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Mac Guffin
Más cine, por favor
Acerca de
"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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Sindicación
 
Medir el tiempo en latidos
¿Cuántos latidos hace que te marchaste?
¿Cuántos batidos hace que te marchaste?
¿Cuántos soles hace que te marchaste?
¿Cuántas cruces de calendario?
¿Cuántos desodorantes?
¿Cuántos postres?
¿Cuántas obras en la M-30?
¿Cuántos sueños?
A un mínimo de siete por noche...
 
Azul ojos
Lo cierto es que he estado pensando mucho en ti, Doctor Gachet, porque no creo posible que nadie pueda encerrar tanta nostalgia en sus ojos. Incluso no podría precisar el color que tienen... simplemente, tienen un color nostalgia. Usted trató a Van Gogh, le conoció, y supo que él también era persona nostálgica. Salió varias veces al campo de trigo revuelto, retorcido, y quiso quitarse la vida. Comenzó por una oreja, ¿no es curioso irse rebanando algunas partes del cuerpo?

Pero usted lo sabía. En realidad lo sabía todo, el devenir del mundo, los africanos, los indonesios, los turcos, los indígenas. Por eso es retratado con esa melancolía, con esa nostalgia del futuro, que sí es posible tener, aunque parezca un sinsentido.

Lo que fuera que viviera, quedó reflejado en su mirada, calificada de "azul triste" por el pintor. ¿Cómo es posible que un mismo color pueda teñir el mar, el cielo, y la melancolía más extrema?



 
Rolling over
I could say lots of things, but "rolling over never felt so good".
 
Ráfagas
Hoy todos silbaban en el metro, parecía una jaula de grillos contentos.

De entre la multitud de niños saliendo del colegio, destacaba una niña rubia de gafas que miraba embelesada a ninguna parte. Su abuelo tiraba de ella por el brazo, pero no había quién la distrayera. ¿A dónde miraría?

¿A dónde miran los niños pequeños?

Los semáforos estaban en rojo. Yo estaba esperando para cruzar del lado de la izquierda, el niño aguardaba en frente. El semáforo no cambiaba de color, y yo no sabía qué hacer, sabía que estaba en mis manos educar, o deseducar. No pasaba ningún coche. Esperé un rato más, pero el semáforo no reaccionaba ante mis súplicas. Ambos mirábamos displicentes a un lado, a otro, a las tres luces, a la luz roja. A ésta, con impaciencia. Ni remotamente se oía el sonido de un coche. Entonces nos miramos, y me pregunta sin palabras qué hay que hacer. Yo no hago nada, indicando que debe aprender a esperar. Aunque no pasen coches ni vayan a pasar, me digo convencida. Sin embargo, al instante pienso: ¡que lo eduquen otros! "Llego tarde, y esperar no puedo", y menos mal que ningún coche al punto, ¡zap! me atropelló. Crucé. Aquel niño siguió allí, cada vez más inquieto, pero respetando las señales de tráfico, el rojo impositivo, de obligatoriedad, de negación.

Sólo se trataba de cuarenta segundos largos. Es lo que dura en cambiar de color un semáforo.

Impaciente y excesiva, dicen.

 
Todos vosotros. Figuras de póquer
Solo un rato. Miro mi piel, los párpados, el cuello, la mandíbula. Solo un rato, miro mis ojos, los ojos en el espejo, la nariz, los pómulos. Solo un rato, míralos a través de mi. Trénzame el pelo.

Es absurda la vida en sí misma, y es ridículo cómo te duermes en el metro, en el autobús, en el trabajo. Te mareas, dejas los ojos un poco en blanco, das un salto, y vuelves a la vida, pero es cíclico. Es absurdo poner la televisión y ver a tu primo en la pantalla, ver en él tu mirada, reconocerte de lejos y televisivamente. No te quiero así, llamando a la puerta sin prepararme, sin armarme de valor.

Corremos de un lado para otro, y la verdad es que la imagen de las personas que diariamente se cruzan conmigo me están intentanto desquiciar. Sé que lo están haciendo, y lo van a conseguir, porque somos miserablemente míseros... Primero, tras aterrizar en Atocha, estás tú, señor delgado y alto, muy delgado y muy alto, y encorvado, sin un taburete, contra la pared de cristal del McDonalds. Llevas un cartel, en el que rezas algo de ti y de tu famillia, está escrito en mayúsculas sobre un cartón marrón. Sonríes como la Gioconda, y hoy una mujer a la que conoces mucho, te ha dado dinero. Siempre te lo debe dar, y tú se lo has agradecido enormemente, y ella te sonreía todo el rato. Cuando regreso y paso por delante de ti, han pasado algunas horas desde la primera vez que me cruzo contigo. Entonces haces movimientos de estiramientos, para relajar tu espalda encorvada. Tus dientes están bailando en una boca sonriente. ¿Por qué sonríes?

