{ height: 80px; background: http://blogs.ya.com/relatosueltos/files/erotismo.jpg; z-index: +1; }Blogs Ya.com: A TRAVÉS DE LAS QUIMERAS
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A TRAVÉS DE LAS QUIMERAS
Relatos sueltos de una historia, con sus verdades, y todo aquello que lo parezca.
El otoño de
Una vida, una historia; con altos y bajos, con hale y empuje, con risas y llantos, con un por favor y un gracias; con todo lo bueno, incluyendo sus putadas... www.servicont.com
Árboles que me deleitan con sus hojas
Otoños de relatos
También dejan caer relatos.
No son relatos, pero se dejana caer.
Sindicación
 
Te he dicho alguna vez?
Esa mañana, después de contener mis deseos por besarlo, abrazarle, decirle cuanto le estaba amando, me levánte, recogí con cuidado el maravillosos vestido, que la noche anterior había lucido para Él, y haciendo el menos ruido posible, salí de su habitación. Bajé con cuidado las escaleras, procurando que la madera se convirtiera en mi cómplice, y no hiciera tanto ruido en cada pisada.

Entré en el cuarto de baño de la parte inferior, me metí en la ducha, dejé correr el agua, quería confundirlas con mis lágrimas. Lloraba de frustración, porque no podía hacer lo que quería. Lloraba de felicidad porque amaba y me sentía amada. Si, porque aunque no habíamos hablado del tema, sabía que estaba enamorado de mi todo, como yo, de cada una de sus partes, pero la mayoría de mis lágrimas tenían su origen en el dolor que me producía saber que mi felicidad tenía fecha de caducidad.

Entendía que Él volvería a los besos, a los brazos, a las caricias de su esposa, y yo sufriría como una condenada. Comprendía que nuestras vidas volverían al punto de partida, que de seguir por el camino que iba, necesitaría reiventarme para superar la frustración, la separación, la despedida, el dolor... Necesitaba tomar una decisión.

Minutos después, junto con el agua, cesarón mis lágrimas y mis sollozos. A la vez que retiraba el cabello mojado de mi cara, sentí desaparecer las telarañas que cubrían mis perspectivas, me sentí segura, y supe exactamente lo que debía (quería e iba) a hacer.

Salí a toda prisa de la ducha, y mientras peinaba mi cabello, miraba mi cara en el espejo e imaginaba lo maravilloso que sería todo el tiempo que pasaríamos juntos, no importa cuanto fuera. Sonreía al recordar sus últimos besos y sus últimas caricias. Me llené de su cuerpo, de su olor y de sus abrazos, y entendí que sufriría más, privándome de algo por lo que me moría de ganas.

Mi reflejo y mis pensamientos, se vieron interrumpidos por su imagen, y sus manos que me rodeaban. Lo vi tan guapo, que dije:

-Rubio, te he dicho alguna vez, que en lo primero que me fijé cuanto te conocí, fue en tu cabello, y en lo sexy que te ves recien duchado?

-no...-girandome hacia ÉL.-y yo te he dicho alguna vez, que no me gusta que me dejes sólo en la cama, y que Te Quiero?
 
Paréntesis.
Antes de continuar, he creído oportuno aclarar, que el relato anterior, en ningún sentido, ha sido una justificación, porque si bien es cierto que, en mi cabeza se engrendraban muchas interrogantes, y en varias ocasiones, la situación no me resultaba muy cómoda, yo sabía perfectamente lo que había, a que me exponía, lo que ambos buscábamos, lo disfrutaba siempre que podía. Tambien conocía de antemano, el desenlace de la historia. Creo haber hablado de mi mala relación con el Destino.
 
Si, Amantes.

"El verdadero amor no se conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece." Jacinto Benavente


Si, yo era su amante, en el mejor y más amplio sentido de la palabra. Él también era mi amante, a pesar de que no le gustaba utilizar ese término en nuestra relación, por la connotación despectiva, que muchos suelen darle.

Él, afirmaba que en todo caso, yo no estaba con el marido de nadie, pero estaba casado, casadísimo, y aunque alguien muy cercano, me insistió en lo mal llevado de ese matrimonio, en principio, no me había aclarado nada al respecto, yo tampoco le pregunté y preferí pensar que no era así, y que por el contrario, era un hombre enamorado,a quien la distancia lo había obligado a ser infiel.

