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Más cine, por favor
Acerca de
"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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Sindicación
 
Fallo
Era la segunda noche consecutiva que se mataba por subir las escaleras de dos en dos y rezar mientras corría y correr mientras rezaba -esto es un decir- para llegar a tiempo del comienzo de las primeras imágenes del filme que estaba deseando ver. Se decía extendiendo un dedo cada vez que su mente pronunciaba una frase, como cuando se cuenta en voz baja: "Vivo en la gran ciudad. La gran ciudad es una oferta cultural constante. La oferta cultural me invita al cine tal noche como esta. Esta noche quiero ir al cine. El cine me está esperando. Voy a llegar al cine". Pero por mucha lógica concatenada y mucho sofisma que se pretenda, cuando el 115 pasa por delante de tus narices sin parar, cuando el metro se retrasa lo que le da la gana, y las escaleras mecánicas se rompen, no hay ciencia que pueda ser verificable. Así me quedé, compuesta y una noche más sin ver "Caótica Ana", con cara de Ally McBeal al final de cada capítulo. Sola y triste.

 
La operación
El duende de bata blanca se le acercaba con su martillito y le golpeaba suavemente en la rodilla. Luego en el codo. No había movimiento. Le abrió los ojos, y supo que la otra persona estaba ahí, todavía no había desaparecido del limbo. Había que ser cautos pero rápidos: dejó el martillito y cogió las pinzas. Abrió la boca y obtuvo una piedra dorada con forma de corazón, tras hacer algunos cálculos aritméticos con aquella especie de llave inglesa. El cuerpo, contra todo pronóstico, no se convulsionaba. Estaba inmóvil. Aquella piedrita era dorada. El asombro fue mayúsculo: la mirada penetrante de su amiga de la infancia, al otro lado del túnel, le reveló que las dos la habían encontrado al saltar una alambrada, en un parque cerca de su casa. "Bueno", dijo el médico, un tanto obtuso. Dejó la llave y desatascó el envoltorio de la risa. Debía extraer con sumo cuidado la poción de la vida sin-eterna, pues esas eran las recomendaciones de la princesa ahora inerte. Los ojos de la amiga consintieron: "Quiere morir algún día, no es como los demás". "Entiendo", respetó el médico de batín blanco. Con manos delicadas, y seis dedos, sostuvo el envoltorio de la risa, del que separó el frasco de la vida. Era dorado también. Al abrirlo, se perdieron algunas gotas, que cayeron al suelo, donde las bacterias formaron en un microsegundo pequeños insectos. La amiga de la infancia se inquietó. El médico preguntó: "¿Cuándo quiere morir?". Ella respondió: "No tan pronto como sus manos temblorosas pretenden", afiló. "Lo siento". "Déle la vida", ordenó.

Despertó al instante.

 
Ya estamos llegando
-Siempre que quiero pensar en alguien, pienso en ti.
-Yo también en ti. Todos los días.


-Pero, tienes que abrazarme más fuerte. Y ahora tienes que decirme algo al oído.
-Eres lo que más quiero en el mundo.
-Yo te he estado esperando para quererte toda la vida.
-No voy a soltarte nunca.
-Eso es muy importante.
-Eso es importantísimo.
-Ya estamos llegando.

Vacas, Julio Medem

 
Un gelocatil para las entrañas
Hay gente que escribe su nombre y sus apellidos con minúsculas, y no me molesta, aunque me pregunto por qué lo harán. He dejado en suspenso mi vida, en alguna parte entre el Liverpool que acabas de visitar, pequeña Mari Luz, y la persona que fui cuando se metía en el bolsillo los folletos de la catedral fantasmagórica de aquella ciudad. Febril, me encuentro absolutamente sola en mi casa. La sensación, extrañamente, se parece a la que tuve aquella infernal tarde en que tus mensajes se quedaron en la bandeja de entrada del móvil de Sara, de modo que no supe que no venías. Y Liverpool me enseñó lo hostil que también podía ser.

