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Más cine, por favor
Acerca de
"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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Sindicación
 
Lección 1: el prefijo
Desosiego
Desesperanza
Desamor
Sinrazón
Sinsentido
Sinsabor

"Verdaderamente", se dijeron los estudiantes al copiar los ejemplos de la pizarra, "al profesor le había abandonado su mujer".

 
La despedida (Remedios Varo)


 
Palabras de amor cotizadas
"Comenzó a escribir la lista de la compra de su madre: pepinos, tomates, cebollas, hilo dental. Luego vinieron las felicitaciones de Navidad: "en fechas tan señaladas". Más tarde, los faxes: "Matilde Orgaz solicita darse de baja en los servicios de Internet". Finalmente, la tarde del cinco de abril del año en que cumplía los dieciocho, accedió a escribir su primera carta de amor. Su hermano mayor, a quien nunca le gustó el lenguaje o la literatura, le pidió que redactara una breve epístola para la que por entonces, era su novia. Una chica morena y delgada, que pocos encontraban femenina o atractiva. Su hermana aceptó el desafío, movida por el romanticismo y cierta inclinación a la caridad. "Querida Sofía, sueño con tumbarme a tu lado y otear las estrellas" - comenzaba la carta. Al principio, reconocería la joven con los años, lo único que conseguía era rebuscar palabras grandilocuentes o poco usadas, tal vez arcaicas, y unirlas con habilidad para formar frases aparentemente significativas, delicadas. La delicadeza era la clave de su escritura, confesaba.

Su hermano le pidió que redactara algunas más para su novia, ya que los resultados habían merecido (francamente, dijo él) la pena. Luego llegarían los intercambios de favores: diez euros por un poema, el trabajo de informática por una carta de tres hojas. Los amigos de su hermano, sus primas, sus amigas que querían sorprender a sus novios. Los novios de sus amigas, que habían oído hablar de los efectos de las palabras de amor. Comenzaron a subir al cuarto D los vecinos del tercero A, también los jóvenes del bajo. Bajaron desde el octavo B para comprar las cartas. Día de los enamorados, cumpleaños, Días de la Madre, del Padre, Navidades. Detalles, sorpresas, declaraciones de amor. La redactora aceptaba los trueques; también el dinero en efectivo. Más tarde, empezó a apuntar en una libreta los trabajos pendientes; llegarían los encargos, las fechas, los contactos, las agendas de piel. Las entregas. Y el cartel colgando de su despacho con silla de cuero: "la redactora".

"Ha llamado usted al 91 723 56 32. En este momento no podemos atenderle, deje su mensaje por favor después de la señal. Piiii".

La redactora
 
Héroes
Sobre el héroe americano y sobre los héroes que no son capaces de sonreir, John Huston nos habla en Cayo Largo (Key Largo), una película de Humphrey Bogart y Lauren Bacall, y de aquel hombre enamorado de la mujer del cuadro, Edward G. Robinson. Un filme que viene del teatro, una adaptación cinematográfica de una obra que sería muy interesante poder ver. A mí, aparte del lenguaje sutil y las metáforas encubiertas que contiene la película, lo que más me gusta es el truco, el engaño, el gancho, la puntada que da vuelta a todo y lo sostiene con maestría. Es decir, la existencia de ese soldado que no tiene rostro ni voz, que yace muerto en un paraje de Italia desde el que se ve el mar y que, sabiendo que va a morir, lanza flechas de amor cruzadas. El soldado invisible deja viuda a una mujer preciosa, una gata salvaje, interpretada por Lauren Bacall, en la película en la que conocerá a su futuro marido fuera de la pantalla. Humphrey Bogart, fumando como siempre, lleno de muecas de seriedad y dignidad, regresa a América para honrar las cenizas del soldado que estaba a su cargo, muerto en la guerra. Llega a Hotel Largo enamorado, sin saberlo, de la esposa de quien se ha marchado de este mundo como un héroe, en la dura batalla y sin rendirse. Sobre el héroe americano y sobre los héroes que no son capaces de sonreir, John Huston habla en esta película, hecha para el deleite y la exaltación nacionalista de la tierra de las oportunidades.

 
Curiosidades III
Aunque comúnmente digamos "estoy arriñonado/a", en realidad deberíamos decir "estoy desriñonado/a" pues lo primero significa "con forma de riñón". Bueno, ahora que lo pienso, tal vez a veces sí obedezca a la naturaleza de los sentimientos.

