San Isidro Padrón
Chulapas, chulapos y castizos en general. Ellos son los protagonistas de las fiestas más emblemáticas de Madrid: las de San Isidro. Ni las listas, ni las tontas ni los barquillos consiguen restarles un ápice de protagonismo. Y es que estas fiestas son, ante todo, las reivindicación de la fiesta: no se hace por una devoción real al santo, sino por el mero hecho de disfrutar de una celebración que cada año reúne a más gente.
Cada año se hace más complicado encontrar un hueco en la pradera de San Isidro. Este año ha sido sumamente difícil, no sólo por la gran cantidad de gente que había, sino también por el calor que ha hecho. Y es que, aunque se esperaban lluvias para estas fiestas, el tiempo ha acompañado a los miles de personas que se han reunido en la pradera.
Estas fiestas tienen un encanto especial, pues, en una ciudad tan cosmopolita y multicultural como es Madrid, en la que la mucha de la población es de fuera, este día es el único en el año en el que el espíritu puramente castizo toma la metrópoli. El viejo Madrid sale del olvido y revive sus antiguas fiestas goyescas en la pradera de San Isidro. Esas celebraciones, que tan bien reflejó Goya en sus tapices, se retoman una vez al año en la gran fiesta de la ciudad.
Ya en el metro veías a chulapas y chulapos dispuestos a pasárselo bien y a disfrutar al máximo. Cuando finalmente llegabas a la pradera, tras empujones en la calle y en la salida del subterráneo, el chotis y el mágico olor de las rosquillas te hacían olvidar el calor del vagón y el tumulto de gente. Entrabas, de repente, como por arte de magia, en el Madrid de los volantes, las boinas y los claveles. En ese Madrid chulesco y altivo, de muletillas y toreros, tan orgulloso a la vez que cercano.
Pero este año hay algo nuevo. Paseando entre los puestos de rosquillas y obleas llamaba la atención ver a niños inmigrantes vestidos de goyescos. Daba gusto ver a una niña española, toda “chula”, dar la mano a una niña oriental, ambas vestidas con sus trajes de lunares y con sus clavelitos rojos en la cabeza, mientras intentaban seguir el paso de un chotis. A la vez que impactaba, emocionaba ver cómo unas mujeres musulmanas invitaban a unas colombianas a probar sus platos típicos.
Los chulapos de toda la vida, los más castizos, ésos que encuentras cada domingo en el Rastro, están cada vez más acompañados en su fiesta. Hace unos años era poco habitual que los que acudían a las fiestas fueran ataviados con el traje típico madrileño con su clavel y su sombrero. Sin embargo, ahora es mucha más la gente que se anima a vestirse para la ocasión. Ya no sólo se puede ver a niños disfrazados, los adultos también lucen sus mejores galas chulescas en este día.
La fiesta, a la que hemos llegado por la tarde, comenzó ya el sábado. ESta mañana, los madrileños han cogido las cestas de comida y bebida y se han ido, como cada año, a pasar el día entero a la pradera. Los más devotos han acudido a la Ermita del Santo a por agua bendita, pero la mayoría ha acampado y ha comenzado la fiesta entre casetas, rosquillas y bailes. Y la mantendrán viva hasta la noche, cuando la gente se vaya a casa.
Cuando las casetas empiezan a cerrar, cuando ya no hueles las rosquillas recién hechas ni oyes los gritos de los vendedores de barquillos, caes en la cuenta de que las fiestas de Madrid han acabado un año más. Resignados, muchos madrileños recogen sus enseres y se despiden de la pradera. Los más reacios deciden irse a alguno de los conciertos gratuitos que organizan el ayuntamiento y otras instituciones con motivo de estas fiestas. Y los más castizos, como no podía ser menos, deciden irse a “cerrar bares”.
Cuentan las escrituras cristianas que San Isidro se convirtió en patrón de los labradores porque, mientras éstos dormían la siesta a los pies de los árboles, el santo araba y trabajaba las tierras por ellos. Esta actitud tan chulesca de los labradores hizo que, a la larga, acabara por convertirse, también, en el patrón de todos los vagos y los caraduras, y por extensión, de todo Madrid.
