Sólo por haberlo elegido
Desde mi puesto de trabajo pienso en los años que tengo y en los que llevo sin enfrentarme a una hoja de papel en blanco. Releo que me prometí no dejar esto nunca... releo tantas cosas que dije y que supuestamente hice, que ahora descreo. Somos uno nuevo cada mañana, ¿verdad? Somos diferentes de noche, diferentes al mediodía, diferentes bajo el sol. Y diferentes cada día.
Me profesionalicé en aquello de guardar mis sentimientos para otro día. Me hice toda una experta en dejar de darle vueltas a las cosas, en dejar que las cosas se pudran, en olvidar las cosas que "eran importantes". Y en dejar que muchas personas de mi alrededor se mueran. Nunca me gustó eso de cargar con los muertos a todas partes... Así es que fui borrando rostros de las fotos, acumulando polvo sobre los montones de recuerdos y souvenirs (en la acepción francesa) para irme quedando con el más reducido de los grupos. Personas a las que puedo tocar, a las que quiero ver, a las que no "dar explicaciones" porque hacerlo implicaría no tener la suficiente confianza con ellas...
Cuenta me doy de que necesito nuevas calles, un aire renovado, que huela diferente, un motivo por el que sentir que tan sólo por haberlo elegido ya soy feliz...
Me profesionalicé en aquello de guardar mis sentimientos para otro día. Me hice toda una experta en dejar de darle vueltas a las cosas, en dejar que las cosas se pudran, en olvidar las cosas que "eran importantes". Y en dejar que muchas personas de mi alrededor se mueran. Nunca me gustó eso de cargar con los muertos a todas partes... Así es que fui borrando rostros de las fotos, acumulando polvo sobre los montones de recuerdos y souvenirs (en la acepción francesa) para irme quedando con el más reducido de los grupos. Personas a las que puedo tocar, a las que quiero ver, a las que no "dar explicaciones" porque hacerlo implicaría no tener la suficiente confianza con ellas...
Cuenta me doy de que necesito nuevas calles, un aire renovado, que huela diferente, un motivo por el que sentir que tan sólo por haberlo elegido ya soy feliz...
El billete de 10
No sabía el billete de 10 el destino que lo esperaba, ni que pasaría de unas manos a otras con tanta fugacidad esa noche. Había llegado a su cartera de parte de unas grandes manos, en calidad de préstamo y arropado por otros de 5 y 20. Varias veces las manos de la nueva dueña lo habían tanteado, pero se había quedado ahí, viéndolas venir, mientras los ágiles dedos buscaban el peculio en forma de tickets restaurant (otro tipo de dinero pero de inferior estatus socioeconómico) o monedas. Observó cómo a punto estuvo de ser canjeado para pagar una primera y una segunda cerveza con limón; luego fue ligeramente acariciado para afrontar la deuda de un botellín en un lugar más oscuro y ruidoso; más tarde, pudo haber servido para pagar la última clara. Sin embargo, no fue hasta la madrugada cuando el billete de 10 viviría su gran momento de la noche. Protegido en el monedero, había estado atento al traqueteo del taxi que llevaba a su nueva propietaria a casa. Había tres voces: la extranjera, la conocida y la femenina. Había dos conversaciones: una sobre las calles y otra sobre la vida. De pronto, fue tomado con fuerza y expelido con decisión, blandido en el aire. La dueña decía: “Aquí tienes”. El supuesto receptor dijo: “No”. Ella insistió, arrugando al billete de 10 para ser introducido, no sin algo de violenta prontitud, entre la piel y la camisa de él. Él dijo: “Hala, me lo das así, como si fuera una puta”. Ella asintió y rió: “Sí”. Pero el billete volvió a las manos de su emisora durante un segundo para luego ser deslizado en el bolsillo de un pantalón. De nuevo, se vio fuera y, al instante, en las manos de ella. Hubo unos segundos en los que no pasó nada. Oyó un cinturón de seguridad desabrocharse, un cuerpo acercarse a otro, unas palabras de despedida y unos besos. Una puerta abrirse y, ya en primera persona, o mejor dicho, en primera cosa, ser lanzado al asiento del vehículo. Cómo y por qué acabó en el suelo de la carretera y, finalmente, se convirtió en motivo de un breve relato, se sabrá si el mismo billete de 10 sirve para comprar otra historia.
