Ortodoxia
En la pantalla del televisor, Evo Morales realizaba las antiguas ceremonias, mientras los representantes de muchos de los pueblos aborígenes de América se emocionaban junto con nosotros, y los relatores superponían palabras a una imagen que no necesitaba la ruptura de una magia innegable. Una de las voces sin rostro que enturbiaba el relato dijo que la vasija que portaba uno de los sacerdotes no era la que se utilizaba en ese templo, la forma no era la correcta. Otro relator, o el mismo, aclaró con cierto tono de catedrático soberbio, que de las ceremonias lo que no se conoce se inventa. De esto no me cabe duda.
No me cabe duda de que hace más de quinientos años las palabras y los gestos han de haber diferido de éstos, ni de que se han perdido significados, utensilios, oficios, así como etnias enteras se han perdido, dejando apenas unas huellas en la arena, un trozo de tejido de colores. Es natural que la ceremonia haya sido armada sobre las pobres columnas que han dejado la persecución y la torpeza; pero por fortuna el tiempo hace que los pueblos reinventen constantemente sus modos, para que estos modos los expresen en el momento de la historia en el que se hallan.
Los aborígenes americanos no son los mismos; ha habido masacres, pérdidas, miseria y abuso. Ha habido migraciones, han debido ceder al aprendizaje de una lengua que en algunos casos desplazó a la suya. Han debido avergonzarse de su apariencia y costumbres. Cómo, me pregunto, cómo podrían mantenerse las ceremonias inmóviles, cuando un pueblo es una cultura transcurriendo, adaptándose, creando ramas del tronco que los une al principio de sus epopeyas. Sólo es inmóvil una cultura muerta.
Bienvenidos los rituales inventados; vale la poderosa intención de prestar gargantas nuevas a los viejos cánticos. Quizás los ortodoxos quisieran estudiar a los aborígenes por medio de la arqueología y la antropología, diseccionar momias, extasiarse ante las antiguas maravillas pétreas derrotadas por las erosiones. No les conviene quizás, a los ortodoxos, que nuevas gargantas canten nuevas canciones, que los rituales de hoy sean tan sagrados y tan solemnes como los que se esfumaron en la niebla del pasado.
Las ceremonias son verdaderas cuando tienen significado para los fieles. Los dioses aborígenes se levantaron hoy cuando América se unió en la esperanza. Cada rostro moreno fue hoy una partícula de ese dios originario.
Digamos amén.
por Mónica Russomanno
No me cabe duda de que hace más de quinientos años las palabras y los gestos han de haber diferido de éstos, ni de que se han perdido significados, utensilios, oficios, así como etnias enteras se han perdido, dejando apenas unas huellas en la arena, un trozo de tejido de colores. Es natural que la ceremonia haya sido armada sobre las pobres columnas que han dejado la persecución y la torpeza; pero por fortuna el tiempo hace que los pueblos reinventen constantemente sus modos, para que estos modos los expresen en el momento de la historia en el que se hallan.
Los aborígenes americanos no son los mismos; ha habido masacres, pérdidas, miseria y abuso. Ha habido migraciones, han debido ceder al aprendizaje de una lengua que en algunos casos desplazó a la suya. Han debido avergonzarse de su apariencia y costumbres. Cómo, me pregunto, cómo podrían mantenerse las ceremonias inmóviles, cuando un pueblo es una cultura transcurriendo, adaptándose, creando ramas del tronco que los une al principio de sus epopeyas. Sólo es inmóvil una cultura muerta.
Bienvenidos los rituales inventados; vale la poderosa intención de prestar gargantas nuevas a los viejos cánticos. Quizás los ortodoxos quisieran estudiar a los aborígenes por medio de la arqueología y la antropología, diseccionar momias, extasiarse ante las antiguas maravillas pétreas derrotadas por las erosiones. No les conviene quizás, a los ortodoxos, que nuevas gargantas canten nuevas canciones, que los rituales de hoy sean tan sagrados y tan solemnes como los que se esfumaron en la niebla del pasado.
Las ceremonias son verdaderas cuando tienen significado para los fieles. Los dioses aborígenes se levantaron hoy cuando América se unió en la esperanza. Cada rostro moreno fue hoy una partícula de ese dios originario.
Digamos amén.
por Mónica Russomanno





