No
La extraña tarde acabó en una noche llena de desilusión y tristeza. En el sofá, sin apenas poder moverse, lloraba desconsoladamente. ¿Sabía por qué o ni siquiera lo sabía? Creía intuir que se trataba del final del verano, de ese momento en que alguien pasa una mano por unos ojos desgastados y los cierra con llave, y para siempre. Las necesidades. Las afinidades. El empeño. La nostalgia. La soledad. La delicadeza. El sacrificio. La bruma.
Empeñada en que la siguiera a todas partes, se dio cuenta en aquel preciso momento en que realmente no tenía nada. Ni pies ni cabeza. Todo indicaba a que cada minuto de la noche el estado anímico se mimetizaría con cada una de las secuencias de la llamarada-película, "El cielo protector". Escalofríos y sudores helados, la manta que tapa y no abriga, diversos objetos tirados alrededor cuyo propósito es demonizar la escena. Un móvil sin respuesta, un mensaje sin tambor, en la lejanía.
También he recordado los días en que me despertaba a las siete de la tarde un veintiantos de agosto, en el pueblo, hipnotizada por el sonido envolvente y llamativo de la plaza de toros, la gente jaleando, el sol de costado, oscureciendo pero todavía con ciertas láminas de sol. Se colaba por todas partes el aire asfixiado y mortecino de esas tardes en que no había habido día, en que no había hecho nada más que dormir y dormitar, soñar con que no estaba donde estaba, y luego venía la ducha, en la que me recordaba en mi casa, en mi casa, por las noches, antes de irme a dormir, arropada, cálida, warm...
La soledad pasa por esta grave noche, una canallada vivaz, una falsa noche en que nada sale como debería, la soledad... E iba a escribir, la soledad, tú y yo, siendo paradójicamente absurdo.
No, no voy a pedírtelo más.
Empeñada en que la siguiera a todas partes, se dio cuenta en aquel preciso momento en que realmente no tenía nada. Ni pies ni cabeza. Todo indicaba a que cada minuto de la noche el estado anímico se mimetizaría con cada una de las secuencias de la llamarada-película, "El cielo protector". Escalofríos y sudores helados, la manta que tapa y no abriga, diversos objetos tirados alrededor cuyo propósito es demonizar la escena. Un móvil sin respuesta, un mensaje sin tambor, en la lejanía.
También he recordado los días en que me despertaba a las siete de la tarde un veintiantos de agosto, en el pueblo, hipnotizada por el sonido envolvente y llamativo de la plaza de toros, la gente jaleando, el sol de costado, oscureciendo pero todavía con ciertas láminas de sol. Se colaba por todas partes el aire asfixiado y mortecino de esas tardes en que no había habido día, en que no había hecho nada más que dormir y dormitar, soñar con que no estaba donde estaba, y luego venía la ducha, en la que me recordaba en mi casa, en mi casa, por las noches, antes de irme a dormir, arropada, cálida, warm...
La soledad pasa por esta grave noche, una canallada vivaz, una falsa noche en que nada sale como debería, la soledad... E iba a escribir, la soledad, tú y yo, siendo paradójicamente absurdo.
No, no voy a pedírtelo más.





