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Publicar a los cuatro vientos
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Post Nº 36. Producto de mi astenia primaveral recien pasada: Un velero...
Había una vez, un barquito chiquitito, que no sabía, que no podía, que no podía navegar. Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco seis semanas, pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco seis semanas...y aquel barquito, y aquel barquito, y aquel barquito navegó.


Había una otra vez un niño pequeñito, pequeñito pues sobre los nueve años se hallaba, que no sabia, que sí sabia, donde le llevaban. Por secreto el asunto fue tomado, por secreto el asunto fue tomado, y aquel pequeñito, aquel pequeñito los fines de semana por la tarde-noche visitó y nunca a nadie le reveló. Visitó por uno, dos, tres, cuatro, cinco seis meses, visitó uno, dos, tres cuatro, cinco seis meses y muchos semestres más, y aquel pequeñito, y aquel pequeñito experimentó.
Jugaba con maniquíes desnudos, y con cristos tumbados y amontonados unos sobre otros, construidos con madera mala que se deserrinaba, jugaba con maniquíes con y sin peluca y con pasos de semana santa a los que con temor tocaba. En un confesionario se metió y al fichero confesaba. A montañas de ropa de segunda mano apilada observaba, mientras a escenarios vacíos se asomaba y vociferaba, y aquel pequeñito, y aquel pequeñito investigó.
Caminaba por los templos, y los mensajes de los fieles abría y espiaba. Con el imaginario religioso conversaba, mientras que con los maniquíes se empalmaba. Oía el eco de sus pasos en toda la fría estancia, y por eso aquel pequeñito taconeaba y caminaba. Y caminó.
Recorría exposiciones, cuando estas se cerraban. Los paneles eran laberintos, y a pillarse jugaban. Sudaban todo el rato, y al viejo guarda nocturno y a su perro lobo siempre molestaban.
Celebraban con aperitivos donde la mayonesa con patatas no faltaba, mientras que el humo de los mayores les asfixiaba. Subía las escaleras en donde una rueda de carromato a la entrada se hallaba, y miraba los libros viejos a los que en secreto deseaba. El comportarse como un diablillo era lo que primaba. Y aquel pequeñito, y aquel pequeñito con ello se normalizaba...
Y una noche en una reunión de clan con otros niñitos que en su misma situación se encontraban, descubría cerrado en sí mismo que en su mente se autovisualizaba escondido en el ángulo que tras la puerta de su habitación se formaba, y en aquel momento, en aquel momento se formó. Se formó como introvertido, como introvertido se configuraba, como introvertido se configuró.

Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco seis años, pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis y mas años, y por primera vez de adulto recordaba, recordaba aquel templo de siete llaves, los clanes secretos y el mantra iniciatico que oraban. Y aquel niñito, y aquel niñito se sonrió.
Cuando, en pleno puerto atracado y atrancado se encontraba, cuando en pleno puerto atracado y atrancado se encontraba, una suave brisa marina le recordaba, le recordaba aquella oración:

“Dios dame serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
valor para cambiar las que sí puedo,
y sabiduría para diferenciarlas”.


“Dios, concédeme
la Serenidad para
Aceptar las cosas que
yo no puedo cambiar,
la Valentía para cambiar
aquellas cosas que puedo, y
la Sabiduría para reconocer
la diferencia”




y zarpó...






No