 
En verdad
Se le apareció un enano sin nada de particular al doblar la esquina y le dijo: "qué futuro quieres tener". Le respondió: "quieres la verdad o la mentira". El enano sonrió: "la verdad, pues será el de la mentira el que vayas a tener".

En verdad, quería compartir aquel pisito de Ópera, con vistas al Palacio Real y a la playa de Madrid. En verdad, quería levantarse todas las mañanas a las ocho o a las nueve, y desayunar abundantemente durante unos largos treinta minutos. Los domingos (o los días que lo parecieran), tomarían churros con chocolate o cola cao. Después, la mañana se dejaría caer lentamente; un rayo de sol se posaría a cada hora en una línea diferente del horizonte.

En verdad, quería escribir todos los días varias hojas de papel. Una, en el Word del ordenador, para su novela. Otra, a mano, en su cuaderno. Algunas pequeñas para los bolsillos del abrigo, el cajón de los pendientes, la bolsa de la comida. En verdad, quería pasearse sin dirección por el Madrid de los Austrias, y llegar al Retiro algunas tardes.

En verdad, quería leer el periódico, aprender a retratar objetos animados e inanimados, comer frutas, hacer postres. Ver películas, tocar la melódica de la vida.

 
El pendiente
Arnaldo Otegi comparece ante las cámaras. En casa, la abuela se expresa tímidamente, como si el compareciente la pudiera escuchar: "hija, ¿lleva un pendiente?". Sí.

 
Setenta por setenta
Puedes prever cuando el vómito está en su punto, al dente. Lo gargajeas y lo echas en la sartén. Déjalo reposar.

Empieza la náusea. Estás en el salón, programas varios, múltiples colores, la televisión está encendida. Da igual, no la estás mirando, para ti es como una carta de ajuste o un menú en japonés. Sueñas con almacenar la ansiedad en pequeñas cajas de madera. Enviarlas por correo con una nota en un sencillo color: "disfrútala". Quieres correr, estar en otra parte, con otras personas, lejos, regresar tal vez. Parar de pensar, reconocer todos los olores, encontrar sólo aquellas miradas. Moverte con soltura por la casa. Pero no te puedes mover. Extasiado, piensas en gris. El gris te puede, se va desplazando espesamente como la sangre. Imágenes flasheadas se superponen, una tras otra, una tras otra. Te sientes mareado. La náusea nauseabundea.

Has dado demasiadas vueltas al reloj de mano. Te has pasado unas setenta veces, y ni siquiera te habías dado cuenta. El relojero pone la mano sobre la tuya. Está fría como la muerte. Sin embargo, sabes que tienes que negociar con él. Al fin y al cabo, te dices, él es tan miserable como tú. No hay nadie que no haya experimentado tu soberbia, tu ira, tu mezquindad, tu blasfemia. Le das el dinero: setenta de los grandes. Los cuenta con agilidad, tiene unas manos escurridizas, que te recuerdan a los gusanos, aunque bien sabes que éstos son torpes.

Setenta por setenta. Has recuperado el tiempo perdido, lo desaprovechado, lo arrepentido. Pero el relojero te mintió. No eres capaz de olvidar los agujeros negros en los que te has asfixiado setenta veces. Cicatrices azuladas, rastro(jos) de una muerte lenta.

 
El planeta agua
Que llorara ya no significaba nada. Sin embargo, jamás dejaría de impresionarme como caían los lagrimones sobre el suelo. Y lo salados que estaban.

 
Clyde y Bonnie (cómo cuesta leerlo en este orden)
Todos somos o hemos sido en algún momento de la vida Bonnie y Clyde. Es decir, gente perdida que encuentra en la perdición su única forma de vivir. Nos hemos dejado llevar por el único camino que creíamos viable en una sociedad que no nos comprendía o que no nos preguntaba qué es lo que pensábamos acerca de lo que nos deparaba el destino. Cuando Clyde mata por primera vez, su mundo se desmorona. Se siente afligido, avergonzado, sabe que nada nunca volverá a ser como antes. Tiene miedo. ¿Quién no ha experimentado esta sensación sin haber matado a alguien? Porque yo he sentido cómo en un microsegundo era capaz de desdoblarme y dar nacimiento a una nueva persona, que no volvería a ser la misma que antes aunque se añorara todos los días de su vida. Imagino perfectamente la siguiente imagen: estoy en el borde de una azotea gigantesca. Tengo todo el espacio que quiera para retroceder, pero sin embargo, doy un paso al frente. Pierdo el equilibrio. Y vuelvo a nacer. En otra piel, aunque con las mismas manos y los mismos ojos. Por fuera sigues siendo la misma, pero por dentro ha llovido una eternidad. Clyde, en el momento de matar, da ese paso al frente. No se lo piensa dos veces, no tiene tiempo, la supervivencia apremia. Pero un segundo después, o mejor, mientras el cuerpo del policía pasa a ser cadáver, y se resbala por el cristal, Clyde sabe que se ha convertido en un monstruo. Su atractivo, su sonrisa insolente, sus brazos fuertes siguen siendo los mismos. La envoltura de un monstruo.

