Asesino en Casa
de Guadalupe Elizalde
Hablemos, ojos ciegos
A Miguel Fajardo
I
Pienso en ojos ciegos
como maldad nocturna
en misa nueva,
jamás en iris silentes.
Mi yo visible no ve
y espera el arribo de cuervos que ayunan
con dos semillas en el fondo de mi cráneo.
Cuida de tu cuerpo entre cirios miopes,
que no te confundan la oscuridad enhiesta, ni el sostén del muro;
espera noches deslunadas,
la parte liminal de cada uno
II
¿Viste, ojos ciegos?
(Ignoran nuestros rasgos quienes tantean el perfil y dicen, “lo sé”).
¡Qué metáfora las yemas!
Lechos de memoria sobre manos de sal.
La sombra nunca envejece en ojos ciegos.
Toda máscara niega su precedente
si el ascenso resulta ineludible,
como el rostro.
Tú, ¿no lo harías?
III
A menudo despierto en los ojos de los peces;
me horroriza la desmesura en horizontes salinos,
la inmensidad del fondo y su omnipresencia.
Los abisales cargan un farol sobre la frente;
Océano también procrea sus tropos. (¿Topos?) .
IV
El espectro bendice los párpados.
Suma, sustrae,
cambia el total.
Es y no un ojo que se recuerda
ardiendo bajo la lupa
y huye de esta red que multiplica,
un no ser infinito.
Canción de las aldabas
Preciso notas para esta canción definitiva.
Tras la puerta vive aquél inabordable ya pendiente;
muy temprano
suicidó su aldaba.
Mano, ¿te apresuras postigo?
Ilusión en hierro, ¡fórjame una llave!
Ignora el poder del vendaval
quien escribe cancioncitas cursilonas en galeones de humo
y canta irresponsable en los incendios.
Quiero regalarte este dolor definitivo,
el hálito del moribundo deshojándose en la cuneta de su cama.
Esto es serio, señoras y señores.
¿Qué es esta vida sino el tránsito de la inocencia al rehilete?
Neurona, grano de trigo en busca de horno, pan,
trozo de carbón que quisiera procrear
otra especie de señales de humo...
¡Recordarlo todo
para olvidarme!
Señoras y señores:
¿Qué arcángel aplaudirá
la resurrección de las aldabas?
¿Quién posee cantos para este misterio?
Y Dios, al tocar ¿llamará exultante y a todos por Su Nombre?
Soga en casa del ahorcado
Reclama al brujo que convirtió halcones en gusanos,
así podremos hablar del polluelo en este nido
calcinado.
Fabrica un conjuro, devuelve a los cuervos el alba,
que su plumaje olvide la obsesión
por los tinteros,
sólo así volveremos a ser ojos sin sospecha.
Clava -de una vez- al vampiro con su reflejo,
pon tres ajos al norte
y una cruz de sal en nuestra estirpe.
Necesito que Heráclito triunfe
y nadie
nunca
vuelva a bañarse en las aguas amnióticas
de otro caldero cómplice.
Hablo de la soga
en la casa del ahorcado:
una película donde Eva yace junto a Caín,
Abel se entierra solo
y hasta Dios
calla.
De tigres y panteras
Si sobrevivir al tigre os parece
heroico,
domesticar la jaula ...
La daga más certera
A Julieta Dobles
Su pregunta es difícil y grave.
La vastedad responde, ahoga;
fuerte imbatible con pobres instrumentos:
azadones y surcos
prodigadores de la espina siempre adormilada en mis alforjas.
No sé cuál sea la daga más certera.
Es azul como foso de sacrificio,
suena como ave estrellada en campanario,
es demencial
como el deshaucio senil de cualquier armadura
El verso más afilado es un columpio vacío,
un desollador que da limosna en misa
mientras Adán expulsa media serpiente entre las piernas.
Esa daga es violácea,
increpa a Dios desde la duna más soberbia,
es mar visto por última vez
con ojos que apenas lo descubren.
La herida más certera es ver
la sangre de tu estigma
en la funda
del que abrazas.
De ciervos y cazadores
A Norberto Salinas, ciervo impenitente.
Caen los ciervos como juncos.
Mueren cuando algún cazador descubre
su propio miedo entre los matorrales.
¡Cuánta mentira esconde toda guerra!
Los cazadores ofrecen óperas de viento domesticado al mejor postor,
así expulsan su contrariedad;
silban, fabulan su aliento,
repiten el burro y la flauta.
Esas fieras del caos no duran tras las rejas;
en la sombra el vendaval destruye,
cierra todas las cavernas.