El cazatesoros de Arganzuela
Aunque ni siquiera lo había visto desenterrar tesoros, se lo imaginaba en aquel lúgubre (¿sería lúgubre?) parque de Leganés, con su capa de pescador (¿sería ese el abrigo que llevaba?) de 100 coronas arrastrándole por el suelo. Tenía mucha imaginación, así que de pronto lo vio con una lupa y una pipa respirando hondo y pensando: “Debo estar cerca. Me huele a plata”. Y no se refería al dinero sino al lingote, el que habían escondido los organizadores del concurso. Movido por una certeza y la emoción de toda aventura que está en marcha, se lo imaginaba también como Grissom en Nueva York, o como Indiana sin sombrero. Sus manos buscaban en la tierra y los ojos escrutaban cada una de las ventanas de los edificios. ¿Dónde estaría lo que buscaba? Se decía, acercándose a preguntar a unos y otros de forma discreta, pero sin chapa de detective. La noche iba comiéndose el cielo y el tesoro aún no había aparecido. Miles de brazos se elevaban al azul oscurecido: los árboles que antes estaban a kilómetros del sol ahora tocaban las nubes. Bajaba el techo natural de la tierra y las esquinas se volvían peligrosas. Las horas pasaban y el reloj de cuco, aquel que le había llevado hasta la pista cual autómata, tomando trenes, ascensores y metros, le recordaba que los minutos pasaban también para los contrincantes. Sin embargo, ninguno se veía por allí; él era el único masajeando la arena de un desértico parque con las manos y olisqueando los recovecos. Finalmente, cesó en su intento. Tomó el teléfono y le dijo: “Me huele a chamusquina”, y no era que la plata estuviera un poco quemada. A los dos días, la cuarta pista se publicó. A las horas, otro detective sin rigor ni prestancia se fotografiaba con un lingote de plata valorado en 800 euros sin mostrar su rostro. Ella sabía que, de haber ganado, la sonrisa de su imaginado hubiera brillado más que la plata, aunque bien sabía Vitaldent que eso era difícil.
Los felices 22
La nostalgia ha llegado a mi ser y lo ha invadido justo después de ver las fotos de una amiga en su tierra de acogida por unos años, Londres. El material de los edificios, la arquitectura de las universidades, el color de sus imágenes eran los mismos que los de las mías de aquella época, Preston. Y se me han venido a la cabeza todos los nombres de un año académico sin parangón: Adelphi, Fylde Building, Source, Harris Building... Quién tuviera otra vez aquellos 22.
Esto de que haya pobres y ricos
"La vida, piensa, es todo. Con lo que unos se gastan para hacer sus necesidades a gusto, otros tendríamos para comer un año. ¡Está bueno! Las guerras deberían hacerse para que haya menos gentes que hagan sus necesidades a gusto y pueda comer el resto un poco mejor. Lo malo es que, cualquiera sabe por qué, los intelectuales seguimos comiendo mal y haciendo nuestras cosas en los Cafés. ¡Vaya por Dios!"
"Esto de que haya pobres y ricos, dice a veces, está mal; es mejor que seamos todos iguales, ni muy pobres ni muy ricos, todos un término medio. A la Humanidad hay que reformarla. Debería nombrarse una comisión de sabios que se encargase de modificar la Humanidad. Al principio se ocuparían de pequeñas cosas, enseñar el sistema métrico decimal a la gente, por ejemplo, y después, cuando se fuesen calentando, empezarían con las cosas más importantes y podrían hasta ordenar que se tirasen abajo las ciudades para hacerlas otra vez, todas iguales, con las calles bien rectas y calefacción en todas las casas. Resultaría un poco caro, pero en los Bancos tiene que haber cuartos de sobra".
