Los subtes del dolor
"Como solicitaba César González Ruano, pintó siempre el mismo cuadro, monotemático, obsesivo. Fue la protagonista de sus lienzos, donde indagaba en los subterráneos del dolor. Fascina porque, en igual medida, vivió un amor terrible con Diego y folló con quien quiso, atrapada por el machismo, ambiental y propio, y una personalidad mercurial".
Leído, no sé dónde, sobre Frida Khalo
Leído, no sé dónde, sobre Frida Khalo
Mentiroso mentiroso
Esto sí que es un hallazgo científico: he descubierto que la estrategia del PP tiene nombre, metodología y está empíricamente probada. Se trata del "método de la tenacidad", que consiste en continuar creyendo en una proposición simplemente porque siempre hemos creído en ella, "aislándonos de las opiniones o creencias contrarias a las que siempre hemos sostenido". Bueno, esto es lo que hace el Partido Popular desde tiempos inmemoriales: crear una verdad e insistir en ella, no rectificar, no plantearse un hálito de duda, nada. Arrasar con la mentira como si fuera la verdad absoluta e inamovible.
La desfachatez aristotélica
"Aristóteles llegó a afirmar que 'la utilidad de los animales domesticados y la de los esclavos son más o menos del mismo género. Unos y otros nos ayudan con el auxilio de sus fuerzas corporales a satisfacer las necesidades de nuestra existencia. La naturaleza misma lo quiere así, puesto que hace a los cuerpos libres diferentes de los esclavos, dando a estos el vigor necesario para las obras penosas de la sociedad, y haciendo, por el contrario, a los primeros incapaces de doblar su erguido cuerpo para dedicarse a trabajos duros y destinándolos solamente a las funciones de la vida civil, repartida para ellos entre las ocupaciones de la guerra y las de la paz".
La explicación sociológica, José Féliz Tezanos
La explicación sociológica, José Féliz Tezanos
El contrato
Durante el tiempo que pases aquí, dijo alargándome un manuscrito envuelto en una hilera de anillas, deberás someterte a las reglas de esta casa. Tienes que disfrutar lo justo y sufrir lo convenido. No puedes salir siempre que quieras y has de sentir la pulsión de la calle de un modo irreparable. Sin embargo, cuantos más deseos tengas de salir, menos probabilidades tendrás de encontrártelo. Los viejos lo decían. ¿Sabes lo que decían los viejos? Que uno no se topa con ello así como así. Suele ocurrir cuando menos te lo esperas. Cuanto más fortuito sea, más lo vas a sentir. Es un sentimiento visceral, hondo, profundo. Es algo que si no has experimentado antes, no podrás nunca saber lo que es. Ahí reside la esencia del hecho, la magia del asunto. Por otra parte, tampoco puedes hacer lo que se te venga en gana. Aquí todos nos regimos por una serie de normas, democráticas o no, que nos constituyen. Nos vestimos, por ejemplo. Dejamos salir antes de entrar; al menos, habitualmente. Pagamos al contado en las tiendas. Bebemos a cada rato porque el cuerpo lo necesita, comemos unas cinco veces al día; bueno, eso aquí. En otras partes se come menos, o nunca, pero ese no será un problema para ti. Estas en esta parte, es bastante más justo aquí. No puedes hacer uso de tu fuerza física, tampoco en exceso de tus aproximaciones intelectuales: recuerda que tienes superiores que deben decidir por ti, que puedes sugerir y proponer, pero no imponer, de eso ya se encargan otras personas. En algunas partes conviven determinados animales domésticos con las personas; no es siempre muy común, pero aquí sí. Debes respetar también sus vidas. Sus presencias, y acostumbrarte a ellas. Y, en cuanto a la idiosincrasia de este lugar, gustos y cultura, bueno, te daré unos datos a grandes rasgos. Nos regimos por el bien y el mal, y hay más o menos una idea clara en todas las personas de lo que se debe o no se debe hacer. Hay que mirar por uno mismo: esto está masivamente aceptado, no plantea diatribas. El egoísmo es un valor más, no una cualidad, pero sí un índice claro de supervivencia. Tampoco está reñido con la solidaridad, eh: eso es otra cosa. Se reserva para el euro del músico del metro, para una pizca de tu nómina hacia alguna ONG, para acallar el alma cuando grita. Se es generoso con los amigos: lo contrario no está bien visto. Ah, ese es otro punto importante: lo bien visto está más o menos asociado con el bien, el bien común y el propio, vamos, con hacer el bien. Lo mal visto, lo que perturba o inquieta, no se debe hacer, es lo malo. Luego hay necesidades e instintos, supongo que de donde vienes también los conocéis. Aquí hay un doble discurso: por un lado, es bastante liberalizador; como mujer, te puedes rebelar libre e independiente, segura y agresiva. Eso es una ventaja. Sin embargo, las viejas tradiciones están en el subte: todo el mundo piensa determinadas cosas de determinadas mujeres, lo que está bien y lo que está mal. No se habla mucho de ello, se sabe, ya entiendes a qué me refiero, ¿no? De todas formas, aquí hay un capítulo más excelso en el que lo explicamos con los ejemplos oportunos, siempre dentro de las normas del decoro y la cortesía. En este lugar funcionan algunos clichés que facilitan el trabajo; la ironía está aceptada, la amabilidad no se derrocha pero conviene: familiarízate también con este concepto, el convenir, es importante para que sepas moverte, desenvolverte y conseguir una buena posición, la carrera no ha hecho más que empezar, la meritocracia está tajada por las influencias, los enchufes (ya sabes, en todas partes cuecen habas) y los saltos de caballo, tienes que ser listo y utilizar bien tus armas. Así saldrás adelante y conseguirás una buena posición, te respetarán y podrás reunir un dinero, porque, se me olvidaba, consumir está muy bien visto. Disfrutar de tu dinero, comprarte objetos de coleccionista, dejarte ver por determinados centros comerciales y de entretenimiento, hacerse con unos cuantos discos, libros, películas, explorar los restaurantes y los bares del lugar, conservar tus opiniones, exponerlas, tener algo que decir, un juicio, una valoración. Adquirir. Comprar. Presumir. Ser.
Asentí.
¿Lo has entendido todo?, preguntó mirando de reojo el reloj.
Asentí.
¿Lo has entendido todo?, preguntó mirando de reojo el reloj.
Luz azul
"Corrían calle abajo juntos, entendiéndolo todo del modo en que lo hacían aquellos primeros días, y que más tarde sería más triste y perceptivo y tenue. Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugar comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un '¡Ahhh!?".
En el camino, Jack Kerouac
En el camino, Jack Kerouac
¿Lo aceptamos como nueva columna del Stop?
Acústico/Cantautor
Alternativo
Blues
Dance
Drum & Bass
Electrónica
Emo
Experimental
Folk
Funk
Hardcore
Heavy
Hip Hop
Rap
Indie
Jazz
Latina/Mestiza/Flamenco
Metal
Pop
Pop Rock
Punk
R&B/Soul
Reggae/Ska
Rock
World
Clásica
New Age
Bop
Alternativo
Blues
Dance
Drum & Bass
Electrónica
Emo
Experimental
Folk
Funk
Hardcore
Heavy
Hip Hop
Rap
Indie
Jazz
Latina/Mestiza/Flamenco
Metal
Pop
Pop Rock
Punk
R&B/Soul
Reggae/Ska
Rock
World
Clásica
New Age
Bop
Quedamos a las diez
Maybe you could telephone
Maybe I could meet you in the morning
Call me if you're on your own
And maybe I could meet you in the morning
Maybe I could meet you in the morning
Call me if you're on your own
And maybe I could meet you in the morning
Amèlie
Y su capa de Rey Mago siniestro y japonés se dejaba posar, ligeramente, suavemente, levemente, sobre las escaleras descendentes del autobús. Y su mano, grande, fuerte, enorme, la recogía con delicadeza, cual Melania en "Lo que el viento se llevó". Y su pelo, largo, muy largo, negro azabache, liso ondulado, se hacía rebelde entre las moléculas del aire. Y sus ojos, verdes que te quiero verde, lanzaban destellos del bueno de la película con el caballo más lento de todos los que lo persiguen. Y su gesto de caballero ante los tornos de Moncloa. Y su frase al galope del paso de cebra: "Creo que él era más bueno que ella, pero ella es maravillosa". También él.
