Del desamor a el hermoso Narciso
Pan era el dios de los pastores y de los rebaños, oriundo de Arcadia, pero cuyo culto se generalizó en todo el mundo helénico. Tenía un rostro barbudo, con cuernos y una expresión animalesca, además de miembros inferiores como los de un macho cabrío. Aunque se le atribuyeron diversos orígenes, según la leyenda más conocida era hijo de Hermes y de la hija de Dríope.
Cuando nació, su madre se horrorizó del hijo monstruoso que había traído al mundo, pero su padre lo envolvió en una piel de liebre y lo llevó al Olimpo, donde lo puso al lado de Zeus y lo mostró a los demás dioses, quienes de inmediato simpatizaron con él. Pan amó a la ninfa Eco.
Eco era la ninfa de los bosques y las fuentes. La ninfa no correspondía a la pasión del dios flautista, pues amaba ─también en vano─ al bello Narciso, quien, a su vez, sólo se amaba a sí mismo. Un día finalmente se encontraron y Narciso la miró con tanto desprecio que Eco dejó de alimentarse y murió, para convertirse en una roca fría y dura, que desde el fondo de un valle repite hasta hoy las últimas palabras de cada cosa que allí se dice.
Narciso era un joven de extraordinaria belleza pero que desdeñaba el amor. Cuando nació, sus padres consultaron al viejo adivino Tiresias, quien les dijo que el niño llegaría a viejo si evitase mirarse a sí mismo. Durante su adolescencia, Narciso despertó intensas pasiones en incontables ninfas y jóvenes de su edad, pero jamás se interesó por ninguna de ellas.
Dispuesta a vengar a Eco, la diosa Némesis, un día de mucho calor, hizo que Narciso se inclinase a beber sobre una fuente, pero cuando el joven vio su rostro tan hermoso se apasionó inmediatamente por él e inclinó su cabeza dentro de la fuente, con lo que murió ahogado en pocos minutos.
Oscar Wilde cuenta acerca de la leyenda de Narciso:
Cuando Narciso murió, llegaron las Oréades -diosas del bosque- y vieron el lago transformado, de un lago de agua dulce que era, en un cántaro de lágrimas saladas.
-¿Por qué lloras? -le preguntaron las Oréades.
-Lloro por Narciso -respondió el lago.
-¡Ah, no nos asombra que llores por Narciso! -prosiguieron ellas-. Al fin y al cabo, a pesar de que nosotras siempre corríamos tras él por el bosque, tú eras el único que tenia la oportunidad de contemplar de cerca su belleza.
Comentario por: LEWIS
-¿Pero Narciso era bello? -preguntó el lago.
-¿Quién sino tú podría saberlo? -respondieron, sorprendidas, las Oréades-. En definitiva, era en tus márgenes donde él se inclinaba para contemplarse todos los días.
El lago permaneció en silencio unos instantes.
Finalmente dijo:
-Yo lloro por Narciso, pero nunca me di cuenta de que Narciso fuera bello. Lloro por Narciso porque cada vez que él se inclinaba sobre mis márgenes yo podía ver, en el fondo de sus ojos, reflejada mi propia belleza.





