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Más cine, por favor
Acerca de
"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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Sindicación
 
Robo a mano alzada
Prorrumpió: "Como nadie quiere leer la biografía de Serge Gainsbourg, me la quedo yo, ¿vale?".

Y cómo decirle a un jefe: "Yo quiero".

Así es que se la llevó, metida bajo su brazo sudoroso.

 
Delirios
A veces pienso que o no duermo bien o duermo demasiado bien, porque siempre necesito más.

En general, siempre necesito más de todo.

Me doy cuenta de que el mundo, cuanto más razonable es, y más lleno de provisiones está, menos me interesa.

Me desagrada la normalidad. Lo regular.

Empiezo a contar desde cero hacia abajo. Me encuentro en el entresuelo, donde te espero y alcanzo tu negativa de nuevo.

Es invierno. Viena tiene los tejados de color plata: así te imagino. Exhalo para no temblar.

Los minutos se me escapan.

La vida se despide.

Es menos cuarto, siempre es menos cuarto.

¿Qué más da?

¿Por qué cuando leo todo aquello que no se debe hacer tengo ganas de salir corriendo? ¿Por qué cuanto más cerca estamos del impulso suicida más ganas tenemos de vivir?

La vida es pura contradicción: desearía poder pronunciar todas aquellas frases que se quedan instaladas en la visera de cada cual. Pero luego llega el momento (te hallas a solas con la persona de tu vida en el coche, en un atasco) y no eres capaz de decir: ¿Quién puede hacer que el dolor desaparezca?

Me enamoro de las personas que me rodean. Los citaría con nombres y apellidos si no fuera porque no es necesario: la espontaneidad de unos, la locura transitoria de otros, la calma queda (¡exasperante!) de este, la mirada alucinante de aquel, la perversión infantil del más grande, la intuición de quien voló sobre el nido del cuco...

 
Tan lejos y tan cerca
"La desdicha del hombre deriva de su incapacidad de estar solo".

Pascal

 
Janes Birkins
Si hay dos personajes sobre la faz de la tierra (o de España) que me enervan son Javier Marías y Pérez-Reverte. Mucho más el segundo que el primero, pero cada vez más también el inglesito, pese a que es toda una máquina de revelaciones y datos interesantes. Hoy, que transcurría sereno y marmota, ha aterrizado en mis manos el mismo artículo que hace unas semanas enrojeció mis mejillas de ira en pleno trayecto matutino hacia el diario. Y es que no se puede ser, ya no machista, sino casposo: "No sé si es que nos estamos haciendo mayores y los cánones de belleza actuales no los compartimos, o si ya no quedan apenas mujeres como las de nuestra infancia y adolescencia; si ese tipo es casi irrepetible. (Ya no quedan) mujeres de las que sabían llevar una falda tubo y andar con garbo, con o sin tacones, mujeres con caderas y pechos y piernas y culo, pero en su justo término. Hoy es ya muy raro verlas", reproduce Marías una conversación sostenida con el viejo Reverte, como dice él (esto es lo único que me ha gustado del artículo), durante una "passeggiata" veraniega. Suma y sigue: "Nuestro trayecto se vi trufado de respetables gordas que sin embargo -perdón- no nos gustaban físicamente, y de no menos respetables jóvenes con tatuajes patibularios y pantalones de longitud imposible que tampoco -perdón- nos agradaban; y cuando por fin divisamos a otra moza en verdad gallarda, la pobre estropeaba su dotes con unos tacones a todas luces improvisados que la hacían caminar como si estuviera saltando el potro", remacha el miembro de la Real Academia.

Bien, analicemos los datos: no quiero usurpar el papel de una feminista que no hay en mí, ni gritarle con alevosía "machista o cabrón o neonazi" como asegura que le espetaron a Reverte tras la publicación de aquella conversación, pero tampoco puedo decir que me haya endulzado la tarde el té con pasas que ha supuesto su artículo.

A decir verdad, me parece que Marías y su compinche están pasados de rosca y de moda, y no por mucho madrugar amanece más temprano: ni aquellas mujeres a las que se refieren eran más mujeres que las de ahora, ni las de ahora no saben llevar un dos piezas con gracia. Sino que ahora, ya no se llevan los dos piezas.

Los tiempos cambian y si el gran argumento de Marías es que ya no quedan Claudias Cardinales, Avas Gardners, Angies Dickinsons, Sofías Lorens, Annas Margrets y Graces Kellys en el mundo, he de decir que sí hay Janes Birkins poco dispuestas a convencer a dos maduritos entrados en edad de que el ganado sigue siendo suculento. Pues ya no hay ganado que valga.

 
Las lágrimas futuras
Así es: al urbanita le gusta la calle. Esa gran avenida que podría ser la Gran Vía madrileña o el Paseo de Gracia barcelonés: da igual, los enseres son los mismos. Los elementos son idénticos, los sonidos también, la cadencia del ritmo del gris de la tarde aciaga o alegre, cuando el cielo se desploma sobre la ciudad y echa a nadar, a nadar sobre el asfalto toda su impertinencia. Pero nadie cuando llueve se derrumba: en los pueblos no sé qué ocurre, pues yo soy de Madrid. Vivo en Madrid. Nací en Madrid. Corrí en la ciudad de la calle.