Estoy leyendo algunos relatos de Benedetti, ya que "Estambul" lo tuve que dejar a medias. Lleno de letras que no sé si retomaré en alguna ocasión. No se me olvida que tengo que recuperar como sea la página 383.

Ha pasado tanto tiempo desde que dejé de medir algunos centímetros menos, o desde que me encerraba en casa para ver películas de Truffaut. O "Zorba", y aquella sensación de volver a empezar.

La vida es un contrarreloj; tal vez, como decían ayer, un cortavientos. Benedetti construye sus relatos delicisiosamente, pero, aunque la mirada que se cierne sobre los personajes es tan tierna y delicada, siempre se vuelve desgraciada cuando faltan tres líneas para rematar la historia. Familia Iriarte o Sábado de Gloria: los que creen en el futuro, mueren.

O se dejan morir.

Ayer me contaron en qué consisten los "hoteles cápsula" de Japón. La historia me pareció tan interesante que llego hasta reproducir algunas de las impresiones que me causó en este medio. La visión que mi mente creó de esos hoteles estaba infundada por las películas que he visto de Wong Kar Wai, y por la sensación de agobio. Pienso que un hotel cápsula debe ser como un ataúd para vivos, un reconstituyente, un gelocatil para las entrañas.

 
Guión
De "La mala educación" de Almodóvar lo que más me gustó fue el comienzo. Siempre encontré irresistible el hecho de que un guión cinematográfico pudiera salir de un recorte de un diario sensacionalista, suramericano y de sucesos. Y es que en ese punto, el director que se formó con la movida madrileña, acierta de lleno. Puntería. Disparo.

Así, ayer estaba en el metro leyendo el diario. Transcribo lo que despertó mi imaginación y empuñó la cámara de mi mente, teleobjetivos y panorámicas de por medio:

"Todo parece indicar que Jeremy Blake se suicidió en la playa de Rockaway, en el barrio de Queens. Allí encontró su cuerpo un pescador varios días después de que sus amigos le dieran por desaparecido y de que se encontrara su ropa en la playa. La compañera de Blake, la cineasta y artista Theresa Duncan, se había suicidado en el apartamento que ambos compartían en el East Village neoyorquino el 10 de julio. Una nota encontrada entre la ropa de Blake hacía referencia a su muerte.

Blake y Duncan estaban juntos desde hacía 12 años e incluso habían colaborado en diversos proyectos, entre ellos un cortometraje de animación titulado "La historia del glamour", que se mofaba del mundo de la moda y que fue muy bien recibido por la crítica. [..]".

Sé que los dos han muerto y buscar su fotografía en Google me ha producido una sensación infernal.




 
2:50
Aunque tú no lo sepas
nos decíamos tanto.

 
Ideas pobremente concatenadas
¿Desconfiaría alguna vez Rimbaud de las cosas que escribiría Mallarmé? ¿Cómo podríamos saber si algo es bueno o es malo? ¿Por qué los poetas, los artistas o cualquiera que haya vivido y tenga el apellido calificativo de "maldito" resulta irresistible a los ojos de cualquiera?

Giro el interruptor de la radio y conecto con la emisora bilingüe, así de eufórica estoy en el minuto quince del día. Me desperté en el siete, hice las llamadas de rigor, estoy sola, hecha a la vida de a uno. Tic, tac, tic, tac: cómo me gustaría poner una pieza de salsa a mil decibelios. Altísima y con auténtico sonido de calidad. Qué lujo.

Luego, después de hacerme estas composiciones de lugar, como gusta decir a los padres y personas de mediana edad que igualmente dicen "troche y moche" por doquier y olvidan siempre que "a grosso modo" está mal dicho, pues se ha de prescindir de la preposición, pienso en cuán ridículo resulta un niño (como yo lo fui en su día) que tira de la mano de su padre para subir y bajar, subir y bajar varias veces las escaleras mecánicas y automáticas de unos grandes almacenes. Y otra, pues se cree que la diversión está ahí. ¿Qué pensará el padre? ¿Podría alguien grabar una de esas muecas y caras de compasión que ponen para que, después de pasados los años, los hijos, ya adultos, puedan sentir en su propia piel las torturas sibilinas a las que sometían a sus padres?