En frente de ti, en el banco al lado del paso de peatones, está él. Él es un hombre mayor, pero no tanto, gordo, ancho, un poco demacrado, y con algunas cervezas bajo el banco. Llena diariamente un barreño con agua, donde pequeñas piezas de juguete que vende, nadan y reposan al sol. A veces también extiende caballos y otras cosas en el suelo, y nos mira con indiferencia, mientras sus manos reparan ávidamente los mecanismos gastados.

Entonces entráis todos vosotros en escena, los mensajeros del Diamantinos, y cada vez sois uno nuevo. Siempre respetáis a la gente que pasea, y dais las gracias, ¿por qué las dáis? Yo he simpatizado con vosotros, pues nos vemos todos los días, y todos, guardo un rato vuestro papel amarillo. En el bolsillo, lo llevo en la mano, lo lanzo a la bolsa de la comida. Ya sabéis quién soy, aunque un día eres un cachas de Rumanía tal vez, y otra una bailarina de la FederaciónRusa, y mañana, ¿quién sabe? a lo mejor el hombre de las cicatrices... o el rubio de melena larga. ¿Cuándo nos hablaremos?

De vuelta a casa es mucho peor, pues la espina dorsal de aquella mujer se clava en nuestras conciencias. Ella la sufre dentro de sí misma, y su espalda va a reventar ante la indiferencia del resto, que corremos, hacemos piruetas por ser los primeros en llegar al metro. Ella se levanta siempre la camisa que lleva para mostrar lo que tiene, algo descomunal, agresivo, violento, punzante en la espalda. Está encorvada, y se agita ligeramente, de un lado para otro. No hace ni dice nada. Espera y enseña.

Entonces llegamos a ti, después de otros muchos que se cruzan y por qué no decirlo, se atreven a molestarnos, sueños capitalistas de frivolidad. Y apelas a la solidaridad: "sean solidarios, por favor". No lo somos, aunque hagamos cursos de voluntariados y nos ahorremos el postre.

Luego está la mujer de las fotos cerca de Ópera, y al salir de Príncipe Pío... espera... ¿dónde está ese hombre desde que desmantelaron la estación y está en obras? ¿dónde sus restos de comida, y sus críticas masculladas entre dientes hacia el mundo, hacia nosotos, hacia todos nosotros?

 
20 de mayo de 2005
Vuelvo atrás en el tiempo, no lo puedo evitar. Hay etapas en que la melancolía es muy fuerte, y cuando me estanco en ella, me quedo en Inglaterra. Sabes que siempre estoy contándome aquellas historias una y otra vez, para que nunca se me olviden, para que me acompañen a todas partes a donde voy. Por eso he querido recordar lo que un día como hoy haría allí, en Inglaterra. Oh, dios, y me acabo de dar cuenta de que estaba haciendo las maletas, y despojándome de todos los recuerdos. Y sin dejar aquella carta en el doble fondo del cajón.
 
Mi amiga parisina Angelina
Angy apareció en una ventanita: "Hey darling, are you here?". De pronto me entero de que es famosa en Finlandia, el país donde está viviendo desde hace unos meses. ¡Incluso le han hecho una entrevista en un periódico nacional! Lamento, igual que ustedes, no poder entender ni una sola palabra, pero la fotografía de Angy es radiante. ¡Quiere formar con Sara, Nick y Matt un periódico sobre Europa, en muchos idiomas! Y aunque me parece una locura, ya hay iniciativas parecidas que sobreviven, como Cafebabel.

Aquí podéis ver a Angy reportajeada.
 
Debajo del reloj, tampoco
Debajo de las piedritas no estás. Al cruzar la esquina no apareces. Cuando me quedo en silencio no se te oye cantar desde el baño. Cuando me estoy quedando dormida no musitas. Cuando regreso no sales a mi encuentro. Cuando vengo no estás esperando. Encima de los tejados no estás. Debajo del reloj, tampoco. En las palmas de mis manos no te encuentro. Tampoco en el reverso de las monedas, ni al levantar los libros de la mesa. Ni siquiera en los de las estanterías. Cuando me voy a dormir, no te haces ver. Cuando me despierto, sí, pero luego desapareces enseguida. Cuando me siento en el sofá, huyes. Cuando me acerco, estás evaporándote, cual náyade.
 
