El oficio más pesado del mundo
La Real Academia de la Lengua Española define el término estibador como “obrero que se ocupa en la carga y descarga de un buque y distribuye convenientemente los pesos en él”. Sin embargo, el término puede ser utilizado para designar a toda persona que carga bultos y los descarga convenientemente. La primera vez que escuché esta palabra me resultó extraña. Por eso corrí al diccionario y la busqué. Por aquella época yo iba religiosamente todos los domingos al mercado de Piura, acompañaba a mi madre a realizar las compras para la semana. Ahí conocí de cerca a las personas más marginales que existen en nuestro país: los lustrabotas, los zapateros, herreros, taxistas, vendedores de frutas y verduras y a los cargadores, o llamados comúnmente carretilleros.
La primera vez que trabajé como estibador fue cuando tenía 19 años. Mi hermano me metió en ese mundo. Aquellos eran tiempos difíciles. Mi padre no me regalaba ni un mísero sol, “si quieres plata trabaja”, me decía cada vez que le pedía para algún trabajo de la universidad. A mi madre no le pedía dinero, aunque ella siempre me sacaba de algún apuro. Yo sabía que mi madre se ganaba un sol con el sudor de su frente y de sus manos, como decía mi abuelita. Por eso, cuando Charles, mi hermano, me propuso trabajar con él de cargador no lo dudé ni un solo instante. Entonces ya era grande y fuerte y podía ganarme un sol con el sudor de mi frente, aunque luego me lo ganara con la fuerza de mis músculos y la tenacidad de mis sueños.
Todo novato que ejerce un oficio por primera vez termina con ganas de mandar a la mierda a todo el mundo, de dormir y no levantarse más, de esperar que mañana sólo haya sido un sueño todo lo jodido de ser pobre y no tener qué comer, aunque sí un padre alcohólico. Y yo no fui la excepción. Al inicio sólo cargué tres cajas de leche Pura vida chica, que pesan 32 kilos, dos cajas de leche Gloria grande, que equivalen a 42 kilos y cuatro paquetes de yogurt de seis litros cada paquete. Conforme transcurría el tiempo mi cuerpo fue adquiriendo una nueva forma: se ensancharon mis músculos, mi abdomen se endureció y también mi espíritu. Los consejos de mi hermano me ayudaron bastante: me enseñó a coger las cajas y subírmelas al hombro, a tomar jugo sin que almacenero nos pillara, a sacar de vez en cuando sachets de mermelada o sobres de café que escondíamos en los bolsillos de nuestros pantalones. También me enseñó a bolear las cajas, acción que consiste en bajar las cajas de leche a la camioneta sin que se rompan; con él aprendí a cabecear o acomodar las cajas mientras él corría con tres cajas en el hombro hasta las tiendas del mercado.
Desde pequeño, Charles, siempre me protegió. No dejaba que nadie me golpeé ni que realice trabajos pesados. Por eso aquel sábado de la primera semana de cargador, cuando nos enviaron al mercado con 150 cajas de leche Gloria grande y una carretilla, él tiró de la carretilla con veinte cajas en cinco viajes. Al sexto estaba muerto de cansancio. Por eso me pidió que jalara de la carretilla. Yo avancé cinco pasos y caí. Él sólo me miró con pena y continuó. Entonces un señor colorado, de aspecto elegante, que caminaba con su esposa nos insultó porque le rozamos. Que éramos unos atrevidos, sucios, irrespetuosos, que éramos una plaga, que…. Mi hermano sólo los miró y continúo. Yo quería responderles porque consideraba que todos los insultos eran injustos y que ellos no eran las víctimas, de igual forma que nosotros no éramos los culpables, pero no me dejó. Y para consolarme me invitó un vaso de soya que bebí sin agrado, con rabia, con ganas de mandar a ese señor colorado a la mierda y de dejar el trabajo porque aún me resultaba demasiado pesado. Aunque luego cambié de opinión cuando recibí los 99 soles de mi primer pago.
A la segunda semana empecé a cargar de tres cajas de leche Gloria grande, seis cajas chicas, cinco paquetes de yogurt, dos javas de yogurt en sachet. Aprendí golpeándome, como se aprende a caminar, aunque yo aprendí a correr con las cajas de leche en mi hombro. Ahora ya no trabajo más de estibador, mi hermano continúa en el oficio más pesado del mundo. Cada vez que recuerdo junto a él la escena del mercado y el señor colorado, le digo: todos los que no trabajan de cargadores no nos entiende y nos juzgan por nuestro aspecto, nuestro cuerpo sudoroso, las ropas que vestimos, por la carga que obstruye los caminos, pero ellos no se dan cuenta que sí estuvieran en nuestro lugar, si por un día trabajaran de cargadores o carretilleros, entonces comprenderían que éste sí es un oficio digno, que merece el respeto de todos como el resto de oficios. Él sólo asiente y me dice: ojalá algún día ese sueño se cumpla, aunque continúas siendo un soñador, me dice y ríe
¿Retórica o adulación?