La colmena, de Camilo José Cela
Magnífico.
"Esto de que haya pobres y ricos, dice a veces, está mal; es mejor que seamos todos iguales, ni muy pobres ni muy ricos, todos un término medio. A la Humanidad hay que reformarla. Debería nombrarse una comisión de sabios que se encargase de modificar la Humanidad. Al principio se ocuparían de pequeñas cosas, enseñar el sistema métrico decimal a la gente, por ejemplo, y después, cuando se fuesen calentando, empezarían con las cosas más importantes y podrían hasta ordenar que se tirasen abajo las ciudades para hacerlas otra vez, todas iguales, con las calles bien rectas y calefacción en todas las casas. Resultaría un poco caro, pero en los Bancos tiene que haber cuartos de sobra".
La colmena, de Camilo José Cela
Magnífico.
Impecable
"Eternal sunshine of the spotless mind", una película bellísima, que vi por primera vez una noche entre sueños y desvelos; por eso los recuerdos sobre ella, antes de volver a verla, tenían el mismo halo que el propio filme sobre la memoria: faltaban algunas piezas para encajar la historia, había demasiados gaps en blanco.
Fue la imagen en la pantalla de M. la que me hizo considerar sentarme un par de horas de nuevo frente a esa cinta. El problema: el cd había desaparecido. Pero como todo tiene una explicación y un motor programado detrás que desconocemos cómo funciona y si realmente existe o no, el cd apareció recientemente.
No puedo sino sentir atracción por el personaje femenino, una mezcla entre S. y M., una loca desquiciada que parece prometer a todo el mundo: "Acércate a mí y la rutina de tu vida se acabará. Yo cambio el mundo, yo ofrezco novedades, inquietudes, espontaneidad". Y ese él, tímido, comedido, más tranquilo, más lleno de temores y convenciones, que en la grabación explica: "No es culta. Es lista, sí, pero no diría que es culta. No hablaría con ella de libros. Es más del tipo revista, do you know what I mean?".
Fue la imagen en la pantalla de M. la que me hizo considerar sentarme un par de horas de nuevo frente a esa cinta. El problema: el cd había desaparecido. Pero como todo tiene una explicación y un motor programado detrás que desconocemos cómo funciona y si realmente existe o no, el cd apareció recientemente.
No puedo sino sentir atracción por el personaje femenino, una mezcla entre S. y M., una loca desquiciada que parece prometer a todo el mundo: "Acércate a mí y la rutina de tu vida se acabará. Yo cambio el mundo, yo ofrezco novedades, inquietudes, espontaneidad". Y ese él, tímido, comedido, más tranquilo, más lleno de temores y convenciones, que en la grabación explica: "No es culta. Es lista, sí, pero no diría que es culta. No hablaría con ella de libros. Es más del tipo revista, do you know what I mean?".
Rescatado nº1: el tiempo no lo quemó
Todo se rompe en cierto momento. Siempre se sufre un desajuste de última hora. Y huir, díganselo a Billy El Niño, es imposible. Todo eso pensaba ella mientras sabía que debía vestirse para resultar encantadora una hora y media más tarde en su habitación. En la de él, donde se encontraban cada noche, a modo de morada, lugar de recogimiento y amor. Pero, sin embargo, el cansancio cada día era más abrumador. Cada día una ceja perdía un pelo y mientras su trayectoria de caída libre iba cortando el aire sostenido, veía el final. Un final de pelo largo y manos grandes, ojos negros y mirada cautivadora; Billy El Niño no es esa clase de persona.