Sin embargo, el espectador no los ve como tal. Está de parte de esa panda de locos que roban con cariño, que desenfundan el arma para tomarse una foto. Que posan, que dan cobijo al rehén. Bonnie es como él, aunque con más y cada vez más intensas regresiones. Es más dura que Clyde, pero más niña que la Bonnie que algún día lo fue. Se arrepiente, quiere parar el reloj, mover las agujas y retroceder tan solo unas semanas. Se cobija en Clyde, que no sabe amar: "lo único especial en ti es tu forma de tratar a las mujeres, que de ningún modo es como se hace", le dice con veneno Bonnie, para luego, al instante también, arrepentirse.

Por último, he de decir que he observado algo fascinante en Bonnie & Clyde y no es otra cosa que las reminiscencias de este flime del 67 a Al final de la escapada (Godard, 1959). Tal vez los cinéfilos eruditos no estuvieran de acuerdo con este paralelismo lejano que pretendo establecer, pero para mí las dos películas tiene muchos puntos en común, que van desde el extraño parecido entre Warren Beatty y Jean Paul Belmondo, hasta la fotografía, la narración de la historia, la música disparatada y cómica, la profundidad de una historia que parece superficial, el engaño, la pose, la moda, el tema de fondo... Y el final también.

Bien por la existencia del cine clásico, que nos saca del mundo durante unas horas y nos devuelve más crecidos y mejores.

 
Choque de currícula
Me es difícil olvidar en algún instante que soy occidental, europea y española. Mi lenguaje, mi forma de ver el mundo, de expresarme, de concebir las relaciones, la amistad, el amor. Los valores que poseo, las bromas que gasto, la actitud con la que enfrento la vida. Todo está absolutamente condicionado por el lugar al que pertenezco, el modo de mirar de esta parte del mundo. Así, es sorprendente que para ser un intelectual reconocido, sea preciso cumplir requisitos muy diferentes según el lugar de pertenencia. Hacía tiempo que una idea no me parecía tan reveladora, pero es que hay una diferencia muy importante entre lo que aquí entendemos por un intelectual y lo que países vecinos como Marruecos estiman. En el currículum de un intelectual árabe se valoraría como muy positivo, y aunque parezca raro, se haría constar, el número de hijos que se tiene, por ejemplo, o si se es un buen marido. Cualidades humanas de este tipo que, si bien en España no se dan por hecho, carecen de interés en un intelectual. Casi más bien al contrario: cuanto más crápula y deshonesto sea uno, más méritos suma a su experiencia de la vida. En Marruecos, por ejemplo, se valora que el intelectual esté en contacto con la vida, que posea una faceta social que le haga conocer al hombre y al ciudadano. No se entendería como positivo, sin embargo, que dicho intelectual lo conociera sólo a través de los libros que hubiera leído, desde su casa, a base de la contemplación y la reflexión. Mientras en España es mejor el que tiene una biblioteca leída en su habitación, el que conoce los nombres de los premios nobeles desde que se implantaron, y acierta más preguntas en el Trivial, al parecer, en países como Marruecos, esa clase de sabiduría de libro, de cita y memoria, no es aplaudida. El problema de este "choque de civilizaciones" es que una vez más, mi modo occidental de ser no es el tuyo oriental de manifestarte, y como los dos no pueden ser igual de buenos, y la vida exige adaptación, tú, que no nacieste aquí, tienes que buscar trabajo y hacerte oir enseñando un currículum al uso, en el que tus experiencias biográficas son mucho menos importantes que las publicaciones que hayas conseguido realizar. A ver quién sale perdiendo.

 
No se esfuercen
"No se sabe por qué, pero la vida transcurre siempre en un contexto realista". Así es. Esta frase me ha parecido reveladora, un gran consejo.

