Polvo de estrellas

¿Cómo me atrevo a pensar en cambiar el mundo
si desde que te conozco sólo escribo sobre tí?
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Al final reflexiono que sobre las catacumbas del cementerio siempre habrá niños jugando a contar historias de miedo. Y justo debajo un millar de gusanos adentrándose en tus entrañas, continuando con el ciclo de la vida. Que nada eres. Nada soy. Nada seremos.
El mundo sigue su curso. ¡¡¡Ojalá te pudras en el infierno!!!
Sana sana culito de rana
Resulta que él nunca había creído en esos cuentos que su padre le contaba por la noche antes de dormir ni en los que veía en la tele por las mañanas antes de ir al colegio. Las princesas de boca de fresa se le antojaban solo chiquillas tontas a las que asustar mientras les arrojaba piedras. Niñas cursis que gritaban con una cucaracha y a las que no les divertía patalear una pelota. Eran seres extraños… todas sentadas en grupo, en la escalinata del parque, hablando quizá de la próxima historia de amor de Barbie o, mejor aún, del peinado que le harían a su Lena Melena.
Él, en cambio, no le tenía miedo a nada. Podía bajar a cien kilómetros por hora la cuesta que había antes de llegar a casa, correr y cruzar la carretera sin mirar si venían coches. Él era Superman cuando quería volar, Darwin cuando quería conocer las características de la biología, desmembrando insectos y ensartando avispas, y Einstein cuando probaba qué ocurría si se lanzaba un globo de agua sobre una superficie sólida, poniendo por caso las enormes cabezas que veía desde la ventana de su habitación. A fin de cuentas, si pasaba algo, mamá siempre estaba ahí para curarle con culito de rana las heridas a las que se exponía. Estaba convencido de que no tenía nada a lo que temer.
Sus hermanas también eran casi de otro mundo. Mayores que él, no le habían ayudado a conocer ese universo paralelo en el que vivían ellas. Sólo sabía que se sentía tremendamente feliz cuando reposaba su cabeza sobre los pechos grandes y firmes, sin sospechar siquiera que ese mismo placer hacía feliz a otros hombres, o niños, porque los quince años no es buena edad para hacer clasificaciones.
Él llegaba cada vez más tarde a casa. Un día, cuando tenía apenas doce años. Apagó los dibujos de por la mañana, los que veía antes de salir para el colegio. Se bebió su vaso de leche y se marchó pensando si el resto de sus compañeros aún seguían las historias de Goku o si, acaso, él era el único que no se había dado cuenta de que ya no eran n-i-ñ-o-s. Decidió que por las tardes, cuando saliera a jugar al fútbol con los demás, haría alguna trampa para poder ganar el partido. A lo mejor no se daban cuenta y entonces sería el pichichi de la barriada. Estaba orgulloso de su evolución, se sentía grande y superior. Probó su primer cigarrillo y le gustó la sensación. La única objeción era que ya sus hermanas no le dejaban dormirse en sus pechos.
Pero ellas seguían estando ahí. Las chicas le seguían resultando raras, sin mucho que ver con su concepción del mundo, de la diversión, de los amigos. Se fijó en que cuando Tomás marcaba algún gol, Silvia (la más alta de todas) se acercaba y lo besaba. Sintió que se moría de curiosidad y, sólo por un instante, volvió a recuperar la sensación de cuando era un n-i-ñ-o, aquella que le embriagaba cuando empezaba una nueva aventura, cuando se enfrentaba a un reto desconocido. Se masturbó por primera vez viendo los videos caseros de un canal local un sábado por la noche, cuando sus padres dormían y sus hermanas estudiaban para un examen en la universidad. Le gustó y repitió. A la semana había conseguido meter su lengua impoluta en otra boca. Su madre le había dicho esa misma mañana que aún le quedaba una muela de leche por caérsele. Pensó que no era tan placentero como lo que conseguía sentir por sí mismo y, como era un chico listo, pronto descubrió que los besos eran sólo la punta de un enorme iceberg llamado sexualidad. Un verano, en una acampada, con sólo quince años, perdió su virginidad. La chica tenía trece y el pubis afeitado.
Ellas… ya no las veía jugando con sus Barbies ni corriendo cuando les tiraba piedras. Aprendió porqué la boca de fresa de la princesa y creyó estar más unido a su padre. A pesar de todo, seguían siendo extrañas. Leer revistas en grupo, las risitas cuando pasaba por delante algún monitor, las lágrimas sólo porque les dijeras que preferías ir a jugar a la videoconsola… todo aquello escapaba a su sencilla comprensión, simple y plana. Quizá ya no fuera Superman, pero no se preocupó de nada más allá de sus narices porque sabía que todavía estaba ahí su madre para besarle la rodilla, y, suplicando un poco, los cálidos pechos de sus hermanas.
Con veintidós años había besado tantos clítoris como había querido y jugaba a ser Rocco Sifredi en el asiento trasero de su coche. Hasta que la conoció. Cuando vio su mirada intrigante y escuchó su forma de hablar, elocuente e inteligente, sintió que había llegado al borde mismo del universo. Empezó a creer que a lo mejor ellas (o ella) también podían acompañarlo, que podría ser divertido e incluso bonito compartir experiencias. De repente se dio cuenta de todas las veces que había ignorado una palabra bonita después de pasar con alguna un rato intercambiando fluidos.
Ella…
Él, por primera vez, lloró por amor. Le dolía un poco debajo del pecho, las cuerdas vocales se le enredaban en la tráquea. Se maldijo a sí mismo por haber dejado a un lado a Chicho Terremoto y suplicó a su madre que le besara el corazón. Pero su madre le dijo que ya hacía algunos años que no vendían culito de rana en el supermercado.






