenes de ballenas y lobos marinos sobre su dilatada costa marítima, los majestuosos glaciares en peligro, lagos y montañas de evocación europea, y un cordero exquisito. A los seres fabulosos que algunos creyeron ver en tiempos remotos se agregaron luego las riquezas del subsuelo, reales y codiciadas, que alentaron aventuras de variado porte y amenazas siempre latentes. La historia oficial cuenta fríamente, con óptica positivista, la conquista blanca de ese desierto y la inevitable represión del campesinado sureño por los militares, fieles custodios del latifundio, nacional o extranjero. Algunos bandoleros famosos y el extraño color de las culturas nativas, apenas sobrevivientes, completan el estático friso que la cabeza de Goliat concibe con pereza y miopía como la representación acabada del “flanco más vulnerable de nuestra soberanía”, según el florido decir de los sociólogos nacionalistas. Salvo excepciones tan escasas como para no modificar el imaginario colectivo –el cine ha aportado Mundo grúa, de Pablo Trapero, e Historias mínimas, de Carlos Sorín-, las producciones culturales de toda índole que nacen de esta visión esquemática de la Patagonia refuerzan el mito y postergan una mirada sobre los hombres y las mujeres que trabajan, sueñan y crean en el sur. Cada tanto, desde el atalaya porteño de algún medio, con su horizonte de brumas y antenas satelitales, se descuelga algún paracaidista fletado para colorear páginas insulsas o se le ofrece espacio editorial a escritores o turistas profesionales, ávidos de oxígeno, para que brinden su “testimonio” del paso por algún rincón patagónico. Estas operaciones no son inocentes. Todo el mundo sabe que Roberto Arlt no ha resucitado para retratar magistralmente vida y milagros de la Patagonia,. por caso, como lo hiciera en las aguafuertes rescatadas por Sylvia Saítta en En el país del viento (Simurg, 1997). La literatura que se produce en la Patagonia dista mucho de identificarse con las tradiciones indígenas. En líneas generales la búsqueda es tan personal como la de cualquier escritor, sea cual fuere su cultura de origen y el lugar donde viva, de modo que materia y forma se funden en expresiones donde la vida y la muerte, el amor y la frustración, la soledad y el desarraigo, son ejes insoslayables. La resonancia del ámbito, no obstante, es muy fuerte, sin que el gesto suene impostado en el mejor de los casos. Ramón Minieri, poeta, ensayista, narrador y docente rionegrino, ha desarrollado en un libro inédito la tesis de que para comprender quiénes somos los patagónicos debemos estudiar las migraciones internas, los movimientos poblacionales y las huellas que dejan. Así, la literatura que se viene produciendo en la región es tan diversa, dispar e inclasificable como heterogénea es la conformación de su geografía y aluvial el devenir histórico de cada una de sus regiones y pueblos. Un recorrido rápido por los nombres y trayectorias de los creadores más productivos en la actualidad arroja un resultado previsible: la mayoría no nació en la Patagonia y de esa parcialidad un alto porcentaje se radicó en las décadas del ’60 y del ’70, años del nacimiento de las provincias y del exilio interior, respectivamente. Por lo tanto, la mirada de esos poetas y narradores, hoy plenamente sureños en sus circunstancias y decisión de vida, se formó en otros paisajes y ese cuño, impostergable, se advierte claramente en sus textos, como afirma el poeta, ensayista y dramaturgo Juan Carlos Moisés, chubutense nativo, de Sarmiento, y una de las mayores voces de la Patagonia. En esta ciudad se escribirá una novela, decía hace unos años en Ushuaia la fueguina Anahí Lazzaroni desde el título de un texto bello, provocador y estimulante. Y la suya parece una profecía válida para todos los rincones de la Patagonia, cruel y acogedora, tierra mítica de lejanas tradiciones, agua que se escurre fuera de cauce, madre que nos pare todos los días, que expulsa y retiene a la vez, incansable.” (2)
