No todo es decadencia en Argentina
Por Rubén Boggi
En una nota publicada en el diario La Nación, el columnista Joaquín Morales Solá hizo un tan descarnado como pesimista análisis de la situación política nacional, haciendo eje en la ausencia de renovación dirigencial. En síntesis, expresó que viejas figuras como Menem, Alfonsín y Rodríguez Saa volverán a ocupar cargos públicos, pese a que representan fatalmente el pasado. Y que no existe –desde el kirchnerismo- una certeza de renovación cierta, sino apenas la necesidad de edificar una relación de poder, que lo lleva a incorporar también a referentes ya superados por los acontecimientos, aunque dueños aún de poderes de distrito afirmados en el manejo de añejos aparatos, sobre todo en la provincia de Buenos Aires.
Da la sensación, desde este análisis del prestigioso periodista, y de otros asimismo importantes por su categoría intelectual, que no hay salida en lo inmediato para la profunda crisis político institucional de Argentina. Las coincidencias son abrumadoras: se menciona que el peronismo extiende una agonía ramificándose pero sin perder el poder hegemónico; que esto es sólo la expresión mayoritaria de una crisis gradual que ha llevado a la virtual desaparición de los partidos políticos, causando a lo largo de los últimos años la mayor fragilidad institucional de toda la historia nacional; que esta crisis se expresa socialmente en la furiosa decadencia del sistema educativo; y que el país sobrevivió a la estruendosa debacle económica fundamentalmente por una situación internacional que le ha sido favorable.
Se sugiere, al respecto, que en los últimos años de Argentina –contemplando un período generoso, que va desde la generación del 80 a la actualidad- ha habido una ausencia esencial: la de un proyecto nacional que encajara al país en una relación de desarrollo armoniosa con lo que fue sucediendo en el mundo. Es decir que, después del “granero del mundo”, no hubo otro modelo superador; y que en todo este largo período se fueron sucediendo propuestas de corto plazo, ora positivas, ora negativas, que desdeñaron en el afán de aprovechar las coyunturas un proyecto sustentable. Cuando se pretendió importar modelos desde otros países, se lo hizo de mala manera; y cuando se pretendió sustituir modelos por otros exclusivamente nacionales, “made in Argentina”, se puso al país en cortocircuito respecto de lo que sucedía en el mundo.
Sin embargo, la mayoría de los análisis parece pecar de una tara argentina reconocida y asumida, aunque no para los diagnósticos ni para ilustrar sobre esperanzas de soluciones: el fenómeno centralista, la vigencia de un modelo que es en realidad el que ha entrado en la crisis final, no sólo en su categoría política y económica, sino también intelectual. El centralismo intelectual es la peor expresión de un modelo construido alrededor del gran puerto de Buenos Aires, incapaz de pensar un país completo, atando siempre la realidad a su relación con los factores de poder de los distritos más poblados: Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, que se han constituido en una especie de “triángulo vicioso”, que acapara todas las razones y las posibilidades de un futuro que se avizora incierto.
He aquí un problema interesante: ¿la salida para la crisis argentina, hay que buscarla allí donde se concentra el mayor poder político, o, por el contrario, en aquellos Estados provinciales que han desarrollado históricamente un modelo alternativo al que sintetiza este triángulo vicioso?
El país, con ser nación, no es parejo ni se ha desarrollado armónicamente. Está lleno de paradojas. La región norte, por ejemplo, es reconocida por sus provincias pobres: Estados que no son capaces de garantizar su propia economía, vaciados de población, con monocultivos que subsisten de tiempos remotos. La región centro, la de las tres provincias que mandan por cantidad de habitantes, expresa la continuidad de la riqueza y al mismo tiempo la gran paradoja: Buenos Aires, por ejemplo, es la provincia supuestamente más rica, y al mismo tiempo la que mayor deuda (todavía en default) tiene del país: casi 3.000 millones de dólares. Está llena de municipios en crisis, con índices superlativos de pobreza e indigencia, con alto desempleo y serios problemas sociales de todo tipo, con carencia estructural en lo que hace a servicios para una mejor calidad de vida, como agua potable, gas, cloacas, hospitales, escuelas. La Patagonia, ocupada nacionalmente recién a fines del siglo XIX, siempre fue y continúa siendo la gran esperanza, con un alto potencial de riquezas todavía sin explotar, y un territorio con bajísima densidad poblacional; y provincias nacidas en la última mitad del siglo XX, provincias nuevas, pujantes y con instituciones menos afectadas por la decadencia argentina. Esta región, sin embargo, es despreciada incluso desde el análisis intelectual porque “no pesa” en las elecciones, al tener pocos ciudadanos: sumando a todas sus provincias, no alcanza la importancia cuantitativa en lo electoral de cualquier municipio del Gran Buenos Aires.