Versos sueltos-no-libres


"A ti sólo se llega por ti". Pedro Salinas.

"Cortar este dolor, ¿con qué tijeras?"




 
Derrota fulgurante
Los libros resultaron toda una revolución, y es que hoy ha sido un día genial, de esos que comienzan con cafetera y terminan con poemas. Buenas y largas conversaciones, la figura de un "pajarito" a la salida del trabajo, y los libros encontrados en el paseo del Prado, dentro de la bolsa también encontrada. Los había de delfines (lo cogí para ti, pero luego lo saqué, porque pesaba mucho y estaba en inglés, y los dibujos no eran de colores). También sobre atletismo, natación, masajes, cuerpo humano, células, medio ambiente, cómo jugar al póker y vencer, y muchas cosas más.

Yo no pude cargar con todos los que metí en un principio, uno para cada una de las personas vitaminas. Sin embargo, pasé quince minutos agachada revolviéndolos, riéndome en voz alta, y los viandantes (cómo recuerda esta palabra a vianda, cuando nada tiene que ver) se paraban a mirar de reojo. Otra mujer se acuclilló conmigo: ella se llevó dos libros para niños. Yo escogí varios, aunque luego fui haciendo bookcrossing con Mari Luz por las calles de Madrid; en una cabina, en un buzón, encima de una papelera. Dejé atrás "Los grandes planes", también "Canción de cuna francesas", "The Dolphines" y algún otro más. Traje conmigo a "Los tres mosqueteros" (esa es para ti, Tom), uno de poemas, un diccionario, una novela sobre la Guerra de Vietnam, otra en francés para mi madre.

"Cuánto voy a aprender con este diccionario. Mira, si vienen los distintos tipos de adjetivos. ¡Y los adverbios! ¿Sabes cómo definen trece? ¡Pues diez más tres!" - decía mi padre, un hombre pegado a un diccionario a partir de ahora.

Mi madre se ha puesto a leer versos en voz alta, y ha comenzado ya "Mission a Singapur". Y la tele sonando (gritando, chillando, profiriendo) y todos mirando hacia las páginas amarillentas. ¡Bien!

De vuelta a casa, más y más risas y recuerdos frescos compartidas. Gracias.

 
Vistazo de prensa
A propósito de la versión española del himno nacional norteamericano que los latinos han ideado en Estados Unidos, leído hoy, escrito por Ariel Dorfman:

"No es extraño, entonces, que esta versión de The Star Spangled Banner haya engendrado tanta alarma. Hace patente que, adentro de sus cuerpos morenos y sudorosos, aquellos mojados han traído de contrabando a El Norte el vocabulario vivaz y la gramática iluminada de Octavio Paz y Miguel de Cervantes. No habían cruzado la frontera tan sólo para trabajar, colocar ladrillos, cambiar pañales, laver platos, cosechar tomates, producir el pan de cada día, trabajar, trabajar, trabajar. ¡My God, también estaban haciendo uso de la palabra!"

Espléndido.
 
¡Zap! le atropelló
Volver a casa a las dos y escuchar cómo tu madre se ha despertado, incluso se levanta, y se muestra nerviosa porque no llegabas. Volver a casa a las nueve de la noche, para cenar, y encontrarte la cena en la mesa. Volver de Inglaterra a las cinco de la tarde, y tu madre, que no se lo esperaba, se echa a llorar al verte. Volver de tu habitación y ver cómo tu madre está hablándole a las cortinas de su cuarto, mientras las cuelga y les dice cómo lo va hacer. Volver al salón y verla pasando las páginas del periódico naranja de El País mientras ve el C.S.I. Volver a casa un domingo por la noche y ver a tu madre estusiasmada y haciendo "sh" para no perderse una línea del guión de Hitchcock. Volver a oler las croquetas y las natillas, las empanadillas de toda la vida, encontrarte las zapatillas-de-madre de estar por casa. Volver a ver las manos arrugadas y ásperas de tanto lavar. Volver a ver los aretes dorados que siempre lleva. Volver a oler la chaqueta deportiva y gris de la que echa mano cuando tiene un poco de frío. Y la silueta de sus pies encima de la mesa, perfilados por ese negro opaco de los calcetines de madre, que dejan marca en los gemelos. Volver a escuchar la cantinela desde que somos pequeñas:

"Cuando el disco rojo le prohibía el paso, se acercó un muñeco sin hacerme caso, toqué el pito y dijo, "no retrocedo, llegaría tarde y esperar no puedo", y tarde llegó, pues un coche al punto, ¡zap!, le atropelló. No esperó un minuto como era legal y se pasó un año en el hospital".