La obra que no está
La aparición del libro de Héctor Raúl Ossés, sobre ficción y realidad en la Patagonia nos lleva a pensar justamente en la intencionalidad que la creación de mitos y su sostenimiento en el tiempo tienen para procurar un status quo en el imaginario común. La ignorancia sobre la historia de la ciudad y la región es tal que la misma se repite cíclicamente, como una suerte de “eterno retorno” que en algún momento planteara Lino Marcos Budiño a principios de la década del 70. “Comodoro Rivadavia: sociedad enferma” habla de la monoproducción petrolera y la diversificación económica, de la desigual distribución de la riqueza, de la marginalidad urbana, de la inmigración chilena, de la prostitución que acarrea la explotación petrolera, de la moralina que embarga al pueblo, del alcoholismo, de la delincuencia, de las empresas explotadoras extranjeras, del centralismo, de la dependencia económica, de la falta de autonomía política y por supuesto de la falta de compromiso de sus residentes. “Enferma porque impide la ruptura del cascarón frustrante que mantiene el status quo, y enferma también porque desde afuera no se le brindan las posiblilidades de resolver sus problemas, que son en definitiva de estabilidad económica y social” (3)
El libro de Ossés se queda en el planteo de las cosas, circunscribe la Patagonia a su Santa Cruz, obvia algunos datos fundamentales sobre la historia de su provincia y, en el tren de los mitos, nada dice de la fabulosa y mítica Trapalanda, reafirma algunas ficciones y olvida las realidades. Se trata de la ponencia que el escritor santacruceño hizo en Manchester, Inglaterra, como “conferencista no académico” de la UNPA, y que nos permite conocer lo que el cantautor fue a decir pero lo que es más claro, nos permite saber todo lo que no dijo, dejando un sabor amargo por la oportunidad histórica de reivindicar hechos ante quienes, con Drake y Cavendish a la cabeza entre otros, hicieron parte de la historia de esta región. Eso sí, la edición es bilingüe. Especialistas en historia patagónica consultados al respecto para esta nota, coinciden en que Ossés edita en realidad “un prólogo para una obra que no está”.
Ficciones verdaderas
El docente e investigador de la UNPSJB, Raúl Muriete, asegura que “aquí la identidad deja de ser un proceso natural, sin conflicto y de libre adhesión (esto no quiere decir que las clasificaciones culturales no sean conflictivas y arbitrarias) y nos encontraríamos con una variada gama de grupos locales propensos a imponer un tipo de identidad de reconocimiento, de actuación, propia de los mismos grupos de pertenencia. Lo interesante de esta tesitura es que la identidad aquí es reconocida como un espacio de conquista, dominio, estrictamente interesado.” (4) Y en esa lucha de poder empresarios, políticos, los medios de comunicación, actores políticos como dirigentes barriales, desocupados, planes Trabajar, gremios, y otras son las piezas que promueven la construcción de grupos con identidades definidas. Los mitos locales que se siguen sosteniendo con fuerza también son medios que se utilizan para la construcción de la identidad de la ciudad. Los mitos que se vuelven paradigmas en el hoy como ayer: la destilería que abarataría el costo del combustible, el cierre de la válvula que alimenta de petróleo y gas al norte del país y que se promete siempre que se sufren postergaciones o no se atienden los reclamos, la utilización de las regalías petroleras en la diversificación económica (que para ello fueron creadas y sin embargo no se usan para ello), y aquel que sostiene desde antaño, que “buscando agua se encontró petróleo”. La identidad de la ciudad no puede pensarse desde otro lado que no sea el propuesto por el profesor Muriete, porque es la ciudad un espacio de conquista, de dominio, donde los intereses creados y el poder económico se imponen por sobre cualquier otra posibilidad de entenderla, de nombrarla.