La vida invertebrada
¿Se cae bajo o se toca fondo? ¿Qué diferencia hay entre una y otra forma de decir lo mismo? Pues para mí cuando se toca fondo, también se cae bajo. El que cae se siente así.
Caída libre. Milagrosamente peligrosa. Columna vertebral desvertebrada, como España. Lanzamiento de suicida, nueva modalidad. Descenso en picado, qué divertido.
Estoy harta de utilizar el mismo término para el "reinicio". Hay que conjugar uno nuevo, ¿no te parece, Gómez-Torrego? Yo tengo ganas de inventar un nuevo léxico que sólo algunas personas sepan seguir. Quiero construir una ciudad desde cero. Inventar el paraíso adecuado (que no perfecto).
Al levantarme, la radio me revela realidades. Salgo de mi estupor. Dejo atrás la agonía con una llamada telefónica desde el otro lado del mundo (europeo). Un montón de rodajas de tomate fresco sobre la mesa, la olla a todo vapor. El motor de la vida toma posesión de la mía... Por fin (creo, me digo, me prometo, trato, me obstino en ello) voy a aproximarme a la verdad. Sólo hay que dejar de ser cobardes, que no es lo mismo que empezar a ser valientes.
Caída libre. Milagrosamente peligrosa. Columna vertebral desvertebrada, como España. Lanzamiento de suicida, nueva modalidad. Descenso en picado, qué divertido.
Estoy harta de utilizar el mismo término para el "reinicio". Hay que conjugar uno nuevo, ¿no te parece, Gómez-Torrego? Yo tengo ganas de inventar un nuevo léxico que sólo algunas personas sepan seguir. Quiero construir una ciudad desde cero. Inventar el paraíso adecuado (que no perfecto).
Al levantarme, la radio me revela realidades. Salgo de mi estupor. Dejo atrás la agonía con una llamada telefónica desde el otro lado del mundo (europeo). Un montón de rodajas de tomate fresco sobre la mesa, la olla a todo vapor. El motor de la vida toma posesión de la mía... Por fin (creo, me digo, me prometo, trato, me obstino en ello) voy a aproximarme a la verdad. Sólo hay que dejar de ser cobardes, que no es lo mismo que empezar a ser valientes.
En el camino
Hay una imagen que me viene de vez en cuando a la cabeza desde hace unos días y no sé por qué: aquella ocasión en que mis amigas y yo (las de la infancia; algunas son las de ahora también) regresamos a casa desde el "Lago" atravesando los campos de trigo que, por aquel entonces (creo que era pleno verano, o finales de verano) estaban muy crecidos. Nos llegaban por encima de las rodillas, tal vez hasta los muslos, y nos hacían cosquillas... Al principio la decisión se volvió muy agradable: el sol se desplomaba de forma vertical sobre nuestras nucas y nos acariciaba (a veces picaba, pero qué gusto). Sin embargo, a medida que transcurría nuestra torpe caminata entre las cañas de los cereales, entre las altas espigas de trigo, el viento empezó a soplar con cierta fuerza, colándose entre nuestras piernas. El cielo empezó asímismo a esconder su azul bajo una manta más oscura: las agujas del reloj eran acusadoras. Nosotras, en nuestro empeño por seguir entre las espigas, y hacer de aquello un sueño memorable, seguimos caminando, cada vez con menos habilidad y, en mi caso, a cada instante que pasaba con más temor hacia cualquier movimiento (habíamos especulado sobre conejos, pero el encapotamiento del cielo me hacía pensar en bichos de cualquier pelaje y tamaño, en Gregor Samsas hasta entonces desconocidos). Todo parecía indicar que aquello se estaba convirtiendo en una tortura hasta que, por fin, salimos de los maizales, de los campos de trigo, cereales, avena y cebada; dejándolos atrás, bajo un cielo color asturiano, recuperamos la sangre, el color en las mejillas, la alegría de vivir y seguir vivas, aunque parezca exagerado.
C.I.N.E.
Otras de las películas que he visto recientemente, y que me han gustado muchísimo, por su capacidad de emocionar, sugerir y decirlo todo con la nada de un fotograma (quién pudiera hacer lo mismo con las palabras que cada día encuentro más vacías) han sido "Ser y tener", "El sur" y "La vida secreta de las palabras". Haré una breve descripción-interpretación-evaluación de las tres, para que no se me olvide nunca su sabor de boca:
"Ser y tener", Jojo. De pequeña, una de las primeras imágenes que tengo de mí misma, es la de estar en el aula pintando sobre un folio en blanco mientras narraba al mismo tiempo cada una de las trazadas de los lápices de colores. Decía algo parecido a esto: "Y, ahora, viene la puertecita de la casa. Es por donde se entra y se sale, y tiene cristales porque si no es muy fea. Es roja, me gustan las casas con puertas rojas; las personas que viven en ella también piensan así...", y un sinfín de historias en torno a una simple puerta, un cerrojo, unos cristales o un rojo púrpura. Así, hasta que finalizaba la dichosa puerta, y comenzaba una serie de cavilaciones vagas y confusas (de niño pequeño) acerca de la chimenea, las verjas de la casa o las flores del jardín. Se me ocurre ahora pensar en si los hijos de nuestros hijos (o nuestros hijos, sin ir tan lejos), en lugar de casas bajas, solitarias, cuadradas y con tejados a cuatro aguas, grandes jardines y árboles, setas y animales a su alrededor, pintarán rascacielos sin zonas verdes y telefonillos en lugar de rayos de sol...
En resumen, "Ser y tener" le tiende la mano al espectador hacia su infancia, y también le lleva a pensar hondamente en la eduación y la dedicación de los maestros hacia sus alumnos. Su función padre-madre-abuela-instructor-tutor-amigo-exponente-ejemplo, y tantas otras cosas; la recreación documental de una clase, de una tarea, de una excursión o de una explicación cotidiana de la caligrafía de una "b"; la nostalgia hacia el pasado, hacia el futuro... Jojo y su dulzura, el maestro y su mirada-cimiento (yacimiento)... Y el ideal de convertirme en una profesora cuando contaba con diez años, y amaba las clases, aprender, y asistir a la escuela.
Como último apunte, también diré que fue sorprendente el descubrir que el documental había sido rodado en la región Cedeux, Clermont-Ferrand, donde mi abuela crió a mi madre, donde mi abuela radica sus mejores y más preciados recuerdos.
"El sur". Me ha parecido una película francamente hermosa pero también inquietante... Me ha asustado el pensar que todos podemos encerrar una doble vida que, aunque no sea llevada a la realidad, puede palpitar en la imaginación de cada cual, algo que se vuelve igual de peligroso. Mi padre no es doctor ni zahorí, sino taxista y "escritor", pero alberga la extrañeza del padre de Estrellita: es una persona a la que se puede atribuir la facultad de ver lo que está oculto, aunque sea debajo de la tierra (especialmente manantiales, con ayuda de un péndulo o varita). Mi madre también es una zahorí, en su segunda acepción, según la Salvat del 79: "Persona perspicaz y escudriñadora".

