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Pulpos y esquinas
Reflexiones generalistas sobre lo divino y lo humano en clave irónica.
Sindicación
 
Mi abuelo
No teman, no me voy a poner sentimental rememorando con melancolía los momentos pasados que no volverán, ni esas cosas. No pretendo hacerle ninguna letra a Victor Manuel no sea que le ponga música y lo suframos todos. No.
Ocurre que en una fugaz visita a la rama austrohúngara de la familia, allá en sus posesiones en Viena, he podido recopilar y obtener una información sobre la persona de mi abuelo, que desconocía y que hizo que aumentara mi curiosidad por tal personaje. Porque era eso, todo un personaje.

Mi abuelo era un tipo recto. Literal y figuradamente. Medía dos metros y dos centímetros y a su ya de por sí llamativa altura, y más para su época, se sumaba su anguloso porte. Nadie recuerda que tuviera una sola curva en su cuerpo, que parecía diseñado a escuadra y cartabón, con lo que pueden imaginarse cómo le sentaban los uniformes prusianos. Y para colmo, lo remataba con una larga melena recogida en una trenza. Imponía el señor.
Su rigurosidad de caracter llegaba a extremos como el de, en cierta ocasión, dar su palabra a una señorita, ¡y a fe que cumplió! No volvió a hablar hasta que la susodicha murió de tisis galopante, como mandaban los cánones de las buenas familias, tres años más tarde.

Todo y que cuando el nació, el imperio en el que lo hizo ya estaba en declive, él persistió toda su vida en mantener la estricta disciplina en la que fue educado. Durante su vida como mariscal de campo en activo, se ganó a pulso el sobrenombre del "Exterminador"... entre su propia tropa. Sometía a sus ejércitos a tal disciplina física y mental, que cuando llegaba la hora del combate estaban extenuados y resultaban presa fácil del enemigo. Su historial militar mejor obviarlo. ¡Pero a ver quién destituía a un vizconde, primo carnal de Sissi!
La escabechina de la primera guerra mundial hizo que no esperasen una segunda para darle un honroso destino lejos de las trincheras. Y su orgullo no le permitió cagarse en todo el censo celestial como hubiera deseado, pero lo encajó con una dignidad asombrosa. Se retiró a un castillo de Saltzburgo y se consagró al mecenazgo, con una especial debilidad: la música zíngara.
Por los salones de su finca pasaron lo más granado que supiera tocar un instrumento, y como colofón a una velada musical de alto octanaje, un grupo de gitanos, cabra incluida, amenizaban el fin de fiesta. Dicen que era delirante.
En primera fila, y justo en el centro de la misma, estaba situado su asiento favorito al que estaba prohibido incluso acercarse. A sus flancos, medio metro más atrás, se distribuía la aristocracia mundial, ateniéndose a rigurosa invitación. Me contaron que en cierta velada, a la que llegó con inaceptable retraso, halló a un sujeto sentado en el que era su sillón desde la adolescencia, y que sin preguntar quién era lo despachó con gran alboroto. Al ser informado que el tipo en cuestión era Alfonso XIII, rey de España, bramo en voz alta y ante toda la concurrencia que en España sería rey, pero que allí era un estorbo. Y se sentó. Acabaron siendo muy amigos y mi abuelo casi le deja sin cabeza en un accidente de caza. ¿Se imaginan?
Tuvo famila. Y la militarizó. Los contactos carnales con su santa se contaban por hijos y que se sepa doce polvos los hubo. Por lo menos.
De ellos fueron diez hijas y dos varones. Bueno uno. El otro se declaró homosexual fanatizado, y como ferrea disciplina fue obligado a recorrer Polonia a pie con la misión de convertirse en un hombre. Años después se supo que andaba por Londres completamente "loca", pero preservando su identidad. Mi abuelo desarqueó las cejas.
El otro varón es mi padre. Y ahora he entendido muchas cosas de su comportamiento... Completamente vacuo y disoluto. ¡Así he salido yo!

Poco a poco se fue quedando otra vez solo, aunque como siempre lo había estado, no se dió ni cuenta. Y en una representación trágica de su propia existencia, decidió pasar lo que le restaba de vida enfundado en una armadura que perteneció a Carlos V. Se descartó la demencia senil, y otras posibles causas de enajenación, ya que su agudeza mental aumentó alcanzando cotas de auténtica sabiduría. A todo aquel que se le aproximaba, le regalaba alguna sentencia digna de ser esculpida en un friso, y si pillaba conversaciones al vuelo, decía la suya desde las profundidades del yelmo, con tal rotundidad que nadie osaba replicarle.
Murió siete años después de enfundarse en metal, y como había dispuesto en vida, fue enterrado desnudo y cubierto con una hoja de parra... de sombrero. Y con una leyenda que rezaba: "Así mueren los húsares". Lo cual era mentira, pero a él le hacía ilusión que así fuera, y así fue. Y catorce hectáreas que rodeaban su tumba fueron donadas a una campamento gitano con el único pago de una fiesta cada noche por su alma.
Actualmente, su familia tiene serios problemas para mantener el servicio doméstico, pues muchos de los contratados piden causar baja y largarse de la casa. Alegan que no soportan ser despertados por las noches con órdenes militares sin procedencia alguna, e incluso los hay que dicen haber oido hablar a las armaduras. El servicio ya no es lo que era.
Ya ven, y yo que le evitaba cuando venía hacia mí por el pasillo con su escándalo de chatarra... lo que me perdía. A su salud, abuelo.