La genealogía del nombre
En un excelente trabajo denominado “El eco de la letra”, el escritor local Ángel Uranga investiga el origen de la palabra Patagonia. Y asegura que “las palabras patagón / patagones proviene de la letra, de la letra de la literatura. Debemos a la investigadora María Rosa Lidia de Malkiel la restitución de la verdadera etimología oscurecida por el prejuicio y el lugar común, señalándola en los libros de caballería tan consumidos por descubridores y conquistadores hispánicos del siglo XVI; tal la novela "Primaleón", perteneciente al ciclo de los "Palmerines" con ediciones de 1512 a 1588. La interpretación por ser tan insólita como valiente fue objetada en un intento de refutación por parte de Leoncio Deodat forzando el término "patagonia" como equivalente a "Tierra de indios pobres, de escaso valer". Igualmente se pretendió un origen quechua de la palabra, dando por supuesto que Magallanes dominara ese idioma americano. En suma: respecto a la etimología de patagonia-patagón-patagones, resulta el topónimo dado a los habitantes de la región austral atlántica por el marino portugués al servicio de España, Hernando de Magallanes. El étimo "patagón" proviene del monstruoso personaje homónimo del "Primaleón o Segundo Libro de Palmerín de Olivia", o también; "Libro Segundo del emperador Palmerín", edición de 1512 en Salamanca”. (5)
Quizás desde esa aleatoria forma de nombrar al nativo de estas tierras se establece el sino de escribir literatura por sobre la historia, de construir y divulgar mitos por sobre la real difusión de los hechos como sucedieron. Los ejemplos son muy claros y los hay en profusa cantidad. En la tarea de destruirlos se encuentra el historiador Ernesto Maggiori, con una bibliografía extensa y muy rica en cuanto a rigurosidad científica, ubicado en el lado opuesto de aquellos que enumeran algunos hechos y obvian otros con tendenciosa intención.
El periodista y escritor Cristian Aliaga también tuvo palabras para el mito patagónico: “El mito de la Patagonia es uno de los mas resistentes en estos tiempos en que los mitos duran poco. Libros, películas, sueños, marcas de los artículos mas variados llevan años vendiéndose gracias a él. El mito mismo parece estar en venta” (6)
El poeta comodorense radicado en Neuquen, Raúl Mansilla dice en su poema V:
Sur es el después.
Salvaje mordedura de los astros,
ni los sueños de todas las especies,
han estado en sus partes últimas.
Claroscuro de órdenes terrestres,
todo lo que toca
lo transforma en distancia,
todo lo que huele,
en bárbaro silencio. (7)
Creo, como Javier Bello, que toda gran poesía es una búsqueda de conocimiento.
(1) BELLO Javier - Rolando Cárdenas. El Sur, Territorio y mirada, www.surdelsurpatagonia.com.ar Julio de 2001
(2) ARTOLA Raúl O. – El Camarote Literario N° 3 – Viedma, Río Negro – Texto presentado en la II Feria de la Palabra el 9 de Julio de 2004 en Comodoro Rivadavia.
(3) BUDIÑO Lino Marcos – Comodoro Rivadavia: ciudad enferma. Capital Federal, 1971
(4) MURIETE Raúl – Las identidades como ficciones verdaderas en el Comodoro Actual – Artículo en Diario El Patagónico. Febrero de 2006
(5) URANGA José Ángel – El Eco de la Letra – Una genealogía patagónica – 2001 – Biblioteca Virtual Temakel, Julio de 2002.
(6) ALIAGA Cristian – Crear en la tierra mítica. Suplemento especial Interior Chubut, Revista Ñ, Buenos Aires, Marzo de 2006
(7) MANSILLA Raúl – V – Estaciones de la Sed
Quizás esté en esta última afirmación de Bello, la explicación a la buena poesía patagónica que, con identidad propia, marcada y única en el país, se escribe en la región y se diferencia de la otra que también se escribe aquí. La búsqueda de conocimiento como una intención opuesta a los múltiples mitos de la historia que se reafirman constantemente y casi cotidianamente. Nuestra ciudad es proclive a sostener que “buscando agua se encontró petróleo” por ejemplo, cuando hay una infinidad de documentos que prueban lo contrario, que la gente que llegó aquí lo hizo con la firme intención de encontrar petróleo y la prueba está inclusive en los equipos que desembarcaron en Comodoro Rivadavia.