No sé que tanto la quería, nunca hablamos de eso; pero si puedo asegurar que ella le hablaba mucho por teléfono, y que por sus respuestas iniciales, los temas eran siempre dinero, y algún problema con el niño. Siempre eché mano de mi discreción, y con cualquier excusa, lo dejaba terminar a solas sus conversaciones, por demás breves. Yo no quería que hiciera ningun esfuerzo, por aparentar frialdad, si estaba deseando decirle que la amaba.

Su esposa estaba lejos, a muchos kilómetros de distancia, demasiado como para que la afirmación "están separados" tuviera mucha validez, pero no se trataba sólo de geografía.

Ya he dicho que, mi amor era directamente proporcional al transcurrir del tiempo? si, como nos pasa a casi todos en los inicios. Era así, y con cada amanecer, yo me daba cuenta que sería muy dificil cumplir con los parámetros de duración e intensidad establecidos ( de manera absurda) por mí, al iniciar la relación.

Cuando no estábamos juntos(muy pocas oportunidades), yo me dedicaba a extrañarle, y entre líneas pensaba en el momento de la despedida. En esos momentos sentía que me quebraba en pedazos, y deseaba como una loca, tener el valor suficiente para echarlo de mi vida, para hacer que mi corazón entendiera las razones que mi cerebro procesaba; pero no, mis ganas de tenerlo conmigo todo el tiempo que fuera posible, aniquilaban la posibilidad de pedirle que me dejara.

Era dificil debatir conmigo misma algunos temas. Una mañana mientras lo observaba dormir, y me disponía a inundarlo de besos, me puse por enésima vez (al cuadrado) en el lugar de su esposa, y fue la primera vez que no pude controlar mis ganas de huir.
 
Sólo su amante.
A raíz de nuestra conversación, me sentía mucho más unida a Él, yo acababa de descubrir su lado tierno, y si bien es cierto que lo había notado “protector”, ahora me parecía que excedía sus cuidados. Muchas veces su cariño, me hizo sentir demasiado seca, demasiado fría, y poco a poco me daba la impresión que estaba frente a mi mejor amigo, porque nadie hasta ese momento conocía tanto de mi vida como Él.

Físicamente también nos unimos mucho, nuestras salidas se hicieron mucho más frecuentes, y nuestras conversaciones más extensas. Se puede decir que sólo nos separábamos para ir a trabajar y a dormir.

Aquí debería relatar lo maravilloso que fue, estar entre sus brazos y hacer el amor. Si, porque aunque yo quería acostarme y ya, tener infinidad de polvos exquisitos con Él, no puedo negar que me limité a hacer el amor, y lo que hasta entonces me parecía una quimera, se convirtió en una deliciosa realidad, porque mis cinco sentidos se colaron en la cama, y en cada probada yo sentía cosas muy distintas a las anteriores, en cada olor, en cada gesto, cada caricia y cada gemido, me decían que no estaba sola en la aventura y que Él estaba a mi lado, escalando el mismo pico, o cayendo por el mismo despeñadero. Y en lugar de saciar mis ganas de él, cada vez sentía más hambre de su cuerpo, tanto que a veces esa necesidad, superaba mi cordura.

Si tuviera que sintetizar, diría que me acosté excitada, y me levanté, además enamorada. Si me detengo analizarlo, no estoy exagerando en absoluto.

Después de eso, nuestras interminables charlas, se mudaron a la cama, junto con las risas, los grandes abrazos, los mantos de besos, y para que negarlo, también se acostaban de vez en cuando la incertidumbre, mirándome de soslayo, y las dudas, con su sonrisa irónica de siempre.

Porque yo me sentía feliz, estaba dispuesta a disfrutar cada instante, cada segundo y cada respiro de mi historia, pero no por eso podía olvidar, que después de todo, y a pesar de su extraña relación con su esposa, yo sólo era su amante.
 
Preludio de un Te Quiero.
Había pasado una semana desde que tomé la decisión de hablar con Él, necesitaba liberarme de ese peso, que entendiera que el rechazo involuntario de mi cuerpo, me acababa de declarar la guerra, y el tenía que saber por qué.

Y si, era una carga de la cual me quería librar, pero no me parecía justo echarla a sus espaldas, porque así como yo me debatía entre el deseo, y el temor a las respuestas de mi cuerpo, también evaluaba la situación, y dudaba entre darme la oportunidad o dejarla pasar. Quedamos en mi casa, ahi tendría lugar nuestra conversación. Una conversación que aseguró, había estado esperando.

¿He dicho que él tenía mucha habilidad para decir las cosas tal y como las pensaba?, bueno, eso era así, su postura diplomática solía durar poco. En ese momento imaginé que le gustaría oír las cosas con la misma claridad, y yo iba a hacerlo, después de todo no era tan larga la historia.