Adoro, asímismo, el personaje de la madre, Julia (profesora represaliada durante la Guerra Civil, esa es la etiqueta que viene en todas partes), representada por Lola Cardona, una mujer que respeta por encima de todo a su esposo, que lo deja hacer, experimentar, huir, escapar, sin preguntar, sin tan siquiera pronunciarse. Me duele que su hija, Estrellita, confiese al principio del filme que apenas sí recuerda a su madre cuando era una niña: la ve en las imágenes recurrentes de todas las madres, cosiendo, limpiando, recogiendo, barnizando muebles, arreglando cosas, enseñándola a leer, pasando todo su tiempo junto a ella. ¿No es acaso injusto que se recuerde más al padre que a la madre, cuando esta dedica toda su vida a sus hijos? Pero, en mi caso personal, también puedo acordarme con mayor exactitud de todos los momentos que viví al lado de mi padre, desde la excursión al rastro a por cadenas y ruedas para las bicis, hasta las veces que fuimos a la piscina o que llegaba a las cinco y media de la tarde para nadar con nosotras, cuando mi madre llevaba todo el día allí, cuidando de las pequeñas, dándoles de comer el bocadillo y trayéndoles agua de la ducha. Fría y fresca.
En cuanto a "La vida secreta de las palabras", reproduzco lo que dice en el reverso del estuche: "La película va a seguir dentro, muy dentro, de quienes la vean, escuchan o sientan". Así es. Difícil de olvidar, difícil de comprender, difícil de situar. ¿Dónde transcurre? ¿Quién es ella? ¿Qué relación enigmática tiene con la que dice ser su consejera por dos años y que vive en Copenhague? ¿Por qué escucha todas las noches sus mensajes sin contestarlos? ¿Por qué no abre sus cartas? No quiere ser ayudada, eso está claro. No quiere compasión, quiere sufrir, porque sobrevivió y no así sus amigos, sus iguales, cientos de mujeres que dejaron de resistir. Pero... surgen muchos "peros". Por encima de todo: el personaje de Javier Cámara, su inglés español, su acento increíble, sus platos al queso y su desparpajo habitual. Por encima de todo: Tim Robbins y el oceanógrafo. "Pensaba que ya no quedaban personas como usted", le dice Hanna al científico, y éste, que ha arrojado su vida por la borda, tiene los ojos llenos de olas. Pero en esta ocasión no sabe cómo medirlas, le falla la técnica, sus matemáticas, esa herramientas invencibles.
"Ser y tener", Jojo. De pequeña, una de las primeras imágenes que tengo de mí misma, es la de estar en el aula pintando sobre un folio en blanco mientras narraba al mismo tiempo cada una de las trazadas de los lápices de colores. Decía algo parecido a esto: "Y, ahora, viene la puertecita de la casa. Es por donde se entra y se sale, y tiene cristales porque si no es muy fea. Es roja, me gustan las casas con puertas rojas; las personas que viven en ella también piensan así...", y un sinfín de historias en torno a una simple puerta, un cerrojo, unos cristales o un rojo púrpura. Así, hasta que finalizaba la dichosa puerta, y comenzaba una serie de cavilaciones vagas y confusas (de niño pequeño) acerca de la chimenea, las verjas de la casa o las flores del jardín. Se me ocurre ahora pensar en si los hijos de nuestros hijos (o nuestros hijos, sin ir tan lejos), en lugar de casas bajas, solitarias, cuadradas y con tejados a cuatro aguas, grandes jardines y árboles, setas y animales a su alrededor, pintarán rascacielos sin zonas verdes y telefonillos en lugar de rayos de sol...
En resumen, "Ser y tener" le tiende la mano al espectador hacia su infancia, y también le lleva a pensar hondamente en la eduación y la dedicación de los maestros hacia sus alumnos. Su función padre-madre-abuela-instructor-tutor-amigo-exponente-ejemplo, y tantas otras cosas; la recreación documental de una clase, de una tarea, de una excursión o de una explicación cotidiana de la caligrafía de una "b"; la nostalgia hacia el pasado, hacia el futuro... Jojo y su dulzura, el maestro y su mirada-cimiento (yacimiento)... Y el ideal de convertirme en una profesora cuando contaba con diez años, y amaba las clases, aprender, y asistir a la escuela.
Como último apunte, también diré que fue sorprendente el descubrir que el documental había sido rodado en la región Cedeux, Clermont-Ferrand, donde mi abuela crió a mi madre, donde mi abuela radica sus mejores y más preciados recuerdos.
"El sur". Me ha parecido una película francamente hermosa pero también inquietante... Me ha asustado el pensar que todos podemos encerrar una doble vida que, aunque no sea llevada a la realidad, puede palpitar en la imaginación de cada cual, algo que se vuelve igual de peligroso. Mi padre no es doctor ni zahorí, sino taxista y "escritor", pero alberga la extrañeza del padre de Estrellita: es una persona a la que se puede atribuir la facultad de ver lo que está oculto, aunque sea debajo de la tierra (especialmente manantiales, con ayuda de un péndulo o varita). Mi madre también es una zahorí, en su segunda acepción, según la Salvat del 79: "Persona perspicaz y escudriñadora".

Adoro, asímismo, el personaje de la madre, Julia (profesora represaliada durante la Guerra Civil, esa es la etiqueta que viene en todas partes), representada por Lola Cardona, una mujer que respeta por encima de todo a su esposo, que lo deja hacer, experimentar, huir, escapar, sin preguntar, sin tan siquiera pronunciarse. Me duele que su hija, Estrellita, confiese al principio del filme que apenas sí recuerda a su madre cuando era una niña: la ve en las imágenes recurrentes de todas las madres, cosiendo, limpiando, recogiendo, barnizando muebles, arreglando cosas, enseñándola a leer, pasando todo su tiempo junto a ella. ¿No es acaso injusto que se recuerde más al padre que a la madre, cuando esta dedica toda su vida a sus hijos? Pero, en mi caso personal, también puedo acordarme con mayor exactitud de todos los momentos que viví al lado de mi padre, desde la excursión al rastro a por cadenas y ruedas para las bicis, hasta las veces que fuimos a la piscina o que llegaba a las cinco y media de la tarde para nadar con nosotras, cuando mi madre llevaba todo el día allí, cuidando de las pequeñas, dándoles de comer el bocadillo y trayéndoles agua de la ducha. Fría y fresca.
En cuanto a "La vida secreta de las palabras", reproduzco lo que dice en el reverso del estuche: "La película va a seguir dentro, muy dentro, de quienes la vean, escuchan o sientan". Así es. Difícil de olvidar, difícil de comprender, difícil de situar. ¿Dónde transcurre? ¿Quién es ella? ¿Qué relación enigmática tiene con la que dice ser su consejera por dos años y que vive en Copenhague? ¿Por qué escucha todas las noches sus mensajes sin contestarlos? ¿Por qué no abre sus cartas? No quiere ser ayudada, eso está claro. No quiere compasión, quiere sufrir, porque sobrevivió y no así sus amigos, sus iguales, cientos de mujeres que dejaron de resistir. Pero... surgen muchos "peros". Por encima de todo: el personaje de Javier Cámara, su inglés español, su acento increíble, sus platos al queso y su desparpajo habitual. Por encima de todo: Tim Robbins y el oceanógrafo. "Pensaba que ya no quedaban personas como usted", le dice Hanna al científico, y éste, que ha arrojado su vida por la borda, tiene los ojos llenos de olas. Pero en esta ocasión no sabe cómo medirlas, le falla la técnica, sus matemáticas, esa herramientas invencibles.