Las ficciones astutas
El escritor y editor rionegrino Raúl Artola, leyó el siguiente texto en la presentación de la revista-libro El Camarote, en la II Feria de la Palabra, en Comodoro Rivadavia: “El mito sobre la Patagonia se nutre de las crónicas de los viajeros de los siglos XVIII y XIX, actualizado por astutas obras de ficción y mercantilizado por las imágenes de ballenas y lobos marinos sobre su dilatada costa marítima, los majestuosos glaciares en peligro, lagos y montañas de evocación europea, y un cordero exquisito. A los seres fabulosos que algunos creyeron ver en tiempos remotos se agregaron luego las riquezas del subsuelo, reales y codiciadas, que alentaron aventuras de variado porte y amenazas siempre latentes. La historia oficial cuenta fríamente, con óptica positivista, la conquista blanca de ese desierto y la inevitable represión del campesinado sureño por los militares, fieles custodios del latifundio, nacional o extranjero. Algunos bandoleros famosos y el extraño color de las culturas nativas, apenas sobrevivientes, completan el estático friso que la cabeza de Goliat concibe con pereza y miopía como la representación acabada del “flanco más vulnerable de nuestra soberanía”, según el florido decir de los sociólogos nacionalistas. Salvo excepciones tan escasas como para no modificar el imaginario colectivo –el cine ha aportado Mundo grúa, de Pablo Trapero, e Historias mínimas, de Carlos Sorín-, las producciones culturales de toda índole que nacen de esta visión esquemática de la Patagonia refuerzan el mito y postergan una mirada sobre los hombres y las mujeres que trabajan, sueñan y crean en el sur. Cada tanto, desde el atalaya porteño de algún medio, con su horizonte de brumas y antenas satelitales, se descuelga algún paracaidista fletado para colorear páginas insulsas o se le ofrece espacio editorial a escritores o turistas profesionales, ávidos de oxígeno, para que brinden su “testimonio” del paso por algún rincón patagónico. Estas operaciones no son inocentes. Todo el mundo sabe que Roberto Arlt no ha resucitado para retratar magistralmente vida y milagros de la Patagonia,. por caso, como lo hiciera en las aguafuertes rescatadas por Sylvia Saítta en En el país del viento (Simurg, 1997). La literatura que se produce en la Patagonia dista mucho de identificarse con las tradiciones indígenas. En líneas generales la búsqueda es tan personal como la de cualquier escritor, sea cual fuere su cultura de origen y el lugar donde viva, de modo que materia y forma se funden en expresiones donde la vida y la muerte, el amor y la frustración, la soledad y el desarraigo, son ejes insoslayables. La resonancia del ámbito, no obstante, es muy fuerte, sin que el gesto suene impostado en el mejor de los casos. Ramón Minieri, poeta, ensayista, narrador y docente rionegrino, ha desarrollado en un libro inédito la tesis de que para comprender quiénes somos los patagónicos debemos estudiar las migraciones internas, los movimientos poblacionales y las huellas que dejan. Así, la literatura que se viene produciendo en la región es tan diversa, dispar e inclasificable como heterogénea es la conformación de su geografía y aluvial el devenir histórico de cada una de sus regiones y pueblos. Un recorrido rápido por los nombres y trayectorias de los creadores más productivos en la actualidad arroja un resultado previsible: la mayoría no nació en la Patagonia y de esa parcialidad un alto porcentaje se radicó en las décadas del ’60 y del ’70, años del nacimiento de las provincias y del exilio interior, respectivamente. Por lo tanto, la mirada de esos poetas y narradores, hoy plenamente sureños en sus circunstancias y decisión de vida, se formó en otros paisajes y ese cuño, impostergable, se advierte claramente en sus textos, como afirma el poeta, ensayista y dramaturgo Juan Carlos Moisés, chubutense nativo, de Sarmiento, y una de las mayores voces de la Patagonia. En esta ciudad se escribirá una novela, decía hace unos años en Ushuaia la fueguina Anahí Lazzaroni desde el título de un texto bello, provocador y estimulante. Y la suya parece una profecía válida para todos los rincones de la Patagonia, cruel y acogedora, tierra mítica de lejanas tradiciones, agua que se escurre fuera de cauce, madre que nos pare todos los días, que expulsa y retiene a la vez, incansable.” (2)