Él, corríjamonos, no es esa clase de persona. O así lo quería creer ella, según calentaba sus finos pies en el radiador de aceite, algo que siempre le hacía pensar en el Oeste. Empeñados todos en que amara el western, lo habían conseguido. Era la cuarta vez que veía “Pat Garret and Billy the Kid” y no podía dejar de escuchar a Dylan. Qué maravilla, se contaba así misma, ese chico es la esencia de la película. Y sólo por dos frases estelares: “Buena pregunta” y “Me puede llamar Alias”. Alias de sí mismo, o “alias” de Dylan.
Pero en estas estábamos cuando El Niño se mete en la cama, una habitación preciosa, el espectador con la lágrima desde hace varios minutos, y la ama, la ama intensamente mientras ella lo ama intensamente, como nosotros, como entonces, como siempre que nos hemos metido en una cama de remiendos y rotos y colores vivos. Pero el final se acercaba. Nunca se sabe por qué pero el instante ha de ser fugaz para ser el instante lumínico con que Cézanne convierte una manzana en una espléndida manzana. Los buenos momentos no duran, la salada realidad es más bien amarga a las doce de la noche.
Billy sale de la casa, preciosa. Abre la fresquera y los infames lo van a disparar, pero no tienen valor. Sin embargo, al darse la vuelta, al ver su vida en un carrete de película en blanco y negro, al ver por fin las fotos impresas y una serie de cartas escritas con melancolía, muere. Un disparo lo atraviesa y de una vez muere. Muere de una sola pieza y con una media sonrisa. Qué muerte.
Como la muerte que nos espera. Llegará ese día en que tú te metas en la cama sigilosamente y tu olor desaparezca, se disipe lentamente, y a la mañana siguiente, ya no estés. Y no sepa más de ti.
Él, corríjamonos, no es esa clase de persona. O así lo quería creer ella, según calentaba sus finos pies en el radiador de aceite, algo que siempre le hacía pensar en el Oeste. Empeñados todos en que amara el western, lo habían conseguido. Era la cuarta vez que veía “Pat Garret and Billy the Kid” y no podía dejar de escuchar a Dylan. Qué maravilla, se contaba así misma, ese chico es la esencia de la película. Y sólo por dos frases estelares: “Buena pregunta” y “Me puede llamar Alias”. Alias de sí mismo, o “alias” de Dylan.
Pero en estas estábamos cuando El Niño se mete en la cama, una habitación preciosa, el espectador con la lágrima desde hace varios minutos, y la ama, la ama intensamente mientras ella lo ama intensamente, como nosotros, como entonces, como siempre que nos hemos metido en una cama de remiendos y rotos y colores vivos. Pero el final se acercaba. Nunca se sabe por qué pero el instante ha de ser fugaz para ser el instante lumínico con que Cézanne convierte una manzana en una espléndida manzana. Los buenos momentos no duran, la salada realidad es más bien amarga a las doce de la noche.
Billy sale de la casa, preciosa. Abre la fresquera y los infames lo van a disparar, pero no tienen valor. Sin embargo, al darse la vuelta, al ver su vida en un carrete de película en blanco y negro, al ver por fin las fotos impresas y una serie de cartas escritas con melancolía, muere. Un disparo lo atraviesa y de una vez muere. Muere de una sola pieza y con una media sonrisa. Qué muerte.
Como la muerte que nos espera. Llegará ese día en que tú te metas en la cama sigilosamente y tu olor desaparezca, se disipe lentamente, y a la mañana siguiente, ya no estés. Y no sepa más de ti.
24 horas en 24 meses
Hay películas malas o no tan buenas que, sin embargo, marcan las configuraciones mentales de las personas. De este modo, me atrevo a asegurar que muchos de nosotros estamos influídos por la televisiva cinta "Dos vidas en un instante", esa historia interpretada por Gwyneth Paltrow que cuenta con un 6.0 en Filmaffinity y un 6.8 en IMBD y que narra las posibles vidas que una joven podría tener dependiendo de las decisiones que tomara. Así, de un rango muy superior, podemos hablar también de "La doble vida de Verónica", de Krzysztof Kieslowski, una maravillosa película que habla sobre dos mujeres similares, una polaca y la otra francesa, encarnadas ambas por la preciosa Irène Jacob. También se me ocurre citar a "Mr. Nobody" o "Las posibles vidas de Mr. Nobody", un filme para modernos que se deja ver y que todavía ofrece una visión más compleja de las vidas que todos tenemos, hubiéramos tenido o tendríamos de haber elegido una u otra opción. La pregunta que viene ahora es la siguiente: ¿cuál sería la mía propia de no haberme subido a ese autobús para asistir a una entrevista de trabajo que había tratado de boicotear de todas las formas posibles?