Caen las estalactitas sobre el ciervo confiado.
- ¿Qué hay en su agenda? ¿Arrancarnos los ojos para evitarse a sí mismos?
¡Oh delirio, eres pura proyección!-
Los conocerás por su jaula.
Cazan sangre viva,
dan bandera de piel a su oficio de difuntos.
cultivan viejos trucos y depredan de memoria.
No importa vivir, sino que alguien muera.
El ciervo no distingue entre ramas su cornamenta de pacotilla,
su piel no muda, no es uniforme
ni se abrocha y desabrocha como su miedo.
Confía, apura relojes, acompaña su especie.
Los cazadores son atávicos, primitivos.
Creen que morder el corazón del ciervo abrirá sus vetas,
convertirá pólvora y lances en virtudes heredables,
hasta se alucinan ángeles recién concebidos.
Parten el mundo en dos y tiran cáscaras por los asilos,
gozan contemplando cómo se pudren los sueños y las mandarinas,
fundan sociedades anónimas en pantanos
o coleccionan agua tibia en botellitas.
Son eróstratos. Odian su vacío y los espejos;
si pudieran ya habrían bajado la luna a palos.
Los cazadores son cajas negras con altavoces,
y clonan presas en úteros de ira, incompetentes.
Nada oyen. Organizan carnavales en la morgue,
consiguen abono en el forense,
cojean de la misma sepultura
y buscan tres a los gatos.
Luego, corren;
malhablan de lunes a sábado
y acechan nuestros ojos como cuervos.
Los cazadores guardan hogueras en el refrigerador
y las sueltan a pastar sobre virutas;
así pasan el domingo masticando ceniza.
Hoy no saldrán.
Los ciervos pueden jugar al ping pong con la luna
en su eclipse eterno,
sin contrincantes.
Hablemos, ojos ciegos
A Miguel Fajardo
I
Pienso en ojos ciegos
como maldad nocturna
en misa nueva,
jamás en iris silentes.
Mi yo visible no ve
y espera el arribo de cuervos que ayunan
con dos semillas en el fondo de mi cráneo.
Cuida de tu cuerpo entre cirios miopes,
que no te confundan la oscuridad enhiesta, ni el sostén del muro;
espera noches deslunadas,
la parte liminal de cada uno
II
¿Viste, ojos ciegos?
(Ignoran nuestros rasgos quienes tantean el perfil y dicen, “lo sé”).
¡Qué metáfora las yemas!
Lechos de memoria sobre manos de sal.
La sombra nunca envejece en ojos ciegos.
Toda máscara niega su precedente
si el ascenso resulta ineludible,
como el rostro.
Tú, ¿no lo harías?
III
A menudo despierto en los ojos de los peces;
me horroriza la desmesura en horizontes salinos,
la inmensidad del fondo y su omnipresencia.
Los abisales cargan un farol sobre la frente;
Océano también procrea sus tropos. (¿Topos?) .
IV
El espectro bendice los párpados.
Suma, sustrae,
cambia el total.
Es y no un ojo que se recuerda
ardiendo bajo la lupa
y huye de esta red que multiplica,
un no ser infinito.
Canción de las aldabas
Preciso notas para esta canción definitiva.
Tras la puerta vive aquél inabordable ya pendiente;
muy temprano
suicidó su aldaba.
Mano, ¿te apresuras postigo?
Ilusión en hierro, ¡fórjame una llave!
Ignora el poder del vendaval
quien escribe cancioncitas cursilonas en galeones de humo
y canta irresponsable en los incendios.
Quiero regalarte este dolor definitivo,
el hálito del moribundo deshojándose en la cuneta de su cama.
Esto es serio, señoras y señores.
¿Qué es esta vida sino el tránsito de la inocencia al rehilete?
Neurona, grano de trigo en busca de horno, pan,
trozo de carbón que quisiera procrear
otra especie de señales de humo...
¡Recordarlo todo
para olvidarme!
Señoras y señores:
¿Qué arcángel aplaudirá
la resurrección de las aldabas?
¿Quién posee cantos para este misterio?
Y Dios, al tocar ¿llamará exultante y a todos por Su Nombre?
Soga en casa del ahorcado
Reclama al brujo que convirtió halcones en gusanos,
así podremos hablar del polluelo en este nido
calcinado.
Fabrica un conjuro, devuelve a los cuervos el alba,
que su plumaje olvide la obsesión
por los tinteros,
sólo así volveremos a ser ojos sin sospecha.
Clava -de una vez- al vampiro con su reflejo,
pon tres ajos al norte
y una cruz de sal en nuestra estirpe.
