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Esos rincones llenos de polvo
...las palabras ahogadas me exigen volverse públicas...
Acerca de
La magia de una letra, acompañanate eterno de mis pensamientos, amigo insaciable e incondiconal... Pequeña ilusa ante el mundo, pequeña hada que aún cree en su terrible realidad. Recreando mi propio mundo, el de mis cuentos, mis relatos, mis poemas (dónde existe el misterio de lo inconcebible, donde se materializan los sueños efímeros).

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Sindicación
 
Sin Palabras
Rozó el suelo con el dedo de su pie. Estaba frío e incluso se atrevería a decir que algo húmedo. Odiaba despertarse cada mañana, tener que cumplir la misma rutina todos los días: separar las sábanas de su cuerpo, incorporarse, mirar por la venta el tiempo que haría, ponerse las pantuflas, ir hacia la cocina, prepararse un café y unas tostadas, vestirse y salir de casa.

Atravesaba la Plaza de San Jorge a las 8.35 exactamente, justo en el momento en el que ella, la artista callejera que se pintaba de un color metalizado, se disponía a sentarse en aquella silla a la espera de que algún chiquillo o algún adulto con ilusión le tirase una moneda capaz de disparatar su sistema nervioso, capaz de hacerla bailar de una forma casi imposible. Pasaba delante de ella y la espiaba en silencio, mirando como se pintaba sus labios, sus pómulos, sus pocas vestimentas. Al principio la desconfianza entre los dos hacía incómoda la situación. Ella se sentía observada por un extraño, mientras que él se transformaba repentinamente en un vouyeaur descarado perseguido por la ley. Pero la fuerza del tiempo siempre acaba dando la mejor recompensa, y no hizo falta esperar demasiado para crear entre ambos un vínculo sin sentido, sin razón, sin explicación racional. Desde las 8.35 hasta las 8.45 él se quedaba de pie, a unos cincuenta metros, y sus ojos se cruzaban un par de veces, quizá dos. Entonces, nervioso por llegar tarde a su trabajo, empezaba a correr y le lanzaba un beso a la mujer-estatua, que animada por saber que tenía un admirador se movía tal marioneta movida por hilos invisibles, haciendo las delicias de todo espectador.


Cuando el reloj de la oficina marcaba las 15.00 él ya tenía todo dispuesto para regresar a su hogar. Ahora caminaba un poco más pausado, pues nadie le regañaría si se retrasaba unos minutos. Ella (la otra ella, no la mujer-estatua), le estaría esperando para almorzar. Abría la puerta de su apartamento, soltaba el maletín, se quitaba la chaqueta y los zapatos, la besaba y se sentaba en la mesa. Masticó durante unos minutos en silencio.

- Nuestra relación cada vez va a peor, ya no me cuentas nada de lo que haces durante el día - dijo la chica.


Meditó acerca de estas palabras. Pensó en mujer-estatua, la echaba extrañamente de menos. Pensó en mujer-pareja, su eterna cotidianeidad. Y fue en ese preciso instante cuando él comprendió que no hacía falta hablar para amar, que los mejores y más sinceros besos se dan siempre en silencio y con la mirada.