Epoca de Hanabi.

Uno de los atractivos de Japón son, sin duda, los fuegos artificiales, “los hanabi”, que llenan de liz y color el cielo japonés cada verano. Hay gran cantidad de festivales pirotécnicos por todo el país en los cuales, fabricantes y artesanos de la pólvora, compiten por lograr las más diversas formas y los más osados colores que posteriormente presentarán el verano siguiente en otras ciudades. En verdad son grandiosos y diferentes a los de otros paises tanto por su belleza como su duración.
A los japoneses les encanta acudir a verlos pero lo interesante es ver la parafernalia que se crean para asistir a tales celebraciones.
Podemos ver los trenes atestados de parejas de novios o amigos incipientes, ellas con el kimono de verano, el “yukata”, con sus cestitas de pic-nic y ellos, la mayoría, totalmente desaliñados, vistiendo viejos vaqueros raídos, caídos por atrás, largas camisetas, donde podrían entrar tres en uno, el pelo teñido y mal peinado, gorra de beisbol ladeada al más puro estilo y además arrastrando ruidosamente sus pesadas botas de cuero o sus zapatillas deportivas. Contrasta ver como van de arregladas y pizpiretas las mujercitas japonesas y lo desastrado de sus acompañantes. Aunque algunos hay que también visten el kimono, pero son los menos. Si fuera japonesa no permitiría que el acompañante de turno desluciese mi belleza tan impertinentemente. Como dije más de una vez, “vestir adecuadamente no va con ellos”.
En mi caso siempre tengo la buena o mala suerte que cuando hay “fuegos” en Yokohama tengo que salir hacía Tokyo o Kawasaki en tren a impartir alguna clase. Por lo tanto a la ida y a la vuelta intento demorarme un poco para no encontrarme a la ruidosa marabunta. Ello no quita que vea situaciones curiosas que incluso contrastan entre si.
Sobre todo al regreso. El tren es la vida en Japón y la sala de estar donde se convive a diario. Lo que no veas en un tren no lo verás en ningún sitio.
Esta vez, al subir al último tren de la noche, de frente y sentada, hay una cincuentona que ha salido de fiesta y regresa más cocida que una gamba. Debe pensar que ya ha llegado a casa. Se quita los tacones de aguja y se pone cómoda. Al momento, sin abrir los ojos, se desabotona su blusa y la deja a un lado. Se queda unicamente con una camiseta de tirantes. Al fresquito del aire acondicionado. Comodidad total. Después, sin el menor arrobo o escrúpulo, se quita dos “pegatetas” de silicona y las guarda en su bolso. Se queda dormida profundamente y se descabala total. El tirante de la izquierda resbala suavemente desde su hombro hasta el codo por efectos del vaiven y asoma una réplica del Monte Fuji. Ahora se ladea hacía la derecha y al momento el otro tirante corre la misma suerte. Aparece también el homónimo del primero. Tal como si parecieran dos huevos fritos en un tazón de arroz. Para rematar la jugada echa la cabeza hacía atrás y abre las piernas dejando entrever hasta la marca de la ropa interior, “Gunze”. Como altera las cabezas el alcohol.
A mi izquierda viaja un dandy japones, de edad indeterminada, vestido totalmente de blanco, estilo “Garcia Marquez” en sus buenos tiempos, con bigote rectilineo y sombrero panamá incluido que no puede evitar, a la vista del espectaculo, meterse la mano derecha en el bolsillo y acariciar su documentación. Ampara su acción tras el maletín de piel de avestruz y no oculta su cara de satisfacción. Lástima que tiene que apearse en la estación siguiente y la guardia de seguridad del tren entra a buscar a la descocada y profundamente dormida exhibicionista, obligándola a taparse adecuadamente.
Al llegar a la estación de Yokohama sube una mujer realmente preciosa que bien pudiera ser la protagonista de “Historia de una Geisha” pero en vez de tener los ojos grises, como ella, lleva lentillas verdes que realzan mucho más su belleza. Vestida con un yukata negro, transparente y morboso. Se sabe guapa, dueña de si misma, y de la situación. Bajo la transparencia se advina un tanga “ hilo dental” rojo, a juego con el amplio lazo que adorna su cintura y el quitasol que lleva en su mano, y además con un cuerpo perfectamente contorneado. Nadie le quita ojo. Las mujeres miran con envidia y los hombres miramos sus redondeces en perfecta disposición. Sorpresas te da la vida, pienso. Todo acaba dos estaciones más alla cuando ella baja a la zona de ambiente nocturno a glorificar su paseo y tal vez encontrar algún acompañante ocasional que pague sus excesos.