Curiosa criatura la mujer
Me he pasado todo el día pensando en él. Aunque he estado dopada y medio delirando, no podía pensar en otra cosa que en el momento en que girara la llave de la puerta.
Extrañamente, cuando ha venido nos hemos besado durante un par de minutos y luego nos hemos dedicado a hacer otras actividades: yo a escribir un poco de un libro que posiblemente jamás termine de escribir y él a estudiar japonés, aunque sobretodo porque yo estaba absorta en la escritura y no le dejé otra opción.
Al cabo de un rato hemos cenado y casi le he obligado a irse, con la excusa de que él estaba muy cansado y que mañana tiene que madrugar mucho.
"Casi no te he hecho ningún mimito", ha protestado mientras le abrazaba a modo de despedida.
Y entonces me he quedado al borde de las lágrimas, deseando que pudiera quedarse a pasar la noche.
Como otras noches, noches que he conseguido escabullirme de mi posesiva madre con excusas, noches robadas a fuerza de sacar planes de la nada. Quien no tiene unos padres como los míos no sabe lo que es eso, y lo afortunados que son. Admito mi parte de culpa por no haberme rebelado en su momento, y haber creado una suerte de vida paralela de hija cuasiperfecta. Cada familia tiene sus miserias, y aunque admito que la mía es buena en comparación con otras que conozco, necesitaría un buen rato para explicar porqué nunca he dicho basta al abuso de autoridad y a las comparaciones con mi hermano, éste sí hijo perfecto y ganado a pulso con una paciencia infinita...
Padres... ¡capaces de dar un brazo por sus hijos pero a veces incapaces de darse cuenta de lo infelices que nos hacen interfiriendo en nuestras relaciones!
Pues eso, que no he aprovechado nada la tarde con él, pero tengo una explicación mejor que la que viene inmediatamente a la cabeza y que es "¡niña, cacho gilipichi que eres!".
Ayer ya tenía yo algunas molestias, y no estaba la cosa como para repetir las seis horas de sexo salvaje y desenfrenado del sábado. Aún así, antes de irse, el tierno besito de buenas noches se convirtió en casi una hora de besuqueo enfurecido contra la pared del recibidor, con repetidos golpes de mi cabeza en ella de los que apenas era consciente (¡y no sonaba a hueco, listillos!). Cuando por fin salió por la puerta, ahí estaba el consabido nudo en el estómago... ¡Será posible que le veo cada día un montón de horas y mira que echo de menos al condenao! ¿Será que estoy enamorada de él como nunca de nadie?
Pos va a ser que sí...
Extrañamente, cuando ha venido nos hemos besado durante un par de minutos y luego nos hemos dedicado a hacer otras actividades: yo a escribir un poco de un libro que posiblemente jamás termine de escribir y él a estudiar japonés, aunque sobretodo porque yo estaba absorta en la escritura y no le dejé otra opción.
Al cabo de un rato hemos cenado y casi le he obligado a irse, con la excusa de que él estaba muy cansado y que mañana tiene que madrugar mucho.
"Casi no te he hecho ningún mimito", ha protestado mientras le abrazaba a modo de despedida.
Y entonces me he quedado al borde de las lágrimas, deseando que pudiera quedarse a pasar la noche.
Como otras noches, noches que he conseguido escabullirme de mi posesiva madre con excusas, noches robadas a fuerza de sacar planes de la nada. Quien no tiene unos padres como los míos no sabe lo que es eso, y lo afortunados que son. Admito mi parte de culpa por no haberme rebelado en su momento, y haber creado una suerte de vida paralela de hija cuasiperfecta. Cada familia tiene sus miserias, y aunque admito que la mía es buena en comparación con otras que conozco, necesitaría un buen rato para explicar porqué nunca he dicho basta al abuso de autoridad y a las comparaciones con mi hermano, éste sí hijo perfecto y ganado a pulso con una paciencia infinita...
Padres... ¡capaces de dar un brazo por sus hijos pero a veces incapaces de darse cuenta de lo infelices que nos hacen interfiriendo en nuestras relaciones!
Pues eso, que no he aprovechado nada la tarde con él, pero tengo una explicación mejor que la que viene inmediatamente a la cabeza y que es "¡niña, cacho gilipichi que eres!".
Ayer ya tenía yo algunas molestias, y no estaba la cosa como para repetir las seis horas de sexo salvaje y desenfrenado del sábado. Aún así, antes de irse, el tierno besito de buenas noches se convirtió en casi una hora de besuqueo enfurecido contra la pared del recibidor, con repetidos golpes de mi cabeza en ella de los que apenas era consciente (¡y no sonaba a hueco, listillos!). Cuando por fin salió por la puerta, ahí estaba el consabido nudo en el estómago... ¡Será posible que le veo cada día un montón de horas y mira que echo de menos al condenao! ¿Será que estoy enamorada de él como nunca de nadie?
Pos va a ser que sí...
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