No se esfuercen en crear el momento perfecto. La cena perfecta. La subida perfecta a la noria (perfecta). La caída de la tarde perfecta. El beso perfecto. El abrazo perfecto. Las palabras perfectamente dichas. No existen, porque el mundo es imperfecto y los seres humanos también lo somos. No podemos controlar nuestra mente, no podemos respetar casi nada. A veces, ni el dolor, ni la muerte, ni el orgullo, ni siquiera la dignidad.

Todo cuanto hay a nuestro alrededor y todo lo que nos pasa no es nunca en verdad "irreal", como tanto nos gusta adjetivar las situaciones. Siempre hay chicles en el suelo o debajo de los asientos que demuestran que lo que está pasando es real, siempre hay tipos extraños cruzando las calles cuando el mundo parece inmóvil. Siempre hay mierda bajo las cloacas, pintadas en las paredes (y no precisamente artísticas), enfermedades bajo el corazón, desamor tras el amor.

 
La cotidianeidad
"Los cuatro tenían unas vidas hechas, con sus Giuliettas que los esperaban cada noche en casa provistas de sus infusiones de amor instantáneo, sus pequeños misterios domésticos, su incesante resurrección carnal entre las sábanas calientes, sus ilusiones y trastornos femeninos".

Ángela Vallvey, No lo llames amor
 
Tanto atrás...
Inevitablemente, todos los ingleses aprendiendo español llegan a preguntar alguna vez cómo se dice el verbo "to miss" en castellano. Se les responde: "echar de menos" o "extrañar". Estos verbos nos acompañan; no son unos de los que más utilizamos cuando crecemos, ni siquiera creo que los conozcamos al principio, ni los necesitamos tampoco. Pero a medida que pasan los años, se vuelven imprescindibles. Tanto atrás...

 
Ya basta de mediocridad. Optimistic
Hoy puede ser un gran día,
plantéatelo así,
aprovecharlo o que pase de largo,
depende en parte de ti.

Dale el día libre a la experiencia
para comenzar
y recíbelo como si fuera
fiesta de guardar

No consientas que se esfume,
asomate y consume
la vida a granel.
Hoy puede ser un gran día
Duro con él...
Hoy puede ser un gran día
donde todo esta por descubrir
si lo empleas como el último
que te toca vivir.

Saca de paseo a tus instintos
y ventílalos al sol
y no dosifiques los placeres
si puedes, derróchalos.

Si la rutina te aplasta
dile que ya basta
de mediocridad
hoy puede ser un gran día
date una oportunidad.

Hoy puede ser un gran día
imposible de recuperar,
Un ejemplar único,
no lo dejes escapar.

Que todo cuanto te rodea
lo han puesto para ti
,
no lo mires desde la ventana
y sientate al festín.

Pelea por lo que quieres
y no desesperes
si algo no anda bien.
Hoy puede ser un gran día
Y mañana también.
 
Se busca
Apelo a los científicos e investigadores de prestigio (si es necesario también a los alquimistas) por este medio, pues no tengo otro: me gustaría que inventaran un artilugio que provocara un soplido de sueño placentero en todo aquel que desee con locura dormirse y no pueda o no tenga tiempo para ese deleite tan devaluado actualmente. Me gustaría que ese soplido suave me hiciera sentir el sueño y experimentarlo, para despertarme luego con la sensación certera de que he dormido las horas adecuadas y previstas, de forma satisfactoria y necesaria. Abrir los ojos y decirse: "¡qué bien, he dormido estupendamente y no querría dormir más!". Con ese artilugio provocaríamos el sueño cuando lo necesitamos y no llega, o no lo podemos disfrutar en su plenitud. En resumen, pido un aparato que vehicule la sensación de haber dormido, y no sólo del sueño, sino del placentero y descansado.

 
La cerveza
Y al despedirse me dio la mano por debajo del mantel inexistente: nadie lo vio pero su voz susurraba: "no tengas miedo". No dije nada, no respiré, comprendía que el final se aproximaba, que las clases y el disparate habían acabado. Relojes sonando a las siete y media, ocho menos cuarto, ocho de la mañana. Alumnos saliendo de sus casas y caminando a las estaciones correspondientes: Loranca, Móstoles Central, Puerta del Sur, El Carrascal. Los ejercicios, las perspectivas, las decisiones de Sophie. Los signos de puntuación, las llamadas, las señales, las mayúsculas. Los momentos mágicos. ¿Nos vamos a tomar un café al Carrefour? Procuraremos un montón de instantes mágicos en un sólo minuto: el hombre del jersey rosa tanteará la rodilla del otro suavemente, Guadalupe se reirá como Marilyn y Pipi Calzaslargas, la señora seguirá leyendo su libro por la página impar, ya extenuada.