Dice, aunque nada tenga que ver esto con lo otro, una amiga mía, que se llama Laura y tiene unos ojos preciosos, una vida apasionante y una manera de hablar encantadora, que el contacto físico es lo que demuestra que a una persona le gustes o no. Sí, así lo explica ella. Sugiere que si ésta te toca más de lo habitual, te pasa la mano por la espalda, o te coge la mano en un momento determinado sin venir a cuento, es como se demuestra que siente algo por ti. Me gusta su tesis, pero, francamente, no creo que esté en lo cierto. ¿Y qué hay de aquellas personas que no son capaces ni de rozar el hombro de la otra? La lejanía no quiere decir que no se sientan ardores de proximidad nada llevaderos.

Cuando hoy venía a casa, he parado a comprar el pan en el chino de enfrente de mi casa. La sensación de un acto tan irrelevante es la misma que me produce la de meter una pizza en el horno a las doce y cuarto de la noche. Algo así como el discreto encanto de la libertad.

 
El gato blanco, el pulpo y la gata negra
Siempre me he quejado de lo poco que las personas que me rodean, a las que yo he brindado tantas palabras, habían emborronado papeles con mi nombre. Descubro tardíamente -aunque más bien es una reminiscencia platónica- que hubo quién sí lo hizo. Se trata de mi abuelo, del que todos sus nietos poseemos un hermoso legado. Mi madre piensa que éste, todo poeta y cuentista, de existir ahora, estaría muy orgulloso de mí por la capacidad de lidiar con el cuarto poder. Me encantaría que así fuera. Copio una de las poesías que Doña Mari, como él la llamaba, recopiló con paciencia y esfuerzo en un libro de un chulo autodidacta que en ocasiones quiero asociar a Silvio Rodríguez, aunque, políticamente, se hallara nada más y nada menos que en el otro extremo. Oriundo de Argentina, se consideraba curandero y llamaba a su esposa, con la que alcanzó las bodas de oro, con mucha dulzura "abuelita". En 1988, quien había luchado en la batalla del Ebro por la "unidad de España", pedía a través de la palabra la ayuda y la paz en el Tercer Mundo.

A MIS NIETOS

Ya han terminado las vacaciones
solos y con muchs razones
quedan aquí dos abuelos
tristes dos corazones.
Con la soledad busco la bulla de antes
cariño que sonaba por todas partes.
Un barril me encontré ¡qué fresca agua hace!
lo perdió Isabel, yo no soy el culpable.

Mi Mónica y Elena lo quieren
no piensen que voy a regarlarles
que sus papás compren otros, que ya son grandes,
y que se parezca a este, que hable.

Aquí, olvidados muñecos, juguetes, pulpos de arte,
para que no olvidemos a los nietos
que ya se fueron a sus casas para criarse.

Sueño, sí ¿sabes por qué?
Una noche me acosté y sin soñar soñé
que un pulpo en el dormitorio entró
¿qué buscaba? ¿qué buscó?
Con una patita se quitaba la ropa
y con la otra se arrascó.
Era el pulpo de la Elena
que de Alcorcón se escapó
y campo traviesa aquí llegó
por el agujero de la puerta miró,
y sin hablar con nadie, con precaución entró.

Tu abuelita se despertó sobre la una o las dos
y dijo: "Siento bulla en el comedor, ¡anda a ver qué pasa!
¿Voy yo?"

Yo cogí un tenedor que Isabel me regaló
y despacito fui al comedor
vi que era el gato blanco, el pulpo
y la gata negra que jugaban a las cartas.

Le dije a tu abuela:
"Juegan a las cartas y discuten
porque el pulpo dice que pintan copas
y la gata, espadas".

