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Sentado sobre el filón,
el ángel mira
la vajilla que se rompe
en el ojo incansable de la lejanía:
se deshace y se recompone
como un abanico instalado
sobre piedras,
sobre puños cerrados;
oscilando, algo detrás suspira
y el ángel contempla la llanura,
deja huir sus alas
en busca del verdor
donde posar por fin su ojo humano ya,
humano de mirar.
Antonio Aliberti