La cerveza en el último descanso de estas 320 horas me llevó a un estado peculiar de ánimo. Mientras escuchaba hablar de pálpitos y máquinas tragaperras procreando dinero, sentía cuánto echaría de menos la ironía prohibida de Mercedes, al hablar de sus hijos, Luis e Irene (tan guapo y tan brillante, respectivamente), o de la cárcel, la UNED o la familia Pascual y sus excentricidades. Pensaba, ¿quién volverá a hablarme del mundo fungi en un tono de voz tan enloquecidamente bajo y tranquilo? ¿Quién me hará pensar en los inonoclastas de fama limitada, la educación y la elegancia del buen gusto y el saber estar? ¿Cuándo volveré a encontrarme con el recuerdo de mi hermana enfundado en unos zapatos verdes de charol y fina hebilla? Dónde volveré a toparme con el periodista recalcitrante, el bromista más serio del reino, y el más moderno y espacial, encantadoramente insoportable y envidiablemente querido.

Cómo, y cuánto, echaré de menos sonreir al entrar en la clase, trabajar y hablar con la musa de los colores, las bufandas, los gorros, las faldas alegres. Cómo, y cuánto, echaré de menos las cada vez más cómodas conversaciones de vuelta a casa, Ángela Vallvey y el cine.

Cuánto aprendí en estos tres meses: a corregirme, a redactarme y a diseñarme para la vuelta a empezar.
 
La tendencia al melodrama
Tenía siempre los labios más rojos que las mejillas, aunque éstas también estaban con frecuencia muy coloridas. A veces, la curva que los perfilaba era aún más roja, especialmente cuando se entristecía o se enfadaba. Cuando crecía en desesperación, ganaba en hermosura, pero también en vulnerabilidad. Su tendencía al melodrama era muy aguda: había visto tantas películas, leído tantas novelas, asistido a tantas representaciones teatrales. Conocía perfectamente cómo convertir una situación en algo sublime, exquisita y deliciosa, además de única e íntima. Podía hacer sentir a quienquisiera la persona más afortunada del mundo, pero también la más desdichada, tal era su tendencia al melodrama. La intensidad le venía regalada, era natural, la poseía en todas sus dimensiones. Así, besaba largamente, como si los oídos pitaran y no se pudiera abrir los ojos pero tampoco dejar de escuchar, pues ese pitido llevaba consigo un mensaje, que conducía al más allá. La tragedia se avecinaba muchas veces, en especial, cuando como en las películas de dibujos animados, o en los cuentos para niños, se cruzan nubarrones que oscurecen artificialmente el cielo. Y cuando el drama se hacía con sus expresiones, con su mirada de enfant terrible, con su lengua de azúcar, se volvía un ser indomable, fuerte y furioso, pero también pequeño y débil, lleno de lluvia y borrascas, lejano, incomprensible, difícil, aislado, helado. Y tembloroso, como una hojita en un charco que sobrevive envejeciendo.

 
Puzzled
Los días pasan hábiles por nuestra vida, se deslizan entre los dedos. Dentro de nada seguramente tendré 26, aunque aún no he cumplido los 23. Y en unos meses -al menos, parecerán meses- me veré dándole la vuelta a esa cifra, brindando por los 32. ¿Qué pasa si descubres que tienes dislexia a los 22 años? Lo he percibido al leer números en voz alta: tiendo a intercambiar los dígitos, de manera que la segunda guerra mundial finalizó en 1954, y yo nací en el 48.

Tal vez lo que estoy planteándome sin saberlo es la necesidad de cambiar el orden de las cosas. Dejar de respetar la naturaleza tal y como nos viene dada, para mejor alterar las fechas, los recuerdos, los nombres de las personas. Inventarse un mundo donde las palabras sean propias y no dadas, nos pertenezcan en exclusividad, ya que este concepto, el de lo exclusivo, está muy de moda. Dar un nombre equivocado al que tenía uno correcto y prescindir del correcto para utilizar uno que suene mejor. Desordenar lo que nos rodea, reinventar el futuro.

El futuro que no está escrito, aunque sí recortado en piezas que encajan perfectamente. Es muy probable que al nacer, en un mundo ideal, exista un puzle acabado que nos pertenece. Al primer contacto con el mundo de ahí afuera (sí, sí, el que estás palpando en este preciso momento), el puzle se deshace en mil piezas pequeñas. Cuando el bebé abre los ojos para mirar las sábanas blancas, la sangre roja, las metálicas piezas de cirugía, rompe de un manotazo el puzle que latía en ese limbo estático. Y empieza la cuenta atrás.

