Vivir por crear
Me despedí de esto cuando todo, digamos, empezó a marchar. Es una pena que la felicidad asome cuando la literatura se esconde. Me preguntó qué ocurre antes: ¿se deja de sentir el impulso literario, la llamada de las letras, cuando se comienza a ser feliz o es al contrario? Yo siempre habría asegurado que es así, pero también creo que cuando la literatura propia flojea, uno se interesa más por otra clase de artes.
Aquí estoy, después de la experiencia (a posteriori). Muchas cosas me han ocurrido desde que embadurnaba las hojas del blog varias veces al día, cuando acudía sin dilación a la llamada del pensamiento antes de comer, de la idea durante el postre, de las bombillas encendidas justo antes de dormir. Y es que todo ha cambiado radicalmente desde entonces.
Para empezar, ya no vivo en aquella casa, es decir, en la mía, en la que viví mi primer día y el último de la primera María. Si continuamos haciendo recuento sobre en quiénes hemos devenido, hay que decir que la profesión para la que fui instruida está olvidada. Más que olvidada: es un completo desinterés, actualmente. También se han obrado cambios en mis gustos cinematográficos y musicales... Y algunos golpes de suerte y otras rachas de muy mala fortuna se han cruzado en mi vida en los últimos tiempos. El resultado es que todo ha dejado de ser como era antes, como cuando el llanto me hacía lamentarme más pero tal vez me provocaba otra perspectiva de las circunstancias: por mis venas y mis mejillas corría la melancolía, en relación directa con las teclas del ordenador y la producción de textos.
Dicen que debería escribir cuentos para adultos. Ideas chispeantes de esas que hablan de niñas con cuellos largos y sueños de caramelo, nubes a punto de llover y metáforas extrañas que salpican todo el relato. Yo no confío en que sea eso, precisamente, lo que puede dárseme bien.
Yo he dejado de crear para vivir. He elegido la experiencia de la vida, de compartir, de la entrega. Y se me ha olvidado escribir para mí misma, dedicarme a la insoportable levedad del ser.
¿Cuánto tiempo durará?
Aquí estoy, después de la experiencia (a posteriori). Muchas cosas me han ocurrido desde que embadurnaba las hojas del blog varias veces al día, cuando acudía sin dilación a la llamada del pensamiento antes de comer, de la idea durante el postre, de las bombillas encendidas justo antes de dormir. Y es que todo ha cambiado radicalmente desde entonces.
Para empezar, ya no vivo en aquella casa, es decir, en la mía, en la que viví mi primer día y el último de la primera María. Si continuamos haciendo recuento sobre en quiénes hemos devenido, hay que decir que la profesión para la que fui instruida está olvidada. Más que olvidada: es un completo desinterés, actualmente. También se han obrado cambios en mis gustos cinematográficos y musicales... Y algunos golpes de suerte y otras rachas de muy mala fortuna se han cruzado en mi vida en los últimos tiempos. El resultado es que todo ha dejado de ser como era antes, como cuando el llanto me hacía lamentarme más pero tal vez me provocaba otra perspectiva de las circunstancias: por mis venas y mis mejillas corría la melancolía, en relación directa con las teclas del ordenador y la producción de textos.
Dicen que debería escribir cuentos para adultos. Ideas chispeantes de esas que hablan de niñas con cuellos largos y sueños de caramelo, nubes a punto de llover y metáforas extrañas que salpican todo el relato. Yo no confío en que sea eso, precisamente, lo que puede dárseme bien.
Yo he dejado de crear para vivir. He elegido la experiencia de la vida, de compartir, de la entrega. Y se me ha olvidado escribir para mí misma, dedicarme a la insoportable levedad del ser.
¿Cuánto tiempo durará?