Si se hallara frente a un tribunal dispuesto a condenarlo por faltas que nunca ha cometido, ¿qué haría? ¿Trataría de convencerle con argumentos retóricos, que apelen a lo falso; o lucharía hasta el último instante por su vida, defendiéndose sólo con la verdad, aunque eso signifique morir? Pues ése es el dilema que nos presenta el diálogo platónico Gorgias.
Sócrates, protagonista del diálogo, debate con los sofistas acerca del objeto y fin de la retórica. Para ello utiliza el método mayeútico, que consiste en que sus adversarios alumbren ideas verdaderas luego de haber dudado de sus propias afirmaciones. De esa manera, Sócrates, logra que sus interlocutores, a través de preguntas, puedan llegar a la verdad.
Sócrates sostiene que hay dos formas de que el hombre se cultive: a través del cuidado del cuerpo y del alma. La adulación es la práctica que produce placer al cuerpo, y al alma le corresponde el bien. De esa manera, la adulación complace al cuerpo, pero no asegura su bienestar, pues no todo placer ocasiona un bien en el cuerpo. A veces, el placer genera dolor, como cuando uno come de manera desproporcionada y luego se enferma de colesterol o sobrepeso.
La adulación, indica Sócrates, es mala porque tiene como objeto lo que no es bello, y busca lo útil para quien la practica. De esa forma, en el ejemplo anterior, el retórico elegiría convencer al tribunal con argumentos falsos e injustos. Así, el hombre retórico se volvería injusto, es decir, malo. Y más aún si logra librarse de la condena y esa injusticia queda impune.
En cambio, el buen orador es aquel que tiene como objeto decir la verdad siempre. En el ejemplo, el buen orador escogería la muerte justa a la salvación injusta. Porque es sabio, conoce que sólo la justicia purga las penas y convierte al hombre en justo. Además, “nadie da lo que no tiene”. Por tanto, si el buen orador busca el bien común entonces debe convertirse, primero, en un hombre virtuoso
Ser virtuoso es el ideal griego. Sócrates lo sabe. De ahí que sostenga que el dominio del hombre es imprescindible para lograr la virtuosidad del espíritu. Tres son las virtudes del buen orador, subraya el filósofo griego: ciencia, benevolencia y franqueza. Ciencia es conocimiento, la benevolencia se refiere a lo bueno y la franqueza a la verdad. Ahí está el trío integral que conduce al hombre hacia la perfección.
Aunque el hombre es libre de hacer lo que le plazca. Puede engañar si se lo propone o decir la verdad cuando conoce. Entonces, ya no le teme a la muerte porque sabe que ha hecho lo correcto: lo que le dictaba su espíritu y lo conforme a la verdad, supremo bien.
Lima la horrible
Lima apesta. Sí, señor, usted que está pensando venir a pasar sus vacaciones o navidad al lado de sus familiares, piénselo dos veces. No se precipite, puede arrepentirse... se lo digo por experiencia. En Lima ya no cabe más gente, con las justas respira, y ese ambiente atestado de gente, de carros, de aires de basura y de chatarra no le gusta a nadie, ¿o sí?
Viajar a Lima desde Piura en bus es toda una aventura, un riesgo desenfrenado, una locura que sólo pueden permitirse los que aman el riesgo, la adrenalina, la sangre chorreando por cada vena inflamada de tanto estrés. Pasar el Pasamayo y ver que tu vida pende de un solo hilo, de la destreza del chofer, de la lucidez con la que maneje. Después toparte con que el carro no puede ingresar por Puente Piedra porque hace unas cuantas horas un camión chocó a un tico, y entonces debes ingresar por Ventanilla y Ancón. Observar aquí como el humo de las fábricas de Sol gas Repsol u otra compañía contaminan el aire, que más tarde viajara hacia la ciudad de Lima.
Llegar al terminal cansado por el viaje, subirte en un auto que te cobra quince soles cuando viajando en bus te sale por tres soles; y ver cómo el chofer tiene que virar hacia ambos lados para evitar que los autos que se le meten lo choquen. Sí, parece una película de persecuciones, pero es real. Luego llegar a casa, desayunar a la volada y salir hacia el Ministerio de Trabajo. Llegar y darte cuenta que la burocracia tan criticada existe, que no es un invento de los viejos resentidos ni de las tías cardíacas.
Estar en Lima una semana y aburrirte de comer pollo, pollo y más pollo - me van a a salir plumas- , no tener con quien jugar, extrañar a tus viejos aqunque estés cabreado con ellos, y encima tener que soportar el ánimo de los microbuseros que se aprovechan de tu pobre condición de provinciano. Dormirse a las diez de la noche máximo porque luego comienzan a salir los dueños de las noche, de las casas, de los parques y de Lima. Sí, señores, así como lo escuchan... Lima sigue siendo La Horrible. Y a toda honra.