El pulpo se enfadó con la gata,
que es la que más manda,
pero furiosa dijo:
Aunque no quieras, tengo que llevar agua
comprar un barril en casa de Marta
y llenarlo bien en la fuente de Paco y Chana
y volveré otra vez a jugar a las cartas.
Y aquél día te diré si son copaso espadas,
pues he de traer apendidas todas las trampas.

Y como cuento de niños ya les basta.


 
Arma de doble filo
El sabio le preguntó: "Donzella, qual es la mejor cosa e peor del mundo?" La donzella le respondió: "La palabra, ca con esta (se) puede fazer mucho mal e mucho bien".

La historia de la donzella Teodor

 
Ocho ochavos
Hay quien tiene la obsesión del cine puesta en "Río Bravo", "El hombre que mató a Liberty Valance", "Centauros del desierto" o "El hombre tranquilo". Yo, sin embargo, hace rato que deposité algunas de mis inquietudes y martirios en "Esplendor en la hierba", de Elia Kazan, ese personaje ambiguo que tanto basculó en política. De desplegar una crítica algo velada pero clara si se sabe leer entre línas en este filme, a hacer de la revolución mexicana un fiasco, como trató de mostrar en "¡Viva Zapata!", caza de brujas y presiones de por medio. De ahí tal vez que la lectura de "Esplendor en la hierba" resulte tan fascinante. La he visto una docena de veces: desde que soy pequeña, esta cinta y "Gigante" se pasan periódicamente en mi casa. De modo que alguna vez las he llegado a confundir... aunque ya no soy capaz de saltarme ni una sola escena de la primera. Lanzada en 1961, "Esplendor en la hierba" muestra la sociedad de los felices años veinte cuando estaban a punto de dejar de serlo. Nochevieja de 1928: la vida de varias personas están en el tránsito hacia el cambio. Uno nunca sabe cuándo éste está presto a tomar las riendas de tu destino, pero lo que sí que es cierto, es que su intervención es inevitable.

Así es que Deani (Natalie Wood) y Bud (Warren Beatty, hermano de Shirley McLeine, fantástica en "El apartamento") están enamorados, pero (siempre tiene que haber un pero), los padres se oponen de una forma sutil a que la relación llegue más lejos. El padre de él, un hombre autoritario que no sabe escuchar, no ve con buenos ojos a Deani, una chica pobre que pertenece a una posición social muy diferente a la de Bud. Los de ella, le aconsejan a su hija que "se haga valer" y que no cometa "ningún error irreparable", frases grandilocuentes y pronunciadas con terror por bocas escandalizadas que hacen que los chicos, jóvenes, inexpertos y locos de amor, se encuentren con el problema de tener que poner freno a sus sentimientos más carnales. El que peor lo pasa es Bud, pero la que termina por perder el juicio es Deani: "¿Amancillar, estás diciendo?", llega a preguntarle en gritos a su madre cuando ésta, convencida de que su hija ha sido "deshonrada" (estas expresiones ni siquiera deberían venirme a la cabeza, a estas alturas de la contienda, y por mucho que intente reflejar el lenguaje de la época), le inquiere para saber la verdad sobre la supuesta pureza de su "hijita".

Así es que Deani y Bud están enamorados, pero nada se puede hacer. ¿Qué importa esto, si lo verdaderamente trascendente es que ella se cuide mucho de cometer una locura, y él de comportarse como un caballero? La sociedad de la época resulta ñoña pero Kazan no se equivoca al retratarla. Deani pierde el juicio. Bud se casa con otra. Pasados dos años, vuelven a verse.

El director evita por todos los medios decirnos si aún siguen enamorados. Deani, recuperada de su crisis depresiva, que le ha robado dos años de su vida en un hospital psiquiátrico, donde, por contrapartida, ha conocido a un joven médico con el que se va a casar, aparece en la granja en la que Bud, su primer amor, vive con su esposa embarazada y un crio que apenas se pone en pie. Son pobres, trabajan el campo y la ganadería.