En el afán por explicar el país sin tener en cuenta al país real (que es todo el país, no una parte), se han despreciado modelos provinciales que se han sustentado en el tiempo con mayor vigor y mejor suerte que lo ocurrido en el “triángulo vicioso”. De estos ejemplos, a veces se reconoce y destaca la realidad de La Pampa, o de Mendoza, y en los últimos años, Neuquén. Tres provincias mediterráneas, que se han manifestado como sustentables incluso sin la “colaboración” nacional, y que han expresado una continuidad política, entendiendo esto como políticas de Estado, es decir, políticas que se mantienen como proyectos de desarrollo, a lo largo del tiempo y más allá de los vaivenes coyunturales.
De estas tres provincias que se escapan del molde del fracaso generalizado, Neuquén es la más nueva y también la que más ha crecido. Desde principios de los ’60 hasta la actualidad, mantuvo un respaldo político coherente con una política de Estado afirmada en el aprovechamiento y transformación de los recursos naturales; en la creación de infraestructura básica para favorecer la calidad y aumento de cantidad poblacional; todo esto enfatizado por una tozuda resistencia a atar su destino político al de los partidos nacionales tradicionales.
Por qué no pensar entonces que, en la búsqueda de opciones a la decadencia, y en la pretensión de conservar una posibilidad de futuro, se comience a observar con mayor atención a estos ejemplos, que –lejos de ser perfectos- son distintos a lo ocurrido en la región centro (confundida esta con el país todo por la concepción centralista). No se trata de comprar utopías, ni de pensar que habrá que aguantar 20 años más hasta que aparezca algún grupo político salvador, cuando se hayan muerto los actuales dinosaurios de la política argentina. No se trata de pretender razonar mejor cuando mejor se encuentran razones para la decadencia. Se trata apenas de conocer el país, de buscar ejemplos probados de progreso, y de llevar, después, esos ejemplos al primer plano de una posibilidad nacional.
En una nota publicada en el diario La Nación, el columnista Joaquín Morales Solá hizo un tan descarnado como pesimista análisis de la situación política nacional, haciendo eje en la ausencia de renovación dirigencial. En síntesis, expresó que viejas figuras como Menem, Alfonsín y Rodríguez Saa volverán a ocupar cargos públicos, pese a que representan fatalmente el pasado. Y que no existe –desde el kirchnerismo- una certeza de renovación cierta, sino apenas la necesidad de edificar una relación de poder, que lo lleva a incorporar también a referentes ya superados por los acontecimientos, aunque dueños aún de poderes de distrito afirmados en el manejo de añejos aparatos, sobre todo en la provincia de Buenos Aires.
Da la sensación, desde este análisis del prestigioso periodista, y de otros asimismo importantes por su categoría intelectual, que no hay salida en lo inmediato para la profunda crisis político institucional de Argentina. Las coincidencias son abrumadoras: se menciona que el peronismo extiende una agonía ramificándose pero sin perder el poder hegemónico; que esto es sólo la expresión mayoritaria de una crisis gradual que ha llevado a la virtual desaparición de los partidos políticos, causando a lo largo de los últimos años la mayor fragilidad institucional de toda la historia nacional; que esta crisis se expresa socialmente en la furiosa decadencia del sistema educativo; y que el país sobrevivió a la estruendosa debacle económica fundamentalmente por una situación internacional que le ha sido favorable.
Se sugiere, al respecto, que en los últimos años de Argentina –contemplando un período generoso, que va desde la generación del 80 a la actualidad- ha habido una ausencia esencial: la de un proyecto nacional que encajara al país en una relación de desarrollo armoniosa con lo que fue sucediendo en el mundo. Es decir que, después del “granero del mundo”, no hubo otro modelo superador; y que en todo este largo período se fueron sucediendo propuestas de corto plazo, ora positivas, ora negativas, que desdeñaron en el afán de aprovechar las coyunturas un proyecto sustentable. Cuando se pretendió importar modelos desde otros países, se lo hizo de mala manera; y cuando se pretendió sustituir modelos por otros exclusivamente nacionales, “made in Argentina”, se puso al país en cortocircuito respecto de lo que sucedía en el mundo.