Necesito que Heráclito triunfe
y nadie
nunca
vuelva a bañarse en las aguas amnióticas
de otro caldero cómplice.
Hablo de la soga
en la casa del ahorcado:
una película donde Eva yace junto a Caín,
Abel se entierra solo
y hasta Dios
calla.
De tigres y panteras
Si sobrevivir al tigre os parece
heroico,
domesticar la jaula ...
La daga más certera
A Julieta Dobles
Su pregunta es difícil y grave.
La vastedad responde, ahoga;
fuerte imbatible con pobres instrumentos:
azadones y surcos
prodigadores de la espina siempre adormilada en mis alforjas.
No sé cuál sea la daga más certera.
Es azul como foso de sacrificio,
suena como ave estrellada en campanario,
es demencial
como el deshaucio senil de cualquier armadura
El verso más afilado es un columpio vacío,
un desollador que da limosna en misa
mientras Adán expulsa media serpiente entre las piernas.
Esa daga es violácea,
increpa a Dios desde la duna más soberbia,
es mar visto por última vez
con ojos que apenas lo descubren.
La herida más certera es ver
la sangre de tu estigma
en la funda
del que abrazas.
De ciervos y cazadores
A Norberto Salinas, ciervo impenitente.
Caen los ciervos como juncos.
Mueren cuando algún cazador descubre
su propio miedo entre los matorrales.
¡Cuánta mentira esconde toda guerra!
Los cazadores ofrecen óperas de viento domesticado al mejor postor,
así expulsan su contrariedad;
silban, fabulan su aliento,
repiten el burro y la flauta.
Esas fieras del caos no duran tras las rejas;
en la sombra el vendaval destruye,
cierra todas las cavernas.
Caen las estalactitas sobre el ciervo confiado.
- ¿Qué hay en su agenda? ¿Arrancarnos los ojos para evitarse a sí mismos?
¡Oh delirio, eres pura proyección!-
Los conocerás por su jaula.
Cazan sangre viva,
dan bandera de piel a su oficio de difuntos.
cultivan viejos trucos y depredan de memoria.
No importa vivir, sino que alguien muera.
El ciervo no distingue entre ramas su cornamenta de pacotilla,
su piel no muda, no es uniforme
ni se abrocha y desabrocha como su miedo.
Confía, apura relojes, acompaña su especie.
Los cazadores son atávicos, primitivos.
Creen que morder el corazón del ciervo abrirá sus vetas,
convertirá pólvora y lances en virtudes heredables,
hasta se alucinan ángeles recién concebidos.
Parten el mundo en dos y tiran cáscaras por los asilos,
gozan contemplando cómo se pudren los sueños y las mandarinas,
fundan sociedades anónimas en pantanos
o coleccionan agua tibia en botellitas.
Son eróstratos. Odian su vacío y los espejos;
si pudieran ya habrían bajado la luna a palos.
Los cazadores son cajas negras con altavoces,
y clonan presas en úteros de ira, incompetentes.
Nada oyen. Organizan carnavales en la morgue,
consiguen abono en el forense,
cojean de la misma sepultura
y buscan tres a los gatos.
Luego, corren;
malhablan de lunes a sábado
y acechan nuestros ojos como cuervos.
Los cazadores guardan hogueras en el refrigerador
y las sueltan a pastar sobre virutas;
así pasan el domingo masticando ceniza.
Hoy no saldrán.
Los ciervos pueden jugar al ping pong con la luna
en su eclipse eterno,
sin contrincantes.
Comentario:
Hola... caí acá por causalidad. Hoy estaba observando, en mi pequeña biblioteca, y encontré un libro de Rubén Eduardo Gómez "Libro del ojo" que recuerdo me regaló en el festival de poesía que se hacen todos los años, acá, en Rosario. La cuestión es que, los poemas de ese libro son exquisitos, particularmente me encantan "suspiro" "espía" "caricia" bueno, todos, nombro los que acuden a mi memoria. No sé, quizá me haya equivocado de blog, porque en google me apareció que éste espacio es de Rubén Gómez, no? En fin, quería felicitar por tu trabajo (imposible de conseguir por estos lares), y darte las gracias por el libro que me regalaste aquella vez, hoy lo vuelvo a releer, que quizá ni recuerdes, y decirte que te espero, y te esperamos para el próximo festival de poesía que se hacen todos los años. Yo escribo también, tonteras, pero bue... Si quieres intercambiamos mails, y estamos en contacto. Saludos amigos, saludos Rubén.