Relojes a su puesto: comienza el juego. Durante los primeros años, son los demás quiénes mueven ficha. Ellos se encargan de ir dando forma al puzle que se originó con nuestro nacimiento. Las ponen tranquilamente, no se equivocan en la mayoría de los casos, aunque hay algunas que encajan con presión y esfuerzo desequilibrado. Es cierto: alguna ni siquiera está bien engarzada, es posible que seamos nosotros mismos, años después, los que tengamos que cambiarla de posición.

Luego la vida comienza a pertenecernos y con ella, ese puzzle paralelo que late autómata. No es fácil escoger las piezas que se abrazan a las otras sin equivocarnos o saltarnos unas cuantas. Por eso vivimos antes de tiempo lo que no debíamos vivir hasta años después. Por eso nos dejamos y volvemos, nos perdemos y regresamos. Pero siempre, menos mal, acabamos encontrando aquella puñetera pieza que faltaba. Aunque sea tarde y hayamos dejado en suspenso, incluso varios años, ese puzle que es la vida.
 
¿Y si lo hubiéramos sabido?
Tampoco se puede ser malabarista. Ni tragar fuego para convertirlo en pompas retorcidas que formen un aura en los ojos en que se proyectan. No se puede hacer y deshacer, echar y desechar. Hilar el hilo una vez cortado en pedacitos. Pegarlo con un pegamento de esos que unen imanes que han llegado a repelerse. Desandar lo andado. Subir lo bajado. Bajar al cielo. Encontrar casas de hormigas en las chimeneas, donde no se puede respirar. Llamar al deshollinador para que desatasque el baño. Qué humillación.

No se puede dar un portazo violentamente y luego decir: "¿estabas ahí, cariño?", ni buscar los tréboles de cuatro hojas que se nos rompieron. Presagiaban un fin caótico, y ruidoso, como los buenos finales de guerra, como las obras de teatro que estallan en aplausos. Hacían crack, crack al romper sus débiles hojitas, en tu bolsillo, en tu cartera, y tú ni siquiera lo sabías. ¿Y si lo hubiéramos sabido?

Si lo hubiera sabido no habría intentado ser una prestidigitadora hábil. Ni tampoco habría escalado sin botas de montaña. Tú habrías andado, sin embargo, con pies de plomo, dejando tus huellas reposar, para que yo pudiera encontrarlas después. Y a la vuelta, a la vuelta, los árboles de cuatro hojas muertos en pedazos germinarán.

 
Mirá como se tiran por los toboganes
"Estás usando palabras. Les encanta que uno las saque del ropero y las haga dar vueltas por la pieza. Míralas cómo juegan, cómo se nos meten por las orejas y se tiran por los toboganes".

Rayuela, Julio Cortázar

 
A Mónica
QUÉ SOY Y QUÉ QUIERO
Para un autorretrato inexistente

Sé pintar y dibujar. Yo mismo me lo creo, y también otras personas dicen que se lo creen. Pero no estoy seguro de que sea cierto. Sin embargo, hay dos cosas que sí son seguras:

1. No existe ningún autorretrato mío. No me interesa mi propia persona como “motivo del cuadro”, sino más bien otras personas, sobre todo femeninas; aunque me interesan más otros fenómenos. Estoy convencido de que como persona no soy especialmente interesante. Nada hay en mí de especial. Soy un pintor que pinta un día sí y otro también, de la mañana a la noche. Cuadros figurativos y paisajes, raramente retratos.

2. La palabra, sea hablada o escrita, no es mi fuerte, y mucho menos si tengo que hablar sobre mí mismo o sobre mi trabajo. Hasta cuando me veo obligado a escribir una simple carta experimento angustia y sensación de mareo.

Por estas razones, habrá que renunciar a un autorretrato artístico o literario de mi persona. Cosa que tampoco es como para afligirse. Quien quiera saber algo sobre mí –como artista, que es lo único digno de atención– deberá contemplar atentamente mis cuadros e intentar inferir de ellos qué soy y qué quiero.

Gustav Klimt
 
Ancianos
Me gusta observar a las personas mayores, que están arrugadas porque tienen que estarlo, así actúa el paso del tiempo sobre ellas. Lo que no quiero es ver unas manos jóvenes llenas de pequeñas arrugas, que parecen viejas antes de tiempo. Años antes de tiempo.