El Doctor Zhivago: el peliculón
Sí, ¿por qué no? Me ha gustado la idea de designar la cinta de David Lean como "el peliculón". En cierto modo, es solo eso, pero también es todo eso. Un peliculón con mayúsculas: una historia muy bien contada, una narración perfecta, una imagen de tres horas inolvidables. Desde que era bien pequeña quería ver esta película. En mi casa existe una cierta adoración hacia Omar Sharif, algo que no comprendo demasiado bien pues, leyendo artículos sobre sus aptitudes interpretativas, descubro que el actor era más bien mediocre. Sin embargo, pese a que la fuerza del filme se encuentre, según dicen los expertos, en la personalidad sobrenatural de Julie Christie, a mí me parece que Sharif está a la altura de sus posibilidades, e incluso por encima de ellas. Me gusta su mirada, me la creo, lo creo absolutamente: su vivacidad, su desdén, su ironía, su ingenuidad. Por otra parte también lo admiro, tal vez más por el hecho de que Geraldine Chaplin (Tonya, en la película) sea su sombra y su luz, sea su talle y su figura. De que lo quiera con locura, y lo entienda con devoción, de que permita que él se entregue a los brazos de otra mujer, de que conniva con ello sin rasgarse las vestiduras, ni pedir explicaciones, ni montar escándalos o armar escenas. Es una de las mujeres más dignas de ficción que he visto jamás (tan a la altura como la esposa del médico zahorí de "El Sur"), una a la que me gustaría parecerme.
De "Doctor Zhivago" se me han quedado grabadas muchas escenas, y muchas conversaciones. Su nombre, Yuri; su piel morena, pero seca como la nieve cuando pasa meses entre las tropas; las escenas que se omiten pero se infieren de algún modo. Y, sobre todo, la imagen que crea de la Unión Soviética sin contar con un sólo plano grabado realmente en la inmensidad siberiana, ya que el filme, debido a los múltiples problemas que registró, se rodó aquí mismo, en España, en las explanadas sorianas y demás regiones vecinas. Me encanta todo cuanto expresa Strelnikov, no por su significado, sino por su locura; es tan arriesgado lo que cree, está tan manipulado y es tan kamikace que da miedo, que hace temblar; ¿se retrata bien o es una exageración?
Strelnikov es revolución. No es hombre, deja de serlo cuando los bolcheviques se hacen con la nación: "Sentimentalismo, intromisión, fantasía, lo absurdamente personal... Todo esto resulta trivial ahora. Ya no existe esto en Rusia. La historia lo ha matado". Y aún dice mucho más: "La vida privada ha muerto para cualquier hombre que no sea de verdad". Es inquietante, es aterrador, y ahora sabemos que no mereció la pena, que fue equivocado pero, ¿no sería apasionante sentir algo -un deber, una causa, veinte motivos- de forma tan fuerte, tan coyuntural a uno mismo, que sea capaz de arrojarlo todo, de dejarlo todo por la lucha más exacerbada? Este sentimiento, fallido por otra parte, está muy bien representado en el filme.
Me gustan los personajes cínicos y realistas, pero que saben adaptarse a todo y que no les duele la miseria. El que dice, con sorna, por dos veces: "Voy a encender la última mitad del último cigarro que hay en Moscú". Y, poco antes, cuando la ciudad está al borde del colapso: "Ojalá decidieran, de una vez y para siempre, qué pandillas de granujas constituyen el gobierno de este país", una frase aplicable a muchas democracias no liberales que se erigen cada día en el mundo, aunque no me hace falta ir tan lejos para encontrarle significado y espejo a dicha sentencia.
Larissa en las cartas, Lara en la voz de Zhivago (el tema de Lara, que tantas veces mi madre ha citado en casa); los rusos, su indestructibilidad ("rasca un poco a un ruso y encontrarás a un campesino" o "nadie ama la poesía tanto como un ruso"); Yuri ("Esa no soy yo, Yuri, eres tú", llegó a decirle Lara después de leer los poemas que éste componía para ella), su fortaleza ("las paredes de su corazón eran como de papel"); la perfidia de Streknikov ("Dejadlo marchar, es inocente"); el sentimiento brutal de supervivencia ("Vivir, nada más", la campesina de Varíkino que se lanza al tren en marcha, con un niño muerto en sus brazos como reclamo); las injusticias del poder ("La norma es suya, el pueblo es de ellos"), la última hora, el último aliento ("Y si nuestros días están realmente contados, será mejor que los vivamos antes de que nos separen"); la radiografía de la sociedad rusa (la materia obligatoria en las escuelas: "IC", es decir, Instrucción Cívica, como el cuaderno que nos encontramos en La Habana); el loco sin escrúpulos, el corrupto sin corazón, el desnutrido a base de manjares y delicias de gourmet (capaz de escupirle a Yuri: "prejuicios de un espíritu selecto" y de gritarle a todos: "¿Creéis que sois inmaculados? ¡No sois inmaculados! ¡Todos somos del mismo barro...!); el triángulo de amor (¿a quién quiere más, a Tonya o a Lara? ¿a quién desea más? ¿a quién extraña más? ¿en quién se refugia mejor?)...
Es una película inspiradora. Tiene esa capacidad de envolvimiento, ese efecto túnel, no sé cómo llamarlo. Así, sostuve con mi abuela esta conversación, mientras la cámara hacía bajo-relieves de los paisajes nevados:
-Hasta las flores se han puesto mustias.
-Lloran.
-Sí.
-Mira, se caen las hojas.
-Como lágrimas.
De "Doctor Zhivago" se me han quedado grabadas muchas escenas, y muchas conversaciones. Su nombre, Yuri; su piel morena, pero seca como la nieve cuando pasa meses entre las tropas; las escenas que se omiten pero se infieren de algún modo. Y, sobre todo, la imagen que crea de la Unión Soviética sin contar con un sólo plano grabado realmente en la inmensidad siberiana, ya que el filme, debido a los múltiples problemas que registró, se rodó aquí mismo, en España, en las explanadas sorianas y demás regiones vecinas. Me encanta todo cuanto expresa Strelnikov, no por su significado, sino por su locura; es tan arriesgado lo que cree, está tan manipulado y es tan kamikace que da miedo, que hace temblar; ¿se retrata bien o es una exageración?
Strelnikov es revolución. No es hombre, deja de serlo cuando los bolcheviques se hacen con la nación: "Sentimentalismo, intromisión, fantasía, lo absurdamente personal... Todo esto resulta trivial ahora. Ya no existe esto en Rusia. La historia lo ha matado". Y aún dice mucho más: "La vida privada ha muerto para cualquier hombre que no sea de verdad". Es inquietante, es aterrador, y ahora sabemos que no mereció la pena, que fue equivocado pero, ¿no sería apasionante sentir algo -un deber, una causa, veinte motivos- de forma tan fuerte, tan coyuntural a uno mismo, que sea capaz de arrojarlo todo, de dejarlo todo por la lucha más exacerbada? Este sentimiento, fallido por otra parte, está muy bien representado en el filme.