En la improvisada terraza, con vista a la bahía, hablé de mis miedos y de mis dudas, de mis experiencias, mi rabia, mis sentimientos, de mis decepciones, y hasta de mis desavenencias con la vida.

Ese fue el fin de su siempre saber que decir, y de sus labios, solo brotó, de forma apenas audible:
"lo siento, siento no tener nada correcto que decir”, seguido de un beso, apenas perceptible al tacto, pero que tocó todas mis fibras internas. Nuevamente me derretí en sus brazos, esta vez más suaves que nunca, y bajo la mirada de unos ojos que me presentaban un nuevo brillo.

Me sentía tan segura, tan protegida, que en un intento inexplicable de escaparme de su manto de besos, le solté mi filosofía (barata) y aprendida a las malas, y por supuesto, mi enemistad con el futuro. Por eso le pedí que nunca nos relacionara a ambos, al futuro y a mí. Y es que cuando has estado tanto tiempo tan cerca de morir, ya no le temes a la muerte, y los verbos conjugados en tiempos con mañanas, no te saben a nada.

Dos besos, y un dedo que recorrían mis facciones, fueron la antesala, a reconocer internamente que decir eso, había sido quizás, la tontería más grande de mi vida, y un:

-No me mires con esa cara, que la sangre no me fluirá a todos lados; el preludio del querer quedarme así, sintiendo mi piel y ni corazón, encendidos de deseo, con sus manos en mi cara, sus labios en los míos, por toda la eternidad.
 
Espejos del alma.
Lo primero que aprendí acerca de Él, era que podía hablar con sus ojos. Esos ojos de color raro y tan expresivos, que me contaban, sin dejarme dudas, cuanto Él me deseaba, pero también me transmitían un gran ternura, en ellos muchas veces vi reflejado mi miedo. Quizás Él también aprendió muy rápido a leer los mios.

Si, yo tenía miedo, yo quería que sus manos acariciaran mi cuerpo, que liberaran cada fibra de deseo, y que su cuerpo hiciera arder todo mi ser, pero más que miedo, tenía pánico, un pánico que me paralizaba y me impedía corresponder a su líbido y a mis anhelos.

ÉL lo entendía, no preguntaba, acariciaba, callaba, conquistaba, protegía, abrazaba y besaba, me quitaba el frio, y poco a poco intentaba quitar cualquier escudo, intentaba leer en mis ojos, y en esos momentos, yo observaba esa ternura extraña, y nuevamente, la niña indefensa, quería fundirse con Él.

No se trataba sólo de miedo, y de que yo quería que mis cinco sentidos se involucraran en ese acto, que fuera una experiencia sublime, y sentir que todos mis sentimientos estaban envueltos en su mágia; No, no tenía nada que ver con amor, porque yo no lo sentía, ni quería nada adicional que su cuerpo.

El problema era más complicado, yo deseaba más que nada, que Él, un hombre que hasta el momento, me parecía muy especial, borrara de una vez por todas, las huellas que otro había dejado, otro que sin pedir permiso, traspasó las fronteras de mi cuerpo, invadiéndome del dolor más grande que hasta ese momento había sentido.

Dentro de mi, el tenía esa misión; pero era dificil llevarla a cabo, si no lo sabía, por eso antes de continuar decidí contarle toda esa verdad, aunque con ello dejara al descubierto, toda mi vulnerabilidad y mi tristeza.
 
Después.
A pesar de mi postura segura, mis pasos firmes, mis muchos amigos y estar consciente de mi atractivo con el sexo opuesto, yo me sentía emocionalmente como una pluma al viento. Nunca lo comentaba con nadie, pero llevaba años sintiéndole sola; pasaba horas enteras recordando alguna experiencia que me atormentaba, y jugando ajedrez con la incertidumbre, mientras el miedo me daba todo su apoyo, y me indicaba que pieza mover.

Debajo de todo un alarde de independencia, yo era sólo una marioneta a quien la vida hacía mover los pies, y de quien el destino parecía burlarse, pero cuando quise llorar y gritar, decir que no aguantaba y abandonarlo todo, mis ojos se encontraron con los suyos.

Después de la primera cita, seguimos saliendo, y poco a poco, tuve a quien recurrir en mis momentos de tormento, quien escuchara y no juzgara, quien aconsejar y no presionara, quien acariciara mi pelo, mientras sus palabras sanaban mi alma.