Esto es un canto a la calle. Cuando está llena, cuando luce poesía. Anoche todos mirábamos hacia afuera. Allí había un hombre en pie, otro de rodillas, uno con un paraguas abierto sin nubes, una pareja que se declaraba ante todo el mundo un amor gigante.

Ray Loriga me ha dado las ganas con su "Madrid, besar llorar" de parafrasearle y seguir su estela de halagos hacia la ciudad, de la que me estoy re-enamorando a golpe de viajes diurnos y nocturnos en coches que me llevan y me traen. Asiento trasero o delantero: la ciudad se mueve y rubrica ante mis ojos el trazado perfecto. Y así, voy pensando en cruzar despierta esa Habana lusa que tan cerca está del origen...

Del origen de todo.

"Se puede llorar y besar en cada rincón de Madrid, sin que nadie se sonroje. Se besan las lágrimas futuras, y se lloran los besos ya perdidos".


 
En el papel de Don Nadie
"Las dos se llamaban Nadia, pero podían haberse llamado Nadie".

En mi habitual revista de prensa de las tardes dominicales caigo en la cuenta de que lo que más me gusta del mundo es criticar y desmenuzar. Así, escojo un texto que tiene un subtítulo asombroso: el que precede el mío. ¿Es o no es una sutil forma de besar al lector en los labios? Como así lo creo, quiero dar una palmadita arrogante en el hombro de Antonio Bernabéu, periodista que se deleita en primera persona y luego desprende conocimientos al mundo sobre dos de las mujeres más tristes de la historia rusa que pasaron a la historia de los olividados. Los eternos segundones, señor, el día de mañana se revelarán. Bien es sabido por todos y aquí, desde la retaguardia del blog, desde el burladero de la discrepancia, lanzan destellos para llamar la atención. Un día serán escuchados.

Así, pues, Nadia Krúpskaia y Nadia Allilúeva llenan dos páginas del "Magazine" con una sola publicidad (un 2x8, podría ser): no es un mal trato para las que sí sufrieron un duro maltrato en su día. No golpeadas, las dos Nadias tuvieron que conformarse con el tormento y el suicidio (sigo recogiendo información del subtítulo: es brutal qué bien escrito está; ¿lo habrá incluido el propio Bernabéu o habrá sido el editor quien está detrás de ese perfeccionista gancho? Si es el segundo, vivan los editores ocultos, pues bien es sabido por todos -por segunda vez repito esta fórmula, vamos a atragantarnos a lo Proust- que a estos no los honra ni su familia). La primera fue la esposa rechoncha y fea de Lenin, del que se escribió lo siguiente: "Una mirada a la Krúpskaia y era evidente que a Lenin no le atraían las mujeres". Cuánta crueldad en 16 palabras.

Sin embargo, no le bastaba a Nadia I (como si fuera una zarina obrera) con tener que cargar con todas las desigualdades de la época, no concebir hijos como el artículo insinúa que parecía desear y dedicarse a la humildad de las paredes de la casa (aunque militante adusta), sino que además fue vilipendiada por un Lenin mujeriego que se enamoró del cañón de la Revolución: hela aquí, a la joven francesa Inés Armand, que poseyó la pasión del soviético reprimido. Dice el texto: "Lástima que un exceso de ortodoxia y de celo haya privado a la posteridad de aquellas cartas íntimas que se escribieron ambos". Bueno, no lo digo yo, pero el voyeurismo se repanchinga en esa frase.

Nadia II fue la esposa de Stalin. La imagino como una especie de Robert Ford en tiritona por conocer a su ídolo, Jesse James, pues, al parecer, Nadia Allilúeva, mucho más joven que Stalin, que le doblaba la edad, era una niña cuando conoció al futuro líder. Explicita Bernabéu: "Cegada por aquella aureola romántica de la toma del Palacio de Invierno, se fue a vivir con él, sin papeles ni boda". Eso es amor y lo demás, lo demás lo que ocurrió después.

El falso mito rodeado de niños a los que arropaba parecía ser un ser huraño y solitario, difícil y cascarrabias. El suicidio de Nadia fue la respuesta al desatado mal humor de un ebrio Stalin que, en la noche de celebración del 15 aniversario de la Revolución, henchido de vodka, llamó a gritos a la dulce y triste obrerita. Seguido a esta severa falta de educación, le lanzó un pitillo encendido. Esa misma noche, Nadia se suicidó. Walter, su pistola, le ayudó a dar el paso.

 
Navegar es necesario, pero vivir no lo es
Pessoa ha sido uno de los personajes literarios (y fíjense bien que no digo literato ni escritor ni poeta) que más ha marcado, si esto se puede decir (qué pesar el de los españoles tan apegados a la modestia aparte), mi forma de entender el arte de escribir. Llegó a mis manos en primero de carrera (como casi todo, vaya) en una obra de tapas marrones que robé -literalmente- de la biblioteca. Bueno, no fue así: tal vez nunca haya delinquido de verdad pero se puede considerar que el ser más rápido que el resto hizo que me llevara el ejemplar pesado y preciado a Galicia y a casa. Así, Pessoa viajó conmigo en aquel autobús rumbo Malpica. Las luces se colaban por las ventanas y también los bares nocturnos, abiertos al amanecer: pasábamos largos minutos mirándonos asombrados por la incomprensible mezcla de incomprensión y anhelo, falta de comunicación y luces cetrinas que nos convencían de que aquel hermoso viaje sería definitivo. Todo eso porque estábamos dentro de un túnel.