Todo el programa de las fiestas patronales de Madrid
El museo de San Isidro
Un poquito de historia de las fiestas
San Isidro para los cristianos
La Feria de San Isidro, con vídeos incluidos
Crónica por Alba Redondo
Cada año se hace más complicado encontrar un hueco en la pradera de San Isidro. Este año ha sido sumamente difícil, no sólo por la gran cantidad de gente que había, sino también por el calor que ha hecho. Y es que, aunque se esperaban lluvias para estas fiestas, el tiempo ha acompañado a los miles de personas que se han reunido en la pradera.Estas fiestas tienen un encanto especial, pues, en una ciudad tan cosmopolita y multicultural como es Madrid, en la que la mucha de la población es de fuera, este día es el único en el año en el que el espíritu puramente castizo toma la metrópoli. El viejo Madrid sale del olvido y revive sus antiguas fiestas goyescas en la pradera de San Isidro. Esas celebraciones, que tan bien reflejó Goya en sus tapices, se retoman una vez al año en la gran fiesta de la ciudad.
Ya en el metro veías a chulapas y chulapos dispuestos a pasárselo bien y a disfrutar al máximo. Cuando finalmente llegabas a la pradera, tras empujones en la calle y en la salida del subterráneo, el chotis y el mágico olor de las rosquillas te hacían olvidar el calor del vagón y el tumulto de gente. Entrabas, de repente, como por arte de magia, en el Madrid de los volantes, las boinas y los claveles. En ese Madrid chulesco y altivo, de muletillas y toreros, tan orgulloso a la vez que cercano.
Pero este año hay algo nuevo. Paseando entre los puestos de rosquillas y obleas llamaba la atención ver a niños inmigrantes vestidos de goyescos. Daba gusto ver a una niña española, toda “chula”, dar la mano a una niña oriental, ambas vestidas con sus trajes de lunares y con sus clavelitos rojos en la cabeza, mientras intentaban seguir el paso de un chotis. A la vez que impactaba, emocionaba ver cómo unas mujeres musulmanas invitaban a unas colombianas a probar sus platos típicos.
Los chulapos de toda la vida, los más castizos, ésos que encuentras cada domingo en el Rastro, están cada vez más acompañados en su fiesta. Hace unos años era poco habitual que los que acudían a las fiestas fueran ataviados con el traje típico madrileño con su clavel y su sombrero. Sin embargo, ahora es mucha más la gente que se anima a vestirse para la ocasión. Ya no sólo se puede ver a niños disfrazados, los adultos también lucen sus mejores galas chulescas en este día.La fiesta, a la que hemos llegado por la tarde, comenzó ya el sábado. ESta mañana, los madrileños han cogido las cestas de comida y bebida y se han ido, como cada año, a pasar el día entero a la pradera. Los más devotos han acudido a la Ermita del Santo a por agua bendita, pero la mayoría ha acampado y ha comenzado la fiesta entre casetas, rosquillas y bailes. Y la mantendrán viva hasta la noche, cuando la gente se vaya a casa.
Cuando las casetas empiezan a cerrar, cuando ya no hueles las rosquillas recién hechas ni oyes los gritos de los vendedores de barquillos, caes en la cuenta de que las fiestas de Madrid han acabado un año más. Resignados, muchos madrileños recogen sus enseres y se despiden de la pradera. Los más reacios deciden irse a alguno de los conciertos gratuitos que organizan el ayuntamiento y otras instituciones con motivo de estas fiestas. Y los más castizos, como no podía ser menos, deciden irse a “cerrar bares”.
Cuentan las escrituras cristianas que San Isidro se convirtió en patrón de los labradores porque, mientras éstos dormían la siesta a los pies de los árboles, el santo araba y trabajaba las tierras por ellos. Esta actitud tan chulesca de los labradores hizo que, a la larga, acabara por convertirse, también, en el patrón de todos los vagos y los caraduras, y por extensión, de todo Madrid. Todo el programa de las fiestas patronales de Madrid
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