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¿Qué de qué?
"Decidle mi nombre al mundo, esa es la deuda que tenéis conmigo"
Acerca de
"Soy yo el camino, yo decido por donde seguir"
Sindicación
 
Comportamientos antisociales
Soy una persona que gusta de fijarse en el comportamiento del mundo que me rodeo y, más específicamente, de la gente que en él habita y puedo decir que hay comportamientos humanos que no llego a comprender por el grado de antisocialidad y, por qué no decirlo, de mala baba que conllevan. Además, son cosas que seguro la mayoría de vosotros las habéis visto o padecido en vuestra persona.
Primera situación: esperas el autobús. Las colas del autobús se forman de derecha a izquierda si nos orientamos mirando a la carretera. Pues bien, siempre llegan los típicos “listos”, denominados así porque supongo que a los demás nos toman por tontos, que se ponen a la altura de la cola que se les antoja (por supuesto dejando a la mayor cantidad de gente posible detrás) o lo que es peor se ponen directamente a la derecha de la cola, es decir, los primeros con toda su cara dura. Seguro que los que cogen autobús a menudo estarán asintiendo en estos momentos. Este comportamiento tiene su razón de ser en el egoísmo de las personas que, por lo visto, no deben tener sillas en su casa y cuando montan en autobús están deseosos de sentarse aunque para ello lo quiten ese derecho adquirido por toda esa gente que estaba antes que ellos en la parada. No obstante esta actitud puede ser mucho peor en otra situación: cuando se cuelan en la parada cabecera donde empieza la línea de autobús. En esos sitios ese comportamiento se convierte encima en una soberana estupidez teniendo en cuenta que hay sitio de sobra en el autobús.
Pero por mi experiencia os puedo decir que el autobús es uno de los sitios en los que salen a relucir la peor parte de las personas (la peor parte o como verdaderamente son) Segunda situación: esperas el autobús en la parada. Cuando llega ves que está muy lleno. Pero, ¿está completo? No, en la parte trasera (después del muelle en esos autobuses dobles) hay sitio suficiente como para que entre, al menos, la gente que espera contigo en la parada. El conductor pide que anden hacia atrás. ¿Le hacen caso los pasajeros? No, parece que están esposados a la barra de la que se sujetan. En el mejor de los casos puedes entrar comprimido en el autobús hasta que, a base de empujones, codos y malas caras consigues llegar a la parte trasera donde tienes espacio hasta para andar. Una vez más se demuestra el egoísmo de la gente y las pocas luces de acumularse cerca de la primera puerta cuando hay otra más atrás y con más espacio.
Pero no solo en el autobús pasan cosas como para asquearte de la gente. Tercera situación: caminas por la calle. Es una acera estrecha en la que dos personas no podrían andar en paralelo sin chocar los hombros. Hacia ti viene una pareja de novios, marido y mujer, de señoras mayores o lo que sea. Cuando estás a punto de colisionar con la pareja te hechas a la calzada para poder seguir andando porque el dúo de personas no ha hecho ni el ademán de ocupar menos espacio y poder pasar los tres sin que tengas que esquivarlos saliéndote de la acera.
Al menos en el caso anterior si no los esquivas la consecuencia es un choque hombro con hombro sin mayores consecuencias. Pero hay veces que entra en liza un coche. Cuarta situación: andas por la calle y vas a cruzar a otra acera por un paso de peatones. Ves que por la carretera viene un coche. ¿Se para tal y como le obliga el código de circulación? No, acelera para pasar antes que tú porque debe ser el rey de la carretera o algo así. No soy una persona catastrofista pero ¿y si me da por andar más rápido y tirarme al paso de peatones como es mi derecho? Puede ocurrir que no le dé tiempo a frenar y me atropelle. Lo normal es que sí le dé tiempo a frenar, te quedes mirándole con cara de “Que tonto eres, ¿para qué mierda aceleras si tengo preferencia?” y no le quede más remedio que mirarte con cara de perdón.
La solución a todo esto no sé cual es. No sé si es educación, si es que el ser humano es cabrón por naturaleza a no ser que luches contra tu instinto o es que simplemente no hay solución y estamos condenados a putearnos unos a otros.
Saludos
 