Probablemente lo más osado que hice hasta ese momento, fue iniciar una relación con él. Lo más tonto, fijarme un tiempo de duración, y creer que de verdad podría sacarlo de mi vida, con sólo desearlo.

Hasta que probé el confort de sus brazos y sus besos, de di cuenta de lo espantoso que era no tenerlo cerca.

Tuve una niñez feliz, la cual recuerdo cada vez que siento que los problemas me superan, eso me hace no pensar en ellos. Mis padres me hicieron adicta a sus abrazos, y ahora eran los de él, los que me consolaban, protegían, y a la vez me encendían.

 
La Cita.
Transcurrieron cuatro días, después de aquel encuentro. En ese intervalo recibí dos llamadas de su parte; A pesar de lo complicada de mi semana, acepté la invitación a “tomar una copa”. Debo aclarar que, en nuestros lugares de procedencia, esta frase, tiene distintas connotaciones; digamos que para mí es literalmente, eso: tomar una copa.

Yo acababa de descubrir las diferencias entre una mujer que “está buena” y sexy, y una que sólo “está buena”, yo siempre había sido sexy, y aunque pueda sonar exageradamente presuntuoso de mi parte, me sentía con mucha ventaja sobre las chicas buenísimas de su entorno, las chicas con las que Ël acostumbraba salir, pero no se por qué extraña razón, desistí de la idea de llevar cualquier ropa, que se pudiera ver como una declaración de guerra. Muchas veces llegué a la conclusión de que no me interesaba, que era uno más de mis caprichos, conquistarlo, cenar una vez o dos y desahogar mi estrés semanal, con una buena charla.

Me invitó a un sitio demasiado “pijo” para mi gusto; quise protestar, pero decidí darle ventajas. Más adelante me enteré que había escogido el lugar, no porque le gustara, sino porque imaginó que sería mi estilo. Lo cierto es que ahí estaba él, con sus ojos de color raro, sus manos delicadas, que no paraban de gesticular, y su cabello. Creo que nunca le dije a nadie que físicamente, fue en lo primero que me fijé. Ahí estaba yo, con mis rizos rojos, mi vaquero desgastado, escote y chaqueta. El no paraba de hablar y mirarme, yo no paraba de oír y desearle.

Mi reto de conquista y su juego de seducción, sin nuestro consentimiento se hicieron socios y decidieron esperar; no nos iríamos juntos a la cama esa noche, ni yo le saltaría encima, no me besaría con desespero, para arrancarme las ropas en el portal, ni yo apretaría su cuerpo contra el mío, para indagar que sentía; no buscaría la manera de rozar mis pechos de manera discreta, ni yo tendría que fingir que no lo noto.

Esa noche, Él dormiría en su casa y yo a la mía. El con sus ganas, yo con un deseo que por instantes me confundía.

 
El Principio.
Aunque mis ganas de conocer a Él, eran producto de la curiosidad, nunca me atreví a comentarlo con nadie. Contrariamente. mi actitud denotaba mucha indiferencia, notando que esta, era proporcional a mis deseos.

Nos vimos por primera vez, en casa de Enrique, donde yo había estado en varias oportunidades. Yo también sabía que Él vivía en la misma urbanización, pero nunca desee encontrarlo ahí, y menos ese día. Yo imaginaba una escenografía distinta, y mi atuendo no era precisamente el apropiado para hacerlo notar de golpe, mi intriga y mis deseos.

Enrique, dos amigas y yo, quedamos para sesión grupal de cocina y comida. El llamó cerca de las una de la tarde, escuché perfectamente como Enrique le describía la reunión y la compañía, mientras aparentemente el se negaba a asistir. Cerca de una hora después se presentó. El motivo de la visita, un sacacorchos y la excusa, estar recién mudado; yo sólo observé que estaba recién duchado. Ante la nada disimulada insistencia del anfitrión, accedió a quedarse, aunque después me confesó que, la comida no era de su total agrado, no porque estuviera mala, sino por su poco gusto por el arroz.

Poco después mi atención era manipulada por su conversación, mis risas por sus anécdotas, mi rubor por sus halagos, mis movimientos por su mirada. Sin darme cuenta había puesto de lado el deseo, y en su lugar estaba el constante pensamiento de algunas semejanzas y otras diferencias, de unos ojos de color indefinido que me recorrían, a la vez que unas manos que gesticulaban, se mantenían lejos y quitaban importancia a alguna insinuación de terceros.

Así, nos conocimos, y una invitación abierta, fue la despedida, el fin de la intriga y el comienzo de la historia.