Viajar a Lima desde Piura en bus es toda una aventura, un riesgo desenfrenado, una locura que sólo pueden permitirse los que aman el riesgo, la adrenalina, la sangre chorreando por cada vena inflamada de tanto estrés. Pasar el Pasamayo y ver que tu vida pende de un solo hilo, de la destreza del chofer, de la lucidez con la que maneje. Después toparte con que el carro no puede ingresar por Puente Piedra porque hace unas cuantas horas un camión chocó a un tico, y entonces debes ingresar por Ventanilla y Ancón. Observar aquí como el humo de las fábricas de Sol gas Repsol u otra compañía contaminan el aire, que más tarde viajara hacia la ciudad de Lima.
Llegar al terminal cansado por el viaje, subirte en un auto que te cobra quince soles cuando viajando en bus te sale por tres soles; y ver cómo el chofer tiene que virar hacia ambos lados para evitar que los autos que se le meten lo choquen. Sí, parece una película de persecuciones, pero es real. Luego llegar a casa, desayunar a la volada y salir hacia el Ministerio de Trabajo. Llegar y darte cuenta que la burocracia tan criticada existe, que no es un invento de los viejos resentidos ni de las tías cardíacas.
Estar en Lima una semana y aburrirte de comer pollo, pollo y más pollo - me van a a salir plumas- , no tener con quien jugar, extrañar a tus viejos aqunque estés cabreado con ellos, y encima tener que soportar el ánimo de los microbuseros que se aprovechan de tu pobre condición de provinciano. Dormirse a las diez de la noche máximo porque luego comienzan a salir los dueños de las noche, de las casas, de los parques y de Lima. Sí, señores, así como lo escuchan... Lima sigue siendo La Horrible. Y a toda honra.
Renovadora de Cueros
Los zapatos más caros que ha reparado fueron unas Nike despegadas; los más baratos, unas Venus descosidas. Lo máximo que ha ganado en una día, setenta soles; lo mínimo, cinco lucas. Lo más insólito que ha recibido, un par de yanques desclavados; lo usual, zapatos despegados. El día más triste en su oficio, cuando le robaron unos frascos de tintes; el más alegre, el día que se compró un par de tabas de marca en Tacora. Santos el zapatero, arregla pelotas y mucho más.
A los peruanos nos gusta ser muy originales y el ingenio salta a la vista en cada cosa que hacemos. Por eso es que en vez de desechar nos gusta reparar. Contrario a lo que hacen los ciudadanos norteamericanos o europeos, nosotros usamos, reusamos y parchamos. Y de esto se encarga Santos Inga Córdova, conocido en el mundo de los hilos y parches como el zapatero de los zapatos renovados.
El hombre de los cueros usa un par de tabas que tienen dos años de renovado continuo. Para él no hay zapatos viejos e inservibles, sino mal reparados. Y ése es su oficio: cose, pinta, parcha y hace mil y un puntadas en los calzados que le llevan a su puesto, Renovadora Córdova, ubicada en el Mercado Modelo de Piura. Allí se arreglan “pelotas y todo tipo de calzado”, desde balones Vinyboll hasta pelotas de básquet, y zapatillas de todas las marcas, colores y diseños; y, por supuesto, todo tipo de cueros.
Sus herramientas principales son unas cuantas agujas, un martillo, un yunque, una máquina manual de coser, hilos de todo tipo, un ensanchador de zapatos, alicates, pinzas, tintes variados; tres muchachos que pretenden ser la horma de su zapato. Y un poco de agudeza para saber cuando disimular el hilo, aplicar el tinte brillante o el parche invisible.
Empezó hace ocho años cuando llegó a Piura desde Morropón y andaba pateando latas. Un día recorrió el mercado y en una esquina, a la intemperie, encontró a Ricardo, uno de sus viejos amigos sumido entre zapatos viejos, plantillas nuevas y algunas herramientas. Después de conversar sobre las familias, Santos le contó que buscaba chamba. Él le propuso emplearlo como ayudante. Santos zapateó de alegría.
Un año después montó su propia renovadora, hasta donde llegan diariamente entre cinco y diez clientes de lunes a viernes, y entre quince y veinte los fines de semana. El oficio que practica Santos ha sido diseñado para ensuciarse con todo tipo de tintes y pintura, además de moverse con dificultad entre estantes repletos de calzado, vitrinas llenas de pomadas. Así es el lugar donde él trabaja: estrecho, sucio, caótico y lleno de zapatos, pelotas y algunos objetos personales.
Sus manos han reparado desde un par de zapatillas Nike hasta unas Tigre “que agarran con garra”, y algunas veces unos yanques todo terreno. En una ocasión le llevaron un flotador para que lo parchara, pero él no aceptó porque sabe que es un trabajo más delicado, requiere espacio y tiempo. Y él no tiene mucho, ya que los clientes son muy exigentes y, deseosos de brillar en la fiesta, lo apuran con los arreglos. Otros prefieren dejarlos un par de días porque no tienen premura.