Me gusta pensar en la gente que ha vivido tanto que las cosas que les ocurrieron cuando tenían veinte o veintidós años ya no son importantes. Quisiera saber cómo las superaron ellos, si con más trabajo del que tenían que hacer diariamente, un carajillo doble o 19 días y 500 noches.

Me gusta cuando hablan del pasado cándidamente, con ternura y pasión. Recuerdos teñidos y desteñidos, borrada la amargura, proyectan las voces para convertir las historias en cuentos. Y nos es casi imposible si no lo hacemos a través del filtro del cine imaginar cómo fue aquel galán que pretendió a mi abuela, o los kilómetros en plena noche de luna llena que tuvo que recorrer desde la viña a casa. Son historias casi fantásticas, llenas de detalles irreales ("aquella silla me costó tres reales, la casa diez mil pesetas"), años en los que la vida era en blanco y negro, los colores apenas sí se habían definido. Las mujeres lavaban con tajuelas, llevaban cántaros de agua en la cabeza, los hombres merendaban en la siega pan y cebolla.

Me gusta pensar en que tuvieron vidas felices a pesar de los pesares / y que corrigieron sus lamentos como Vélazquez hizo con sus arrepentimientos.

 
Pesares y dichas
Últimamente le doy muchas vueltas a estas frases, del poema persa "Anvari soheili", citado por Schopenhauer en La estética del pesimismo:

¿Perdiste el imperio del mundo?
Consuélate, no era nada.
¿Ganaste el imperio del mundo?
No te alegres, no es nada.
Pesares y dichas, todo pasa.
Todo pasa en el mundo, y no es nada.


Gané y perdí todos los comodines. Tenía de sobra y los lancé al mar. A veces quisiera recuperarlo, pero todo pasa.

 
Inacabado
Un día observé aquel extraño ritual: durante la hora de la siesta, encendió y apagó rápidamente la luz de la mesilla, y se dispuso a dormir. Antes de que se adentrara en el sueño, cosa que hacía en un instante, le pregunté: ¿por qué has hecho eso? Me respondió: "porque así tengo la sensación de que voy a dormir más tiempo, como cuando te vas a dormir por las noches". Aquella pequeña gran excentricidad me hizo sonreir.

Mi padre siempre me hacía sonreir. Estaba lleno de rarezas y palabras ininteligibles, pero siempre provocaba la risa. Se reía ampliamente, dentadura visible, como Zorba. Tras la mirilla, enseñaba el ojo abriéndolo excesivamente, tirando de él con la mano hacia abajo. Otras veces enseñaba la boca llena de huesitos de cerezas. Últimamente, le había dado por proyectar la luz roja del llavero sobre aquel ojo de cristal en la puerta de madera. Y estoy segura de que también formaba parte de aquel ritual una caída "accidental" de las llaves al suelo.

Hace unos meses comenzó a leer "Adiós", la revista líder de las funerarias. Bromea con ello, nos habla de los cementerios más famosos, de los más singulares, las últimas técnicas desarrolladas en el mundo de la incineración y los entierros. Esta moda le ha eclipsado. Incluso llamó a una de las periodistas de la revista para preguntarle si podía hacer uso del título de su sección para la radio del taxi a la que él escribe habitualmente. Quería abrir una sección que se titulara "Mis queridos cadáveres".

Últimamente está un poco más místico. El domingo, sin ir más lejos, estaba escuchando un concierto sobre los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, inquietante y escalofriante. Los dos permanecíamos absortos, intentando descifrar de dónde podían proceder ruidos tan ensordecedores, tan tétricos, tan horripilantes. Y aquellas palabras en japonés. Los quejidos, los pitidos, los sonidos huecos.

 
Desolación
Vuelvo a la carga: sigo intentando descubrir cuánto dura el enamoramiento. Otro argumento de autoridad (aunque para algunos sea muy poco válido): según Jorge Bucay -escritor, psiquiatra y terapeuta- "el enamoramiento dura entre tres minutos y tres meses. Podría durar nada más que un instante, porque es una pasión. No más de tres meses, cuatro". Qué desolación. Cada nueva teoría es peor que la anterior.

 
Estoy intentando encontrar las palabras
Armonía: sentida ayer por la tarde, cuando colocaba carteles con mensajes en la Plaza Mayor y de pronto, la melodía de Amèlie se volvió real. Sonreí.

Indeterminado: es el sentimiento de hoy, al que no podría ponerle palabras. Es una mezcla inexplicable entre el equilibrio, la dicha y la desdicha.