Trilogía (Relato)
Era una tarde de invierno de esas en las que no aciertas la cantidad de ropa con la que salir de tu casa y tienes un frío que te ha calado hasta los huesos. Volvía de clase por el camino de siempre, andando a paso ligero en un vano intento de entrar en calor. Tampoco ayudaban las manos en los bolsillos ni el cuello encogido. A mi lado pasaban coches llenos de gente que, en el hipotético caso de que sintieran el mismo frío que yo, al menos llegarían a sus cálidas casas bastante antes que yo.
-Oye, ¿te llevo?
Una voz se dirigió a mi persona. Provenía del coche que en esos momentos estaba a mi izquierda. Me agaché con la curiosidad de ver quien era el conductor (por la voz conductora) que me hacía ese ofrecimiento. Era una chica de mi facultad a la que conocía de vista y a la que había podido ver en algunas ocasiones en la misma línea de autobús que me lleva a mi casa.
-¿Cómo?
Esa fue mi ocurrente contestación. Un cómo con entonación de desconcierto. Mi conciencia no paraba de insultarme por mi imbecilidad.
-Si quieres que te lleve.- sorprendentemente reiteró su oferta –Antes te veía de vez en cuando en el autobús así que imagino que tienes que vivir cerca de mí.
-No puedo menos que aceptar y agradecerte el gesto- me felicité por mi primera frase bien construida y sin cara de asombro.
Monté rápidamente en el coche ya que estábamos molestando a la circulación.
-Muchas gracias de nuevo- dije una vez sentado en el asiento del copiloto, y es que es de bien nacidos ser agradecido –Si no me llegas a recoger lo más seguro es que hubiese muerto de hipotermia.
Ella rió mi broma fácil.
Durante el camino nos presentamos. Escuché con fingida sorpresa su nombre, aunque ya lo sabía (con el tiempo ella me reconoció que actuó igual). Tuvimos una conversación estándar sobre estudios, asignaturas y tiempo libre.
Llegó el momento de bajarme. Me quité el cinturón y antes de abrir la puerta le dije:
-Quisiera agradecerte este viaje invitándote a cenar cuando quieras, ¿te parece?
-Claro, como no.
Nos intercambiamos los teléfonos y todo siguió adelante hasta hoy.
Así es como conocí a vuestra madre.







Por aquella época todos mis conocidos tenían carné de conducir. Todo el mundo excepto yo. Tenía la mentalidad de que antes leer cualquier libro que el de la autoescuela. Pero necesitaba el carné así que no me quedó más remedio que apuntarme a un intensivo.
El intensivo es algo muy triste. Un grupo de no menos de quince personas en una habitación lo suficientemente grande como para que quepan veinte ordenadores, delante de cada uno de los cuales se sienta una persona que pasa todo el tiempo haciendo tests sin mantener ningún tipo de contacto con las personas que tiene sentadas a su alrededor.
Ese día llegué a la autoescuela un rato antes para estar más tiempo amargándome haciendo pruebas.
Conforme me acercaba distinguí que una de mis “compañeras de clase” estaba en la puerta fumando un cigarro. Mi oportunidad de socializar. Cuando llegué a su altura ya me había dado tiempo a preparar una frase.
-Echando un cigarro antes de recluirnos en el ordenador, ¿te importa que me una?
-Claro que no.- me contestó
Encendí un cigarro como con desgana.
-¿No te parecen muy tristes estas clases con todo el mundo ahí sentado sin hablar para nada, sólo mirando al ordenador?- pregunté -Creo que si el curso durase más de 10 días alguno acabaría pegándose un tiro.
-Si que es verdad.- me contestó –Con lo que me gusta hablar a mí se me hace muy largo el tiempo que estoy aquí, pero el carné me lo paga la empresa y me hace falta así que no me queda más remedio.
-Pues sí.- frase típica de transición en lo que piensas algo
Seguimos fumando mirando el tráfico y la gente pasar.
-¿Y si nos tomamos la tarde de descanso?- propuse – Por el hecho de hacer siete u ocho tests menos y tomarnos un café no va a pasar nada.
-Un buen plan con el que escabullirnos.- me contestó con una sonrisa en la cara.
Fue el momento de mayor espontaneidad que he tenido con una mujer en mi vida. Y me sirvió para conocer a vuestra madre.







