Te quiero
La niña se puso sus zapatos de charol que estaban perfectamente colocados debajo de la cama. Se acercó al tocador y peinó su pelo largo, lacio y rubio. Una, dos, tres. Mil pasadas con el cepillo. La hebilla rosa no le hacía juego ese día con su vestido marrón, así que la dejó en el sitio donde estaba. El lazo en la cintura fuertemente apretado. Princesa vagabunda... Con algo de inseguridad salió al salón donde todos la esperaban. La mesa larga, con el mantel de las ocasiones especiales, tres tenedores distintos (carne o pescado, verdura o fruta), con sus respectivos cuchillos a juego. La copa de vino llena de zumo de frutas y el champán preparado en la nevera. Acaso la dejaran mojar un poco los labios, rozar el líquido burbujeante que tantas cosquillas le hacían. Cenaron, la felicitaron por su excelente trayectoria, besos, abrazos, eres genial, nunca cambies, estás guapísima, que orgullosos estamos...
Y cuando la niña dejó de ser niña observó cómo él besaba sus pechos. Se tumbó en la cama y se dio la vuelta. De repente se levantó de un brinco. Desnuda paseó por la casa. Limones podridos en el frutero y cerveza abierta en la nevera. La caja de condones desparramada por la encimera, con algunos de ellos abiertos, con otros que esperaban su turno en una carrera en la que siempre se era vencedor. Se comió un trozo de queso que el ratón de debajo del televisor le había regalado el día de su cumpleaños. Se sentó en el suelo sintiendo el frío sobre sus nalgas y algunas de las hormigas que correteaban subirse a sus muslos. Que más daba, ya todo era igual... Miró al tío que dormía sobre su cama. Odió la lágrima que salía de su ojo.
Nadie, nunca, jamás, le había dicho un simple "te quiero".
Y cuando la niña dejó de ser niña observó cómo él besaba sus pechos. Se tumbó en la cama y se dio la vuelta. De repente se levantó de un brinco. Desnuda paseó por la casa. Limones podridos en el frutero y cerveza abierta en la nevera. La caja de condones desparramada por la encimera, con algunos de ellos abiertos, con otros que esperaban su turno en una carrera en la que siempre se era vencedor. Se comió un trozo de queso que el ratón de debajo del televisor le había regalado el día de su cumpleaños. Se sentó en el suelo sintiendo el frío sobre sus nalgas y algunas de las hormigas que correteaban subirse a sus muslos. Que más daba, ya todo era igual... Miró al tío que dormía sobre su cama. Odió la lágrima que salía de su ojo.
Nadie, nunca, jamás, le había dicho un simple "te quiero".
Perfecta soledad
Sintió que ya no podía aguantar más tiempo en esa cama tan perfecta, con la sábana doblada en su parte superior, envolviendo la manta que la cubría. Ni una arruga, ni un pliegue... nada salvo el olor a jabón de marsella con las que habían sido lavadas. Estaba sola en la habitación, y como embravecida por una rabia interna que no sabía bien de donde provenía comenzó a jadear. Primero fue de manera tímida, pausada, con pequeños gemidos que salían de sus labios resquebrajados del frío, que expedían un aliento cansado, cálido, que olía a manzanas y a limones. Casi de forma involuntaria su mano recorrió su contorno, sus caderas (dulces curvas que escondían secretos aún por descubrir, un estanque de agua que se había evaporado con los primeros rayos del alba) y fueron a para a su pubis. Sus gritos iban acentuándose, convirtíendose en la delicia de cualquier consumidor porno de los que llaman al 806, rítmicos, ahora pausados, ahora acelerados. La otra mano acarició el pezón duro que se erigía sobre la aureola marrón que ansiaba unos labios que bebieran de ellos. Un último suspiró y el más cálido de los orgamos recorrió todo su cuerpo. Un cosquilleo general conquistó sus párpados, su ombligo, sus piernas que bailaban convulsamente en una sintonía de pequeñas descargas eléctricas, los dedos de los pies que se estiraban ante tanto placer. Se levantó muy despacio y contempló la cama. Las sábanas se habían salido de debajo del colchón y todo estaba completamente revuelto. Se acostó con una pierna colgando en el aire y pensó en lo afortunada que era de ser ella misma y en todo lo que él había decidido dejar de disfrutar.