Sin embargo, la mayoría de los análisis parece pecar de una tara argentina reconocida y asumida, aunque no para los diagnósticos ni para ilustrar sobre esperanzas de soluciones: el fenómeno centralista, la vigencia de un modelo que es en realidad el que ha entrado en la crisis final, no sólo en su categoría política y económica, sino también intelectual. El centralismo intelectual es la peor expresión de un modelo construido alrededor del gran puerto de Buenos Aires, incapaz de pensar un país completo, atando siempre la realidad a su relación con los factores de poder de los distritos más poblados: Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, que se han constituido en una especie de “triángulo vicioso”, que acapara todas las razones y las posibilidades de un futuro que se avizora incierto.
He aquí un problema interesante: ¿la salida para la crisis argentina, hay que buscarla allí donde se concentra el mayor poder político, o, por el contrario, en aquellos Estados provinciales que han desarrollado históricamente un modelo alternativo al que sintetiza este triángulo vicioso?
El país, con ser nación, no es parejo ni se ha desarrollado armónicamente. Está lleno de paradojas. La región norte, por ejemplo, es reconocida por sus provincias pobres: Estados que no son capaces de garantizar su propia economía, vaciados de población, con monocultivos que subsisten de tiempos remotos. La región centro, la de las tres provincias que mandan por cantidad de habitantes, expresa la continuidad de la riqueza y al mismo tiempo la gran paradoja: Buenos Aires, por ejemplo, es la provincia supuestamente más rica, y al mismo tiempo la que mayor deuda (todavía en default) tiene del país: casi 3.000 millones de dólares. Está llena de municipios en crisis, con índices superlativos de pobreza e indigencia, con alto desempleo y serios problemas sociales de todo tipo, con carencia estructural en lo que hace a servicios para una mejor calidad de vida, como agua potable, gas, cloacas, hospitales, escuelas. La Patagonia, ocupada nacionalmente recién a fines del siglo XIX, siempre fue y continúa siendo la gran esperanza, con un alto potencial de riquezas todavía sin explotar, y un territorio con bajísima densidad poblacional; y provincias nacidas en la última mitad del siglo XX, provincias nuevas, pujantes y con instituciones menos afectadas por la decadencia argentina. Esta región, sin embargo, es despreciada incluso desde el análisis intelectual porque “no pesa” en las elecciones, al tener pocos ciudadanos: sumando a todas sus provincias, no alcanza la importancia cuantitativa en lo electoral de cualquier municipio del Gran Buenos Aires.
En el afán por explicar el país sin tener en cuenta al país real (que es todo el país, no una parte), se han despreciado modelos provinciales que se han sustentado en el tiempo con mayor vigor y mejor suerte que lo ocurrido en el “triángulo vicioso”. De estos ejemplos, a veces se reconoce y destaca la realidad de La Pampa, o de Mendoza, y en los últimos años, Neuquén. Tres provincias mediterráneas, que se han manifestado como sustentables incluso sin la “colaboración” nacional, y que han expresado una continuidad política, entendiendo esto como políticas de Estado, es decir, políticas que se mantienen como proyectos de desarrollo, a lo largo del tiempo y más allá de los vaivenes coyunturales.
De estas tres provincias que se escapan del molde del fracaso generalizado, Neuquén es la más nueva y también la que más ha crecido. Desde principios de los ’60 hasta la actualidad, mantuvo un respaldo político coherente con una política de Estado afirmada en el aprovechamiento y transformación de los recursos naturales; en la creación de infraestructura básica para favorecer la calidad y aumento de cantidad poblacional; todo esto enfatizado por una tozuda resistencia a atar su destino político al de los partidos nacionales tradicionales.
Por qué no pensar entonces que, en la búsqueda de opciones a la decadencia, y en la pretensión de conservar una posibilidad de futuro, se comience a observar con mayor atención a estos ejemplos, que –lejos de ser perfectos- son distintos a lo ocurrido en la región centro (confundida esta con el país todo por la concepción centralista). No se trata de comprar utopías, ni de pensar que habrá que aguantar 20 años más hasta que aparezca algún grupo político salvador, cuando se hayan muerto los actuales dinosaurios de la política argentina. No se trata de pretender razonar mejor cuando mejor se encuentran razones para la decadencia. Se trata apenas de conocer el país, de buscar ejemplos probados de progreso, y de llevar, después, esos ejemplos al primer plano de una posibilidad nacional.