No me sentía preparada para un puesto como el que me ofrecían, pero ellos, la empresa, decían que tenía un perfil candidato. No tenía nada que perder, pero no quería perder el tiempo. Además, ya había conseguido otro empleo, también temporal, en otra parte. ¿Para qué pasar un mal rato? Sin embargo, me convencieron. Ellos, los demás, los responsables de que hoy todo sea así.
Tres meses se convirtieron en seis y más tarde en diez, ahora ya son más de treinta. Y casi veinticuatro a tu lado, decididos en menos de 24 horas de suerte.
No me sentía preparada para un puesto como el que me ofrecían, pero ellos, la empresa, decían que tenía un perfil candidato. No tenía nada que perder, pero no quería perder el tiempo. Además, ya había conseguido otro empleo, también temporal, en otra parte. ¿Para qué pasar un mal rato? Sin embargo, me convencieron. Ellos, los demás, los responsables de que hoy todo sea así.
Tres meses se convirtieron en seis y más tarde en diez, ahora ya son más de treinta. Y casi veinticuatro a tu lado, decididos en menos de 24 horas de suerte.
Predicción, adivinación, pronóstico
Creo que el vaticinio se cumple. Cuando era pequeña, mi madre y mi abuela siempre decían que para ver más desgracias, ya miraban a su alrededor. De este modo mi abuela rechazaba conectar el telediario y mi madre poner películas crudas, catastróficas o apocalípticas. Sin embargo, eran muy capaces de tragarse las telemovies de la tarde de los fines de semana, historias donde los padres perdían a sus hijos o las mujeres escogían mal a sus maridos y acababan viviendo con su enemigo. Yo, sin embargo, estaba encantada con las películas y los libros que hablaban del sufrimiento de una guerra, una prisión o una injusticia. De hecho, esos eran mis fuertes fílmicos. Sin embargo, a medida que me hago mayor (todavía soy joven para decir que me hago vieja, ¿no?), cada vez tengo más miedo de enfrentarme a la cruel realidad de algunas películas. Siento angustia por ver qué pasa a continuación, temor de toparme con un desenlace infeliz, desazón cuando me hallo frente a una cinta que me habla de la muerte de miles o de uno solo. La explicación que le doy a mi cada vez más debilitado batiscafo es que vivo en una sociedad demasiado acomodada como para querer mirar por la mirilla. Prefiero cerrar los ojos ante la realidad, pero no me permito tal cosa y sufro. Así, paro las películas cuando veo que la cosa se pone fea; hago un descanso, comento lo que está ocurriendo, me preparo para el desarrollo de los hechos, que, por supuesto, adivino.
Hace unos meses sufrí especialmente viendo el documental de "Grizzly man". Fueron días de descenso al corazón de las tinieblas, de la mano de "Into the wild", libro y filme. El colofón final fue esa cinta, dirigida por Werner Herzog y que reúne vídeos grabados por Timothy Treadwell, un hombre que pasó catorce veranos conviviendo entre osos grizzly, unos animales gigantes que nada tienen que ver con los ositos de peluche que tan amables se presentan a los niños. El último verano que pasó en Alaska, el otoño había irrumpido cuando Treadwell todavía seguía en su tienda y rodeado de la naturaleza más salvaje que uno puede imaginar. La comida comenzaba a escasear y la excesiva confianza que el camarero, actor ocasional y ex alcohólico Treadwell había depositado en sus amigos los osos, le jugó una mala pasada. Su novia, Annie, y él murieron atacados por un oso hambriento, acto cuyo sonido fue grabado por la cámara que Timothy siempre llevaba consigo. Afortunadamente, el documental, que de por sí ya resulta un tanto sensacionalista y morboso, no emite los sonidos de la muerte, pero se recrea durante minutos y minutos en los detalles de cómo se desarrolló el desenlace y los comentarios de aquellos allegados que sí tuvieron estómago para escuchar un ataque en directo.