Los clientes son bastante exigentes y los peruanos aún más. Siempre piden más y pagan menos, buscan que los zapatos queden relucientes, rejuvenecidos o simplemente como nuevos. Los más que llegan con mayor frecuencia a Renovadora Córdova son aquellos a los que se le ha despegado o descosido la taba, los que buscan el lustre perfecto o el tinte de color distinto al color original – en la variedad está el gusto-. También están los que aman tanto sus ansiadas chancletas que prefieren remendarlas a tener que relegarlas al olvido.
Pero, ¿por qué lo hacemos? Una primera razón es que en economía nadie nos gana, y nosotros somos recontra ahorradores, no gastamos más de la cuenta, y si lo hacemos no la pagamos completa. Por ejemplo, si un par de zapatos nuevos cuesta entre treinta y cincuenta soles, preferimos obviar esta opción y reparar por seis luquitas nuestros compañeros de parrandas, juergas y compromisos formales.
Otros somos tan sentimentales que despegarnos de nuestras tabas es como arrancarnos parte de nuestro ser, por eso optamos por repararlas y a seguir andando se ha dicho. Existen también los tacaños que en vez de comprarse un par de zapatos nuevos en una centro comercial, prefiere hacerlo en Tacora nomás porque la moda no incomoda.
De Renovadora Córdova los clientes pueden salir con las tabas relucientes o zapateando de rabia, porque en gustos y colores no han escrito los autores, y tampoco Santos. Y de estos últimos existen muchos, desde el tipo furioso que llega después de una semana de haber dejado su calzado hasta el conchudo que, sin haber dejado un adelanto, regresa a los siete meses a reclamar unos zapatos que Santos tiene arrumados en uno de los dos estantes de su puesto. También están los que prefieren la puntera beige en vez de azul o la suela más ligera. Hay de todo y eso lo sabe santos.
Santos tiene dos hijos, el mayor le ayuda a pintar zapatos en los meses de verano, cuando está de vacaciones. Su mayor sueño es dejar el oficio de los cueros y comprar muchos pares de zapatos para venderlos en una tienda que pretende constituir. Pero por ahora tiene que continuar renovando los zapatos que le dejan los clientes, y de paso, dar trabajo a los tres muchachos que le ayudan.
Son las siete de la noche y en toda la tarde han llegado diez clientes, algunos a recoger su calzado, otros a dejarlo y alguno que otro curioso como yo a preguntar. En total hoy día ha ganado cincuenta soles, repartirá veinte entre sus ayudantes y el resto para él. A esa hora cierra el puesto porque allí no hay un foco de luz y él está perdiendo la visión, pero nunca los zapatos.
A los peruanos nos gusta ser muy originales y el ingenio salta a la vista en cada cosa que hacemos. Por eso es que en vez de desechar nos gusta reparar. Contrario a lo que hacen los ciudadanos norteamericanos o europeos, nosotros usamos, reusamos y parchamos. Y de esto se encarga Santos Inga Córdova, conocido en el mundo de los hilos y parches como el zapatero de los zapatos renovados.
El hombre de los cueros usa un par de tabas que tienen dos años de renovado continuo. Para él no hay zapatos viejos e inservibles, sino mal reparados. Y ése es su oficio: cose, pinta, parcha y hace mil y un puntadas en los calzados que le llevan a su puesto, Renovadora Córdova, ubicada en el Mercado Modelo de Piura. Allí se arreglan “pelotas y todo tipo de calzado”, desde balones Vinyboll hasta pelotas de básquet, y zapatillas de todas las marcas, colores y diseños; y, por supuesto, todo tipo de cueros.
Sus herramientas principales son unas cuantas agujas, un martillo, un yunque, una máquina manual de coser, hilos de todo tipo, un ensanchador de zapatos, alicates, pinzas, tintes variados; tres muchachos que pretenden ser la horma de su zapato. Y un poco de agudeza para saber cuando disimular el hilo, aplicar el tinte brillante o el parche invisible.
Empezó hace ocho años cuando llegó a Piura desde Morropón y andaba pateando latas. Un día recorrió el mercado y en una esquina, a la intemperie, encontró a Ricardo, uno de sus viejos amigos sumido entre zapatos viejos, plantillas nuevas y algunas herramientas. Después de conversar sobre las familias, Santos le contó que buscaba chamba. Él le propuso emplearlo como ayudante. Santos zapateó de alegría.
Un año después montó su propia renovadora, hasta donde llegan diariamente entre cinco y diez clientes de lunes a viernes, y entre quince y veinte los fines de semana. El oficio que practica Santos ha sido diseñado para ensuciarse con todo tipo de tintes y pintura, además de moverse con dificultad entre estantes repletos de calzado, vitrinas llenas de pomadas. Así es el lugar donde él trabaja: estrecho, sucio, caótico y lleno de zapatos, pelotas y algunos objetos personales.