Esa noche salí con los amigos simplemente porque las ganas de quedarme en casa eran menores que las de salir.
Fue una noche en la que hicimos las mismas cosas que hacíamos de adolescentes pero con una edad cercana a la treintena. Para cuando terminamos de beber en la calle raro era el que no estaba seriamente perjudicado. Luego tuvimos la típica discusión sobre a qué sitio entrar. Muchas eran las opciones y ninguno era el líder que dirigiese a la tropa a su destino. No me quedó más remedio que en erigirme como el cabecilla y encaminarnos dónde se me antojó.
La misma cola insufrible de siempre. Los mismos porteros rumanos de siempre. La misma clavada con el precio de la entrada de siempre. Y una vez dentro todo igual que siempre. Todo menos ella.
Era una mujer que me resultaba familiar. Trabajaba en el mismo bloque de oficinas en el que yo hice prácticas durante un año. A menudo me cruzaba con ella en el hall, o esperando uno de los ascensores. Eran solo segundos o en el mejor de los casos algún minuto pero no desaprovechaba el tiempo para recrearme mirándola.
Y por puro azar estaba allí. Simplemente me acerqué a ella y le dije:
-Perdona, ¿puedo hablar contigo?
Ella dejó de bailar, asintió con la cabeza y comenzó a prestarme atención.
-Verás no nos conocemos, pero durante un tiempo trabajamos en el mismo edificio. Me llamabas mucho la atención pero nunca intenté nada. Tengo ese defecto, que no me arriesgo por las cosas que me interesan. Luego dejé de trabajar allí y no te volví a ver hasta hoy. Y hoy no me permitiría no conocerte, porque si no te conociera hoy estaría eternamente enfadado conmigo mismo por no haberlo hecho. Supongo que ahora estarás muy sorprendida. No creo que nadie te haya entrado así nunca. Pero no quiero que te veas en la obligación de nada, ni presionada por nada así que me voy a limitar a apuntarte mi número de móvil. No tienes que llamarme si no quieres. Yo, al menos, he hecho lo suficiente como para acallar mi conciencia.
Me fui del local sin darle tiempo a nada, aunque sinceramente se quedó con cara de no tener palabras. Cuando a los pocos días me llamó me dijo que, efectivamente, nadie la había entrado así, con ese respeto y sinceridad. Quería que nos viésemos para conocernos.
Afortunadamente así conocí a vuestra madre.


Saludos

P.D. Aquí está el post más largo que he escrito nunca.
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Conversación de coche
La conversación que estoy a punto de relataros es una de las muchas similares que ocurren frecuentemente en mi vida. Aunque cuando la leáis posiblemente penséis que realmente no ocurrió os aseguro que es totalmente verídica y yo era uno de los contertulios. Si que es verdad que las palabras no sean las exactas pero lo que voy a escribir es lo que se dijo en ese momento (palabra arriba, palabra abajo).
Primero la situación. Iba con un amigo en su coche. Habíamos terminado las clases y volvíamos a casa. Bajábamos por una calle de dos carriles con dos direcciones. De repente, delante nuestra cruza un hombre corriendo con un casco de moto en la cabeza y un dvd en la mano. Este hombre había aparcado su moto en un lado de la calle y cruzaba a un videoclub situado en la acera contraria. Por supuesto cruzaba por donde no hay paso de peatones. Y en ese instante comencé esta conversación:
- No ves el tío ese cruzando así por la cara. Y si estás descuidado y lo atropellas te buscas la ruina.
- Por lo menos lleva el casco. Así se haría menos daño.
- Eso si es verdad. Seguramente sea la manera más segura de atropellar a alguien que yo haya visto.
- Como mucho podría partirse una pierna o un brazo al caer.
- No creo, vamos lentos.- Tras decir esto empecé a calibrar que hubiera pasado si realmente lo hubiésemos arrollado involuntariamente y se me ocurrió lo siguiente- Lo que si podría pasar es que al no hacerse daño se levante, se quite el casco y empiece a golpear el coche con él y luego venga a darte también a ti.
- ¡Qué va! Yo cojo la llave de los tornillos de las ruedas y listo.
- Pero si el tío se levanta no te va a dar tiempo a quitarte el cinturón, salir del coche, abrir el maletero y sacar la llave. Le da tiempo a darte con el casco unas pocas de veces en ese tiempo.
- ¡Qué va! Nada más atropellarle voy directamente al maletero a coger la llave.
Como podéis comprobar la conversación iba desfasando poco a poco (sin ningún tipo de maldad, eso si) pero vi la escapatoria oportuna para zanjarla definitivamente:
- Es decir tu idea es, delante de decenas de testigos, tanto peatones, como dependientes de tiendas e incluso pasajeros de otros coches, en caso de haber arrollado a esa persona, salir a toda prisa del coche para coger una llave de hierro por si el accidentado se levanta. No te dejaría en una buena situación ese modo de actuar.
No le quedó más remedio que mirarme con cara de “has conseguido que me pille el toro” y con la sonrisa que todos conocemos.
Saludos