Me gustan los personajes cínicos y realistas, pero que saben adaptarse a todo y que no les duele la miseria. El que dice, con sorna, por dos veces: "Voy a encender la última mitad del último cigarro que hay en Moscú". Y, poco antes, cuando la ciudad está al borde del colapso: "Ojalá decidieran, de una vez y para siempre, qué pandillas de granujas constituyen el gobierno de este país", una frase aplicable a muchas democracias no liberales que se erigen cada día en el mundo, aunque no me hace falta ir tan lejos para encontrarle significado y espejo a dicha sentencia.
Larissa en las cartas, Lara en la voz de Zhivago (el tema de Lara, que tantas veces mi madre ha citado en casa); los rusos, su indestructibilidad ("rasca un poco a un ruso y encontrarás a un campesino" o "nadie ama la poesía tanto como un ruso"); Yuri ("Esa no soy yo, Yuri, eres tú", llegó a decirle Lara después de leer los poemas que éste componía para ella), su fortaleza ("las paredes de su corazón eran como de papel"); la perfidia de Streknikov ("Dejadlo marchar, es inocente"); el sentimiento brutal de supervivencia ("Vivir, nada más", la campesina de Varíkino que se lanza al tren en marcha, con un niño muerto en sus brazos como reclamo); las injusticias del poder ("La norma es suya, el pueblo es de ellos"), la última hora, el último aliento ("Y si nuestros días están realmente contados, será mejor que los vivamos antes de que nos separen"); la radiografía de la sociedad rusa (la materia obligatoria en las escuelas: "IC", es decir, Instrucción Cívica, como el cuaderno que nos encontramos en La Habana); el loco sin escrúpulos, el corrupto sin corazón, el desnutrido a base de manjares y delicias de gourmet (capaz de escupirle a Yuri: "prejuicios de un espíritu selecto" y de gritarle a todos: "¿Creéis que sois inmaculados? ¡No sois inmaculados! ¡Todos somos del mismo barro...!); el triángulo de amor (¿a quién quiere más, a Tonya o a Lara? ¿a quién desea más? ¿a quién extraña más? ¿en quién se refugia mejor?)...
Es una película inspiradora. Tiene esa capacidad de envolvimiento, ese efecto túnel, no sé cómo llamarlo. Así, sostuve con mi abuela esta conversación, mientras la cámara hacía bajo-relieves de los paisajes nevados:
-Hasta las flores se han puesto mustias.
-Lloran.
-Sí.
-Mira, se caen las hojas.
-Como lágrimas.
La democratización del cine
Están siendo semanas de cine. Léase no en el sentido metafórico de la frase, sino en el literal: no están siendo en absoluto semanas de película, sino de películas (en plural). Desde que he descubierto el préstamo desinteresado y gratuito de cintas en la biblioteca (cuyo espectacular funcionamiento -y también variedad de filmes- me ha sorprendido gratamente), estoy muy contenta. Siempre había querido ver un par de películas o más por semana (parece poco pero no lo es tanto: el ritmo de vida que llevamos a diario impide que tengamos tiempo o ganas de ver una cinta cada noche), pero nunca lo había hecho. Sí en una etapa: cuando estaba en Inglaterra, pero nunca más. Ahora, por fin, me estoy dando el lujo de ver cada fin de semana un par de filmes, analizarlos incluso. Tragarme los extras y las entrevistas adicionales, leerme los libretos que los acompañan. ¿Aprendo o sólo disfruto? Aunque la razón verdadera que me empuja a visualizar más y más cine (más cine, por favor) es aprender, sobre todo eso, he de decir que también estoy disfrutando mucho. De las voces inglesas, de las versiones originales, de las cintas que no me había atrevido a alquilar antes por desconocimiento o la mera sospecha de que a lo mejor era un fraude. Ahora descubro que casi nunca lo es: el mal cine también es necesario. Ayuda a formar el filtro del que hablaba Vidal Estévez... Aquel filósofo que nos enseñó a apreciar los finales contados de las películas, a querer saberlo todo antes de verla, pues el cine, según decía, no se debe ver como sorpresa o entretenimiento, sino como análisis. Interiorización, aprendizaje, mejora. Un millón de cosas.
El nacimiento de un nuevo género
En cierto modo, este mensaje recibido el 30 de marzo de 2008 (la semana pasada) me ha llevado a pensar que el móvil es un medio por el que se puede dar cualquier tipo de noticia. No sé si me gusta la idea, pero ha sido uno de los sms más hermosos que he recibido hasta la fecha: "3620 g. 50 cm. Pelo castaño y buen color de piel. Ahora duerme y espero que nosotros pronto xq estamos agotados, sobre todo m. que ha sentido bastante dolor a pesar de la epid". También me sorprendió pensar, después de releerlo, y leérselo a mi madre por teléfono, que el remitente (es decir, su padre) podría haberse ahorrado caracteres sustituyendo "a pesar de" por "pese a", más rápido y de igual significado.
Dios mío, lo que hace vender Porsches por sms al 1010.
Dios mío, lo que hace vender Porsches por sms al 1010.
La hosca sinceridad
Me gusta pensar en que es la pestaña cana, absolutamente blanca y más fuerte que sus compañeras negras, la que hace que sea un rebelde. Él afirma que se la arranca periódicamente, pero de nada sirve: vuelve a salir. Una y otra vez. Siempre. Está arraigada a su ser.
Me gusta pensar en que es la pestaña cana la que hace que diga cosas como ésta, verdades que todo el mundo conoce pero que no se dicen, asuntos que a mí me gustaría que no existieran, pero que son de este modo y nada puede cambiarlos.
-¿Tú crees que a él le gusta ella?
-No.
-¿Por qué?
-Porque esas cosas se notan, se ven, se palpan. Un polvo, como todo el mundo.
Me gusta pensar en que es la pestaña cana la que hace que diga cosas como ésta, verdades que todo el mundo conoce pero que no se dicen, asuntos que a mí me gustaría que no existieran, pero que son de este modo y nada puede cambiarlos.
-¿Tú crees que a él le gusta ella?
-No.
-¿Por qué?
-Porque esas cosas se notan, se ven, se palpan. Un polvo, como todo el mundo.
La cotidianeidad abrasadora II
Capítulo segundo: los desprovistos visuales. Corría hacia los Cines Verdi en la primera (y hasta ahora única) ocasión en que he estado. Sería a fin de cuentas una noche inolvidable: demasiado larga y con final feliz (momentáneo), pero con un final feliz después de haber pintado bastos en mi pecho (siempre en mi pecho, en ese espacio enorme entre el estómago y el diafragma, por poner un ejemplo, en el que he de decidir si estar bien o no estarlo, y sobre el que a veces los faroles juegan demasiado peso y me inclino sobre el estar mal, por poco sentido que tenga esto). En el metro, yo trataba de concentrarme en la lectura de un libro que he abandonado por unos meses (demasiado intenso) y subrayaba de vez en cuando frases lapidarias (del género gnómico: esto me lo enseñó el que después será conocido como "el turry", horrores de críos que despojan de sus verdaderos nombres a los maestros) que me gustaría recordar. O que me gustaría releer. De pronto, levanté la mirada y los vi.
Ella era Silvia (un personaje secundario de la serie "Muzzy", el monstruo verde que pretendía enseñarnos inglés): alta, muy delgada, rubia, con media melena lacia y brillante, manos largas, cuerpo esbelto. Ojos asimétricos: su desprovisión (para los puristas, sustitúyase por "carencia) era visual (como la de él, pero esto es adelantar acontecimientos) y muy notable. Tenía un ojo mucho más alto que el otro, veía sin paralelismos, de un modo inimaginable, incluso para los miopes y de altos ratios dióptricos como el mío.