Sus manos han reparado desde un par de zapatillas Nike hasta unas Tigre “que agarran con garra”, y algunas veces unos yanques todo terreno. En una ocasión le llevaron un flotador para que lo parchara, pero él no aceptó porque sabe que es un trabajo más delicado, requiere espacio y tiempo. Y él no tiene mucho, ya que los clientes son muy exigentes y, deseosos de brillar en la fiesta, lo apuran con los arreglos. Otros prefieren dejarlos un par de días porque no tienen premura.
Los clientes son bastante exigentes y los peruanos aún más. Siempre piden más y pagan menos, buscan que los zapatos queden relucientes, rejuvenecidos o simplemente como nuevos. Los más que llegan con mayor frecuencia a Renovadora Córdova son aquellos a los que se le ha despegado o descosido la taba, los que buscan el lustre perfecto o el tinte de color distinto al color original – en la variedad está el gusto-. También están los que aman tanto sus ansiadas chancletas que prefieren remendarlas a tener que relegarlas al olvido.
Pero, ¿por qué lo hacemos? Una primera razón es que en economía nadie nos gana, y nosotros somos recontra ahorradores, no gastamos más de la cuenta, y si lo hacemos no la pagamos completa. Por ejemplo, si un par de zapatos nuevos cuesta entre treinta y cincuenta soles, preferimos obviar esta opción y reparar por seis luquitas nuestros compañeros de parrandas, juergas y compromisos formales.
Otros somos tan sentimentales que despegarnos de nuestras tabas es como arrancarnos parte de nuestro ser, por eso optamos por repararlas y a seguir andando se ha dicho. Existen también los tacaños que en vez de comprarse un par de zapatos nuevos en una centro comercial, prefiere hacerlo en Tacora nomás porque la moda no incomoda.
De Renovadora Córdova los clientes pueden salir con las tabas relucientes o zapateando de rabia, porque en gustos y colores no han escrito los autores, y tampoco Santos. Y de estos últimos existen muchos, desde el tipo furioso que llega después de una semana de haber dejado su calzado hasta el conchudo que, sin haber dejado un adelanto, regresa a los siete meses a reclamar unos zapatos que Santos tiene arrumados en uno de los dos estantes de su puesto. También están los que prefieren la puntera beige en vez de azul o la suela más ligera. Hay de todo y eso lo sabe santos.
Santos tiene dos hijos, el mayor le ayuda a pintar zapatos en los meses de verano, cuando está de vacaciones. Su mayor sueño es dejar el oficio de los cueros y comprar muchos pares de zapatos para venderlos en una tienda que pretende constituir. Pero por ahora tiene que continuar renovando los zapatos que le dejan los clientes, y de paso, dar trabajo a los tres muchachos que le ayudan.
Son las siete de la noche y en toda la tarde han llegado diez clientes, algunos a recoger su calzado, otros a dejarlo y alguno que otro curioso como yo a preguntar. En total hoy día ha ganado cincuenta soles, repartirá veinte entre sus ayudantes y el resto para él. A esa hora cierra el puesto porque allí no hay un foco de luz y él está perdiendo la visión, pero nunca los zapatos.
EL NÁUFRAGO COLLAZOS
Orlando Collazos ya no pesca más. Todos los días sale de su casa a las tres de la mañana de la mano de un baldecito marrón que llena de pescado al llegar al muelle de Paita. Luego lo vende en el mercado de la ciudad. A las tres de la tarde regresa a su casa con el baldecito vacío y las medicinas para su esposa que sufre de cáncer al útero. Hace trece años naufragó en alta mar junto a tres amigos que murieron congelados por el frío. Ese día prometió nunca más regresar a pescar.
Regresó sin fuerzas, con el cuerpo cayéndosele a pedazos, sólo con la ilusión de celebrar el cumpleaños de su hija Jacqueline del Milagro y ver el nacimiento de su tercer hijo. Llegó a las dos y media de la tarde a puerto, luego de que su esposa e hijos habían llorado amargamente su muerte convencidos de los rumores de que nadie había sobrevivido a la furia del mar. Un tumulto de gente lo recibió, entre los que se encontraban los familiares de sus tres amigos muertos mar adentro.
Habían partido a las cinco de la mañana del 29 de setiembre de 1992 a bordo de la embarcación “Virgen de Fátima”, el patrón Cástulo Panta, su hermano Martín, el cocinero Maximandro Muro y Orlando Collazos. Llevaban ochocientos metros de espinel para cazar tiburón, tres barriles de plástico con petróleo y comida para una semana. Durante los doce días que habían permanecido mar adentro habían pescado dos toneladas de tiburón. El 3 de octubre se hallaban a siete horas del puerto de Paita, a inmediaciones de Punta Gobernador, cerca a la caleta La Tortuga cuando apagaron el motor e izaron la vela para aprovechar el fuerte viento que corría por la zona.
Eran las seis y media de la tarde. Orlando y Cástulo conversaban de lo rico que olía el arroz con cancha que venía preparando Maximandro, abajo en la cocina. Martín se paseaba de un lado a otro por la popa del barco. El cielo nublado y la marea alta parecían presagios de mala suerte. El viento adquirió mayor fuerza y velocidad y golpeaba la vela que hacía girar como un vaivén la nave. Las prepotentes olas amenazaban con voltear la embarcación.