Deani, en blanco satén, aparece por una esquina de la pantalla. Espléndida. En los oídos del espectador resuenan las palabras que él pronunció antes de separarse para siempre: "Qué voy a hacer contigo", dijo, pero ella ya no era capaz de oírlo.

Así es que ella camina decidida por el lado izquierdo de la cámara. "A veces cuando nos enfrentamos a nuestros miedos, se desvanecen", se repite en la mente el que todo esto observa, cinco segundos antes dicho por la actriz principal. Deani. Y él la recibe por la otra esquina. El tiempo se detiene. Al principio, no importan las palabras. Ante un reencuentro de ese tipo, lo verdaderamente importante no son las primeras frases que se puedan pronunciar; realmente, son escapes reflejo de la mente en piloto automático. Se miran, de arriba a abajo, deteniéndose en los labios de cada uno. El pasado te sacude la sien. Pero sonríen.

Se lanzan velozmente las preguntas de rigor, guardan la compostura, el ánimo, la sensatez. Y Kazan, hábil y perspicaz, no responde. El público al unísono quiere saber lo que las amigas de Dinnie le preguntan: "Y bien, ¿lo sigues queriendo aún?".

Una voz en off, la suya propia, dice en voz alta: "Aunque ya nada pueda desvelar la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo".

¿Y qué? El desleal Kazan nos deja en la estacada. Y nos vende por ocho ochavos de literatura al peso.



 
Bergman y Antonioni
Era temprano cuando Javi comenzó a reírse. "Tenéis que leerlo, chicos. Merece la pena", dijo. "En realidad, a mí los problemas del alma creo que me empezaron exactamente en la gabardina", prosiguió, leyendo en voz alta a Alvite.

Era temprano también, pero esta vez de madrugada, cuando otro Javi, pero esta vez con "X" mayúscula, me hablaba de "Ordet". Pensé: "Debe ser el nombre de una mujer; será una película francesa", casi acordándome en una sonrisa de la amada o querida, en léxico antiguo, de un Swann descrito por Proust en su saga interminable, aunque sabía que ni siquiera se escribían de igual modo.

Hoy por la tarde he sacado el montón de recortes acumulados de los dos acontecimientos más trascendentes del mundo de la cultura que han tenido lugar en la última semana: la muerte de Ingmar Bergman y la de Michelangelo Antonioni. Dispuesta a enterarme de todo lo concerniente a ambos personajes, me senté en el sofá con la carpeta encima de las piernas. Desconocía que la frase de Javi (el primero) la leería un domingo en mi casa plácidamente, y, por fin, la entendería. Se trataba del gallego José Luis Alvite hablando de Bergman. El gentilicio me lo brindó en confesión el otro Javi, también gallego, la misma noche en que, dando un paseo por la Historia del Cine, sin darnos la mano, posó su memoria en "Ordet". Obviamos a Bergman, caraduras. Más tarde, hoy de nuevo, el viejo y anacrónico Jaime de Armiñán (nunca tanto como Francisco Nieva, que sale apoyado en su bastón y su estandarte de la Real Academia de la Lengua Española, como una medalla de guerra) me enseña que "Ordet" no era una mujer gala, sino el término para decir "palabra" en danés. Y pertenece al título de un filme de Carl Dreyer, "una fascinante historia, casi una película expresionista sobre el milagro y la resurrección", escribe De Armiñán, que conecta de alguna forma con Bergman.

Alvite reconoce que no es "bergmaniano". Pertenece tal vez a otra generación a pesar de ser un miembro de esta; así, se excusa con la gracia que le caracteriza, ésta vez, sin sacar de su chistera al Savoy (un bar que él mismo ha inventado, me chivó Javi, el segundo, como si fuera un rey de la Polinesia): "Me gustaría resultar más profundo y trascendente, pero lo cierto es que mi angustia existencial y mi obsesión por la muerte no tienen nada que ver con el umbrío universo recreado por Ingmar Bergman en sus películas", dice. Llego al final a punto de la carcajada: no en vano el título del artículo es "Calzoncillos con Bergman (I)".