El rasgo visual (o la discapacidad, no es por caer en eufemismos, lo aseguro) la proveía sin embargo de mucha personalidad. Mentiría si dijera que no la afeaba (sería lo mismo que negar que un occidental no encuentra diferente e interesante la apariencia de un oriental) pero arrojaba sobre ella un gran estigma de personalidad. Algo contradictorio, pero no por ello negativo.
Comía. A su lado, permanecía con ella un chico negro muy atractivo. Era muy guapo: tenía una piel muy oscura y fina, delicada; unas manos grandes y un cuerpo fuerte, fibroso. Después de mirarlo fijamente (y escribir: "A veces me gustaría ser transparente para que mis miradas inquisitivas no incomodaran a nadie. Es tan hermoso que se que jamás lo olvidaré"), me di cuenta, al rato, que él también estaba provisto de un problema visual. Podría decirse: él también estaba desprovisto de una cualidad visual. Desconozco la palabra médica para designarlo; digamos que no podía mantener quieta su mirada, no podía fijar los ojos en ninguna parte, unas pupilas que le bailaban en el corazón de la mirada.
Pero a ella la buscaba constantemente. Le agarraba el cuello largo y fino con las manos poderosas; la cogía por los hombros (muy delgados y estrechos) y la apretaba contra su pecho. Compartían la comida. Se abrazaban sin muchos arrumacos ni pretensiones. Con discreción y cariño.
Maravillada por la escena, por sus bellos rostros, fruto de lo que ha debido ser para ellos un horror en otros tiempos (tal vez lo siga siendo), no dejaba de mirarlos, con la sospecha de que me descubrirían, pero con la certeza de que me daba igual. Cuando debía bajarme para cambiar de línea, ellos también lo hicieron, por lo que pude observarlos caminar por el andén, subir y bajar las escaleras mecánicas, esperar pacientemente el próximo vagón, reír juntos. En un momento determinado, ya sentados en el nuevo coche, ella sacó un cepillo de su bolso diminuto. Se lo dio a él: "Debo estar despeinadísima", dijo. Y el lo tomó. Se agarraba a su cuello fino, se acercaba a su frente, la peinaba de forma muy hermosa. Sonreía.
Y yo me dije que, en contra de lo que creía Truffaut, el cine no es siempre más importante que la vida. No sé qué mereció más la pena: si la cinta proyectada en los Verdi, o el cortometraje en vivo.
Ella era Silvia (un personaje secundario de la serie "Muzzy", el monstruo verde que pretendía enseñarnos inglés): alta, muy delgada, rubia, con media melena lacia y brillante, manos largas, cuerpo esbelto. Ojos asimétricos: su desprovisión (para los puristas, sustitúyase por "carencia) era visual (como la de él, pero esto es adelantar acontecimientos) y muy notable. Tenía un ojo mucho más alto que el otro, veía sin paralelismos, de un modo inimaginable, incluso para los miopes y de altos ratios dióptricos como el mío.
El rasgo visual (o la discapacidad, no es por caer en eufemismos, lo aseguro) la proveía sin embargo de mucha personalidad. Mentiría si dijera que no la afeaba (sería lo mismo que negar que un occidental no encuentra diferente e interesante la apariencia de un oriental) pero arrojaba sobre ella un gran estigma de personalidad. Algo contradictorio, pero no por ello negativo.
Comía. A su lado, permanecía con ella un chico negro muy atractivo. Era muy guapo: tenía una piel muy oscura y fina, delicada; unas manos grandes y un cuerpo fuerte, fibroso. Después de mirarlo fijamente (y escribir: "A veces me gustaría ser transparente para que mis miradas inquisitivas no incomodaran a nadie. Es tan hermoso que se que jamás lo olvidaré"), me di cuenta, al rato, que él también estaba provisto de un problema visual. Podría decirse: él también estaba desprovisto de una cualidad visual. Desconozco la palabra médica para designarlo; digamos que no podía mantener quieta su mirada, no podía fijar los ojos en ninguna parte, unas pupilas que le bailaban en el corazón de la mirada.
Pero a ella la buscaba constantemente. Le agarraba el cuello largo y fino con las manos poderosas; la cogía por los hombros (muy delgados y estrechos) y la apretaba contra su pecho. Compartían la comida. Se abrazaban sin muchos arrumacos ni pretensiones. Con discreción y cariño.
Maravillada por la escena, por sus bellos rostros, fruto de lo que ha debido ser para ellos un horror en otros tiempos (tal vez lo siga siendo), no dejaba de mirarlos, con la sospecha de que me descubrirían, pero con la certeza de que me daba igual. Cuando debía bajarme para cambiar de línea, ellos también lo hicieron, por lo que pude observarlos caminar por el andén, subir y bajar las escaleras mecánicas, esperar pacientemente el próximo vagón, reír juntos. En un momento determinado, ya sentados en el nuevo coche, ella sacó un cepillo de su bolso diminuto. Se lo dio a él: "Debo estar despeinadísima", dijo. Y el lo tomó. Se agarraba a su cuello fino, se acercaba a su frente, la peinaba de forma muy hermosa. Sonreía.
Y yo me dije que, en contra de lo que creía Truffaut, el cine no es siempre más importante que la vida. No sé qué mereció más la pena: si la cinta proyectada en los Verdi, o el cortometraje en vivo.
La cotidianeidad abrasadora I
La discapacitada y el emigrante (esto parece una canción de Juanito Valderrama o el argumento para una radionovela que ha dejado de existir hace lustros). Sin embargo, es el capítulo uno.
Se encuentran en el autobús de la 513 a las ocho y media de la mañana. Pero a veces también en el 510. Ella tiene una clara disfunción física que la lleva a cojear fuertemente; él proviene de alguna parte del mundo que no es España. ¿Colombia, Perú, Ecuador? No lo tengo claro aún. Ella habla en voz muy alta, y es muy pizpireta. Tiene mucho volumen en el pelo, un pelo negro y muy fuerte, que debe peinarse con un cepillo de esos de "El perro del hortelano", de espejo en frente y sales frutales en un distinguido frasco de cristal. Tiene unos ojos verdes enormes, llenos de pintas más verdes aún que, al contacto con el sol, y sin exagerar lo más mínimo, refulgen. Se vuelven destelleantes, producen cierta impresión. Tiene un rostro cálido, unos ojos circulares muy grandes, unos labios finos rosados, las mejillas blancas pero con pinceladas de vida. Es alegre, muy alegre. Lo saluda efusivamente después de largo trabajo hasta el vientre del autobús, donde escoge ávidamente su sitio favorito.
Él le tiende la mano al bajar, pues son compañeros de morada. En la RENFE de San José de Valderas reposan sus pies (los desiguales de ella, los embotados de él). Se despiden después de una efusiva charla, de una simpática conversación a ojos vista y a voz en grito: se cruzan los buenos días; casi siempre se cuela un "no te había visto", también un "ya es lunes, de vuelta al tajo" y, por supuesto, el interés más desmedido por saber qué tal ha ido el fin de semana, qué tal irá la semana, cómo la encaran esta vez. Otra vez.
Él no tiene reparos en contarle al auditorio despechado (todos sin amigos y sin capacidad de concentración: quién fuera tan espontáneo y de buen humor como aquellos dos) lo que viene siendo su vida desde que arribó a Madrid: "Fíjate, he encontrado un trabajo mucho mejor que el otro. Por fin tengo papeles, después de dos años de vivir en la incertidumbre. Mi familia, toda mi familia está aquí, conmigo. Mira si que estoy contento". Ella le dice, alegre: "¿Y quién te dice a ti que no podrás encontrar un trabajo mejor, y todo?". Y tiene razón: él se la da, la mira atentamente. Se observan.