Así es que Pessoa cayó del cielo en forma de cuatro hombres fuertes con sus diferentes formas de escribir. La búsqueda de sus particularidades, de sus sentimientos, de sus filias y fobias se convirtió en un "hobbie" semanal que, además, me hizo pensar en algo nuevo para mí: el desdoblamiento de personalidad que, más tarde, se convertiría en mi sino, como personaje literario (definitivamente, yo sí que no puedo nombrarme a mí misma ni literata, escritora ni mucho menos poetisa) de mi propia vida, partida en dos, espanzurrada en dos: la verdadera y la de mentira. El 80 por ciento del tiempo lo pasaba zambullida en la del reloj de arena haciendo tic-tac; el veinte restante, durmiendo y acudiendo a las citas en nombre de Alberto Caeiro. Así se disculpaba Pessoa cuando llegaba tarde a las reuniones: hacía aparecer a su heterónimo en su piel (dios mio, qué locura tan dulce) y se desdecía de la tardanza del auténtico Fernando.

Nunca probé decir aquello de: "No soy yo, sino yo". Podría ser, ¿quién tocará la puerta del verdadero yo?

Hoy topé de casualidad también (siempre ocurre así para los que cabalgan bajo el signo de piscis, o eso les gusta decir a los que programan el día del otro en esa sección de notable importancia llamada "Horóscopo", pues, al parecer, a los soñadores les gustan mucho las casualidades, tanto como a Medem las coincidencias y capicúas, ¡cuánto romanticismo!) con una carta que Pessoa le escribió a su "fiancée", Ofelia Queiroz, con quien, según se dice en la revista que la publica, el poeta luso mantuvo una relación intermitente y nunca llegaron a casarse. Atención al delirante ritmo de una misiva que me ha fascinado con todas las letras:

..."Qué terrible coincidencia que yo y mi hermana fuéramos a la Baixa al mismo tiempo que tú. Lo que no tuvo gracia es que desaparecieses, a pesar de las señas que te hice. Salí detrás de ti confiando en poder hablar. No lo quisiste. ¡Tenías tanta prisa en ir a casa de tu hermana!

Vi tu ventana transformada en palco (con sillas suplementarias) para el espectáculo: ¡verme pasar! Si tuviera la intención de hacer el payaso (para lo que me faltan aptitudes) me iría directamente al circo. ¡No me faltaba más que consentir la broma de ofrecerme como espectáculo para tu familia! Si no tenías medio de evitar salir a la ventana con 48 personas, más te valía no salir. No puedo perder el tiempo explicándote estas cosas. Si tu corazón (suponiendo que tal señor exista) no te lo enseña instintivamente, yo no puedo convertirme en tu profesor.

Cuando me dices que lo que más deseas es que me case contigo, es una lástima que no precises que al mismo tiempo debo casarme con tu hermana, tu cuñado, tu sobrino y no sé con cuántos clientes de tue hermana.

He escrito esta carta sin tener en cuenta que tienes la costumbre de enseñar mis cartas a todo el mundo. De haberme acordado -créeme- la habría endulzado un poco. Ahora es demasiado tarde...".

Ahí finaliza un regalo de las arcas pessoanas que, al parecer, no dejan de parir textos y más textos. El poeta no alcanzó a ver su obra en tinta de imprenta. Pero nosotros sí disfrutamos de la fortuna de ver sus gafas circulares posarse sobre una nariz con personalidad que esconde un bigote a lo Hitler negro y peinado. Gorro, gabardina y pajarita. Así era el ortónimo Pessoa.

 
El astronauta
"En otro orden os dire que aún tengo en el cuenco de mi mano el calorcito transmitido desde la pancina, es algo así como si mi cuenco fuera un nido y dentro hay un suave y plumoso pajarino que no deja de producir calor, calorcito que recorre el interior de mi cuerpo, cosquilleando y quitándome peso de encima; a veces me siento tan ligero como un astronauta, ye una sensación que no sentí ni con las pancinas de Mama, o quizá ya lo haya olvidado".

 
La isla
Cuando te marchas los demás cruzan palabras contigo.
Dices adiós y se abre la esperanza.

Era un bar convencional, al final y al cabo de la media hora.
Los demás reían. Tú mirabas.
Yo lloraba.

De pronto, al ponerme en pie, he sentido que perdía el centro de gravedad del mismo modo que tu mano se ha soltado pese al abrigo frío de tu abrazo.

Durante la cena, tenía el arroz en la garganta. No notabas, pero estuve a punto de vomitar tres veces.

Luego las preguntas martilleaban.
No las hagas.
No quieras saber.

La voz interna.
Las ganas de huir.
La isla.