El primer golpe fue cruel. Las inmensas olas ayudadas de las ráfagas de viento hicieron girar el barco 180 grados. Media hora después se hundió con el cocinero dentro. Lo único que flotaba eran los tres barriles vacíos, los corchos del espinel y los cuerpos de los pescadores. Orlando, el más fuerte, logró amarrar los corchos a ambos costados de un tanque, y de ahí se agarraron como pulgas a su presa.
Desesperado, Orlando logró sacarse la ropa que llevaba puesta y se quedó en calzoncillo. Debía perder peso para no sumergirse. Cástulo y su hermano conservaron sus chompas y pantalones de pesca. Tiempo más tarde, Orlando les suplicaba que le prestaran una chompa porque no aguantaba el frío, y, de cuando en cuando, le agarraba calambres.
Ahí, en medio de la oscuridad, con las aguas del mar brillando hacia el horizonte, los tres se echaron a llorar y a gritar con desesperación “auxilio”, “ayúdennos”, mientras sus gritos se perdían en la inmensidad del océano. La presión del agua había congelado sus piernas y amoratado sus brazos, y las agitadas olas los lanzaba de bruces contra el tanque en un constante sube y baja.
Se hallaban solos en medio de las salvajes aguas de alta mar. Con la vida sostenida únicamente de un tanque de plástico que los mantenía a la deriva. Cástulo y Martín se retorcían de dolor por los calambres que paralizaban sus piernas. Orlando se mantenía en pie con la fortaleza que sólo podía darle el haber practicado judo por mucho tiempo. Los tres se daban ánimos y pensaban que a esa hora cualquier barco podía pasar por ahí y los recogería. Rezaban como solían hacerlo cada vez que salían a pescar, con devoción, entregando sus vidas al Altísimo que seguro los protegía desde el cielo.
Eran la una de la madrugada cuando Orlando vio como Martín se despedía de este mundo, con delicadeza y parsimonia, con los brazos caídos y cansados de tanto luchar. Y su hermano Cástulo, con las lágrimas confundidas por el agua que tragaban a ratos cuando las olas los levantaban como corchos, con el rostro surcado por el inclemente sol de tantos años y la voz diciéndole, “Mi hermano Collazos, mi hermano…”
Durante una hora más, los dos continuaron luchando contra un mar rabioso y dispuesto a tragárselos. Orlando consolaba a Cástulo diciéndole que vivirían, que dentro de poco los encontrarían y los llevarían a puerto, pero él no lo escuchaba. Su mirada estaba perdida en las aguas, en esas aguas que se acababan de tragar a su hermano. Las manos le temblaban y vacilaban cada vez que una nueva ola los atacaba. Parecía sin ganas de vivir.
A las dos de la mañana Orlando oyó a Cástulo decirle con voz temblorosa y apagada, “aquí a nadie se le echa la culpa, son cosas que pasan en el trabajo”, mientras él lo animaba indicándole que pronto amanecería y entonces una lancha los recogería. Y Cástulo respondiéndole que sí con la cabeza, a través de una respiración agitada que parecía le reventaría los pulmones. Fue a esa hora cuando Orlando notó como el mar arrastraba de los pies a su acompañante, poco a poco, con calma. Lo último que vio fue su mano levantada en señal de triunfo, de “arriba, siempre arriba hasta las estrellas”. Orlando estaba solo.
Como Cástulo se había soltado sin avisar, con sutileza Orlando logró colocarse en medio del barril de plástico para mantener el equilibrio, pero las olas violentas arremetían contra su cuerpo paralizado por los calambres y la pena de estar solo. Entonces intentó subirse encima del tanque pero la furia del mar evitó que logre su objetivo. Por eso decidió desatar, con las pocas fuerzas que le quedaban, los corchos del tanque y amarrárselos a ambos lados de sus costillas. Así se mantuvo con vida, atacado, de rato en rato, por los calambres que le sobrevenían en el abdomen y piernas, donde le formaban duras bolas que creía podían estallar en cualquier momento.
En medio de kilómetros y más kilómetros de mar pensó que hasta allí había llegado, que el mar se lo tragaría y lo reuniría con sus amigos. Cerró los ojos por un momento y decidió dejarse llevar por las aguas. En ese momento se acordó de su hija Jacqueline del Milagro que cumplía años el 17 de octubre, de los caramelos y adornos que había comprado para celebrar su cumpleaños, y la felicidad que embargaría a su esposa luego de dar a luz, tres meses más tarde, a su tercer hijo. Fue entonces cuando reconoció a lo lejos dos luces refulgentes que se acercaban hacia él. Eran las cinco de la mañana.