Él es pequeño, no llega a un metro setenta. Tiene una voz muy agradable, y una cadencia muy tranquilizadora. La trata con gran respeto: lo mejor es cuando se baja él primero y le tiende la mano a ella, a la que, si bien le ha costado bastante llegar hasta las tripas del bus, descender también es arduo. Aunque está muy acostumbrada, es muy hábil y se mueve con soltura, hasta diría que con seguridad. Él tiene la nariz chata, la piel morena, los ojos grandes y saltones. Suele llevar vaqueros anchos (muy probablemente de mercadillo, puedo reconocer esos pequeños detalles), deportivas barco (porque son enormes) y un abrigo bastante sencillo, sin piel vuelta ni estampado ni nada de nada, azul marengo.
Se despiden deseándose un buen día. "Que salgas prontito y puedas descansar".
Me parece muy bonito.
Se encuentran en el autobús de la 513 a las ocho y media de la mañana. Pero a veces también en el 510. Ella tiene una clara disfunción física que la lleva a cojear fuertemente; él proviene de alguna parte del mundo que no es España. ¿Colombia, Perú, Ecuador? No lo tengo claro aún. Ella habla en voz muy alta, y es muy pizpireta. Tiene mucho volumen en el pelo, un pelo negro y muy fuerte, que debe peinarse con un cepillo de esos de "El perro del hortelano", de espejo en frente y sales frutales en un distinguido frasco de cristal. Tiene unos ojos verdes enormes, llenos de pintas más verdes aún que, al contacto con el sol, y sin exagerar lo más mínimo, refulgen. Se vuelven destelleantes, producen cierta impresión. Tiene un rostro cálido, unos ojos circulares muy grandes, unos labios finos rosados, las mejillas blancas pero con pinceladas de vida. Es alegre, muy alegre. Lo saluda efusivamente después de largo trabajo hasta el vientre del autobús, donde escoge ávidamente su sitio favorito.
Él le tiende la mano al bajar, pues son compañeros de morada. En la RENFE de San José de Valderas reposan sus pies (los desiguales de ella, los embotados de él). Se despiden después de una efusiva charla, de una simpática conversación a ojos vista y a voz en grito: se cruzan los buenos días; casi siempre se cuela un "no te había visto", también un "ya es lunes, de vuelta al tajo" y, por supuesto, el interés más desmedido por saber qué tal ha ido el fin de semana, qué tal irá la semana, cómo la encaran esta vez. Otra vez.
Él no tiene reparos en contarle al auditorio despechado (todos sin amigos y sin capacidad de concentración: quién fuera tan espontáneo y de buen humor como aquellos dos) lo que viene siendo su vida desde que arribó a Madrid: "Fíjate, he encontrado un trabajo mucho mejor que el otro. Por fin tengo papeles, después de dos años de vivir en la incertidumbre. Mi familia, toda mi familia está aquí, conmigo. Mira si que estoy contento". Ella le dice, alegre: "¿Y quién te dice a ti que no podrás encontrar un trabajo mejor, y todo?". Y tiene razón: él se la da, la mira atentamente. Se observan.
Él es pequeño, no llega a un metro setenta. Tiene una voz muy agradable, y una cadencia muy tranquilizadora. La trata con gran respeto: lo mejor es cuando se baja él primero y le tiende la mano a ella, a la que, si bien le ha costado bastante llegar hasta las tripas del bus, descender también es arduo. Aunque está muy acostumbrada, es muy hábil y se mueve con soltura, hasta diría que con seguridad. Él tiene la nariz chata, la piel morena, los ojos grandes y saltones. Suele llevar vaqueros anchos (muy probablemente de mercadillo, puedo reconocer esos pequeños detalles), deportivas barco (porque son enormes) y un abrigo bastante sencillo, sin piel vuelta ni estampado ni nada de nada, azul marengo.
Se despiden deseándose un buen día. "Que salgas prontito y puedas descansar".
Me parece muy bonito.
Tierra tráganos
Él siempre dijo que ella tenía un modo distinto de ver el mundo. Le gustaba que ella le reconociera que él también lo tenía. Apuntaba, muy orgulloso de sí mismo, pero con un aire de disimulo muy mal fingido ("en lo esencial, siempre te he sido sincero", decía, se torturaba): "Sí, bueno, yo también soy así. Pero no la mayoría, los demás. No saben mirar, no miran, sólo ven, se distraen". En realidad, muchos años después, pensaría ella, ninguno de los dos estaba en lo cierto. Lo cierto es, sin embargo, esto otro: la post adolescencia es uno de los peores estados de ánimo que un ser humano puede sobrellevar. Eso es lo que ocurría. Bueno, él también lo decía de vez en cuando: "Eres tan joven, es que eres muy joven. En unos años...", y se quedaba callado, porque ya no sabía -o no podía, que no es lo mismo, pero es igual- completar la frase que había comenzado. Ella sabía que él tenía razón. Sabía que algún día todo pasaría de largo y sería lo que deseaba ser, un hecho del que no tenía la más remota idea. De momento se deshacía más que se construía: gusta decir aquello de que se deconstruía, ¿verdad? Utilizar el léxico del posmodernismo es toda una felicitación, por vano que esto parezca.
La clave del asunto es que ninguno de los dos era más extraordinario que el resto de las personas que los rodeaban. No ya su entorno (del que también pensaban que era lo menos ordinario del mundo), sino todas y cada una de las personas que con sus codos rozaban los suyos en el metro, que con sus miradas se cruzaban los buenos días en la panadería, que al entrar en la oficina decían "hola" y "qué hay" sin esperar nada a cambio. Ni la respuesta.
El hecho real es que todos somos únicos, del mismo modo que todos padecemos los mismos males. En los últimos tiempos la imagen de esas dos personas (el desgarbado, la pequeña, todos, da igual en realidad) se ha vuelto más insustancial. Se me ha olvidado, de igual modo que ellos se han olvidado de mí... Es una forma rala de simplificar: ojalá fuera tan fácil siempre. Cuando se pierde la objetividad... ¡cuán difícil es volver a encontrarla!
La clave del asunto es que ninguno de los dos era más extraordinario que el resto de las personas que los rodeaban. No ya su entorno (del que también pensaban que era lo menos ordinario del mundo), sino todas y cada una de las personas que con sus codos rozaban los suyos en el metro, que con sus miradas se cruzaban los buenos días en la panadería, que al entrar en la oficina decían "hola" y "qué hay" sin esperar nada a cambio. Ni la respuesta.
El hecho real es que todos somos únicos, del mismo modo que todos padecemos los mismos males. En los últimos tiempos la imagen de esas dos personas (el desgarbado, la pequeña, todos, da igual en realidad) se ha vuelto más insustancial. Se me ha olvidado, de igual modo que ellos se han olvidado de mí... Es una forma rala de simplificar: ojalá fuera tan fácil siempre. Cuando se pierde la objetividad... ¡cuán difícil es volver a encontrarla!
Sí vs. No
Cuando leo despego del mundo. Se trata de vivir una realidad aparente diferente y llena de inquietudes que sin el estímulo no tendrían ni por qué sobrevenir (ni sobrevivir). Por eso me gusta tanto leer, pero por esa misma razón, también es tan difícil leer. Cuesta trabajo, concentración, ganas, bienestar. Ahí es donde entra la teoría del bienestar, del estar bien para poder despegar. Todo es un círculo vicioso. Decir no cuando quieres decir sí, decir sí cuando quieres decir no (y todo lo que esto conlleva...). ¿Qué es más complicado? ¿Qué te hunde más en la desgracia? ¿Decir sí cuando dirías no o al contrario? En mi opinión, es más peligroso decir sí que no, aunque el no te lleve a renunciar muchas cosas. Pero el sí te envuelve en algo que, en principio, nada tenía que ver contigo, o que, simplemente, no querías realizar. Y realizar significa acción. Significa movimiento. Significa que siempre se recordará. Y, ¿qué puede ser peor que el recordar el resto de tus días algo que no se quería haber hecho pero que se perpetró? Supongo que es la peor tortura.