Visualizar "Grizzly man" fue un tanto tortuoso para mí. Reconozco que la historia es conmovedora y el documental, salvo en esos aspectos antes señalados, es fantástico, pero me hago mayor. Y a medida que veo que el paro alcanza cotas insostenibles, que las guerras no cesan y los desequilibrios se agudizan, mi corazón y mi estómago de occidental acomodada se inclinan por la evasión y el pañuelo en los ojos. Menos mal que no me lo permitiría por nada del mundo. Hay que tener siempre los ojos bien abiertos.
Hace unos meses sufrí especialmente viendo el documental de "Grizzly man". Fueron días de descenso al corazón de las tinieblas, de la mano de "Into the wild", libro y filme. El colofón final fue esa cinta, dirigida por Werner Herzog y que reúne vídeos grabados por Timothy Treadwell, un hombre que pasó catorce veranos conviviendo entre osos grizzly, unos animales gigantes que nada tienen que ver con los ositos de peluche que tan amables se presentan a los niños. El último verano que pasó en Alaska, el otoño había irrumpido cuando Treadwell todavía seguía en su tienda y rodeado de la naturaleza más salvaje que uno puede imaginar. La comida comenzaba a escasear y la excesiva confianza que el camarero, actor ocasional y ex alcohólico Treadwell había depositado en sus amigos los osos, le jugó una mala pasada. Su novia, Annie, y él murieron atacados por un oso hambriento, acto cuyo sonido fue grabado por la cámara que Timothy siempre llevaba consigo. Afortunadamente, el documental, que de por sí ya resulta un tanto sensacionalista y morboso, no emite los sonidos de la muerte, pero se recrea durante minutos y minutos en los detalles de cómo se desarrolló el desenlace y los comentarios de aquellos allegados que sí tuvieron estómago para escuchar un ataque en directo.
Visualizar "Grizzly man" fue un tanto tortuoso para mí. Reconozco que la historia es conmovedora y el documental, salvo en esos aspectos antes señalados, es fantástico, pero me hago mayor. Y a medida que veo que el paro alcanza cotas insostenibles, que las guerras no cesan y los desequilibrios se agudizan, mi corazón y mi estómago de occidental acomodada se inclinan por la evasión y el pañuelo en los ojos. Menos mal que no me lo permitiría por nada del mundo. Hay que tener siempre los ojos bien abiertos.
De cómo extraer quince post de una misma película
- ¿Son pobres?
- Sí, lo son.
- ¿Nosotros también somos pobres?
- Por supuesto.
Conversación de "Matar a un ruiseñor". Las preguntas las hace Scout, hija de Atticus, y las respuestas las da éste. La segunda me parece conmovedora: qué importante es mostrar a las generaciones venideras nuestra pobreza, ya sea económica o espiritual, con el objetivo de no permitirles jamás que lleguen al convencimiento de que la pobreza, en todos los sentidos, no les acecha también a ellos.
- Sí, lo son.
- ¿Nosotros también somos pobres?
- Por supuesto.
Conversación de "Matar a un ruiseñor". Las preguntas las hace Scout, hija de Atticus, y las respuestas las da éste. La segunda me parece conmovedora: qué importante es mostrar a las generaciones venideras nuestra pobreza, ya sea económica o espiritual, con el objetivo de no permitirles jamás que lleguen al convencimiento de que la pobreza, en todos los sentidos, no les acecha también a ellos.