Nadó con coraje, ilusionado de que saldría de ahí pronto. Gritó hasta sentir que sus pulmones se le saldrían por la boca, pero nadie lo escuchaba. A medida que avanzaba hacia los luminosos puntos percibía que más se alejaban. Era como si la última de sus esperanzas se le escapara de las manos para siempre. Se mantuvo nadando más de una hora, descansando cuando ya no podía más, y gritando auxilio, con las manos, con la cabeza, con el alma.
A las seis de la mañana, cuando todo se volvía más diáfano, “La Tintorera”, buque que regresaba de Talara, se detuvo junto a él formando un remolino en las aguas por la acción del motor. Dos tripulantes le dieron la mano y lo subieron hasta el barco sosteniéndolo de los brazos porque sus piernas no le respondían. Lo llevaron al camarote, lo vistieron y esperaron a que se duerma mientras el capitán del navío informaba a Capitanía del Puerto de Paita – llamada PEPESCA- que prepararan una ambulancia lista para salir al hospital porque llevaban un náufrago “medio muerto”.
Siete horas después llegaba al puerto de Paita, sin fuerzas pero vivo. Un mar de gente lo recibió. Los familiares de sus amigos muertos lo miraban con desconcierto y pena mientras se consolaban sólo con sus lágrimas. La ambulancia lo llevó al Hospital Policlínico de la ciudad. Le colocaron suero y mangueras por todo el cuerpo. Minutos más tarde entraban a verlo sus hijos, su madre, su padre, y su esposa con seis meses de vida dentro de su vientre. Lloraron mientras él los miraba asustado, con la mirada perdida sabe Dios dónde, sin poder hablar ni abrazarlos.
Después de una semana internado en el hospital, de comida en cucharita y suero, regresó a casa. Por la noche llamó a su mujer e hijos para que lo cuidaran mientras se dormía. Pensaba que la tierra se lo podía tragar.
Regresó sin fuerzas, con el cuerpo cayéndosele a pedazos, sólo con la ilusión de celebrar el cumpleaños de su hija Jacqueline del Milagro y ver el nacimiento de su tercer hijo. Llegó a las dos y media de la tarde a puerto, luego de que su esposa e hijos habían llorado amargamente su muerte convencidos de los rumores de que nadie había sobrevivido a la furia del mar. Un tumulto de gente lo recibió, entre los que se encontraban los familiares de sus tres amigos muertos mar adentro.
Habían partido a las cinco de la mañana del 29 de setiembre de 1992 a bordo de la embarcación “Virgen de Fátima”, el patrón Cástulo Panta, su hermano Martín, el cocinero Maximandro Muro y Orlando Collazos. Llevaban ochocientos metros de espinel para cazar tiburón, tres barriles de plástico con petróleo y comida para una semana. Durante los doce días que habían permanecido mar adentro habían pescado dos toneladas de tiburón. El 3 de octubre se hallaban a siete horas del puerto de Paita, a inmediaciones de Punta Gobernador, cerca a la caleta La Tortuga cuando apagaron el motor e izaron la vela para aprovechar el fuerte viento que corría por la zona.
Eran las seis y media de la tarde. Orlando y Cástulo conversaban de lo rico que olía el arroz con cancha que venía preparando Maximandro, abajo en la cocina. Martín se paseaba de un lado a otro por la popa del barco. El cielo nublado y la marea alta parecían presagios de mala suerte. El viento adquirió mayor fuerza y velocidad y golpeaba la vela que hacía girar como un vaivén la nave. Las prepotentes olas amenazaban con voltear la embarcación.
El primer golpe fue cruel. Las inmensas olas ayudadas de las ráfagas de viento hicieron girar el barco 180 grados. Media hora después se hundió con el cocinero dentro. Lo único que flotaba eran los tres barriles vacíos, los corchos del espinel y los cuerpos de los pescadores. Orlando, el más fuerte, logró amarrar los corchos a ambos costados de un tanque, y de ahí se agarraron como pulgas a su presa.
Desesperado, Orlando logró sacarse la ropa que llevaba puesta y se quedó en calzoncillo. Debía perder peso para no sumergirse. Cástulo y su hermano conservaron sus chompas y pantalones de pesca. Tiempo más tarde, Orlando les suplicaba que le prestaran una chompa porque no aguantaba el frío, y, de cuando en cuando, le agarraba calambres.
Ahí, en medio de la oscuridad, con las aguas del mar brillando hacia el horizonte, los tres se echaron a llorar y a gritar con desesperación “auxilio”, “ayúdennos”, mientras sus gritos se perdían en la inmensidad del océano. La presión del agua había congelado sus piernas y amoratado sus brazos, y las agitadas olas los lanzaba de bruces contra el tanque en un constante sube y baja.
Se hallaban solos en medio de las salvajes aguas de alta mar. Con la vida sostenida únicamente de un tanque de plástico que los mantenía a la deriva. Cástulo y Martín se retorcían de dolor por los calambres que paralizaban sus piernas. Orlando se mantenía en pie con la fortaleza que sólo podía darle el haber practicado judo por mucho tiempo. Los tres se daban ánimos y pensaban que a esa hora cualquier barco podía pasar por ahí y los recogería. Rezaban como solían hacerlo cada vez que salían a pescar, con devoción, entregando sus vidas al Altísimo que seguro los protegía desde el cielo.
