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¿Qué de qué?
"Decidle mi nombre al mundo, esa es la deuda que tenéis conmigo"
Acerca de
"Soy yo el camino, yo decido por donde seguir"
Sindicación
 
La soledad de una mesa de terraza (Relato)
Hacía ya tiempo que la mesa se encontraba sola en la terraza de la casa, abandonada a su suerte, hiciera sol o lluvia, con frío o viento, lo que se dice a la intemperie. Era la típica mesa de plástico blanco pero en este caso no se encontraba acompañada por las típicas sillas de plástico blanco.
La mesa sabía que todavía era útil, que podía acoger comidas familiares con niños gritando y corriendo a su alrededor, partidas de cartas entre amigos con copas y puros a medio consumir sobre su superficie e incluso cenas románticas a la luz de la luna con velas y champán. Pero todo eso no eran más que recuerdos y esperanzas. Recuerdos de arroces con toda la familia comiendo en la paellera una vez a la semana y esperanzas de cosas que nunca se repetirían.
Todo había cambiado. Las comidas semanales pasaron a ser mensuales y, posteriormente, solo esporádicas. Los niños crecieron y ya no corrían a su alrededor. Las copas y los puros pasaron a ser medicamentos y jarabes. Las cenas románticas se convirtieron en cenas precocinadas alumbradas con los fluorescentes de la cocina. Las paelleras se transformaron en cestos de ropa esperando a ser tendida.
La mesa se deterioraba. Su color blanco original se degradó poco a poco en un amarillento sucio. Las sillas se metieron en la casa donde podían tener más uso. Se dejó de tender ropa en la terraza porque la familia había visto disminuir su número ante la partida de los hijos.
La mesa pasó a ser un trasto esperando su definitivo viaje al contenedor de basura. Era algo inevitable y, con cada día que pasa, las posibilidades de su destrucción aumentaban inexorablemente.
Pero hasta ese aciago momento en que la mesa fue sacada de la casa siguió pensando, sabía que simbolizaba maravillosos recuerdos que nunca se volverían a repetir.
Saludos
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La inteligencia suficiente como para echar el día
Como ya comenté en un artículo anterior hubo una etapa de mi vida en la que, dentro del grupo de personas con las que me relacionaba, tenía un papel más bien secundario acorde con mi personalidad y con el que me sentía a gusto. Ese rol en el que me encontraba implicaba el desentenderse casi al cien por cien de cualquier decisión. Esto conllevaba el hacer cosas, ir a sitios y juntarme con personas que, viéndolo con la perspectiva que ofrecen los años que han pasado, no han aportado prácticamente nada a mi vida. Fue en esta época en la que acuñé la frase que da título a este artículo.
Que alguien tenga “la inteligencia suficiente como para echar el día” significa lo que parece. No tiene dobles lecturas. Eso sí, quiero dejar claro que, aunque pueda parecerlo, el usar esta expresión con respecto a una persona no la califica como tonto/a (por aquello de la paridad). Más bien califica su actitud y, más exactamente, sus comentarios como “poco inteligentes” ya que si estos comentarios fuesen más inteligentes se agotarían las bajas reservas de inteligencia rápidamente y provocaría la necesidad de irse a dormir para recargar reservas.
Muchos diréis que es una expresión muy despectiva. Puede ser. No voy a negar evidencias ni voy a rebatir opiniones. En mi defensa debo decir que mi manera de evadirme de situaciones a mis ojos absurdas, era el humor. Es decir, no hay que buscar rasgos negativos de mi personalidad basándonos únicamente en una broma de adolescente aburrido y asqueado. También es verdad que esta “broma” ha continuado hasta hoy, convirtiéndose en una coña personal de la que poca gente (los dedos de una mano bastan) sabe su existencia y comparte conmigo.
Ahora bien, muy pocos me podréis negar el hecho de que conocéis a alguien a quien este calificativo le viene como anillo al dedo.
Saludos
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