Devoro las páginas. De Bergman conozco un par de títulos: nada visto, sólo oído, escuchado, contemplado en otros ojos, en otras memorias. De Antonioni, ni a Moreau ni a Vitti. Me altera la tristeza del desconocimiento, pero sigo. Paso los dedos por las líneas. Noto tus muletillas, Javier, aunque escribes deliciosamente. Tu pesimismo late en el artículo. También tu oscura forma de hablar, casi tu susurro, pero te brillan los ojos.

En ti, Miguel, me detengo. Te leo dos veces, de arriba a abajo. No puedes evitar deslizar tu prosa hacia el teatro, y nos cuentas que Bergman llevó al escenario a Ibsen y a Strindberg, del que robé un libro en la redacción. ¿Lo leeré algún día? En mitad de los artículos y las críticas, pienso varias cosas: 1. Me gustaría ser biógrafa. 2. No concibo las erratas. Tal es mi enfado con las múltiples formas en que se ha escrito en un mismo diario, en una misma página, el nombre del director y guionista sueco, que cojo el boli y lo corrijo insconcientemente, con las llamadas de atención y todo, tal como me enseñaron con paciencia hace un año. Un largo año.

No sé dónde empiezan mis problemas con el alma, es posible también que en la gabardina que no uso. Sólo sé que me enfadas cuando hablas de Kierkegaard sin explicar nada sobre él, y que el mundo es tan grande que no me cabe en las manos, pero ojalá alguien llegara esta noche a casa con "La notte" y la espléndida Jeanne Moreau (siempre recordada en "Jules et Jim", de Truffaut) para resarcir algunos de mis problemas con el alma.

 
Flash on and off
Abres los ojos se-gún la mú-si-ca mar-ca el rit-mo
Bailas bailas bailas
Res-pi-ras pro-fun-da-men-te
Cierras los ojos, la pantalla estelar
Blink
Blink
Blink
No pue-des so-por-tar-lo más

Follow me now
To a place you only dream of
Before I came along


 
Let us lay in the sun
What a beautiful face
I have found in this place
That is circling all round the sun
What a beautiful dream
That could flash on the screen
In a blink of an eye and be gone from me
Soft and sweet
Let me hold it close and keep it here with me

And one day we will die
And our ashes will fly from the aeroplane over the sea
But for now we are young
Let us lay in the sun
And count every beautiful thing we can see
Love to be
In the arms of all I'm keeping here with me

What a curious life we have found here tonight
There is music that sounds from the street
There are lights in the clouds
Anna's ghost all around
Hear her voice as it's rolling and ringing through me
Soft and sweet
How the notes all bend and reach above the trees

Now how I remember you
How I would push my fingers through
Your mouth to make those muscles move
That made your voice so smooth and sweet
And now we keep where we don't know
All secrets sleep in winter clothes
With one you loved so long ago
Now he don't even know his name

What a beautiful face
I have found in this place
That is circling all round the sun
And when we meet on a cloud
I'll be laughing out loud
I'll be laughing with everyone I see
Can't believe how strange it is to be anything at all

In the aeroplane over the sea (Neutral Milk Hotel)

¿Algo puede sonar parecido?