Cuando dice ¡zap! siempre da una palmada seca, pues interpreta mucho aquello que aprendió de pequeña (parece asombroso que mi madre haya sido también una cría, una adolescente, una joven, una mujer de treinta...).

Las madres siempre cantan, o canturrean viejas canciones, mientras hacen cosas en casa, de las que nunca paran ni descansan. Tenías razón, Almodóvar, en todo eso que dices de forma tan elocuente al hablar de las madres.
 
We never change
Mi terapia es escribir. Dejarme llevar escribiendo, y escupir todo lo que me desasosiega o todo lo que no me gusta de mi, todo lo que aborrezco, y todo aquello que forma parte de mi, instintivamente, y que corrompe esa ingenuidad, ese brillo. En realidad ya no somos ingenuos, ya hemos cambiado, no le hicimos caso a ninguna de esas frases tontas que los demás te escriben en los libros, "no cambies nunca", porque todo el mundo cambia, se deja atrás, se desdobla, se cruza, se desaparece. Es fácil pedir, no cambies nunca, y es fácil decirte: "te lo prometo, no voy a cambiar, seguiré siendo la misma", y no hablo de famas que corrompen ni de fortunas que transforman nuestras vidas. Simplemente, cambiamos. No paramos de cambiar, cada día somos alguien nuevo.
 
Naturaleza
Pienso que todos esconden su mirada, que nadie dice la verdad, que en realidad todos nos convencemos, nos contentamos, nos engañamos, nos convertimos en unos traidores de la vida. Cuando el día comienza, comienza la naturaleza, el sol la inunda y riega las hojas, los rayos, los animales, los lazos. Salimos de casa preparando la mejor sonrisa, sonreímos a aquel que entra con nosotros en el ascensor del metro, y sin embargo, él no nos sonríe, y si lo hace, tú eres incapaz de oir lo que te ha dicho si se ha dirigido a ti, porque llevas la música altísima, está chillándote a los oídos, y tú crees que eso te enamora, que te hace ser mejor, ser feliz, pero estás aislándote, él también se aisla, y el metro no es precisamente la natuaraleza, aunque tal vez se le parezca un poco.

Llega el mediodía y te enfrentas al autobús en el que te duermes antes de llegar a la obligación de ser un trabajador, y cuando anochece, o comienza a atardecer, uno está más triste, sólo desea llegar a casa, y se imagina cómo será esa misma tarde oscureciéndose en la naturaleza, en un bosque, cómo reaccionarán los animales. ¿Se apresurarán para llegar a sus casas? ¿Estarán pensando en el camino en el momento de la cena? ¿Sólo y únicamente en cuando puedan hincarle el diente al filete?

En estos días de subidón de alergia recuerdo a la disnea sobre la que escribió irónicamente Benedetti, me pica el cuerpo, la nuca, la nariz, los ojos, las mejillas sonrojadas. Me miras y me dan ganas de raparme el pelo, de quedarme sin superficie, de caminar naturalmente y sin artificios. Me miras y te pido que me rasques las mejillas, el cuello, la espalda, las manos, las palmas, los dedos, y que me cortes el pelo, poco a poco pero sin parar.

Entonces te veo decidido a escribir, me escribes en ese pelo derramado por el suelo, qué lindo pienso, cómo ayer, cuando ella tenía un cuello tan largo y lo miraba desde abajo, lo miraba a él desde abajo, divertido, segundos después de que él tapara sus ojos y luego aparecieran maquillados de alegría. Supe entonces que de verdad se necesitan, aunque se muerdan y se ladren...

Por la noche la naturaleza tiene que ser un hoyo de ruidos y fríos que se cruzan. Un frío viene por la derecha, otro por la izquierda, y se chocan, y no te alivian para nada, sino que te escalofrían, que te angustian, pará de silvar, pará de hacerlo...
 
¿Con qué soñamos?
La tristeza viene y va, como tu sombra.
La radio me hace disfrutar, mi madre me prepara ensaladas de color.
Aquel hombre trajeado y regio me hace reir con su forma de caminar por las calles, llevando un paraguas largo y de punta afilada, reventando todas las colillas que encuentra a su paso.
El chino de Plaza de España se va a convertir en una tristeza permanente.
Me encuentro todos los días a los mismos vagabundos, por no decir pobres. Me pregunto si no soñaremos con ellos.