Dónde está el tiempo perdido
No es lo mismo separados.
No es posible separados.
Te busqué por los jardines
en los que nunca has estado
y aún sabiendo que no irías
y aún sabiendo que no estabas
te busqué por todas partes.
Te busqué por todos lados.
Te busqué por todos lados.
Dónde está el tiempo perdido.
Te seguiré hasta donde sea
Te seguiré hasta el fin del mundo
Pero prométeme primero
Que no dudas ni un segundo
que no dudas ni un segundo.
Yo no dudas ni un segundo
Ni un segundo
Ni un segundo
Ni un segundo
Ni un segundo
Ni un segundo
Ni un segundo
Ni un solo segundo.
Iván Ferreiro. Del disco "Mentiroso mentiroso"
No es posible separados.
Te busqué por los jardines
en los que nunca has estado
y aún sabiendo que no irías
y aún sabiendo que no estabas
te busqué por todas partes.
Te busqué por todos lados.
Te busqué por todos lados.
Dónde está el tiempo perdido.
Te seguiré hasta donde sea
Te seguiré hasta el fin del mundo
Pero prométeme primero
Que no dudas ni un segundo
que no dudas ni un segundo.
Yo no dudas ni un segundo
Ni un segundo
Ni un segundo
Ni un segundo
Ni un segundo
Ni un segundo
Ni un segundo
Ni un solo segundo.
Iván Ferreiro. Del disco "Mentiroso mentiroso"
Se peinaba a lo garçon
A veces imagino a las personas como coches fieros que se embisten. No estoy hablando de hacer el amor, sino de encuentros. Los encuentros de los seres humanos, de sus personalidades, las casualidades que conducen a un encuentro fortuito. O buscado, quién sabe. Hace un año conocí a una persona muy especial cuyo halo de significación siempre me concernirá. Se trataba de un periodista con el que aún sigo teniendo contacto, fuerte y libre, pero nervioso y débil. Sus 38 años no le avalaban en absoluto: nadie hubiera negado que parecía que tenía 20 aún, a juzgar por su apariencia pero también por su diálogo... Pese a todo lo que sabía, sobre lo que más le gustaba hablar era sobre su pasado angosto, las veces que estuvo a punto de perder la vida en un suicido involuntario, causado por la premisa del alcohol y el sofoco de la vida, la ruina, los amigos, la noche, el chance. Esa persona (su coche) se encontró con el mío en una redacción de un periódico, bajo la luz cetrina de las lámparas magnéticas (en el sentido de que nos imantaban al techo: no podíamos salir en horas) y los folios inmaculados (tal vez lo único que registraba ese adjetivo allí). Lo primero que hizo fue ordenarme: siempre en el mismo tono de voz, y rodeado de amabilidades y educación, pero órdenes. Órdenes tajantes y sencillas: "Ve a fotografía (¿sabes dónde está fotografía?) y pregúntales si esta foto da calidad suficiente para una imagen a cuatro columnas, por favor". E iba. Venía. "¿Puedes ir a archivo y pedir que te busquen una foto de este autor?". Siempre hubiera ido.
Recibía órdenes. A veces eran de otro tipo: "Un día te vienes a mi casa y te invito a cenar". "Ven conmigo a casa de Juan Carlos, me ayudas a llevar estas cajas y te traigo de vuelta". "¿Te bajas? Venga, que te llevo". Y no se hable más.
El hombre apesadumbrado por un recuerdo imborrable, Leo sobre Mardou, Gable sobre Scarlatta (la libertad fingida) se hacía espejo en él. Su Delia. Delia. Delia. Delia. Pelo a lo garçon, mirada lánguida, tristeza infinita, una mirada vida, unas manos de pianista, un cuello largo, un corazon azulado, unas plantas de pies grises. Esa era Delia. "Nunca me quiso, Delia. Nunca la entendí, a Delia. No, ya no lo echo de menos. A Delia le gustaba desconcertarme. No me quiso, Delia", balbucea un hombre lleno de inseguridad, un hombre que se confiesa tímido, un genio embotellado, un roedor de libros, una manta de cuadros cálida.
Ahora yo la conozco a ella. Y entiendo qué significó ella para él, cuánto amor destiló hacia una criatura salvaje, a la que no pudo dominar, ni siquiera calmar en una sola ocasión. Ni rendir, ni embriagar, ni seducir por más de un día. Ni enloquecer, que tal vez sea lo más grave de la situación.
Recibía órdenes. A veces eran de otro tipo: "Un día te vienes a mi casa y te invito a cenar". "Ven conmigo a casa de Juan Carlos, me ayudas a llevar estas cajas y te traigo de vuelta". "¿Te bajas? Venga, que te llevo". Y no se hable más.
El hombre apesadumbrado por un recuerdo imborrable, Leo sobre Mardou, Gable sobre Scarlatta (la libertad fingida) se hacía espejo en él. Su Delia. Delia. Delia. Delia. Pelo a lo garçon, mirada lánguida, tristeza infinita, una mirada vida, unas manos de pianista, un cuello largo, un corazon azulado, unas plantas de pies grises. Esa era Delia. "Nunca me quiso, Delia. Nunca la entendí, a Delia. No, ya no lo echo de menos. A Delia le gustaba desconcertarme. No me quiso, Delia", balbucea un hombre lleno de inseguridad, un hombre que se confiesa tímido, un genio embotellado, un roedor de libros, una manta de cuadros cálida.
Ahora yo la conozco a ella. Y entiendo qué significó ella para él, cuánto amor destiló hacia una criatura salvaje, a la que no pudo dominar, ni siquiera calmar en una sola ocasión. Ni rendir, ni embriagar, ni seducir por más de un día. Ni enloquecer, que tal vez sea lo más grave de la situación.
La noche del cazador no tiene día
Hay algo realmente peligroso y es el aleteo de las hojas nocturnas cuando plata es el cielo. Igualmente peligroso es leer. Dormir, soñar, encontrar, deshacer. Escribo sobre la nada de las tortugas en la nada de un estanque o sobre el peligro de extinción que pueden correr los koalas si el dióxido de carbono acaba con sus nutrientes hojas de eucalipto. Es increíble como el depredador de ahora no es la noche del cazador, ni el tigre mayor ni la pantera apátrida. Somos siempre los seres humanos pero ya no matamos para comer, ni para coleccionar, ni para vender, ni para comerciar, lucir, presumir, placer, entretenimiento, superioridad. Ha habido millones de motivos a lo largo de la historia para aniquilar con piedad y sin ella; pero, ahora, simplemente, destruimos. De nuevo el cambio climático que niega el primo de Rajoy cambia el estatus quo de un animal sueño, de un animal que en otros tiempos temblaba en las hojas de mi vientre, en el ombligo del corazón de la no-tiniebla... Pienso que tal vez los koalas, como yo, puedan sustituir la materia prima eucalíptica por aquella que yo ingiero a todas horas: los pequeños caramelos refrescantes "Eucalipto". A fin de cuentas, el animal sombrío y yo siempre compartimos la afición por alimentarnos del mismo árbol falaz.