Eran la una de la madrugada cuando Orlando vio como Martín se despedía de este mundo, con delicadeza y parsimonia, con los brazos caídos y cansados de tanto luchar. Y su hermano Cástulo, con las lágrimas confundidas por el agua que tragaban a ratos cuando las olas los levantaban como corchos, con el rostro surcado por el inclemente sol de tantos años y la voz diciéndole, “Mi hermano Collazos, mi hermano…”
Durante una hora más, los dos continuaron luchando contra un mar rabioso y dispuesto a tragárselos. Orlando consolaba a Cástulo diciéndole que vivirían, que dentro de poco los encontrarían y los llevarían a puerto, pero él no lo escuchaba. Su mirada estaba perdida en las aguas, en esas aguas que se acababan de tragar a su hermano. Las manos le temblaban y vacilaban cada vez que una nueva ola los atacaba. Parecía sin ganas de vivir.
A las dos de la mañana Orlando oyó a Cástulo decirle con voz temblorosa y apagada, “aquí a nadie se le echa la culpa, son cosas que pasan en el trabajo”, mientras él lo animaba indicándole que pronto amanecería y entonces una lancha los recogería. Y Cástulo respondiéndole que sí con la cabeza, a través de una respiración agitada que parecía le reventaría los pulmones. Fue a esa hora cuando Orlando notó como el mar arrastraba de los pies a su acompañante, poco a poco, con calma. Lo último que vio fue su mano levantada en señal de triunfo, de “arriba, siempre arriba hasta las estrellas”. Orlando estaba solo.
Como Cástulo se había soltado sin avisar, con sutileza Orlando logró colocarse en medio del barril de plástico para mantener el equilibrio, pero las olas violentas arremetían contra su cuerpo paralizado por los calambres y la pena de estar solo. Entonces intentó subirse encima del tanque pero la furia del mar evitó que logre su objetivo. Por eso decidió desatar, con las pocas fuerzas que le quedaban, los corchos del tanque y amarrárselos a ambos lados de sus costillas. Así se mantuvo con vida, atacado, de rato en rato, por los calambres que le sobrevenían en el abdomen y piernas, donde le formaban duras bolas que creía podían estallar en cualquier momento.
En medio de kilómetros y más kilómetros de mar pensó que hasta allí había llegado, que el mar se lo tragaría y lo reuniría con sus amigos. Cerró los ojos por un momento y decidió dejarse llevar por las aguas. En ese momento se acordó de su hija Jacqueline del Milagro que cumplía años el 17 de octubre, de los caramelos y adornos que había comprado para celebrar su cumpleaños, y la felicidad que embargaría a su esposa luego de dar a luz, tres meses más tarde, a su tercer hijo. Fue entonces cuando reconoció a lo lejos dos luces refulgentes que se acercaban hacia él. Eran las cinco de la mañana.
Nadó con coraje, ilusionado de que saldría de ahí pronto. Gritó hasta sentir que sus pulmones se le saldrían por la boca, pero nadie lo escuchaba. A medida que avanzaba hacia los luminosos puntos percibía que más se alejaban. Era como si la última de sus esperanzas se le escapara de las manos para siempre. Se mantuvo nadando más de una hora, descansando cuando ya no podía más, y gritando auxilio, con las manos, con la cabeza, con el alma.
A las seis de la mañana, cuando todo se volvía más diáfano, “La Tintorera”, buque que regresaba de Talara, se detuvo junto a él formando un remolino en las aguas por la acción del motor. Dos tripulantes le dieron la mano y lo subieron hasta el barco sosteniéndolo de los brazos porque sus piernas no le respondían. Lo llevaron al camarote, lo vistieron y esperaron a que se duerma mientras el capitán del navío informaba a Capitanía del Puerto de Paita – llamada PEPESCA- que prepararan una ambulancia lista para salir al hospital porque llevaban un náufrago “medio muerto”.
Siete horas después llegaba al puerto de Paita, sin fuerzas pero vivo. Un mar de gente lo recibió. Los familiares de sus amigos muertos lo miraban con desconcierto y pena mientras se consolaban sólo con sus lágrimas. La ambulancia lo llevó al Hospital Policlínico de la ciudad. Le colocaron suero y mangueras por todo el cuerpo. Minutos más tarde entraban a verlo sus hijos, su madre, su padre, y su esposa con seis meses de vida dentro de su vientre. Lloraron mientras él los miraba asustado, con la mirada perdida sabe Dios dónde, sin poder hablar ni abrazarlos.
Después de una semana internado en el hospital, de comida en cucharita y suero, regresó a casa. Por la noche llamó a su mujer e hijos para que lo cuidaran mientras se dormía. Pensaba que la tierra se lo podía tragar.