Felicidad: la conversación volada, exquisita, refrescante de ayer, mientras cenábamos, ni un silencio, ningún malestar. Tres amigos: riendo, charlando, madurando.

Espera: es el sentimiento que me embarga. Espero tranquila y desasosegadamente a que el tiempo pase, nos ponga en nuestro lugar, me devuelva al mío, te lleve al tuyo.

Alegría: ver qué bien te sentó que te dejaran vivir.

 
Futuro imperfecto
Desescribiré nuestro futuro.
Borraré palabras
imaginaciones
anti-proyectos
vacíos
emociones
despedidas
y buenos propósitos.
No para redactarlo con nuevas formas,
contenidos más extensos,
circunstancias diversas
o fechas distintas a las que fueron.
No.
Lo dejaré en blanco.
Porque
quizás
el futuro tampoco hubiéramos sido nosotros.

En el país de uno mismo, Mercedes Agustí

 
Leído II
Hay muchas formas de decir el silencio.
El silencio pueden hablarlo
miradas
un vaso compartido
besos
citas
caricias inacabadas
nostalgias
ocres
sueños
El silencio total fueron tus últimas palabras

En el país de uno mismo, Mercedes Agustí

 
Imperfecciones
Dos verdades que sientan cátedra: no hay sinónimos absolutos ni relación de uno a uno entre los idiomas. Dos personas que hablen diferentes lenguas no podrán entenderse al cien por cien, aunque dos personas que compartan el idioma, es posible que tampoco lo hagan. Ahí entramos en la subjetividad y la interpretación, en el sesgo de cada uno de nosotros, en nuestro mundo particular y en nuestra peculiar concepción de las palabras y sus significados. Los hablantes de diferentes lenguas compartirán parte del campo semántico de las palabras que utilicen y se intercambien, pero nunca será el campo semántico completo. Nunca rebasarán la línea, de igual modo que tampoco conseguiremos entrar en la cabeza del otro. Sumergirnos en su pensamiento. Esto es algo que tal vez a ciertas personas les puede parecer ridículo, una pretensión absurda e incluso desequilibrada. Sin embargo, sin esa inmersión no podremos saber nunca con certeza a cuántos metros de distancia está el otro.

Distancia. Niveles. Ritmos. Estados. Etapas. Pasos. Momentos. No hay sinónimos absolutos, no hay correspondencia absoluta entre los idiomas. Su"sentimiento" no tiene por qué ser su "feeling". Puede aproximarse, pero no será el mismo. La gente se convence: "en las relaciones nunca se está al mismo nivel, no se quiere de la misma forma, siempre hay alguien que da más, alguien que da menos".

¿Se supone que debemos conformarnos con estas imperfecciones que afectan radicalmente nuestras vidas, nuestras relaciones interpersonales, la propia comunicación entre personas? Somos capaces de todo (viajes espaciales, vacunas, pirámides egipcias) y todavía no hemos enmendado lo más importante.

 
1 de diciembre de 2006
A veces las cosas no marchan ni aún empujándolas. Ni poniéndoles ganas falsas, ni creyéndoselas, ni pintándolas de azul verdoso. Tampoco sirve colorearlas con fruición, ni maquillarlas con destrezas y máscaras. En definitiva, no sirve nada. El tiempo se para, se mira el reloj una y otra vez y "ese pequeño infierno florido, esa cadena de rosas, ese calabozo sin aire", sirve únicamente para suspirar. El tiempo sin embargo pasa, aunque está detenido, y sin esperarlo, van apareciendo aquellas personas que formaban parte de tu vida pasada.

Me cruzé dos veces con Patricia en el metro. Alta, delgada, preciosa. ¿Qué tal? ¿Cómo te va? ¡Qué bien! Me alegro. Ánimo. Nos vemos. Sí.

Me encontré a Ángela, casi no me lo creo. Ella me vio antes, desde los cristales. Me miró largamente, con ojos de niña: "no has cambiado nada tia, siempre estás igual". Tú también, un poco más delgada. Sí, la vida: que me da muchos disgutos. Bueno, vas a estar mejor. Sí. Eso espero. Lo estarás.

Lo estaremos. Celebraremos el paso del año mirando las agujas del reloj ("allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo"). Mirando por las ventanas a los inquilinos de los pisos de enfrente, que nunca sabremos quiénes son. También a ese conjunto de marroquíes que viven juntos y tienden tan bien la ropa. Todos brindaremos por el 2007, en soledad.

Me conocen tantas personas y yo todavía sin saber quién soy.