 
Tristesse
Tal vez "Estambul", de Orhan Pamuk, y su constante discurso sobre la amargura y la melancolía me estén produciendo este malestar. Son cerca de las nueve de la noche y aún queda, al menos, una hora y un minuto para aterrizar en Madrid. Atrás se han quedado mi hermana y David, y el pequeño pueblo de Älmhult. También mis cambios de humor y diatribas contradictorias sobre este enclave, algo perdido entre los bosques y los lagos de Suecia. El malestar proviene de la ausencia de sus risas y sus juegos, lo sé. También del hecho de que, quizá por primera vez, soy enteramente consciente de que mi hermana ya no vive en Madrid. Sé que el piso en Vicente Camarón cayó en otras manos. Sé que dejaron sus trabajos en la capital de España, y sus vidas matrileñas quedaron atrás. Pero sólo después de haber viajado a Älmhult y haber convivido con ellos por unos días, he caído en la cuenta de que, a partir de ahora, nuestros encuentros y reuniones siempre serán de otro orden. Para empezar, no podremos vernos un par de horas en cualquier calle de Madrid, ni iremos una tarde a comprar juntas. O de exposiciones. Este hecho me entristece, tal vez, como dice Pamuk, necesito en este instante regocijarme en mi pesar, en la amargura que me produce el saber que la propia amargura no me es ajena. Un extraño sentimiento me ha agitado toda la tarde, a intervalos que me han permitido a duras penas concentrarme en el libro. Y me refiero a esa "tristesse" descrita por Claude Lévi-Strauss que Pamuk cita en su volumen, esa emoción seca de revivir lo sentido aún en la piel de un cuerpo que cambia de ciudad, a medida que un avión lo transporta sin rechistar, a esa melancolía de saberse lejos de una cierta felicidad que en momentos de ofuscación, se ha querido desdeñar o menoscabar.

Del mismo modo que de veras confieso que no podría vivir en una ciudad como Älmhult por el momento, me gusta reconocer que siento admiración por quienes logran ser tan deliciosa e inmensamente felices con tan poco. O tanto, como se quiera mirar. Tal vez me inunde la rebeldía inconexa y sin sentido de quien no se siente agusto en ninguna parte pero todos los lugares le satisfacen. Tal vez se trate de esa pertenencia a ninguna parte y esa soledad aterradora la que me angustie a las nueve y cuarto de la noche en un avión con destino Madrid que despegó de Malmö.

La toma de consciencia de la real lejanía, el verdadero distanciamiento -siempre condicionado por la distancia kilométrica- o la simple pérdida de la proximidad geográfica resulta inquietante cuando ésta se revela por primera vez, pues es hoy cuando regreso de un primer viaje que bien puede marcar el inicio de una hilera fechada de otros muchos. Marchas acompañada y vuelves sola, de igual modo que a menudo los asientos de tu derecha están libres.

Según me asomaba a la ventana con una mueca cada vez más infantil, me escondía y reaparecía como si de un "gag" de Chaplin se tratara, sentía cómo mis párpados se dejaban vencer y cómo la presión del lagrimal ante las gotas de agua atenazaban mi compostura. La perdía sin preámbulos en el autobús plagado de españoles gritones y me daba una melancólica pena el tener que dejar atrás la vida de dos enamorados de la vida. Sus carcajadas y dulzuras se contagiaban, al tiempo que recordaban cuán solo se siente el que su destino no comparte. O, mejor dicho, el que por culpa del destino termina por no compartirlo.

Escribo despacio y en letra apretada sobre el acordeón de postales unidas por una línea de puntos que se deja abortar con facilidad. En el reverso de las postales hay algunas imágenes de Malmö, la ciudad en la que mi hermana ha desplegado sus créditos de lecturas, anécdotas y leyendas mientras la íbamos visitando. Siento una inevitable impaciencia por respirar aire puro y dormir al mismo tiempo, y retroceder a aquellos tiempos en los que para ver a mi hermana no eran precisas las compañías aéreas de bajo coste. A aquellos tìempos en los que con sólo cruzar el pasillo, ya me había plantado en su habitación y, a un tic tac del reloj, extendido mis cuadernos de matématicas, con sus flamantes problemas, en su escritorio. (Pues a ella siempre le gustó la ciencia y a mí las letras, auque esto sea algo totalmente estereotipado en el mundo que nos rodea).

 
Como en un espejo
"Pero pienso a menudo en todos vosotros. En la vida las cosas no siempre pueden ser como queremos, y cuando más ligados nos sentimos a un lugar tenemos que partir, pero los recuerdos quedan y uno se acuerda -oscuramente, como en un espejo- de los amigos ausentes".

Vincent Van Gogh. 12 junio de 1890. A punto de morir.