La obra que no está
La aparición del libro de Héctor Raúl Ossés, sobre ficción y realidad en la Patagonia nos lleva a pensar justamente en la intencionalidad que la creación de mitos y su sostenimiento en el tiempo tienen para procurar un status quo en el imaginario común. La ignorancia sobre la historia de la ciudad y la región es tal que la misma se repite cíclicamente, como una suerte de “eterno retorno” que en algún momento planteara Lino Marcos Budiño a principios de la década del 70. “Comodoro Rivadavia: sociedad enferma” habla de la monoproducción petrolera y la diversificación económica, de la desigual distribución de la riqueza, de la marginalidad urbana, de la inmigración chilena, de la prostitución que acarrea la explotación petrolera, de la moralina que embarga al pueblo, del alcoholismo, de la delincuencia, de las empresas explotadoras extranjeras, del centralismo, de la dependencia económica, de la falta de autonomía política y por supuesto de la falta de compromiso de sus residentes. “Enferma porque impide la ruptura del cascarón frustrante que mantiene el status quo, y enferma también porque desde afuera no se le brindan las posiblilidades de resolver sus problemas, que son en definitiva de estabilidad económica y social” (3)
El libro de Ossés se queda en el planteo de las cosas, circunscribe la Patagonia a su Santa Cruz, obvia algunos datos fundamentales sobre la historia de su provincia y, en el tren de los mitos, nada dice de la fabulosa y mítica Trapalanda, reafirma algunas ficciones y olvida las realidades. Se trata de la ponencia que el escritor santacruceño hizo en Manchester, Inglaterra, como “conferencista no académico” de la UNPA, y que nos permite conocer lo que el cantautor fue a decir pero lo que es más claro, nos permite saber todo lo que no dijo, dejando un sabor amargo por la oportunidad histórica de reivindicar hechos ante quienes, con Drake y Cavendish a la cabeza entre otros, hicieron parte de la historia de esta región. Eso sí, la edición es bilingüe. Especialistas en historia patagónica consultados al respecto para esta nota, coinciden en que Ossés edita en realidad “un prólogo para una obra que no está”.
Ficciones verdaderas
El docente e investigador de la UNPSJB, Raúl Muriete, asegura que “aquí la identidad deja de ser un proceso natural, sin conflicto y de libre adhesión (esto no quiere decir que las clasificaciones culturales no sean conflictivas y arbitrarias) y nos encontraríamos con una variada gama de grupos locales propensos a imponer un tipo de identidad de reconocimiento, de actuación, propia de los mismos grupos de pertenencia. Lo interesante de esta tesitura es que la identidad aquí es reconocida como un espacio de conquista, dominio, estrictamente interesado.” (4) Y en esa lucha de poder empresarios, políticos, los medios de comunicación, actores políticos como dirigentes barriales, desocupados, planes Trabajar, gremios, y otras son las piezas que promueven la construcción de grupos con identidades definidas. Los mitos locales que se siguen sosteniendo con fuerza también son medios que se utilizan para la construcción de la identidad de la ciudad. Los mitos que se vuelven paradigmas en el hoy como ayer: la destilería que abarataría el costo del combustible, el cierre de la válvula que alimenta de petróleo y gas al norte del país y que se promete siempre que se sufren postergaciones o no se atienden los reclamos, la utilización de las regalías petroleras en la diversificación económica (que para ello fueron creadas y sin embargo no se usan para ello), y aquel que sostiene desde antaño, que “buscando agua se encontró petróleo”. La identidad de la ciudad no puede pensarse desde otro lado que no sea el propuesto por el profesor Muriete, porque es la ciudad un espacio de conquista, de dominio, donde los intereses creados y el poder económico se imponen por sobre cualquier otra posibilidad de entenderla, de nombrarla.