 
Como en casa, en ningún sitio.
Se han acabado las vacaciones... para casi todos mis conocidos. Mi más sincero pésame.
Incluso yo he ojeado mi agenda y para mi fastidio, he constatado que empiezan a abundar los compromisos inavitables a partir de ya. Algo de ganas tenía, para qué negarlo, sobre todo despues de mi último viaje de temporada que me ha hecho desear la dulce rutina como nunca.
He vuelto de EEUU. ¡Y juro que tardaré en volver por allí! No es que me hayan tratado mal (¿dónde te reciben mal si llevas dólares?). No es que no les conociera de antemano, ya que era la enésima vez que me dejaba ver por aquellos pagos y poco o nada me sorprende de aquellas gentes. Pero esta vez algo, un "no sé qué" que se destilaba por todas partes me ha hecho cogerles miedo, y suspirar por salir de aquel país cuanto antes.

Todo el mundo intuye, sabe, conoce, o sospecha la mentalidad que los americanos atesoran, y desde la vieja Europa les observamos con una mezcla de asombro, cachondeo e indignación. Pero creanme, ahora lo que provocan es miedo.
Una población cuyo 80% no tiene pasaporte ni intención de tenerlo es preocupante. Se embelesan con su ombligo hasta la nausea y más ahora que se sienten solos frente al mundo; y arengados por fanáticos iluminados del neo-conservadurismo desde la tele al gobierno, empiezan a creerse que todos merecemos un escarmiento.
Aterra ver a un padre amorosamente dedicado a sus hijos en una tarde de sábado, con sus orejas de Mikey y niño al cuello saliendo del parque de atracciones, y que en décimas de segundo esgrima un arma porque una sombra le pasó demasiado cerca de la espalda. Bonito ejemplo. Pensé en hacerle una foto como prueba de lo que digo... pero soy joven para morir. Y menos a manos de un retrasado mental considerado adulto responsable.
Que el único negocio que no conoce la crisis, muy al contrario, crece sin que se vea un techo, sea el de las armas, preocupa y mucho. Actualmente consideran que una sola arma en casa no es suficiente, que hay que tener más para sentirse seguro, por lo que el gobierno autorizó no ha mucho la venta de armas de asalto y combate a la población civil. ¡Ahora sí se sienten seguros! ¡Por fin alguien ha entendido que la defensa llevada a extremos paranóicos es lo que América necesitaba! Y la población feliz de atrincherarse en casa con munición para exterminar al resto del país. Y todo en nombre de la libertad del individuo.
Han inoculado el miedo a todos y cada uno de los ciudadanos para que consuman febrilmente y de la tienda corran a casa para defender y proteger sus nuevas adquisiciones, a tiros si te acercas demasiado.
Sospechan de todo prójimo y si por casualidad confiesas ingenuamente que tú no tiene nada que temer, que no te sientes amenazado por conjuras mundiales y enemigos ocultos, el recelo se instala en ellos y comienzan verte como un infiltrado del mal en su comunidad. Te cosen a preguntas tipo: ¿Qué sabes que los demás no conocemos que te hace estar tan tranquilo? ¿Simpatizas con el bando contrario? ¿Que tienes en contra de las armas de fuego, que proporcionan seguridad y confianza a la población? Y si teniegas a responder, más vale que recojas tus cosas y enfiles hacia la puerta, porque siempre habrá uno que se alzará y a grito pelado y señalándote, te acusará publicamente de comunisto-afganoide.¡A mí! Y a partir de ahí ya cualquier cosa puede suceder, y pocas buenas.

¿Alguien sabe de algún otro país del mundo donde enfermos psicóticos se dediquen a escuchar discos al revés en busca de fragmentos satánicos? Creo que ya era un elocuente argumento para preocuparse pero no hicimos caso. Tan sólo nos reímos y les compadecimos. Hoy día sus hijos, o su misma comunidad son los que manejan el cotarro y deciden qué, quién, cuando, cómo y dónde se hacen, piensan y dicen las cosas en América.
Casi cada americano tiene su propia lista negra a la espera de poder pasar cuentas, y es dificil no estar en una de ellas. Así que mejor no estar en suelo yanki cuando se decidan a ejecutarlas.
América es un imperio que se hunde y en vez de obrar con inteligencia y agilidad de cintura, se decantan por el fanatismo casi por imposición, lo cual no es complicado si nos atenemos a los coeficientes intelectuales de la mayoría. Se revuelven como gato panza arriba, y para mantener la tensión bélica que les enfrenta a todo el mundo, arman sin reparos hasta a los niños (existen preciosas ametralladoras tamaño infantil e incluso con empuñaduras diseñadas para uso exclusivos de las niñas). ¡Cuidado, hasta tu vecino puede ser el enemigo!
Resumiendo, que están enfermos. Y resulta reconfortante volver a casa y darse cuenta que aunque lo intentaron, no lo consiguieron. Que casi nos contagian la "mieditis" pero que se reaccionó a tiempo. Que ya nos gusta su ropa deportiva, música y refrescos, pero que sus fantasmas no los queremos.Que aquí hay sol, playa, y sobre todo buena comida.
No obstante... resulta alarmante la frecuencia con la que, por un "quítame de allá esas pajas" se saca un arma de fuego en este nuestro país. Bueno, siempre se aprende antes lo malo. ¡Mientras no llegue lo peor !

Creo que como vuelta al blog me ha salido con sabor a debacle, pero no es para alarmarse. Con no ir allí.