La genealogía del nombre
En un excelente trabajo denominado “El eco de la letra”, el escritor local Ángel Uranga investiga el origen de la palabra Patagonia. Y asegura que “las palabras patagón / patagones proviene de la letra, de la letra de la literatura. Debemos a la investigadora María Rosa Lidia de Malkiel la restitución de la verdadera etimología oscurecida por el prejuicio y el lugar común, señalándola en los libros de caballería tan consumidos por descubridores y conquistadores hispánicos del siglo XVI; tal la novela "Primaleón", perteneciente al ciclo de los "Palmerines" con ediciones de 1512 a 1588. La interpretación por ser tan insólita como valiente fue objetada en un intento de refutación por parte de Leoncio Deodat forzando el término "patagonia" como equivalente a "Tierra de indios pobres, de escaso valer". Igualmente se pretendió un origen quechua de la palabra, dando por supuesto que Magallanes dominara ese idioma americano. En suma: respecto a la etimología de patagonia-patagón-patagones, resulta el topónimo dado a los habitantes de la región austral atlántica por el marino portugués al servicio de España, Hernando de Magallanes. El étimo "patagón" proviene del monstruoso personaje homónimo del "Primaleón o Segundo Libro de Palmerín de Olivia", o también; "Libro Segundo del emperador Palmerín", edición de 1512 en Salamanca”. (5)
Quizás desde esa aleatoria forma de nombrar al nativo de estas tierras se establece el sino de escribir literatura por sobre la historia, de construir y divulgar mitos por sobre la real difusión de los hechos como sucedieron. Los ejemplos son muy claros y los hay en profusa cantidad. En la tarea de destruirlos se encuentra el historiador Ernesto Maggiori, con una bibliografía extensa y muy rica en cuanto a rigurosidad científica, ubicado en el lado opuesto de aquellos que enumeran algunos hechos y obvian otros con tendenciosa intención.
El periodista y escritor Cristian Aliaga también tuvo palabras para el mito patagónico: “El mito de la Patagonia es uno de los mas resistentes en estos tiempos en que los mitos duran poco. Libros, películas, sueños, marcas de los artículos mas variados llevan años vendiéndose gracias a él. El mito mismo parece estar en venta” (6)
El poeta comodorense radicado en Neuquen, Raúl Mansilla dice en su poema V:
Sur es el después.
Salvaje mordedura de los astros,
ni los sueños de todas las especies,
han estado en sus partes últimas.
Claroscuro de órdenes terrestres,
todo lo que toca
lo transforma en distancia,
todo lo que huele,
en bárbaro silencio. (7)
Creo, como Javier Bello, que toda gran poesía es una búsqueda de conocimiento.
(1) BELLO Javier - Rolando Cárdenas. El Sur, Territorio y mirada, www.surdelsurpatagonia.com.ar Julio de 2001
(2) ARTOLA Raúl O. – El Camarote Literario N° 3 – Viedma, Río Negro – Texto presentado en la II Feria de la Palabra el 9 de Julio de 2004 en Comodoro Rivadavia.
(3) BUDIÑO Lino Marcos – Comodoro Rivadavia: ciudad enferma. Capital Federal, 1971
(4) MURIETE Raúl – Las identidades como ficciones verdaderas en el Comodoro Actual – Artículo en Diario El Patagónico. Febrero de 2006
(5) URANGA José Ángel – El Eco de la Letra – Una genealogía patagónica – 2001 – Biblioteca Virtual Temakel, Julio de 2002.
(6) ALIAGA Cristian – Crear en la tierra mítica. Suplemento especial Interior Chubut, Revista Ñ, Buenos Aires, Marzo de 2006
(7) MANSILLA Raúl – V – Estaciones de la Sed





